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LITERATURA PARA TODOS
(Acceso y difusión gratuita)

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 Relatos anteriores (1)


 
LITERATURA PARA TODOS
(Acceso y difusión gratuita)

Santos Lula (relato breve).

Pedro Díaz (Seudonimo)

Valencia

 

 

 

 Esperanzas (relato breve).

Jorge Maqueda Merchan

Badajoz

 

 

 

Visitante nocturna (relato breve)

Víctor Rodríguez

Madrid

 

 

 

A la memoria de un alumno  (r.b.)   

Manuel Trigo Nogales

Madrid

 

 

 

Escrito 25 (sobre los ángeles) 

Israel de Ramos

Méjico

 

 

 

Sombras del pasado (relato breve)

Ramón Cruz (seudonimo)

Perú

 

 

 

Standby (relato breve) 

Adolfo Ruiz

Almería

 

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Santos Lula (relato breve)

 

 

 

SANTOS LULA

 

 

Su rostro, de absoluta inexpresividad, parecía tallado a cincel.

 

Nadie recordaba haberle visto esbozar una sonrisa. Ni tan siquiera simplemente una mueca o un leve pestañear.

 

Quienes le rendían tributo por la impuesta protección de sus negocios, decían percibir la presencia de la muerte cuando él se les aproximaba.

 

Su decena de guardaespaldas personales, como una guardia pretoriana, veían en él a su único Dios.

 

Él fue un niño de la calle, uno de esos que escapó a la asfixia de las favelas, en busca de forjar su propio destino, pero que en contadas ocasiones alcanzan la madurez.

 

Cuentan que una vez, hacía ya varios años, un niño de la calle, pelirrojo y de aspecto débil, aprovechando un descuido de la escolta, logró llegar hasta él. El niño extendió su mano temblorosa mientras le decía –por favor,  déme algo que me ayude a sobrevivir-.  Tras unos segundos en que las miradas de uno y otro se cruzaron, sonó una estruendosa bofetada.

 

En Santos jamás se ha apreciado un atisbo de humanidad, muy al contrario. El sabe que ahí radica su poder, y por ello le temen y respetan.

   

Hace sólo unos días, cuando,  como de costumbre, daba un paseo por las decadentes avenidas de los varios pobres, la limusina se detuvo en un semáforo y dos jóvenes limpia cristales se acercaron al auto. Al bajar el chofer la ventanilla, para decirles que no se atrevieran a tocar el automóvil, uno de ellos sacó de entre los sucios trapos un viejo revólver casi oxidado.

 

Aun habiendo recibido todo el contenido del cargador, un último soplo de vida  permitió que Santos pudiese apreciar, bajo el rudimentario tinte, los rojos cabellos de uno de los chicos. Y comprendió que todo había resultado como él quería y esperaba. Aquel joven recibió, siendo niño, lo que necesitaba para sobrevivir, su única esperanza en el mundo que esta puta sociedad le había impuesto.

 

Santos sabía que aquella bofetada fue en verdad el único gesto de humanidad que había tenido a lo largo de toda su vida.

 

Antes de que expirara, él y el chico cruzaron durante unos momentos la mirada. Santos sonrió mientras le decía- No me equivoqué, Dios, no me equivoqué-, en tanto que el joven, perplejo y nervioso, huyó a toda prisa.

 

Santos cumplió su objetivo de no perdurar en exceso y  fue enterrado con la mueca de una sonrisa en el rostro, para sorpresa de quienes acudieron al velatorio. 

 

Autor: Pedro Díaz (Seudónimo) Valencia

 

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Esperanzas (relato breve)

 

 

 

Esperanzas

 

 

 

           -<La vida, consiste en lo que un hombre piensa todo el día. > -. Me dijo  en una ocasión mi padre, parafraseando, como en tantas otras ocasiones a Emerson; sorprendiéndome, mientras  me encontraba  recostado en el sofá - con la radio baja para no molestarle - y leyendo ensimismado, el Centinela,  de Arthur C. Clark. Su voz era grave, estaba un tanto malhumorado; supongo que al comprobar que en lugar de estar estudiando, me encontraba en otro mundo, un mundo al que él ya no podía llegar. Que lejos de madurar, parecía seguir pensando como un crío, leyendo libros de fantasía –como él los llamaba – dejándome transportar por la imaginación. Pero, curiosamente el libro no era mío, este era suyo; yo solo lo había cogido de lo alto de una  estantería, la de su colección particular. 

 

       -< Nunca te convertirías en un adulto,  si no dejas de un lado todas esas novelas estúpidas, y lees algo de mas provecho.> - me dijo, momentos antes de sentarse a mi lado.

         Yo no entendía el porqué de aquel sermón a destiempo. La edad supongo, demasiado joven para darme cuenta de muchas cosas. Pero no era menos cierto que hacia tiempo que observaba a mi padre demasiado serio, descontento, como atormentado por ocultos pensamientos.

 

       -< Escúchame con atención >- me dijo entonces, echando su brazo por encima de mi hombro, momentos antes de comenzar, lo que temía, fuese un interminable sermón -. < Soñar, es muy distinto a fantasear>-comenzó diciendo. <Las fantasías son propias de niños y de personas inmaduras. Personas sin capacidad para crear en sus mentes algo tangible, algo constructivo,  a partir de un pensamiento o unas ideas. Personas fácilmente impresionables, que a menudo se distraen y entretienen con cualquier cosa; hombres y mujeres sin ninguna meta clara en esta vida. Personas  que casi siempre andan en Babia, dilapidando el tiempo. Ese maravilloso tiempo que se nos presta, tan escaso y limitado en la tierra>.

 

        Mi padre Entonces, cogió el libro que yo tenia entre las manos y después de cerrarlo y dejarlo  sobre la mesa, prosiguió su charla diciéndome que pronto dejaría  de ser un crío; que debía dejar de comportarme como un niño; que pronto me haría mayor, que me convertiría en un hombre hecho y derecho, y estos no andan con pájaros en la cabeza.  También me dijo, que  nada de malo había en soñar; en querer ser algo en esta vida, siempre que lo hiciese con los pies sobre la tierra, pues  un buen sonador, era aquel hombre que hacia de su sueño un objetivo en la vida. Un hombre, que por medio del trabajo y del esfuerzo convertía una simple idea, en realidad; y  para hacer realidad los sueños había que estudiar mucho, luchar y batallar mas que nadie. Me puso la mano en la cabeza, y en un tono alicaído, me advirtió,  que pocos eran quienes, con no poco esfuerzo lograban alcanzar tan difícil propósito, <más numerosos son los vencidos, humillados por sus propias fantasías> - añadió. Yo lo mire entonces a los ojos y pude ver claramente que sabia muy bien de lo que me estaba hablando. Por desgracia ese  tipo de  derrota, él ya la conocía.  Me hablaba de si mismo, de su derrota. Pero,  mentiría, sino les dijese, que yo desde hacia tiempo ya mantenía un objetivo, un objetivo fijo que maduraría y concretaría con la edad. Y,  mentiría también si les dijese que a finales del 2005 le tendría que dar  la razón a mi padre ya muero y enterrado, Siendo uno mas de tantos millones de fracasados.

 

          Hoy sigo leyendo a Clack, y a Asimov y a muchos otros, ¿por que no?. Que de malo hay en ello. En dejarse arrastrar por la imaginación, en verse convertido en un héroe de vez en cuando. En sentirse  viajando por lejanas y peligrosas tierras; visitando sangrantes y fracturadas laderas, febriles y humeantes chimeneas cercanas al cráter estruendoso de algún enorme volcán; volcanes a los que podemos acercarnos viendo derramar sus incandescentes ríos de lava, sobre el efervescente e irritado mar;  observado el avance de tormentas de roca piro plástica, torrentes de detritos que pasan a nuestro lado, sin que seamos  víctimas de su abrasador abrazo; sintiéndonos al margen  de los riesgos y peligros, que supondría intentar hacer todo ello  en la realidad?. O, mejor aun ¿ Quién no ha imaginado, aunque sea por nos breves momentos,  pasear por esos lugares paradisíacos; lugares repletos de jovencitas en bikini - ¡vamos no se rían! –, jovencitas jugando a Bolei-playa, en TOP lees; mostrando sus firmes muslos y  empitonados pechos bronceados bajo el  sol; un sol reflejado en playas de arena blanca y fresca, formadas por estratos de coral  y exentas de los molestos y sedientos  mosquitos, que atormentan las noches templadas de los que pretenden descansar? ¿Y, qué me dicen de los más atrevidos?. Aquellos amantes de la  ciencia-ficción,  transportados, cuanto menos imaginándose: como uno de aquellos primeros astronautas descritos por Arthur C. Clark (1); caminando sobre la superficie de una luna distante y misteriosa. Una luna gris y desconocida, de llanuras sinuosas y  polvorientas; salpicada de cráteres profundos y oscuros, semejantes a  enormes bocas abiertas. Esperando encontrar en esta el rastro oculto y olvidado por alguna remota civilización; una civilización desaparecida en la inquietante inmensidad del tiempo y el espacio.

 

     Si, hoy sigo leyendo ciencia ficción,  y si ello no parece propio de una persona de mi edad, no me importa. Menos aun lo que los demás puedan pensar. Pero, sobre todo, solo pido una cosa. Que me dejen leer en paz.

 

 Autor: Jorge Maqueda Merchán  (Badajoz)

 

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Visitante nocturna (relato breve)

 

 

 

 

 

 .

 VISITANTE NOCTURNA

 

¡Pi, pi, pi, pi! ¡Pi, pi, pi, pi! Otra vez el despertador. Mi entrepierna atestigua que esta noche tampoco te has olvidado de visitarme. Siempre vienes y me traes la felicidad, pero el despertador se empeña cada mañana en masacrarme el corazón. Despierto, soy consciente de mi desgracia, de mi soledad, de mi terrible peculiaridad. En cambio, en cuanto cierro los ojos, tú vienes a visitarme, como si hubieras permanecido bajo la almohada durante el día para sorprenderme durante la noche. ¿Por qué vienes y te vas? Te pregunto y miras sombría hacia abajo, callas como si no pudieras hacer nada al respecto. ¿Por qué te escondes durante el día? ¿Por qué haces esto conmigo?

 

Este es otro día como el de ayer, como el de mañana. Pasa la vida y los libros ya no son suficientes. Tampoco quiero distracciones, ya no me sacian, quiero el trozo de vida que me falta. El mundo no nos permite ser felices, pero la vida contigo sería otra cosa. Sé que me faltas tú. Me faltan tus palabras, tus ideas, tu energía, tu risa, tus besos, tus abrazos… A cada rato rememoro esos minutos, esa eternidad durante la que recorro alterado todo tu cuerpo. Con mis manos, con mi boca. Entonces nuestros ligeros cuerpos son uno y nuestros espíritus conocen el éxtasis. Sí, contigo siento que vivo y que muero al mismo tiempo, sí, es en esos momentos cuando agarro el placer y lo devoro sin piedad, sin respiro.

 

¿Por qué no llamas a mi puerta? ¿Por qué no apareces bajo mi ventana? ¿Por qué sólo apareces en mis sueños? ¿Acaso sólo juegas conmigo? Necesito conocer tu naturaleza para anunciársela al mundo. Sé que no eres mujer porque en el mundo de la vigilia no hay mujeres como tú. No creo que alguien haya sentido lo que he sentido yo cuando estás conmigo. Cuando te recuerdo, me acelero, respiro a toda velocidad, siento el corazón revolverse en el pecho. Entonces deseo volver a estar entre las sábanas, volver a contemplar tu onírica figura, volver a sentirte conmigo, bajo mi protección.

 

La luz entra por la ventana y me recuerda que, como todos los días, he de afrontar este mundo adverso y hostil, absurdo e infame, vacío e hipócrita. ¿Por qué todas están tan lejos de ti? ¿Por qué todos están tan lejos de mí? ¿Estoy condenado a la soledad y a la repugnancia? ¿A la contemplación y al recuerdo de ti? No puedo escapar de esta cárcel sin barrotes y sólo tú tienes la llave. Cada vez aguanto peor el paso de las horas del día y transcurren más rápido las horas de la noche. No puedo más.

 

Si supiera dónde encontrarte… ¿Dónde encontrar a alguien como tú? No me conformaré con la nada, no me conformaré con lamentarme. Te encontraré, algún día, pero te encontraré. Averiguaré dónde te escondes y pasaremos el resto de nuestros días juntos. Otra vida es posible contigo. Quizá no seas humana, quizá no seas de este tiempo, pero a mí eso me da igual. No hay palabras para describirte, eres la sublimación de la perfección, eres la culminación de todas las ansias, eres lo que necesito. Ven ahora, por favor, ven; dime lo que me decías esta noche, dime lo que me decías ayer, dime lo que me decías la semana pasada… Yo siento eso y mucho más. Algo inefable. Colmaré todos tus deseos y te acompañaré frente a todos los peligros. Te espero, te espero impaciente. Hoy ya no puedo esperar a la noche. Anhelo todo lo que eres, comparto todo lo que sientes. Te quiero.

 

 

Autor: Víctor Rodríguez (España)
 

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 A la memoria de un alumno (relato breve)

 

 

 

A LA MEMORIA DE UN ALUMNO

  

Capítulo 1 El alumno.

 

–Creo que eres un egoísta; sólo miras por ti mismo. ¿No te parece que vas por el mal camino? Deberías hacer algo por los demás de vez en cuando; alguna buena obra, aunque sólo fuera para que conocieses la felicidad que se siente al ser útil al prójimo.

­–Ya lo hago, a diario.

–¿?

–Me cuido bien. Algún día podría llegar a hacer algo positivo para la humanidad y he de cuidarme para poder llegar bien hasta ese día.

 

 

Capítulo 2 Comunicación (Tres años más tarde).

 

Por fin tengo un dominio suficientemente fluido del braille. Hoy he preguntado qué me sucedió. Mi ceguera y sordera absolutas fueron causadas por mi cercanía al pequeño meteorito que arrancó la cabeza al alumno malcriado mientras hablaba con él. No pude evitar sonreír ante su equivocada visión del futuro. El que sí fue útil fue su padre. Su colchonería se sacrificó en un incendio, pero amortiguó el impacto del meteorito, que hubiese causado cientos de muertos en el centro comercial.

 

 

Capítulo 3 La verdad. (Cuarenta años después).

 

Ahora sé por qué mi alumno fue ejecutado. La máquina que podía lanzar pequeñas cantidades de materia inerte al pasado, como si de meteoritos se tratase, habría sido inventada por él. Solo que lo habría hecho catorce años antes, en plena crisis internacional. El intento de varios países por hacerse con esa tecnología habría sido el desencadenante de la tercera guerra mundial.

 

 

Epílogo.

 

Fui yo quien dijo con exactitud dónde se encontraría y en qué momento. Acepté los daños personales que yo iba a sufrir como un justo castigo por asesinar a un genio.

 

                

                 Manuel Trigo  Nogales          (España)         www.manueltrigo.com

                

                 Manuel Trigo es autor de la novela "La esfera negra". Una obra de género fantástico donde, casi hasta el final de la misma, sólo el protagonista es extraordinario, siendo el resto de los personajes muy cotidianos y representantes de la sociedad española de las dos últimas décadas. Arroja una visión muy distinta de los orígenes del Universo y de la vida. Lo sobrenatural se introduce en el contexto de una novela, aparentemente realista, de un modo sutil al principio y creciente a lo largo del desarrollo, presentándose de un modo creíble y cautivador.

 

                                                                                                                      

                                                                

 

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 Escrito 25

 

 

 

Escrito 25

  

 

¿Existirán los ángeles?

¿Cómo serán?

 

Preguntas frecuentes de todos, preguntas las cuales han sido  muchas veces respondidas, aunque sean erróneamente.

 

Afirman y reconocen tan solo a 4, Miguel, Gabriel, Rafael, Uriel, aunque a veces a este ultimo lo niegan de igual forma como lo hacen con otros mas.

 

Los ángeles o seres de la luz, fueron las primeras creaciones de Dios, fueron luces  divinas las cuales tienen virtudes y la gracia de manifestarse en cualquier forma, ser o tiempo.

 

Desde los inicios de los tiempos, los ángeles han sido participes en los mensajes o desgracias del mundo de antaño y aunque lo dudes, del mundo actual.

 

Mucha gente niega su existencia  y por irónico que  parezca, mucha de esa gente es la que hoy en día es portadora de la palabra de Dios.

 

Hoy en día, en esta era en la cual hay manifestaciones de todo tipo, el choque de ideologías modernas y antiguas, han provocado un nuevo acercamiento.

 

Acercamiento y alejamiento de fe.

Acercamiento y alejamiento de cualquier creencia

Creación y final de religiones,

 

Pera todo esto debido no ha Dios, y muchos menos a la fe, si no gracias a los oradores actuales.

 

Un ángel es la esencia de la verdad, es la voz de la verdad, es la voz de dios hacia sus hijos terrenales.

 

El mundo actual vive un tiempo de frialdad de sentimiento, de engaño de corazón, de mentiras de palabras de manipulación de amor y esperanza.

 

Que pasaría si leyeras  la verdad, de la historia de tu mundo.

 

Que pasaría si descubrieras que Cristo fue y vivió como tu.

 

Como reaccionaria el mundo, si  las  paradojas, parábolas e historias de los  evangelios no fueran las verdaderas.

 

Que harías  si lo que leyeras te respondiera tu vida.

 

Podrías descifrar el presente, el pasado, y futuro.

 

Que diría tu corazón si descubriera que Jesús es el ángel supremo.

 

Pues así, con esas mismas preguntas, los ángeles hoy en día responden en tu lengua, responden con tu sentimiento,  responden tus inquietudes.

 

Muy pocos creen, pero esos pocos, entenderán que es verdad.

 

Los ángeles, no vienen a negar las religiones, simplemente vienen a contar la verdad antes de la visualización de nueva cuenta del hijo de dios, hijo el cual camina entre todos.

 

Los ángeles no vienen a causar terror, mas sin en cambio si vienen a dar el mensaje de las catástrofes próximas, aunque la decisión es de cada quien.

 

Por irónico que sea, los ángeles nos vienen y nos enseñan una virtud pequeña,  pero gigantesca a la vez, y se llama albedrío.

 

Albedrío el cual es tu yo, y solo tu sabrás si crees o no crees.

 

Los ángeles son como quieras que sean, son tu esperanza.

 

Dios mando a su hijo a este mundo a vivir y aprender, protegido por ángeles.

 

Ángeles los cuales jamás han partido, aunque si han sido ignorados.

 

Pero ahora en este siglo de cambios, la llegada anunciada  del regreso ha sido dictada, las nuevas escrituras, las verdaderas, dictadas de nueva cuenta son.

 

Y los ángeles con  esa virtud de esperanza, con amor y paciencia, dictan renglón por renglón,  vivencias por vivencias, acción por acción.

 

Lo nuevo ha llegado.

 

Los ángeles están hablando.

 

Creer o no creer es de ti.

 

Dichosos los que entiendan.

 

 

Autor: Israel de Ramos  (Méjico) http://groups.msn.com/vozdeangeles

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 Sombras del pasado

 

 

 

 SOMBRAS DEL PASADO

 

 

Le tengo aquí, junto a mí. Hace sólo tres días que ingresó por urgencias con un cuadro de embolia cerebral.

 

Sólo yo sé que está recuperado, pero la medicación que  le administro le mantiene en aparente estado de coma. No puede comunicarse con los familiares y enfermeras, sólo escucharles y  observarles como a través de una impenetrable pantalla.

 

No puede articular movimiento alguno, ni tan si quiera pestañear. Sabe que no logrará poner en alerta de su estado consciente a quienes están junto a él.

 

Él ha escuchado cómo he contado  a sus familiares las falsedades sobre la irreversibilidad de su estado y la dolorosa agonía, y cómo éstos, deseando evitarle todo sufrimiento, han consentido en que se lleve a cabo la eutanasia.

 

Nos hemos quedado a solas en la habitación, y sé que puede escuchar cuanto le digo mientras observa mi cara de satisfacción.

 

Cuando decidió inscribirse en la lista de quienes desean ser sometidos a una muerte dulce en el supuesto de enfermedad terminal, no sopesó los posibles imprevistos.

 

Yo soy su IMPREVISTO.

 

El no podía imaginar que su antiguo compañero de escuela, aquél del que hacía muchos años no había vuelto a saber nada, terminaría siendo médico internista de este hospital, donde me trasladaron hace sólo unos meses.

 

He cerrado las cortinas y me he sentado al costado de su cama para que él pueda observar cómo hechos que creía ya olvidados pueden volver a tu memoria.

 

Cuando he aproximado a sus ojos un viejo crucifijo, un sexto sentido me dice que ha comprendido.

 

Aún recuerdo como él permanecía estupefacto mientras veía a Don Antonio, nuestro encolerizado maestro, golpearme en las palmas de las manos con su vara de almendro. Un cruel castigo para quien se había atrevido a dar vuelta al crucifijo de la pared.

 

 El delator se vio premiado con una palmadita en la espalda y una sonrisa de gratitud. Pero hoy le aguarda la segunda parte de la recompensa, una dolorosa inyección letal y una nueva sonrisa. La mía, la sonrisa de la muerte.

 

Autor: Ramón Cruz (seudónimo) (Perú)

 

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 Standby

 

 

 

STANDBY

 

Hoy Dios ha venido a visitarme. Quería charlar conmigo. Tal vez, incluso, desvanecer mis dudas.

 

Yo no quería  ser descortés, pero sabía que tú me esperabas.

 

Breves disculpas y la  cadenilla de la puerta han bastado para poder, como cada día,  correr a tu encuentro.

 

* * *

Te quiero, Ana.

 

Mañana, como siempre, volveré temprano. Pero ahora debo marcharme; van a cerrar  las verjas.   

 

* * *

Ya, entre las sabanas, veo apagarse otro nuevo día.

 

El crucifijo de la pared permanece oculto bajo señal de STOP que yo mismo arranqué de aquel siniestro lugar.

 

Dios ha dejado un menaje en el contestador, desea poder verme y hablar sobre ti. No comprende que en aquel cruce la verdadera víctima fue él, porque tú, y no él, aún vives en mí.

 

Adolfo Ruiz      (España)   

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 Relatos anteriores (2)


 
LITERATURA PARA TODOS
(Acceso y difusión gratuita)

Mi bella durmiente (relato breve).

Manuel Trigo Nogales

Madrid

 

 

 

 45 Minutos (relato breve).

Ángel López Santizo

Guatemala

 

 

 

Ahora no (poema)

Antonio Carreño (seud.)

Almería

 

 

 

Libros (relato breve)   

Daniel Alejandro Gómez

Argentina

 

 

 

Homo sapiens (relato breve) 

Sergio (seudonimo)

Méjico

 

 

 

Las tres Gracias (relato breve) 

Andrés Gandia Palau

San Fernando (Cádiz)

 

 

 

Solo un "Flash" (relato breve) 

Victoria Reyes Calvo

San Fernando (Cádiz)

 


          
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Mi bella durmiente (relato breve)

 

 

 

 

MI BELLA DURMIENTE

 

Cuando entre mis manos puse la suya se me estremeció el alma. Estaba fría, helada. Cerré los ojos e imaginé una situación menos amarga que justificase aquel escalofriante tacto.

 

Ella y yo acabábamos de darnos un baño en las bravas aguas del Cantábrico y habíamos salido a tumbarnos en la arena. Yo cogía su mano fría y miraba directamente sus ojos. Eran verdes como dos islas tropicales sobre un mar de salvajes olas espumeantes. El frío había dado un tono pálido a su horripilada piel y yo la abracé para darle calor. Besé sus labios azules mientras sus pechos turgentes clavaron sus erectos arpones demasiado cerca de mi corazón.

 

El sonido de las olas batiéndose contra las rocas se fue apagando lentamente hasta que el doloroso silencio me devolvió a la habitación donde yo sólo sujetaba su fría mano. Tres paredes blancas y una gran cristalera a mis espaldas, como un ojo abierto al mundo, me oprimían angustiosamente. Ella y yo, y el mundo detrás. Pronto mis compañeros, los siervos de Hades, vendrían a llevársela para siempre. La belleza más pura que jamás hubiese conocido iba a ser condenada al olvido. Quería aprovechar junto a ella cada minuto que quedase, cada segundo. Un amor tan poderoso no podía terminar tan cruelmente.

 

De pronto, supe qué hacer. Solté su mano y escribí una nota. Me dirigí al ventanal y, para más sorpresa de los que ya atónitos me estaban mirando, corrí las cortinas como párpados que se cierran por última vez en una macabra alegoría de la muerte. Me tumbé sobre ella y la besé. Estaba fría, muy fría. Pero no estaba mojada como en mi sueño anterior, ni respondió a mis caricias y abrazos. Sus pechos, sus caderas, sus muslos, todo estaba rígido y duro como un lecho de cantos rodados junto a un río. ¿Me había tumbado sobre ella o sobre la pétrea estatua yacente de una lápida? No importaba ya. Mi decisión estaba tomada. Con la nota en mi mano cerré mis ojos con la intención de no volverlos a abrir. Deseé que no fuese Hipnos el que me condujese al sueño, sino su gemelo, Thánatos, el que me condujese a la muerte. Un deseo de morir tan sobrehumano como el amor que sentía por aquella mujer no podía ser desoído por los dioses.

 

De nuevo estamos los dos, nadando mar adentro en las frías aguas cantábricas, dejando atrás para siempre mí querida tierra asturiana. Es como un sueño en el que observo la escena desde fuera, viéndome a mi mismo alejarme junto a ella en la tarde, hasta que la noche y la lejanía funden en negro nuestras figuras.

 

Ahora veo al que debió de ser el marido de mi amada. Llora en un sillón y en su mano aferra la nota que yo había escrito:

 

“Mi más ferviente deseo es ser incinerado junto a esta mujer y que nuestras cenizas vuelen eternamente juntas entre los vientos del mundo”.

 

Frente a él, una urna de cerámica apresa los restos grises de la que fuera la más hermosa criatura. Su marido la ha querido para sí, aún en contra de mi voluntad. Me hubiera gustado preguntarle a ella, darle a elegir entre su presidio y mi libertad.

 

Me veo ahora en lo alto de las rocas mojadas donde jugaba en mi infancia. No me he desplazado hasta aquí, sencillamente he aparecido, sin más. Ya no estoy sujeto a las leyes físicas. Carezco de cuerpo. Soy un espíritu, un alma o, sencillamente, un pensamiento. Sí, un pensamiento. Sólo soy una consciencia de lo que está sucediendo. Alguien porta una urna con mis cenizas, que no llegaron a arder junto a las de ella. Ese hombre podría ser mi hermano o un amigo, no sé, quizás ambas cosas. Esta solo, como yo. Tras pensarlo un rato, despidiéndose de mí, supongo, ha quitado la tapa y me lanza al viento terral. Me elevo entre las gaviotas, que parecen reírse de mi absurdo final. He muerto de amor para ser amado eternamente por una mujer que acababa de conocer, y que ni siquiera había llegado a imaginar que, allá en el inframundo, ella hubiese podido no corresponder a mi amor; y ahora me alejo solo de esa playa donde antes había imaginado abrazarla. Una mujer tan desco  nocida que ni siquiera había llegado a saber su nombre, pero era de una belleza tan cautivadora que no pude resistir a dejarla montar sola en la barca de Caronte.

 

Ya da todo igual. Iré yo solo a encontrar mi destino. De todos modos, después de haberla visto en su féretro, en aquella cámara del tanatorio donde trabajaba, y de haberme enamorado tan irracionalmente de ella, ya no hubiera podido seguir vivo, errando por un mundo donde sabía que no la iba a encontrar de nuevo.

 

Cierro los ojos que no tengo mientras el viento me lleva sobre el mar e intento imaginar de nuevo que chapoteo junto a ella, pero no lo consigo.

 

No. El final no será así. Mientras mis cenizas se disuelven en el aire, antes de que lleguen siquiera a humedecerse en mi Cantábrico, yo me desvanezco igualmente en la nada. Me debilito mientras me pregunto si éste será el fin de todos los hombres o sólo a mí se me ha concedido este momento para ser consciente de mi propio final.

Ella no está. El mar tampoco se agita allá abajo. Ya no hay nada. Ya no…

                

                 Manuel Trigo  Nogales          (España)         www.manueltrigo.com

                

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45 Minutos

 

 

 

45 MINUTOS¹

 

 

 nunca me ha gustado el foot ball, esa estéril alienación que padecen los engendros de esta patética rutina llamada sociedad, pero aquel día era distinto, de todas formas no jugué, pues no tengo la más mínima noción de las reglas de dicho deporte, me quedé entre el público, oprimiendo mi cuchillo con todas las fuerzas de mi rabia, atento por si éramos copados por el enemigo, los de la prensa nos observaban desde la distancia, incapaces de entrar, el humo lentamente nublaba la lejanía y el partido apenas comenzaba, los del sector 13 contra los del sector 18, yo era de los del 18, los goles se fueron sucediendo uno tras otro, el pulgoso era un bastardo, siempre estaba sacándonos la poca plata que nos entraban, si alguna prenda le gustaba la tomaba, llegando a dejar a algunos desnudos a inmediación del frío de la noche

 

            y estaba yo allí, rodeado de todas aquellas gentes millonarias, todos hablándome y preguntándome acerca de tantos autores, acerca de tantos libros, acerca del mundo que más me atrae, repartieron los vinos y una vez en la calle ellos siguieron en su mundo y yo a contar las escuálidas monedas de mi bolsillo, para ajustar lo del bus, la gente quiere saber de qué hablan los escritores no de qué viven, una vez en él, rodeado de gentes que nada sabían de literatura y menos querían saber, ellos venían pensando en cuánto se habían matado trabajando, cuánto habían tenido que suplicar una moneda y otros, los más, cuánto habían tenido que correr luego de haber asaltado a algún transeúnte, cada vez que arribaba un nuevo pasajero, todos le observaban de pies a cabeza, a fin de constatar si no iba con intención de asaltar a los pasajeros, de igual forma él indagaba uno a uno a los que le habían antecedido, presa del mismo temor, subió un chico bastante borracho, se sentó a lado de un viejo gordo y sin afeitar, se le recostó sobre el hombro y con voz rasposa le dijo – avíseme cuando llegue a donde me bajo – en dónde te bajas – no lo sé, y se quedó profundamente dormido sobre el viejo, en una derruida y penumbrosa estación subieron tres tipos, que olían peor de lo que se veían, pasadas dos cuadras desenfundaron unas armas, de juguete según pude descubrir más tarde, y comenzaron a exigir el dinero y todo lo que a sus ojos algún valor pudiera tener, yo llevaba el borrador de mi primer libro de cuentos, eso era de mucho valor, al menos para mí, de la cárcel salgo, de la tumba ya no pensé, saqué mi arma y pasó lo que tan a menudo sucede en esta ciudad, por lo que describirlo sería redundar

 

esa misma noche conocí a ese maldito, al entrar en la celda, más bien cuando me tiraron dentro, llegó unos minutos más tarde, pues por una extraña razón, que tiempo después comprendí, tenía acceso a todas las celdas, los agentes le obedecían aun más que al director del presidio, me quitó todo cuanto de valor cargaba, incluyendo los zapatos, al protestar me dio una golpiza con la que mi rostro quedó irreconocible y mi cuerpo triturado, eso lo hacía constantemente con todos los reos que no pertenecían a su grupo y quienes se le oponían o amenazaban su poder amanecían ahorcados, sin que nadie dijera nada, el pulgoso estaba por violación, asesinato, secuestro y asalto de bancos, no resta decir que cumplía cadena perpetua, el tiempo corrió y yo allí, pues resultó que cuando ya había dinero que reclamar, a los frustrados ladronzuelos sí les apareció familia, con lo que se alargó el proceso, hasta esa tarde, en que estaba disfrutando del partido, que por cierto no dejaba de tener algún sabor a venganza

 

            el needle era el mejor, ya había metido 4 goles, era de los contrarios, nosotros apenas llevábamos 3 goles, mientras que el blue, otro que era bueno, también había metido 2 a su favor, la misma cantidad había anotado el killer, a estas alturas el encuentro se tornaba más que reñido, pues con esos 8 goles era casi imposible que los pudiéramos alcanzar, me vino de pronto un lejano recuerdo, cierta ocasión le pregunté a un amigo por qué ese deporte era tan popular –simple- me dijo –no necesitas pensar para comprenderlo-; el spoon se lanzó por la izquierda, le hizo una jugada a uno de los nuestros, le ganó la delantera, corrió con furia hacia la portería y gooooool, 5 mil rostros cubiertos por pasamontañas o trapos viejos, todos gritaron al unísono, elevando sus ensangrentados cuchillos, oxidados tubos y más de una AK 47 incautada a los guardias, la cabeza del pulgoso fue atravesando como en cámara lenta el arco de nuestro sector por 9na vez,  ese fue el último gol de la tarde

 

¹ inspirado en hechos reales acaecidos el 23 de Diciembre de 2,002 en el sector Alaska (la hielera) del centro penal Pavoncito

 

 Autor: Ángel López Santizo    (Guatemala)  angellsantizo@yahoo.com

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Ahora no (poema)

 

 

 

 

 

 Ahora no

 

Ahora no, es tarde

y mañana tengo que beber,

acabar con esta rehabilitación

que sólo conduce

a vivir muerto de sed.

Espera un poco, por favor;

pronto se verá

si mi cuerpo de vacíos y recaídas,

donde la pasión se desinfla

cada vez que te vas,

se digna en hacer otra parada

en la estación cenagosa de tu cama.

Pero antes,

por si acaso, aparcaré

las ilusiones y me disfrazaré de cualquiera,

no vaya a ser

que me de por necesitarte

y tanto defecto que tengo desatienda.

 

 

Autor: Antonio Carreño (seudónimo) (España)
 

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 Libros (relato breve)

 

 

 

LIBROS

 

Los recuerdos son ahora bastante frescos; hoy día, estas cosas que parecían sepultadas para siempre en el tiempo, han vuelto a mí. En esta tarde, con las emociones a flor de piel, es hora, pienso, de llevarlas al papel.

 

            Yo tenía veintidós años. Aunque de pequeño no me gustaba ir a la Capital, a la ciudad de Buenos Aires, en aquel momento sí, porque había descubierto mi vocación y mi felicidad. Y tenía un guía, el doctor Arrambide.

 

            Debo explicar cómo comenzó todo. Trabajaba en un kiosco de diarios de Villa Adelina. Sin embargo, era muy apático, nada me gustaba. La gente me inspiraba una fría aversión; nada entendía de tener una vocación, pese a ser muy joven. Sin embargo, un día enigmático, recordé una vieja afición de cuando era niño: los libros de aventuras. Y es algo curioso, es algo curioso cómo vienen los recuerdos. Yo estaba en un colectivo, y todo fue tan inconsciente que no guardo memoria del lugar exacto por donde iba el colectivo, excepto que era de noche. De pronto, como una imagen largamente guardada en un cofre de tesoros, como el refugio en medio de una tormenta, vi algo en mi mente, abstrayéndome del todo de la gente del colectivo, del viaje, de la noche.

 

Era un libro, un libro que me había regalado mi padre cuando chico. Por alguna razón- yo no sabía entonces explicar a la razón- , la imagen me hizo sentirme seguro, protegido, aunque claro que no sabía porqué. Durante los meses siguientes, acaso todo el año siguiente, aquella imagen y otras-por ejemplo la biblioteca, las cajas de libros, mi viejo escritorio lleno de libritos infantiles-me daban una seguridad, un llamado; en fin, una vocación. Sentía incluso algo corporal con estas imágenes. Los libros hacían correr a mi sangre, y experimentaba una calidez en todo el cuerpo. Estaba relajado con esta visión que, persistente y benignamente tenaz, venía una y otra vez a mí; tan calmo estaba que mi natural nervio y apatía social fueron remitiendo.

 

            Finalmente, una mañana me levanté con la resolución de saber algo más acerca de esta memoria proustiana, digamos, acerca de la cual nada desentrañaba racionalmente. Empecé, entonces, a ir a las librerías. Pero recuerdo especialmente una góndola de libros, en un supermercado. Ahí practiqué la veracidad de mi afición. Rozaba los libros con la yema de los dedos, y sentía un soplo de vida en mí. La gravidez vital de estos objetos me fascinaba. Muchas veces volví a la góndola, en medio de la noche, en las lluvias, en el invierno, mientras el tiempo pasaba y pasaba y yo seguía aferrado a mis imágenes.

 

            Un día de esos de lluvia- estábamos en el otoño-, un señor, en ese supermercado, me abordó. Es menester decir, ahora, que nada diré acerca de si ya había visto a este hombre, o si el sujeto, con una relación hacia mí muy distinta y extraña respecto a la cual lo presentaré en las líneas siguientes, fue en virtud de su profesión el causante de las imágenes purificadoras de las que ya he hablado.

 

            Soy el doctor Arrambide, me dijo, extendiéndome una de sus forzudas manos. Quisiera que viniera a mi consultorio. Para hablar de libros.

 

            Me dio una tarjeta, y, aunque era doctor, en ella nada decía sobre su especialidad.

 

            Singular invitación, pero también singular era mi estado de ánimo. Así que un día comencé a ir a la Avenida Córdoba, donde vivía Arrambide, en la Capital. Las sensaciones benignas en mi cuerpo hicieron presa de mí, allá en la ciudad.

 

Viajaba en colectivo. Me bajaba en la Avenida, y ahí, en una esquina, estaba la librería El Aleph. La Avenida- repito que los recuerdos son frescos y tengo cierta necesidad de ser minucioso, catárticamente minucioso- tenía unas veredas amplias, y yo cruzaba en una esquina con línea de peatones.

 

El doctor Arrambide atendía en un edificio. El frente del edificio era un arco de mármol. No recuerdo, sin embargo, cómo era el ascensor. En las oficinas de Arrambide había una chica que se llamaba Laura, morena y de cabello lacio, joven y muy simpática; parecía movediza. Me gustaba. Arrambide- no se impacienten, ya diré sobre él- atendía mis consultas, así las llamaré por ahora, en una oficina con alfombras de un color amarillo oscuro, con una ventana que daba hacia la ciudad, aunque solamente se veían los edificios. Recuerdo el color verde de sus cortinas. Tras de Arrambide, que se sentaba en un sillón negro, giratorio, detrás de un escritorio de madera, había libros. A un costado, también un anaquel de libros. Arrambide tenía una mirada penetrante, solía ponerse el bolígrafo en la boca, en señal indagatoria, examinando mis gestos. Hago esta descripción simplemente intentando abogar, ya lo verán, por mi lucidez.

 

Yo me iba rápidamente, en fin, pensando en las enseñanzas del doctor.

 

            Quedaba tan impresionado, tan relajado y feliz con dichas enseñanzas sobre las que poco abundaré, que decidía pasear un rato por la Avenida Córdoba, y después me iba para otra Avenida cercana que, creo, era Pueyrredón. En Pueyrredón tomaba el colectivo para volver a casa, pero en Córdoba paseaba. Allí me gustaba pararme en un kiosco de diarios, mientras tenía en mi cabeza a la voz de Arrambide. Recuerdo las luces blancas del negocio, mientras la noche y la melancolía caían sobre Buenos Aires.

 

            Había un McDonald´s cerca. E iba allí. Era de dos pisos. Yo iba al segundo piso, donde se situaba un gran ventanal desde el cual se veían los edificios y algo del horizonte. Me sentaba en uno de los asientos solitarios con un libro. He de decir, antes de continuar, que al lado, muy cerca del consultorio de Arrambide, se hallaba una librería. Ahí  miraba y miraba los libros; los títulos me producían una excitación algo sexual, o una sensación como una vieja tumba vuelta a la vida. Y compraba algún libro, llevándomelo al McDonald´s. Solía, pues, ver el crepúsculo, rojo como la sangre, con el libro en las manos, y la mirada y los sueños hacia el gran ventanal.

 

            En el McDonald´s leía, extático y como en sueños, hasta la noche. Todavía me acuerdo bien de las chicas que atendían, que a veces me servían un café, o a veces me decían amablemente si me podía retirar, después de leer tanto tiempo, porque ya no había lugar en el local. Insisto con esta precisión obsesiva en mi presunta lucidez, antes de la revelación…

 

Así, abstraído, ya cuando era de noche, yo me iba, con Arrambide y los libros en mi cabeza.

 

Pero una tarde, una tarde gris, algo pesada, yo fui, creía que rutinariamente, a lo de Arrambide. Entonces el doctor, he dicho todavía que no sabía qué doctorado ostentaba, me recibió. Señalaré que nuestras charlas, sin yo preguntar casi nada, fascinado por la personalidad del sabio, versaban sobre libros…creía yo. Él me ensañaba la historia de los libros, la historia de la literatura, me hablaba de Borges, a quien había conocido en persona…creía yo.  

                  

Arrambide, eso sí, destilaba sabiduría como desde la misma piel.

 

            Pero aquella tarde gris me anunció una magia que me hizo sonreír cuando le pregunté su nombre completo.

 

            -Soy el doctor Carlos Arrambide, usted ya lo sabe.

 

            Tengo que confesar que su impecable educación me trataba de usted. Pero era curioso: no recordaba en la tarjeta el nombre de Carlos. Entonces, no se porqué, le pregunté acerca de su profesión. Dónde había obtenido el doctorado.

 

            Él compuso una mirada profunda, muy profunda. Me miraba con una seriedad que haría llorar de pena a cualquiera. Es notable, pero ahora asentaré que, en aquella reunión, nada habíamos hablado de libros; en verdad, no recuerdo de qué hablamos, pero, como quien despierta a la realidad, sí que recuerdo la pregunta, su mirada y su respuesta.

            -Psicólogo.

 

            Y añadió si me sentía bien.

 

            Yo dije que me sentía perfectamente.

 

            Luego me preguntó si todo era una broma mía.

 

            Yo aduje mi perplejidad; le supliqué que se explicara con más calma y extensión.

 

            Sin embargo, él anudó las manos, y se echó hacia delante; su mirada era tan profunda como el horizonte del mar.

 

            -Creía que usted sabía que yo lo estoy tratando hace meses. Justamente hablábamos de los problemas que tiene en su trabajo. Me pregunto otra vez si se siente bien.

 

            Ello fue una descarga para mí. Me levanté, trastabillé, no sabía qué hacer.

 

El resto de la charla, claro, fue una mera retahíla de medias palabras y de cabeza gacha por mi parte; estaba ansioso por irme, por intentar pensar…  

 

El doctor Arrambide me dio los últimos consejos acerca de mi vida, de mi mundo. Para mi sorpresa, yo llevaba una buena cantidad de dinero. Adiviné que sería para pagarle. Le pagué, y él sonrió.

 

            -Son cosas que pasan-dijo, palmeándome.

 

No necesitaré decir lo que recordé después. No haré ningún comentario excesivo.

 

            Al salir ya era de noche. Respiré las luces blancas de la Avenida; miré el kiosco de diarios. Después fui a la librería.

 

            Allí comencé a recordar al fin. Creo que no debo escribir acerca de todo lo que recordé, y respecto a mi repentina y, en cierto sentido, horrorosa lucidez.

 

El horror, en efecto, de saber que había necesitado tratamiento médico en mi aspereza con la gente; el hecho de que nunca había recibido un tratamiento sobre vida, sobre libros; el hecho de carecer de un mentor gratuito acerca de mi vocación recién desvelada, del descubrimiento de mi personalidad. Desde entonces, para siempre dudé de la realidad. En todo caso, me quedan las imágenes, los libros, la góndola del supermercado…

 

Yo no diré si Arrambide vino a mí entre los momentos íntimos y exultantes del supermercado, donde examinaba a los libros en la góndola. No hace falta. Que cada cual piense lo que quiera.

 

No diré, y es lo más importante, si la imagen de los libros, los días pasados rozando los preciados objetos en el supermercado, vinieron antes o después de la catársis con el extraño y singular psicólogo doctor Arrambide. Lo cierto es que hubo un hecho o un pensamiento; un guía, en fin, misterioso que se presentaba en el momento de una vocación juvenil.

 

Pienso, insisto, que no importa. Cada lector sabrá acerca de su lucidez, sabrá acerca de la veracidad de sus recuerdos. Sabrá, como yo, que resulta igual cómo habremos llegado a las imágenes de la pasión. El Arrambide que se presentó como un guía insospechado, lo dejaré para la imaginación del lector si es producto de mi fantasía, o irrefutable hecho real. Ello repito que no importa; he aprendido que nuestra tan admirada realidad necesita, como los libros, a las fantasías más febriles, más insospechadas, más emotivas... y también, como en este caso, a las más sensatas. 

 

Autor: Daniel Alejandro Gómez (Argentina)

 

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 Homo Sapiens

 

 

 

HOMO SAPIENS

  

 

No queda nada más que pueda tomar, he ingerido ya todos los fármacos que he encontrado. Espero que la dosis sea suficiente, pero en último extremo recurriré al ventanal, el mismo  desde el que cada mañana, rumbo al trabajo, ella me decía “te quiero” y  me despedía con una sonrisa.   

 

No se cómo ha ocurrido, no logro entenderlo. La miro ahí tendida sobre el charco de sangre y no quiero creer que se trate de ella. Mi reina, mi yo.

 

Trato de buscar una explicación, mientras viene a mi mente el recuerdo la tímida e insinuante mirada con que me cautivó, hace ya casi treinta años, cuando con mi melena de progresista comprometido aún creía posible poder arreglar este mundo.

 

No puedo racionalizar mis pensamientos en este instante, pero no dejo de preguntarme cómo ha podido sucederme a mí. Ella y yo hemos hablado a menudo sobre estos temas tan de actualidad, con la certeza de que parecían proceder de un mundo ajeno y lejano a nuestra situación. 

 

Como especialista en psico-antropología, trato de analizar lo sucedido con científica frialdad. Qué extraño mecanismo se desencadeno en mi cerebro cuando ella me dijo que  me abandonaba, que yo no era ya aquel chico de la rubia melena.

 

Desde mi cátedra en la facultad, son numerosos los estudios que he realizado sobre el los comportamientos posesivos  que pueden observarse en algunos grandes primates respecto a sus parejas, pero jamás el rechazo de la hembra hacia su macho ha tenido consecuencias sangrientas.

 

Qué tipo de evolución es la nuestra, acaso, tal vez, sólo seamos una especie camino de la extinción, un sin sentido de la naturaleza, un desliz de la biología.

 

Ya puede escucharse la sirena de la policía, no hay tiempo que perder.

 

Me he arrodillado junto ella y la he besado, quiero que sepa que, allá donde esté, me tendrá con ella muy pronto. Necesito que pueda escucharme, pedirle perdón, y suplicarle que me conceda una nueva oportunidad.

  

****

 

Mientras me precipito al vacío, he podido girar la cabeza y mirar por última vez al ventanal, y me ha parecido que allí estaba ella, con su sonrisa, esperando que quizás, como siempre, en  unas horas volvamos a estar juntos. Juntos para siempre.

           

 Nota: El 1% de los casos de violencia de género se dan en parejas de elevada formación cultural, en las que no hay antecedentes previos de malos tratos u opresión del marido sobre la esposa, ni tan siquiera indicio alguno que permita vislumbrar un riesgo cierto de que dicho episodio de violencia pueda llegar a producirse. 

Autor: Sergio (seudónimo) Méjico

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 Las tres Gracias

 

 

 

Las tres Gracias

 

      Coincidieron en la sala de espera de un viaje aéreo. Nuria, Carmen y Wilma eran, posiblemente, las tres modelos más cotizadas del momento. Su viaje les iba a llevar a Ámsterdam en donde serían protagonistas de unas sesiones en las que posarían para un reputado fotógrafo de publicidad.

 

     Su relación no era del todo buena; pero tampoco se podía decir que se odiaran. Simplemente, se respetaban, se temían quizá, se soportaban cuando no había más remedio y hacían ver que se ignoraban cuando la ocasión lo requería o que eran muy amigas, si había negocio en ello.

 

      Carmen rompió el hielo iniciando una conversación que ella creía banal:

 

              - Pues he visto un reportaje en el que se habla de una terrible epidemia que asoló el mundo. Le llamaban algo así como anorexia.

 

             - Claro, mujer, a mí me lo contó mi abuela, siendo yo muy pequeña. Por lo visto, se puso de moda estar muy flaca. - Aclaró Nuria.

 

             - Decía el reportaje que una de cada diez adolescentes llegó a sufrir la enfermedad y que, de éstas,  un porcentaje escalofriante falleció por su causa y una gran mayoría no llegó  nunca a curarse, a pesar de que se dedicaron grandes campañas a su prevención. ¡Y afectaba fundamentalmente a mujeres jóvenes, como nosotras! - Siguió diciendo Carmen.

 

            -  Pero lo que quizá no sepas es que dicen que el problema lo desencadenó el mundo de la moda, es decir, nuestro mundo. - Apostilló Wilma que, hasta ese momento, no había hecho más que escuchar, con aire ausente.

 

      Carmen y Nuria quedaron perplejas. Wilma era mujer de pocas palabras, pero cuando hablaba, solía hacerlo con conocimiento de causa y ellas lo sabían. Sus dos carreras universitarias, Periodismo e Imagen, Sonido y Cinematografía, le convertían en la mas instruida al respecto o, quizá, en la de opinión mas solvente de entre ellas tres.

 

           - Y, además, contribuyó a todo ello y mucho, el papel de los medios de comunicación que, por entonces, ensalzaban esas figuras caquéxicas de verdaderas muertas de hambre, sin carne ni grasa alguna entre el hueso y la piel. - Siguió diciendo Wilma mientras levantaba sus noventa quilos del asiento en que reposaba su rebosante trasero, para acercarse a la barra del bar.caquécticas

 

      Nuria susurró por lo bajo a Carmen mientras tanto:

 

   - No hagas mucho caso, creo que trata de impresionarnos. ¡No es posible barbaridad semejante!

 

      Carmen, sin embargo, abundó en la opinión de Wilma:

 

            - Sí lo es, lo decía el reportaje. Y no acaba ahí la cosa: por lo visto, la prensa se metía con la vida privada de las personas famosas!

 

            - ¡Pero si eso está prohibido por ley en todo el mundo! - Exclamó Nuria.

 

          - Lo está ahora. Precisamente esa ley se aprobó para evitar los abusos que se estaban cometiendo. Llegaban a inventarse falsos idilios, se metían con los defectos de las personas y no sé cuantas cosas más. En fin, verdaderas atrocidades. - Aclaró Wilma mientras volvía a su asiento con un vaso de agua mineral en una mano y un canapé de jamón en la otra.

 

           - Y además, había pseudo famosos que vivían de que los medios de comunicación les pagasen cantidades muy importantes por lo que llamaban exclusivas, reportajes sobre su vida, que podían llegar a ser incluso inventados, acompañados por fotografías de los interesados que hacían creer que eran casuales.

 

      Ahora era Nuria la que intentaba levantar con dificultad sus casi cien quilos del asiento en que estaban desparramados. Una vez puesta en pié, se acercó a una mesa en donde una pequeña pantalla daba información de las salidas aéreas previstas. A su vuelta exclamó:

 

Lo que parece estar como en el siglo pasado es esto de los retrasos. ¡Parece mentira....!

 

      Carmen y Wilma seguían con su tema. Esta última, dirigiéndose a Nuria, preguntó:

 

           - ¿Crees que Carmen, con sus ochenta y nueve quilos, con sus redondeadas formas, con sus enormes nalgas, sería modelo en aquella época?. Pues no. Eran otros tiempos, eran otras modas, eran otras leyes, era otra manera de pensar....

 

      Nuria puso los ojos en blanco y tras un suspiro respondió:

 

           - Pues menos mal que estamos en el año 2076. Si llego a vivir en aquellos tiempos, me veo poniéndome a régimen, con lo malo que debe ser eso.

 

Ahora, sin embargo, se llevan llenitas, como nosotras, con los quilitos en su sitio, con las grasitas adecuadas. La verdad es que ahora hay quienes envidian nuestras celulitis y se hinchan a comer para ponerse rollizas. Pero eso es mucho más fácil y llevadero que lo que me estáis contando.                    

Por cierto, ¿cómo se llama el artista, ese holandés para el que vamos a posar?.

 

-  Rubens o algo así me ha dicho mi representante. Creo que tiene un antepasado que fue un pintor famoso. - Aclaró finalmente Carmen, mientras por los altavoces una amable voz femenina anunciaba que su vuelo tenía veinte minutos de retraso.

 

Andrés Gandia Palau          (España)  

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 Solo un "Flash"

 

 

 

SOLO UN "FLASH"

 

“No sé qué hacerles de comer hoy, ayer hice lentejas y los niños no se comieron ni medio plato. Tienen que comer, están creciendo, pero la pubertad es una edad muy mala... 15 y 17...Ah!, quién los tuviera ahora. No haría yo cosas con esa edad, lo primero no echarme novio tan pronto;  20 años de matrimonio ya...como se va la vida. Uy!, pero si ya son la una, tengo que ir al mercado a comprar filetes”.

 

Mientras miraba su reloj comprado en la  tienda de todo a un euro,  María aceleró su paso esquivando a los transeúntes de la transitada avenida. Entre la vorágine de pensamientos a cerca de lo que tenía que hacer ese día, miró su figura reflejada en uno de los cristales de la tienda de televisores. El paso del tiempo había acentuado aún más sus curvas y el chándal de color azul oscuro, no conseguía disimular su barriga picuda fruto de sus dos embarazos.

 

María se paró un momento a mirarse en el cristal de una tienda, dando forma a lo que quedaba de la permanente que se hizo en el pelo hace tres meses. Tras el cristal, en la tienda había cientos de esas teles nuevas de plasma que valían un ojo de la cara. Entró en la tienda por curiosidad a ver una que había al fondo de 42 pulgadas.

 

“Qué bonita,- pensó-. Pero qué cara 2000 euros...Pero si a mi marido le dan la paga en Navidad, a lo mejor podemos comprarla...” Entre sus cálculos, la tele estaba emitiendo una entrevista a un joven erudito. María dejó lo que estaba pensando y prestó atención a la entrevista sin saber por qué:

 

-Qué está estudiando usted ahora?- Le dijo el elegante presentador al joven.

 

-Estoy estudiando las lenguas muertas, el arameo, sánscrito y varios idiomas perdidos hace muchos años.

 

“Qué bien, yo no terminé ni mis estudios”.-Pensó María para sí misma.

 

-Y dígame...Cuál es el origen de sus disertaciones a cerca de la vida.-Le siguió preguntando el interlocutor.

 

-Cuando empecé a tener inteligencia...

 

“Sería estupendo ser inteligente como ese joven tan bien vestido.”-Volvió a pensar María.

De momento, la entrevista cambió de personaje y apareció la imagen de María en lugar del sabio.

 

-¡No puede ser!.-Dijo María sentada frente al interlocutor.

 

-Qué es lo que no puede ser, el tener inteligencia, usted la tiene, ha sido calificada como una de las mujeres más inteligentes que hay en nuestro país...Pero volviendo a su respuesta, cuándo tuvo usted inteligencia?.

 

-Desde niña-Le contestó María muy suelta.

 

-Entonces, usted empezó a pensar en la sabiduría de la vida desde muy pequeña.

 

-Somos sabios desde que nacimos, lo que ocurre, es que nos convencen de que somos todo lo contrario.

 

-Qué es para usted la inteligencia?-Preguntó el entrevistador con una de sus preguntas más difíciles.

 

-La inteligencia verdadera es una mezcla de razón e intuición, la acumulación de conceptos solo es memoria.

 

Una mano tocó a María en el hombro y una voz con malos modos sonó en su oído diciéndole:

 

-Señora, desea algo?, son las dos vamos a cerrar.

 

Era el dependiente de la tienda que tenía ganas de irse a su hora y no terminar más tarde, pues ya era viernes.

 

María volvió a encontrarse mirando la tele y en lugar de la entrevista, estaba un documental de dos escarabajos peloteros peleándose por el estiércol.

 

Despertando de su ensimismamiento le dijo al vendedor:

 

-No, solo miraba, ya me voy.

 

Con paso lento, se fue de la tienda pensando:

 

“Vaya, he debido de dormir muy poco esta noche, ya soñaba despierta. Qué sueño más raro...Pero bueno, solo ha sido eso, un sueño, un flash, otro de tantos.”

 

Y con un suspiro suave y contenido, María se fue a comprar los filetes a la carnicería no sin antes echarle un último vistazo desde la calle, a esa tele de plasma que había al fondo del escaparate.

 

 

V.R. Calvo: El ser humano encierra dentro de si valores que ni el mismo imagina, es un genio de la naturaleza, tan inteligente, que su inteligencia lo frena para que no sea tan poderoso.

Victoria Reyes Calvo         San Fernando (Cádiz)   

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Relatos anteriores (3)

                                                                                                                          
LITERATURA PARA TODOS
(Acceso y difusión gratuita)

I R C (relato breve).

Federico G. Witt

Córdoba

 

 

 

 La abuela (relato breve).

Manel Mora

Barcelona

 

 

 

La expedición  (relato)

Agustín Tejada Navas

 Tudela

 

 

 

Declaración de mi final feliz  (relato breve)   

Eduard Benavente

.

 

 

 

Carmesí (relato breve) 

Sergio Alonso

Oviedo

 

 

 

Un día normal (relato breve)

Juan José Castillo

Sevilla

 

 

 

Feliz Navidad (relato breve)

Daniel González Porcar

Barcelona

 

 

 

Calles (relato breve)

Miguel Cárdenas Callejón

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El suicidio de Dios (relato)

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Cigarrillo con antojo (relato breve)

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Marina (relato breve)

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Perú

 

 

 

Escrito 26 (sobre los ángeles)

Israel de Ramos

Méjico

 

 

 

El llanto del diablo (relato breve) 

José Carlos González

Venezuela

            

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Cada mes incluimos en esta página aquellos que a nuestro juicio ofrecen un mayor interés y se ajustan a nuestra línea editorial.

Le agradeceríamos que nos diera su opinión sobre los relatos que le ofrecemos,  escribiéndonos a editorial@alkubia.com Algunas de las opiniones recibidas serán obsequiadas con un ejemplar de nuestra reciente publicación.  

 

    

 

I R C  (relato breve)

 

 

 

 I R C

 

Nunca se preguntan quién está al otro lado. Lamentable error por su parte porque, cuando lo hacen, ya es demasiado tarde.

No me gusta hablar en los canales multitudinarios; tanto jijiji, jajaja, XD... y no digamos los gritos: holaaaaaaaaa, yuuuuuuuuuuuuuuuu... Si entro en un canal es con la única finalidad de seleccionar una presa. Y las presas que hacen jijiji, las que gritan o las que escriben con demasiadas faltas de ortografía, no me motivan. Su destrucción no podría proporcionarme lo que necesito. No. Eso no tiene ningún mérito. Esa clase de individuos sólo sirve de pasatiempo hasta que llegue alguien que pueda proporcionarme algo de placer. Y ese placer emana de su emoción al sentirse destruidos, y no todos están preparados para ello, ni son capaces de hacerlo con la suficiente falta de dignidad como para que yo me llene de su miedo, de su angustia... de su miseria.

En cualquier caso, no se quejarán... prácticamente telegrafío mis intenciones, pero... nunca se preocupan de conocer al que está al otro lado.

He engañado a cientos de mujeres. También he hecho míos a decenas de hombres, incluso a hombres que se hacen pasar por mujeres. Las mujeres que se hacen pasar por hombres no me interesan tanto, porque una mujer que se quiere hacer pasar por un hombre tan sólo pretende que no le abran privados con ánimos lujuriosos. Sin embargo, un hombre que se hace pasar por mujer pretende engañar a quien esté al otro lado, lo que ciertamente consigue aumentar mi sed de humillación y destrucción emocional.

No se dan cuenta de lo solos que están en realidad. Los hombres fanfarronean... hasta que su ego se quiebra. Es realmente satisfactorio darse cuenta de cómo se van derrumbando poco a poco, quedando sin defensas a medida que disminuye su seguridad en sí mismos.

Seguridad en sí mismos...

¡Qué ironía! Eso es lo que más gracia me hace. Hombres hechos y derechos que se tiran cinco... diez... tal vez quince, o más, horas cada día sentados enfrente de un cacharro que emite luces, imágenes, colores y sonidos, sin poder enfrentarse con la realidad, sin ser capaces de exponer su verdadero yo cuando traspasan la puerta de sus casas... y creen que tienen seguridad en sí mismos. Pero lo mejor es que encima van y te lo quieren demostrar; o, como mínimo, te lo explican.

Y tú dices que sí a todo lo que te digan... al principio. Y luego les dices que les comprendes y ellos se abren más. Y empiezas a comentar hechos con los que sabes que se sentirán identificados, y ellos asienten y ven en ti a un alma gemela. Pero poco a poco comienzas a ser menos complaciente, les vas mostrando sus carencias y procedes a ridiculizar algunos de los sentimientos que describes. Les demuestras que bajo esa fachada sólo se esconde el miedo a que los demás conozcan que la miseria humana carece de límites. Cuando se van abriendo a ti, después de haber intentado confraternizar o incluso impresionarte con sus hazañas y sus habilidades, les demuestras que no son nadie en tu presencia. Les haces sentirse pequeños, insignificantes, en cualquier terreno. Y más adelante... no hay clemencia.

Una vez rotas sus barreras, si no se van, y tú te ocupas de que no lo hagan, apisonas cualquier vestigio de dignidad que les quede. Es entonces cuando te encargas de que te necesiten, de que ansíen seguir intentándolo, como si esa fuera la única tabla de salvación para su maltrecho orgullo. Y eso ocurre aunque a esas alturas ellos mismos presientan que están perdidos. Es tu mayor momento de gloria, cuando se intentan negar ante sí mismos lo que a esas alturas resulta evidente para todos ellos: son indignos de cualquier derecho a la felicidad.

No buscas admiración por su parte ni te interesan lo más mínimo sus sentimientos, excepto por el hecho de percibir su angustia y su incapacidad. Pero insisten... insisten... lo hacen porque quieren demostrar que, aunque no sean tus iguales, tan sólo están un escalón por debajo de ti. Pretenden, dando muestras de su todavía coleante fe en tu magnanimidad, que admitas que se encuentran muchos escalones por encima del resto. Quieren ser como tú. Pero es entonces cuando das el golpe de gracia y les haces comprender que no merecen ni consumir el oxígeno que respiran. Haces ver que te muestras apenado por haberles hecho comprender lo ofensivamente ruines que son.

Cuando al fin reconocen su inferioridad y su deficiencia intelectual, entre lamentos y súplicas, renegando de su pasada existencia, es cuando sabes que su alma ya te pertenece. Ahí es cuando les pones a prueba: “Quizá podrías ser capaz de...” “Si intentaras atreverte a...”. Tus frases, aparentemente consoladoras, implican un reto. Un reto que ellos saben que serán incapaces de cumplir, pero que no pueden evitar afrontar. Están perdidos. Cometerán un error. Y tú sabes que tardarán mucho en resarcirse de ese error. Sabes que, gracias a ti, sus almas atormentadas no volverán a sonreír en mucho, muchísimo tiempo.

Con las mujeres es diferente. Las mujeres son superiores en cuanto a su parte reflexiva, mucho más prudentes, menos fáciles de atacar en su autoestima, que es menor y más ajustada a la realidad que la de los hombres... pero fallan en el aspecto emocional. Una mujer “tipo” siempre tiene carencias emocionales, afectivas, o complejos con respecto a su físico. Una mujer que entra en internet y acepta hablar con un desconocido es una mujer susceptible de ser cautivada. Unas lo son porque quieren ser ellas las que cautiven. Otras, porque están solas, o se sienten incomprendidas, o añoran tiempos en los que sentían que llegaría esa persona única que las comprendería, que las amaría, que las haría ser felices simplemente por el hecho de ser ellas mismas. Y otras... porque necesitan oír lo que nunca les han dicho.

No se cautiva a una mujer en poco tiempo, a no ser que ella quiera ser cautivada. Cada una tiene su ritmo, su tempo, pero nunca falla. Aunque en ocasiones se tarde semanas, una mujer que se sienta escuchada y abrazada al otro lado de la red... que sienta que las palabras fluyen y que la comunicación discurre sin trabas, es una mujer conquistada a medio o largo plazo. Las que quieren conquistar no sirven. Son presas para otros tipos. No me producen placer. De ellas no emana el lánguido y dulce fluir de sensaciones que surgen al romperse ciertas barreras, al quebrantase algunas defensas.

Pero una mujer conquistada, abandonada a ti, produce muchísimo más placer que un hombre. El estado de embriaguez que produce en ellas el desequilibrio de sus niveles hormonales, el rubor que nubla sus sentidos, la sensación de felicidad que las hace flotar y que enturbia su natural prudencia, hace que su humillación sea mucho más repentina, intensa y gozosa. Ojo, tienen que estar completamente rendidas, o en lugar de hundirse en su miseria te sorprenderán con un exhaustivo ataque repleto de insultos que, si bien no te afectarán, sí permitirán que lo haga el hecho de haber sido incapaz de someterlas, al igual que el no haber podido sentir el gozo profundo que emerge en tu interior cada vez que rechazas su entrega y abandono hacia ti.

El triunfo final sobre una mujer proporciona una mayor satisfacción final cuando le dices que no es lo que esperabas, que estás arrepentido, que no quieres seguir porque en realidad estás decepcionado y no quieres hacerle daño... entonces ella suplica, se humilla, se arrastra ante tus negativas, dice estar agradecida por la felicidad que le has causado, niega cualquier resto de orgullo que tenga, solicita que no la abandones, asegura que cambiará para ti, que será como tú quieres que sea... se hace tuya. Tú la rechazas con mayor violencia, sin reparar en tu crueldad, mientras ella se intenta arrojar al suelo, arrastrándose ante ti, como si intentara abrazar tus rodillas desde el otro lado.

Y entonces tú la destruyes definitivamente abandonándola, apartándola de ti sin misericordia, alegando que está loca. Te ensañas cruelmente. Le dices que nunca la quisiste, que nunca hubo promesas, que ambos aceptasteis desde el principio que todo era una locura. El peor momento para ella, lo que te hace percibir su dolor con mayor intensidad, es cuando le dices que en realidad es como todas las demás. Entonces disfrutas de su llanto, que te llega en forma de silencio desde el otro lado.

Cada día dedico unas horas enfrente del ordenador a estos menesteres de degradación y humillación de víctimas inocentes. Debo hacerlo, no me queda más remedio. Pero es que en realidad no creo que sean inocentes, sus mismos defectos les hacen culpables del mayor delito que se puede cometer: ser vulnerables, no preocuparse por conocer a quien está al otro lado…

Y creer que esto es un relato

 

Autor:  Federico G. WIT    (Córdoba)

 

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La abuela (relato breve)

 

 

 

LA ABUELA

 

 

 «No se trata de unos exiguos recuerdos tergiversados por el paso del tiempo. Tampoco supone decepción alguna ante la confrontación con la realidad. ¡Realidad! ¿Qué es real y qué no? ¿Acaso la realidad verdadera es aquélla que filtramos a través de la razón?».

 

En el aire flota un manso olor a leña quemada de una brasserie cercana. El aroma llega hasta mi balcón. Muchas noches me apoyo en la barandilla e inspiro el humo desgajado en el ambiente. Permanezco absorto durante un buen rato, imaginando el crepitar de los troncos. La imagen me subyuga. Aquella emanación me domina y me transporta, irremediablemente, a la cocina de la abuela Pepa.

 

La abuela, mujer de imaginación especial, había creado una atmósfera deliciosa en la pieza. La personalidad de la abuela Pepa había mimado todos los rincones de aquel espacio y lo había convertido en la estancia más entrañable de la casa. De niño, me quedaba embobado –como ahora, aunque sea otra ventana y otro tiempo- mirando, a través de la ventana del patio, la brega que la abuela se traía en la cocina. Subido en una silla, con los codos clavados en el marco, me pasaba las horas muertas. Aquello era para mí un deleite y una experiencia insólita. Allí confluían el suave aroma de la lechuga recién cortada y puesta en remojo, el perfume de la menta que rodeaba la vieja parra con el almizcle de la madreselva que envolvía el patio.

 

La vieja se movía entre los pucheros, las cacerolas y las sartenes con la habilidad que proporciona la sabiduría cosechada con el hábito. Nunca daba señales de cansancio. Siempre fresca y lozana, cuando aparecía la fatiga, se refrescaba cuello y mejillas y volvía a concentrarse en los ingredientes de la olla. Laurel, tomillo, albahaca, comino... y otras especies que la abuela recogía con sus propias manos y cuyo enigma guardaba sin descifrar a nadie. De ello resultaba un armónico contraste de esencias y sabores. ¡Qué buena mano tenía para los guisos! De pueblos cercanos, y de otras comarcas, venían a pedirle consejo. «Para conejo con papas ¿...?». «Las espinacas frescas, ¿...?».

 

Un seco taconeo me indicó que mi madre venía hacia el patio. Efectivamente. Apareció detrás de un barreño con una montaña de ropa mojada. Cruzó el patio apretando los labios. Era obvio que le costaba sobrellevar la carga. Cuando llegó a las cuerdas de tender, empezó a colgarla mimosamente. «Para mi madre la ropa era sagrada. Recuerdo que aún conservo ropa que me compré siendo soltero, y aún tiene el apresto como si me la hubiera comprado recientemente. La verdad, no conozco a nadie que cuide la ropa como lo hacía mi madre».

 

Sin apartar la mirada del interior de la cocina, le comenté –con una entonación gozosa:

      El guiso de la abuela huele muy bien.

      Andrés, cariño, ya te he explicado que la abuelita ya no está entre nosotros. Que se la llevaron volando dos angelitos al cielo.

 

Me abstuve de contestarle. Seguí embobado con la mirada fija en el interior de la cocina. La abuela, como cada día, continuaba trajinando con sus cacharros. Su figura se perfilaba nítidamente en la alegre blancura de la pared enjalbegada al inicio de la primavera. Con sus facciones morenas. Con un gran brillo marrón en los ojos y con los cabellos castaños limpios, lavados con frecuencia.

 

Desde allí, la abuela me envió un beso rebosante de ternura. Con delicadeza, se llevó el dedo índice a la boca y con una sonrisa me hizo un guiño de complicidad.

Ssshhh...

 

 Autor: Manel Mora  (Barcelona)

 

Pueden leer otros trabajos de este autor en la dirección www.manelmora.com

 

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La expedición (relato)

 

 

 

LA EXPEDICIÓN

 

         El túnel era bastante angosto, de paredes extrañamente blandas y pegajosas, por lo que avanzar no resultaba tarea fácil. Aunque para Lema, lo peor no era eso sino la sensación de incertidumbre que le producía lo desconocido; al fin y al cabo era su primera expedición. Por el contrario Shila tenía ya muchísima experiencia.

‑ Creo que deberíamos volver‑ gimoteó Lema‑. Se está haciendo tarde.

Shila ni siquiera se molestó en contestar. Siguió avanzando afanosamente y Lema no tuvo más remedio que continuar. Afortunadamente, el túnel no tardó mucho en ensancharse, haciéndose más transitable; sin embargo, no fue esto lo que atrajo la atención de Lema.

‑ Mira, Shila, alguien ha estado aquí antes‑ exclamó sorprendida señalando hacia un montón de color oscuro y formas ovaladas.

‑ Pues claro, tonta, ¿quién crees que fabricó este túnel? Las mirkas vuelan, ¿sabes?‑ la voz de Shila era irónica ahora‑ y por eso llegan a todas partes mucho antes que tú y que yo. Ellas taladran la fruta aunque después no se la comen; nosotras sí comemos fruta pero no podemos perforar la piel, por eso utilizamos sus galerías. ¿Comprendes ahora, rica?

‑ Sí, pero dime, si las mirkas no se comen la fruta, ¿qué buscan aquí dentro?‑ preguntó Lema no muy convencida.

Oh, Lema, tienes menos cerebro que un piojo anémico. Tú misma has descubierto este maravilloso montón de bombones‑ le contestó Shila un tanto irritada mientras degustaba ya un delicioso huevo de mirka.

‑ ¡Shila!‑ gritó Lema histérica‑ no estamos autorizadas a probar los víveres que encontramos. No estoy dispuesta a incumplir las normas en mi primera expedición.

‑ ¡Normas, normas, normas!‑ se mofó Shila‑. ¿Cuando aprenderás que las normas son para la mayoría, no para todo el mundo?

Aquella aseveración había dejado a Lema totalmente desconcertada; intentó reaccionar pero en ese instante el mundo pareció venírsele encima.

‑ ¡Que me trague un sapo verde si eso no ha sido un terremoto!‑ exclamó Shila alarmada‑. Apresúrate novata, ahora sí que nos vamos.

Ambas exploradoras alcanzaron la salida del túnel en un abrir y cerrar de ojos; en ese instante Shila se detuvo repentinamente.

‑ ¿Qué pasa ahora? ¿Por qué no salimos?‑ preguntó Lema entre asustada y sorprendida.

‑ Ahí afuera hay un fink y si nos localiza nos hará papilla. Eso es lo que pasa‑ contestó Shila con aire ausente mientras su cerebro buscaba ya una solución al problema.

‑ No entiendo nada, Shila‑ exclamó Lema‑. ¿Qué son todos esos golpes? ¿Por qué nos  movemos?

‑ ¿Has estado alguna vez en las madrigueras de los fink?‑ preguntó Shila bruscamente.

‑ Yo no y tú tampoco. Sabes muy bien que nadie de las nuestras ha vuelto jamás para contarlo. No sé por qué me asustas‑ contestó Lema afligida.

‑ No te estoy asustando, tonta, pero ¿dónde crees que vamos ahora? Además, he oído decir que las madrigueras de los fink están repletas de víveres‑ añadió Shila guiñando un ojo.

‑ Sí, pero...¿qué hay de las trampas que nos aguardan? ¿Acaso no has oído hablar de la lluvia blanca que asfixia? ¿O de ese aire húmedo con olor a flores que paraliza y mata? He oído incluso que algunos fink tienen en sus madrigueras a los horribles munk.

‑ ¿Los munk? No son ningún problema‑ dijo Shila con total despreocupación‑. Son lentos y torpes. No tienes más que subirte a su caparazón para ponerte a salvo. No saben darse la vuelta y.., además, son cortos de vista.

 Lema volvió a la carga:‑ Y si consiguiéramos escapar de sus madrigueras, nos aplastaría un ruidoso brong con sus pies redondos y su aliento negro y caliente. Los brong son también sus aliados. Hacen todo lo que les dicen los fink.

De repente, el traqueteo que las había acompañado hasta ahora, cesó por completo y, casi al mismo tiempo, Shila y Lema empezaron a notar una incómoda sensación.

‑ ¡Shila!, apenas puedo mover las antenas. Parece como si se aproximase la estación del sueño.

‑ ¡Por cien mil lagartos y lagartijas! Me estoy quedando tiesa; más vale que nos  movamos. ¡Apúrate, Lema! ¡Salgamos de aquí!

Si aquello era realmente una madriguera de fink, allí había mucho de extraño‑ pensó Lema. Para empezar, era un lugar oscuro y muy pequeño, si tenemos en cuenta el tamaño de un fink. Difícilmente cabría un sólo ejemplar allí dentro. Además, hacía frío, demasiado frío incluso para un fink.

No sin gran dificultad logró Lema alzarse hasta el tercer piso de tan escurridiza madriguera y a punto estuvo de caer de nuevo al levantar la mirada y descubrir ante sí semejante criatura descomunal:‑ ¡Socorro, auxilio!‑ balbuceó aterrorizada mientras esperaba inmóvil la llegada de su compañera. Shila acudió presurosa y preocupada, pero al ver la escena no pudo reprimir una estruendosa carcajada.

‑ Calla y no te muevas‑ le advirtió Lema en voz baja‑, es un gigantesco scush y nos está mirando. Podría tragarnos en cualquier momento.

Shila pasó de largo y, sin ninguna precaución, trepó hasta la cabeza del temible animal; entró y salió de su boca con total naturalidad, después, recorrió todo su lomo y se dejó resbalar entre las escamas hasta aterrizar junto a la boquiabierta Lema:‑ Está muerto; los scush necesitan  agua. Aquí no son peligrosos‑ sentenció con su habitual seguridad‑. Sigamos explorando.

Casi habían alcanzado de nuevo la entrada al túnel cuando una luz mortecina las rodeó súbitamente, al mismo tiempo que la temperatura se hacía un poco más soportable. Ambas exploradoras conocían de sobra a los fink pero el ver la  redonda y rubicunda cabeza de la señora Franchi husmeando a tan sólo cien cuerpos de distancia fue demasiado para la joven Lema. Shila tuvo que agarrarla de una pata y arrastrarla dentro del túnel.

A la señora Franchi le encantaba la fruta fresca recién traída del campo, y más si había posibilidad de elegir. Aquella tarde tomaría...un par de ciruelas...y también...un albaricoque. Quizá así, su estreñimiento se vería aliviado.

Unas manos regordetas de dedos cortos y uñas impecables escogieron las ciruelas al azar; después, inspeccionaron hábilmente el frigorífico en busca del albaricoque apropiado. Al fin lo encontraron. En ese momento, Shila y Lema volvieron a sentir un cataclismo de dimensiones parecidas al sufrido cuando exploraban el túnel por primera vez.

‑ ¡Shila!, ¿qué nos va a suceder?‑ preguntó Lema aterrorizada.

‑ ¡Maldita sea, Lema! No hagas preguntas que no puedo contestar. ¿Cómo quieres que lo sepa?

La señora Franchi decidió guardar las ciruelas para el final; seguramente serían más dulces. Tomó, pues el albaricoque y procedió a cortarlo en dos mitades.

Una especie de muro plateado cayo sobre las dos exploradoras separándolas bruscamente.

‑ ¡Shila!, ¿Dónde estás? No puedo verte‑ gritó Lema con desesperación.

Muy pronto, la afilada pared plateada desapareció como por arte de magia y, con ella, buena parte del túnel en el que se habían guarecido hasta ahora. Instintivamente, Lema retrocedió unos pasos, asustada y aturdida por una luz intensa que ya casi había olvidado. Pero enseguida divisó la monstruosa cabeza del fink con sus fauces abiertas, preparadas para engullir un pedazo de albaricoque en el que se encontraba...¡¡Shila!!.

Lema corrió despavorida de derecha a izquierda pero era inútil porque ella también estaba atrapada en las garras del fink.

A la señora Franchi le gustaba saborear la fruta que su marido cultivaba con gran mimo y dedicación. Por eso, antes de hincarle el diente, siempre mantenía el pedazo de fruta entre la lengua y el paladar; presionando ligeramente, con delicadeza, como queriendo prolongar un poco más el placer que suponía degustar aquel exquisito manjar.

Shila jamás había estado en las fauces de un fink, ni conocía a nadie que hubiera estado. ¡Que tontería!. Todo el mundo sabía que las fauces de un fink no tienen salida. No obstante, y a pesar de su precaria situación, tuvo tiempo de comprobar la humedad de aquellas blandas  paredes  que, dicho sea de paso, contaban con varias filas de piedras blancas cuya utilidad desconocía.

Cuando Shila se vio aprisionada decidió no rendirse y, aunque seguramente no serviría de mucho, agitó patas y antenas con todas sus fuerzas. Mientras tanto, las locas carreras de Lema terminaron por atraer la atención de la señora Franchi, quien casi al mismo tiempo comenzó a sentir un extraño cosquilleo en su paladar. Su cerebro sólo tardó unas décimas de segundo en asociar ambas imágenes.

‑¡Hormigas!‑ vociferó la señora Franchi a la vez que escupía con asco el contenido de su boca y dirigía una buena retahíla de improperios a su desconcertado marido. ‑¡Leo!, tu maldita fruta está llena de hormigas una vez más; por lo menos me he tragado media docena. Y todo por tu culpa.

Lema  aún corría de un lado a otro cuando Shila y el maltrecho pedazo de albaricoque aterrizaron violentamente a su lado.

‑ ¡Shila! ¡Que alegría! ¿Pero eres realmente tú?‑ exclamó Lema entusiasmada.

‑ No, soy su hermana gemela, estúpida‑ respondió agriamente Shila‑.Ahora acelera si quieres salvar las antenas.

A pesar de sus esfuerzos por evacuar la zona cuanto antes, las dos exploradoras se precipitaron en el cubo de la basura, adonde la señora Franchi las arrojó junto con los restos del albaricoque.

Las bolsa donde viajaban Shila y Lema reventó como una fruta madura al caer por el terraplén; y las dos hormigas, todavía un poco mareadas, pudieron observar cómo el terrible brong que las había transportado iniciaba la marcha y acallaba con su brutal rugido las voces de los dos fink que parecían estar a su cargo.

Cuando, por fin, abandonaron la destrozada bolsa, centenares de mirkas verdes revoloteaban a su alrededor. Shila sabía muy bien lo que aquello significaba pues las mirkas jamás se equivocaban. permaneció unos instantes pensativa, contemplando aquel mar de despojos hasta que los gritos de júbilo de su compañera la sacaron de su reflexión.

‑ ¡Hurra! ¡Shila! ¡Hemos encontrado la despensa de los fink! ¡Nos haremos famosas! ¿Te imaginas?‑ exclamó Lema radiante‑. ¡Y en mi primera expedición!

Desde lo alto de una cáscara de melón Shila observó a su compañera durante unos segundos. Estuvo a punto de decirle que no, que aquello era una idea estúpida, que los fink no guardan restos podridos y malolientes en sus despensas, pero lo pensó mejor y decidió no explicárselo. ¿Para qué? ¿Por qué habría de privarla de esa ingenua alegría? Al fin y al cabo, ¿quién era ella para jugar con las ilusiones de las demás?

‑ Es hora de volver, Lema‑ dijo Shila con voz cansada.

Mirta fue la primera en verlas llegar:‑ ¡Mirad, son Shila y Lema! ¡Ya vuelven!

Varios centenares de hormigas salieron rápidamente a su encuentro. ¿Habrían encontrado algo? Era la pregunta que todas se hacían.

‑ ¡Hola Shila! ¡Hola Lema!‑ saludó jovialmente Mirta‑. Pero...¡qué mal aspecto tenéis!‑ añadió al advertir la extreme delgadez de sus compañeras‑. ¿Qué os ha pasado?

‑ Nos hemos puesto a dieta‑ respondió Shila secamente.

Todas conocían el carácter un tanto especial de Shila y en ningún momento intentaron retenerla. Por el contrario, Lema pronto se vio rodeada de jóvenes hormigas ávidas de información.

‑ ¿Habéis encontrado algo?‑ preguntaron varias voces al unísono.

‑ Ya sabéis que las normas me impiden contaros el resultado de la expedición; por ahora sólo puedo deciros que hemos estado en las madrigueras de los fink‑ respondió Lema tímidamente.

El murmullo de admiración sorprendió a la joven exploradora, que realmente no esperaba despertar aquella expectación.

‑ Pero Lema, nadie de las nuestras ha vuelto jamás de las madrigueras de los fink‑ le espetó Mirta.

‑ Bueno...esto...si, tienes razón‑ vaciló Lema‑. Quizá seamos nosotras las primeras.

‑ Pero ¿cómo escapasteis de allí?‑ preguntó una obrera.

‑ Pues en un brong, en la panza de un brong‑ contestó Lema dubitativa, sin saber si debería seguir contestando preguntas. Aunque, al fin y al cabo, no lo estaba pasando tan mal; casi había llegado a sentirse importante.

‑ Lema, por favor, cuéntanos más cosas de las madrigueras de los fink‑ pidieron algunas compañeras.

‑ ¿Las madrigueras de los fink?‑ repitió Lema con fingida afectación‑. Uhhh...Bueno, la verdad es que no son tan grandes como imagináis pero eso si, hace un frío endemoniado, capaz de congelar a un ciempiés.

Oooh...‑. Esta vez el murmullo se convirtió en clamor.

Lema observaba divertida las reacciones que sus comentarios causaban sobre aquella improvisada audiencia.

‑ También tuvimos que enfrentarnos a un horrible scush que nos acechaba amenazadoramente‑ mintió Lema simulando una posición de ataque.

‑ ¿Y los munk? ¿Os atacaron los munk?‑ preguntó una hormiga asustada.

‑ ¿Los munk? No son ningún problema‑ respondió Lema aparentando despreocupación‑. No tienes más que subirte a su caparazón para ponerte a salvo.

Cuando Shila hubo terminado con todas sus obligaciones, descubrió que se hallaba muy cansada, sumida en un extraño sopor. Decidió, pues, salir del hormiguero y despejarse un poco. Eligió un pequeño montículo que le permitiera contemplar cómo el sol crepuscular desgranaba sus últimas luces. Curiosamente, también divisaba desde allí el grupo de jóvenes hormigas que todavía rodeaban e interrogaban a Lema.

‑ ¿Sabes lo que pienso de vuestra expedición?‑ preguntó  agresivamente la gigantesca Urka‑. Creo que habéis estado deambulando por ahí, sin ton ni son. Ni una pulga asmática se creería lo que nos acabáis de contar.

Lema intentaba disimular, pero una ira incontenible le invadía. ¿Cómo podía aquella estúpida dudar de sus palabras? Bueno, algo había inventado pero todo lo demás era cierto y bien cierto.

‑ Mira, rica, no sólo hemos estado en las madrigueras de los fink sino que hemos encontrado también su despensa, para que te enteres‑ contestó Lema retadora.

Todas las hormigas se miraron unas a otras boquiabiertas entre exclamaciones de sorpresa y admiración. Sin embargo, Urka no se dejó impresionar.

‑ ¡Te pillé!‑ gritó triunfal‑. ¡Has incumplido las normas! Es ilegal comentar el resultado de una expedición sin hablar antes con la Gran Madre.

Decenas de miradas expectantes se posaron sobre Lema cuya situación se antojaba ciertamente incómoda tras las acusaciones de Urka.

‑ ¡Normas, normas , normas! ¿Cuándo aprenderéis que las normas son para la mayoría, no para todo el mundo?‑ exclamó Lema despectiva‑. Hay que saber interpretarlas; ahora apartad, la Gran Madre me espera‑ añadió, iniciando su camino hacia el hormiguero con la cabeza bien alta.

Desde su promontorio la vieja Shila sonreía.

 

 Autor: Agustín Tejada Navas       Tudela (Navarra)

 

Agustín Tejada Navas es autor de la obra "EL PROFESOR INOCENTE". Un trabajo que refleja con extraordinaria maestría la situación de la docencia en nuestro país, La angustia, el desasosiego, la lucha en solitario de los profesores frente a alumnos, directivas, directrices pedagógicas que se han de aplicar en contra de toda lógica, administración y padres. La soledad frente a la soledad.

Obra muy recomendada, que será publicada próximamente por la Editorial Sepha. 

 

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 Declaración de mi final feliz (relato breve)

 

 

 

DECLARACIÓN DE MI FINAL FELIZ

  

Estaba solo en medio de la calle, y debía ser alrededor de las siete. Las calles estaban anegadas de una espesa capa de bruma y la oscuridad se tragaba los estrechos callejones. Una mirada cautelosa me aseguró que estaba solo. Me acerqué a la puerta. La maldita puerta coloreada con un tono blancuzco y enfermizo. Ya estaba entreabierta cuando llegué. La abrí unos centímetros más. De las oscuras profundidades del mundo infernal que había detrás de la puerta surgían gemidos, lamentos y agonías de un punzante dolor indescriptible. Recorrieron mi columna vértebra miles de heladores escalofríos. Mis miembros se agarrotaron y empecé a temblar desenfrenadamente. Casi no podía mantenerme en pie, pero posé mi mano sobre el pomo exuberante de frío polar. Empujé y empujé con todas mis fuerzas pugnando contra la repentina presión que ejercía sobre la puerta lo que había detrás de ella. Por fin, agotando mis escasas energías, conseguí abrir parcialmente la puerta. El frío y la presión cesaron al instante. Me di cuenta de que toda la niebla de la calle había desaparecido y la sombra empezaba a cernirse definitivamente sobre la calle. Me apoyé contra el marco de la puerta. Respiré entrecortadamente, intentando inhalar todo el aire posible para resucitar mis pulmones. Entonces, volví a respirar hondo, y me introduje en la oscuridad.

 

La luminosidad invadió mis ojos, mi vista. Mi mente, más bien. Una silueta. Un traje de tela liviana, de color blanco inmaculado que casi no se percibía en la ilimitada masa de luz. Luego sombra. La figura desapareció y en su lugar me había legado la vista de un cementerio. Se me heló la sangre y me quedé paralizado unos segundos, hasta que conseguí adentrarme en aquél reino de los muertos. Hileras de lápidas adornadas (o quizá protegidas) con crucifijos resquebrajados, mugre y moho, creando una veintena de pasillos frente a mí. El amplio complejo estaba guardado por gruesos muros de piedra cubierta de más moho, suciedad y gran dosis de antigüedad. Los vigilantes del cementerio reposaban en su letargo pétreo encima de los dos mausoleos que se levantaban al fondo y sobre una verja, expectantes por devorar almas en pena. Me adelanté unos pasos y volví a ver su figura. No había duda alguna, era mi amada. La mujer que había perdido ocho trágicos años atrás. Y que desde entonces no dejaba de atormentarme en sueños, mostrándome la puerta. La puerta que resultó ser la entrada trasera de su lecho de muerte. Ella quería que me reuniese con ella, aquí, en una dimensión en la que los muertos pueden mostrarse. Ella odiaba la soledad, e imploró mi compañía. Me encaminé hacia mi amada, pues seguro que ése camino me deparaba mejor augurio que la desdichada existencia y la insoportable monotonía del día a día. No hay mejor consuelo y mayor salvación en estos años que la muerte. Y yo la acepté con los brazos abiertos.

               

Autor: Eduard Benavente (Cuenca)        

 

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 Carmesí (relato breve)

 

 

 

CARMESÍ

"¡Ellos también se sienten solos!"

 

            Mientras iba esquivando mezquindad y ruina por las aceras, ella siempre miraba directamente a los ojos repudiados. Ellos tenían el rechazo por costumbre, propio y ajeno, pero la niña no les tenía miedo, tal vez entendía esa oportunidad que la sustancia para olvidar les daba; también el cobijo de la noche. No era tiempo de volver a casa. Aunque ponía empeño en esconderlo, tenía frío; se movía compulsivamente.

 

"El vacío en mi alma."

 

            Convertía rápido la mueca triste en arrebato violento y se lanzaba calle abajo, esquivando luces y pensamientos. Brillaban más allá las miradas soñolientas, casi muertas, codificadas por vallas de red metálica y advertencias herrumbrosas. Entre las fogatas ella se habría sentido recogida, tal vez. Sabía de sobra que dejaba de ser una niña y eso, además de valentía, también le daba miedo. Había encontrado nuevas miradas. Ojos que buscaban otra cosa.

 

"No debería volver."

 

            El esfuerzo, roto, en vano. El corazón, aunque muerto a edad temprana, seguía hospedando inocencia y negaba la visión de su hogar corrupto. El mundo se ralentizaba cuando fallecía en esos vacíos de imagen horrenda. Tal vez el entorno siguiese su camino, pero en ella todo se detenía, el cemento discurría menos veloz allá abajo hasta que se terminaba su inercia. La rebeldía se ahogaba muy de vez en cuando por el recuerdo insano, pero rápido fruncía el ceño.

 

"Odio..."

 

            Supo que debía estar protegida, algo se lo hacía saber. Soñaba con el abrazo; algunos abrazos tenían otras intenciones, pero ella soñaba con ser abrazada. Odiaba el vientre que la había gestado porque a menudo era el predio sirviente de algunos hombres que odiaba con todo su alma. Odiaba su calle de metal y escombro. Odiaba su vida punzante. Odiaba su puerta ruidosa.

 

"¿Amor?"

 

            No, eso no era amor. No, ella no quería eso. No veía en mamá ninguna princesa. Ella era el sigilo humillado, los pasos jóvenes y furtivos. Tal vez esa puerta entreabierta fuese un espejo de su futuro, pálido y trémulo. No quería mirar, no quería escuchar. Huyó de los sentidos allá abajo, agazapada entre los restos que deja tras de sí una vida mezquina.

 

"Te dije que no vinieras hasta tarde."

 

            Ella de veras sentía que no debía haber venido...

 

"Sí, es odio."

 

            Prefirió encontrar el reflejo de su futuro en un filo cromado. El color carmesí era tónica en ella; en su pelo, en sus labios y, ahora, en sus muñecas, en sus manos. Brotando, pero hacia el suelo. Como ella misma.

 

Autor: Sergio Alonso  (Oviedo)

 

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 Un día normal (reto breve)

 

 

 

 UN DÍA NORMAL

 

 

Todos esperamos que aquel tipo absorbiera el último trago antes de responder.

—Creo que si alguna vez se produjera tal hecho, la gente reaccionaria bastante mal; se volverían locos y huirían despavoridos a las montañas. Es más, pienso que el ansia llevaría a algunos al suicidio... —dijo frotándose la nuca—. Sería una locura, creo que eso nunca ocurrirá porque somos la excepción, un desliz del universo, ahí fuera no hay nada amigos, permítanme decirlo... estamos muy solos... —hizo ademán con el dedo de querer otra copa.

Hablaba el más escéptico de cuantos nos reuníamos en el bar de la esquina. El tío al cual no le importaba caerle bien a nadie. El ser que tiene su sitio adjudicado en la barra y que pone mala cara si llega algún desaprensivo y se sienta en su banqueta. Era el que más alcohol ingería de todos los clientes y eso remitía sus palabras al mínimo interés de la sala. Algunos éramos conscientes de los problemas de aquel tipo, pero en el fondo cavilábamos de la sinceridad de sus palabras. Expuso las eternas preguntas. Cuestiones sin respuestas, que nos inducían a echar horas extras en el bar, para aclarar un poco nuestras ideas escuchando a la algarabía popular. También creo que más de un cliente en los últimos días se acostaba temprano después de una indispensable riña con su esposa.

De pronto alguien del fondo al que no podía ver bien, debido a la poca luz donde se encontraba, levantó la voz:  —Nadie puede especular sobre eso. ¿Cómo os diría yo? Es cómo decir que nuestros paisajes más bellos no existen sólo porque nunca has estado allí... hum... si, de vacaciones o algo, puedes haber visto fotos, imágenes, y qué... hasta que nuestras propias retinas no enfoquen el lugar, nada de nada ¿ No? No, señores no... tenemos algo más que ojos en la cara... —dijo y se sentó de golpe.

Mientras tanto, nuestro camarero favorito, seguía secando los vasos con un paño. De vez en cuando los dejaba a un lado y fumaba. Después seguía escuchando, expectante. Sonreí al compararlo con ese animal que mira hacia la derecha con un ojo y hacia la izquierda con otro. No recordaba haber oído la opinión del camarero sobre el tema, es más, no recuerdo verlo opinar sobre ningún tema y ahora que lo pienso ¿Había hablado en los último días? No lo sé aunque si recuerdo verlo sonreír cuando alguien proponía una teoría insostenible.

Luego estaba ella. La dueña del local. Aquella señora que ordenaba desde la antesala y mandaba poner orden cuando algún debate se iba convirtiendo en un bullicio. Ella, rara vez se inmiscuía con los clientes. Quizás le importaba un comino si había vida en el espacio exterior, si existía Dios o si el nuevo gobernador era digno de serlo. Aunque todos sabíamos de que pata cojeaba la vieja. Las cuentas. Todas y cada una debían estar al día y eso se lo hacía saber constantemente al señor de la bayeta.

—No se fía —le decía al dependiente y su mirada se iluminaba.

Alguien desde las mesas contiguas al ventanal se preguntaba como serían los seres de otro planeta, si es que existían. Otros hablaban de apariciones nocturnas en zonas cercanas al mar, seres de cabeza grande y ojos extraños. Comentaban que seguramente estuvieran esperando el momento adecuado para el contacto. También oí decir que existían entidades superiores que solicitaban una oportunidad para no hacernos daño psicológicamente.

—O sea tíos, os veo concienciados de su condición afable pero... ¿ y si no lo es? —interrumpí alzando la voz poco a poco para hacerme oír. Nadie contestó. El camarero enarcó una ceja hacia mí. Luego se dirigió hacia el monitor y lo encendió. Daban noticias en todas las cadenas y no era su hora. Poco a poco se hizo la luz en el monitor y entonces llegó la conmoción. Una decena de naves alienígenas habían invadido el cielo de la capital. La de mayor envergadura cuya imagen estábamos presenciando en este momento un poco distorsionada quizás por la hiperactividad de la cámara, era de un color fulgurante y calorífico. Observar ese destello lagrimeaba mis ojos. Era como mirar a un foco de luz a poca distancia. La señorita que narraba los hechos se trababa bastante al hablar y eso nos ponía aún más nerviosos. Aquellas planchas metálicas se habían manifestado hacía diez minutos sobre nuestros cielos. Ningún radar de todo el estado las había detectado.  Y  peor aún, la última noticia era que la nave nodriza había comenzado un descenso repentino en dirección a la Torre Consistorial, también hogar del gobernador. Un instante después nos mostraron las palabras casi proféticas de su señoría. Abnegaban un comportamiento hostil y sus movimientos eran sinónimos de buena esperanza según el informe militar.

Miré sin reparo al camarero. Ahora, su cara iba acompañada de la situación. Ya no secaba vasos, ahora escuchaba el receptor con la boca abierta como un agujero negro. Todos en el bar miraban aterrorizados a la locutora que con su profesionalidad nos hundía la moral con pormenores. La gente corría por las calles de la capital alienados y sin cordura alguna. Los atascos abarrotaban la ciudad. Los agentes de seguridad intentaban establecer el orden infructuosamente. En algo si tenía razón el bebedor empedernido. Huían despavoridos a las montañas. El tan esperado contacto se iba a producir en unas horas y la muchedumbre huía como ladrones de banco. Sin embargo, los aquí presentes se limitaban a murmurar como en una biblioteca.

Lo cierto es que me parecía maravillosa esta situación. Era uno de esos momentos de la vida en los que sientes que debes hacer algo pero no sabes que. Sabes que estas atravesando un antes y un después en la historia. En tu historia. En nuestra historia. Una de las fronteras inexploradas estaba apunto de desvelarse y nosotros sólo podíamos mirar y esperar. Tal desasosiego era comparable a cuando llega el instante de ver el desenlace final de un serial que te ha mantenido meses con la intriga. O cuando el padre primerizo ve por primera vez  el rostro de su primogénito después de tanta espera. Miedo y nervios. O quizás más de lo primero.  Era curioso ver cómo le daban emoción al encuentro activando un reloj con una cuenta atrás con numeritos rojos e intermitentes que nadie sabía que nos depararía. Cada vez está más cerca el fin  pensé.

              Miré a hacía las mesas. Me asusté cuando me percaté de que el local estaba totalmente vacío. La gente había desaparecido. ¿Habían huido asustados? Seguramente se marcharon en busca de sus familias para ocultarse en un lugar seguro. Todos juntos. Como animales.

Sólo aquel que secaba los vasos seguía junto a mí, atento al aparato. Nos observábamos de vez en cuando. Creo que con la idea de ver quién de los dos era el último en abandonar. Pues conmigo lo llevaba claro. Esa inquietud en sus ojos me recordaba a Lyla. Mi interés por ella en este momento se reducía a cero. Me negaba a volver a su lado. Así era para mi un día normal.

—No pienso irme, la jefa me aseguró una vez... “ el día que nos visiten esos alienígenas de los que tanto habláis, el negocio será tuyo...” y se ha ido la muy  puta —dijo el mozo dejando escapar una carcajada y casi arrancándome una a mí. Dicho esto colocó dos vasos en el mostrador y se fue hacia la antesala donde se solía sentar la dueña. Regresó con una botella que desprendía un olor exquisito. Los dos sonreímos.

Llegó la hora. Había concluido la cuenta atrás. La nave nodriza se había posado en el gran tejado blanco en el que se distinguían tres hileras de agentes armados. El gobernador con su particular traje de fiesta, le ponía la guinda al primer plano. Una especie de rampa empezó a deslizarse lentamente desde la parte baja del objeto acercándose a la lona de colores que representaba nuestra bandera. Cuando la escalinata chocó contra el suelo se hizo el silencio. La música se apagó y por un momento pensé que se le había ido la voz al aparato pero mi compañero debió pensar lo mismo pues me negó con la cabeza resolviéndome la duda. Fue entonces cuando salió. Lentamente unas piernas descendieron. ¡Dos piernas! Menos mal. Poco a poco se dejaba ver su piel moteada. Era extraña. Llena de arrugas. ¡Dios mío! ¿Pero que es eso? —gritó mi compañero—. ¡Que asco!—grité yo.

En su cabeza había una especie de pequeñas ramas negras. ¡Tenía sólo dos ojos! ¡Y en los laterales de la cabeza poseía unos reducidos muñones de carne!  Me quedé literalmente sin habla. No podía hablar. Pero lo peor; su boca. ¡Estaba llena de una especie de piedrecitas blancas!

¡Era repugnante! Aquel ser levantó una articulación y creo que hizo un  intento de comunicación. El gobernador debió percibir lo mismo pues dio orden de activar el confinador para que sus palabras fueran traducidas.

Hola somos humanos. Y venimos en son de paz.

 

       —Toma, bebe amigo mío, puede que ésta sea tu última copa —dijo el camarero.

 

 

Autor: Juan José Castillo (Sevilla)

 

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 Feliz Navidad (relato breve)

 

 

 

FELIZ NAVIDAD

 

 

La gente pasa a su alrededor y él sigue su rumbo al abismo, se frena delante de las puertas metálicas de un resplandeciente cromado que reflejan su diminuta figura. Permanece allí parado, observando al nuevo amigo que se le proyecta, al principio no distingue la realidad y palmea repetidamente las puertas. Al momento para y se ladea mirando fijamente su propio reflejo, primero sonríe llanamente y seguidamente a carcajadas se divierte con su propio yo. Sólo percibe –no aprecia a darse cuenta de que es él mismo-, que alguien repite sus gestos.

            Las puertas se abren y el pequeño Pau se asusta. El insignificante sobresalto le hace padecer, y al flaquearle sus tiernas articulaciones cae sentado de culo. Un enorme espejo en el interior del cubículo le muestra su figura. Se incorpora a cuatro patas y se adentra a palpar el espejo. Sus manos se unen con dóciles golpes que propina en el cristal. Las puertas se cierran y el cubículo se mueve. Pau no lo percibe.

            El ascensor se para bruscamente y el muchachito se pone de pie ayudándose con las manos en el frío espejo. Cuatro personas se adentran en el hueco y Pau desaparece esquivando sus piernas.

            Un nuevo espacio se le presenta, su vista recorre todo el perímetro ambos lados. Se percata de que todo es distinto. <<Es una caja mágica –se dice>>.

Da media vuelta y se adentra en el gentío. En un primer instante permanece estático y mira ambos lados buscando a su madre. No la ve. Nota su ausencia por un momento se da cuenta de que necesita su compañía. Avanza por la marabunta de piernas que lo rodean y se deja llevar. Su cara despavorida amenaza con estallar y propagar sus sonoros llantos en la inmensa sala del centro comercial donde se encuentra. Pero no lo hace.

            La navidad se aproxima y los centros se adecuan al gran acontecimiento. Un inmenso abeto se alza hasta lo más alto en el centro del comercio. Donde un gran circulo recoge un espacio central, un punto de encuentro o partida. Los posibles sollozos que se avecinaban en el rostro de Pau desvanecen al instante. La inmensa oda de luces que se aposenta frente a él lo neutraliza. En esos momentos en su cabeza solamente existe el abeto repleto de sus tintineantes colores. Hace tan solo cinco o como mucho diez minutos se encontraba a las faldas de su madre en una tienda repleta de juguetes y diversidades.

Pau daba tirones de la falda de su madre exigiendo mera atención que no llegaba. Su madre embaucada con la dependienta tan solo decía:

            -Pau estate quieto –y seguidamente-. No te muevas de mi lado.

            Había recorrido la tienda palmo a palmo, juguete a juguete. Entreteniéndose con todo aquel artefacto que encontraba a su alcance.

            <<Pau estate quieto. ¿Mama?>> se había dicho Pau en el momento que se abrieron las puertas del ascensor y repetidas veces mientras caminaba exhorto entre el gentío. Sin embargo ahora no se acordaba del hecho. Ahora no pensaba en nada más, todos los miedos y su entorno pasó a un segundo plano, nada existía, nada ocurría en su humilde entorno.

            La muchedumbre pasaba por su lado y al parecer su mayor preocupación era la de no chocar con el muchachito. Los había con prisas que no podían permitirse el lujo de perder un segundo a observar si iba acompañado. Y los otros, aquéllos que paseaban con sus preocupaciones y se decían que tenían bastante con las suyas.

            Gracias a todos ellos Pau pudo seguir avanzando sin que nadie lo detuviera. Anduvo los metros necesarios con su peculiar caminar hasta llegar frente al enorme abeto. Nadie entorpeció su llegada.

Se encontraba en la primera planta del recinto y una valla de cristal ahumado lo separaba de su destino. Apoyado en el frío cristal chafó su cara contemplando el acontecimiento. Vio otros niños que alzaban la cabeza para ver la densidad de todo aquello. Pau quería llegar allí.

            Su madre pertenecía al grupo de personas que van de aquí para allá, sin prestar atención, al grupo de las prisas. Al llegar al centro comercial Pau y su madre habían pasado por delante del abeto pero ésta no le otorgó unos minutos de su tiempo, tenían prisa, luego volverían a ver el árbol. Pau pasó los próximos cinco minutos con un estruendoso berrinche. Una queja que se alzó hacía el cielo y quedó en vano.

            Una muchacha joven se acercó y se apoyó en la barandilla. Agachó la cabeza y contempló al pequeño Pau.

            -Es bonito. ¿Te gusta, verdad? –le dijo con la mirada fija en el árbol.

            Pau asintió con la mirada. La muchacha le acarició el pelo en un revuelo y sonrió. Después se despidió y dio media vuelta adentrándose en el gentío. No podía percatarse si iba acompañado, ya tenía sus propias preocupaciones.

            Sin apartar la vista del abeto comenzó a recorrer la valla de cristal. El rastro de sus dedos lo perseguía por el cristal. Llegó al final de la valla y descendió por las escaleras que le abrían el paso a la planta baja, a su destino.

Bajó torpemente ayudándose de una pequeña repisa que acompañaba cada tramo de escalera. Estaba muy cerca de su destino, lo estaba logrando. En ese momento se percató de la música que sonaba a través del hilo musical del recinto. Justo donde se encontraba ahora, se escuchaban los alegres villancicos, el tumulto de la gente había ahogado la alegre melodía todo el tiempo.

            Contemplando el abeto desde allí, comenzó a mover su cabeza y sus manos con ademanes muy graciosos. Pau estaba bailando. Sonreía con la dulce sonrisa de un niño; lo que era.

            Un hombre topó con él e interrumpió su danza.

            -Perdona chaval.

            Y siguió a lo suyo. No hubo nada más.

            Pau se aproximó a la cinta moteada de color rojo que rodeaba el colosal abeto. Ahora contemplaba la magnitud de todo aquello. Con la palma de su mano acariciando la cinta, bordeó todo percibiendo cada detalle. Al llegar al punto de partida se encontró con una niña que contemplaba el abeto. Por la estatura venía a tener la misma edad que él. La miró fijamente y cuando ésta lo advirtió sonrió. No hizo falta más.

            Un simple gesto, una mirada dulce y amorosa, una comunicación tierna que los unió ante aquél admirable abeto. Los niños no necesitaban más para hacerse entender. Sus suaves y graciosas manitas se entrelazaron. Al poco tiempo otro niño se aproximó y se puso al lado de Pau. El muchachito lo miró y le alzó la mano, el nuevo hombrecito la estrechó. Poco a poco llegaron más niños y fueron entrelazándose entre sí.

 

            Antes de entrar en la oficina me he parado a fumar un cigarro, mientras contemplo desde lo lejos el abeto que se alza en su plenitud en el centro. Me dispongo a entrar por la puerta que da paso a las oficinas que se aposentan encima del centro comercial cuando diviso a varios niños a pie del árbol. Imagino que el centro ha organizado alguna actividad infantil. Apago el cigarro en el cenicero que hay apoyado en un pilar. Al darme la vuelta a lo lejos veo a una mujer que divaga por la multitud, alarmada mira hacía todos lados. Por un momento no se que ocurre hasta que percibo que ha perdido a su hijo.

            Miro ambos lados y me percato de que varios padres comienzan ha seguir el mismo ritual de la madre. Algunos hablan entre ellos y alzan las manos hacía el cielo. Extrañado ante el espectáculo no se me ocurre nada. En ese momento una de las madres avanza velozmente en dirección del epicentro del recinto, donde se aposenta el abeto. Los demás siguen el ritual. El grupo de padres se aproxima hasta que uno de ellos abre sus brazos horizontalmente y se detienen a escasos centímetros de los muchachos. Cada padre y madre se sitúan detrás de su pequeño y entrelazan sus manos.

            A los pocos segundos el murmullo insoportable del gentío desvanece. Los villancicos se escuchan con claridad en el recinto. Apoyado en el pilar donde descansa el cenicero enciendo otro cigarrillo y contemplo como padres y niños se unen a la melodía que suena. Contemplo el evento pensando en que han conseguido la atención de sus mayores, de una forma inusual y sencilla acaparar la atención de todos. Como el instinto de un niño consigue su cometido sin más vacilaciones que su propia carismática existencia. Y es que la inocencia de un niño desaparece con el paso del tiempo...

            Una sonrisa que hacía mucho tiempo no aparecía se refleja en mi rostro. Un cosquilleo se apodera de mí mientras observo la lección de humanidad que sin saberlo, nos exponen.

            -Feliz Navidad –digo en un susurro.

 

Autor: Daniel González Porcar     (Barcelona)   

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 Calles (relato breve)

 

 

 

CALLES

La calle estaba mojada, pero en ningún lugar me encontraba mejor que en ese cartón sobre el suelo. Cada mañana al despertar de esos sueños maravillosos que recorrían mi cabeza me levantaba con una sonrisa, una sonrisa rara, de esas que salen de tus labios sin pasar antes por la cabeza.

Hoy me levanté temprano, sobre las 10 de la mañana. Cuando no tienes techo ni ropa de abrigo a la que aferrarte todas las horas te parecen temprano, y cuando parece que hay suerte y en un día de crudo invierno el sol te da en la cara y te despierta con su fulgor, amigo, ese sol se burla de ti, porque te despierta y te deja pasar el peor frío, el frío de la mañana.

Por lo demás, lo bueno de levantarse tarde es no tener que aguantar los cruces de miradas de los vecinos de la comunidad, algunos con caras de lástima y otros con caras de desprecio.

La verdad es que nunca he tenido ningún problema grave con un vecino, excepto aquella vez que cogí aquel bocadillo del suelo y el padre de aquella bestia de niño casi me mata por un trozo de pan. Desde ese día intento no tener vecinos fijos, e intento cambiar de barrio y de aires.

Muchos de vosotros que me veis cada mañana tirado en mi cama de cartones podéis pensar que como un tipo como yo, joven y guapo, y no es por presumir, se encuentra de ese modo.

La verdad es que desde hace algunos años mi vida carece de sentido, para qué quiero trabajar si no quiero el dinero para nada, para qué quiero estar más cómodo o caliente si prefiero morir de frío, morir sí, morir, ¡pero por causas naturales eh!, que yo no tengo valor ni autoridad para quitarme la vida a placer.

Pues bien, hace algunos años yo también tenía trabajo como la mayoría de vosotros, y disfrutaba de muchas de las “incomodidades” que no tengo ahora.

A pesar de todo, mi vida ha tenido muchos buenos momentos, y como suele decirse, puedo morir tranquilo, bueno, tranquilo, tranquilo…, aún me queda un sueño que cumplir, pero no es algo que me inquiete, ya que el simple hecho de que ese sueño me ronde la cabeza cada día me ayuda a superar los días presentes y haber superado los pasados.

           Mi mujer e hijos murieron en uno de los pocos accidentes aéreos que ha sufrido este país. Desde ese día dejé el trabajo y dejé todo para dedicarme a lo que soy ahora, un nómada de los portales.

        No es que no tenga valor para afrontar esta nueva vida que me deparó el futuro, sencillamente es que no tengo ganas de vivirla.

Hace mucho tiempo que no veo a mis padres, ¿cómo estará mi padre de la espalda?, ¿seguirá mi madre haciendo esos estupendos bollos de aceite?, tengo que ir a verlos, no me imagino la cara que pondrían, a lo mejor ni me abren la puerta después de haber desaparecido así de repente casi sin dar explicaciones.

         Mañana iré, mañana iré a casa de mis padres, mañana iré a mi antigua casa, bueno basta ya de cavilaciones, me acabo el cartón de vino y mañana será otro día.

Hace un día terrorífico, el agua cae a cubos, tengo los pies completamente congelados a pesar de los dos pares de calcetines que me coloqué anoche.

Muy bien, pongámonos en marcha, los cartones al contenedor de los cartones y las mantas las dejaremos aquí bien dobladitas y algún compañero sabrá bien lo que debe hacer con ellas, sobre todo en una noche como la que se presenta.

Me dirigí a la estación de ferrocarril, eso sí después de haber desayunado bien y haberme gastado las últimas 500 pesetas que tenía en los bolsillos. Aprovechando esta visita al bar de la esquina me aseé como pude en el baño de señoras, porque del de caballeros mejor ni hablar. Me dirigí ahora sí a la estación y me coloqué en la cola de la ventanilla y pedí un billete para Granada. Después de que la muchacha de la ventanilla me mirara de arriba abajo a causa de haber pagado con mi visa, (la cual a estas alturas no debería superar las 8000 pesetas) y comprobar a ciencia cierta que efectivamente el señor de ese DNI era yo, me pasó el billete y me dedicó una media sonrisa.

Después de las dos primeras horas de viaje desperté, el miedo se apoderaba de mí cada vez más, cada vez estaba más cerca de mi casa, de mi familia, de mis recuerdos. Iba a ser muy duro volver a encontrarme con ellos, con todos mis recuerdos, pero sin ti Juana, y sin vosotros  hijos míos.

 

 

Autor: Miguel Cárdenas Callejón     Calahonda (Granada)   

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 El suicidio de Dios ¿Diseño inteligente? (relato)

 

 

 

EL SUICIDIO DE DIOS ¿DISEÑO INTELIGENTE?

 

 

Si Uro hubiera podido leer lo que los humanos han fabulado sobre el origen y evolución de las especies, o sobre los dioses y entes similares a los cuales adjudican su creación y la de todo lo demás, había sufrido un ataque de risa que le habría amenazado con la desintegración... si es que Uro pudiera reír.

 

Uro existe por que sus antecesores percibieron la necesidad de sustituir algunos nódulos que habían empezado a emitir las señales inequívocas de saturación, con lo que ello apareja de peligro de irrupción de falsas conclusiones originadas por parásitos de la inteligencia. Esos nódulos debían ser retornados al caos y sustituidos por otros de estructura limpia.

 

El nombre, Uro, se emplea sencillamente para orientar al lector, pues eso de nombrar las individualidades es un invento humano. Uro es, en realidad, un nódulo de energía coherente y organizada; uno de los incontables que pueblan el universo... también se hubiera podido escribir una nódulo, pues obviamente, las estructuras energéticas no tienen sexo.

 

Pero volviendo al inicio: Las fábulas que cuentan los humanos al respecto de cómo surgió la vida en el Universo y lo que es la vida en realidad, son justo lo que puede esperarse de los humanos: una creación infantil poco afinada, llena de incoherencias y que se deja satisfacer con respuestas facilonas, como los humanos mismos.

 

La realidad es otra:

 

El desorden caótico de la energía en el Universo encontró un día, por azar, una cierta pauta. Quizás la interacción de dos ondas produciendo una tercera que acumulaba características de sus antecesoras o la reacción de un grupo de alteraciones, que ante un impulso externo reaccionaron coherentemente generando una experiencia y una pauta, dieron lugar al principio del pensamiento, que es en realidad el origen de la vida.

 

Aquella primera reacción lógica, primer pensamiento o primera organización de la energía con resultados inteligentes fue desarrollándose y adquiriendo complejidad hasta llegar a componer nódulos absolutamente coherentes, en los que la actividad pasó de las reacciones  ante los impulsos del entorno, a una cierta actividad pensante que se abrió a la fantasía... y en el momento en que los nódulos empezaron a imaginar, surgió el germen de la Vida Inteligente.

 

Es evidente la improbabilidad de que un fenómeno energético se mantenga confinado de manera espontánea, especialmente si se considera la curiosidad expansiva de la inteligencia, y más aún si ésta está ya básicamente organizada en forma de nódulos lógicos. Por esta razón, se entiende que la Vida Inteligente (que también llamaremos “la Vida”, simplemente, a partir de aquí, por un criterio de economía, y para no cansar al lector). La Vida, decíamos, no está compuesta por individuos aislados, sino por una red de nódulos entrelazados en todas las dimensiones posibles, conexionados entre ellos por vínculos de estímulo, de información, de experimentación, etc. Sin embargo, cada nódulo genera una cierta identidad definida por todos los procesos pensantes por los que ha pasado, por los avances en la comprensión de sí mismo y de su entorno, así como por las experiencias de los intentos fallidos, que son las que llevan a la contradicción. Finalmente, la inteligencia se basa en la creación de hipótesis y la comprobación de ellas. Cada acto inteligente implica el riesgo de una equivocación, y las equivocaciones generan frustraciones en todo ser inteligente.

 

Estos restos de fracasos experimentales van dejando en los nódulos incoherencias parásitas que a partir de una cierta densidad lastran su atrevimiento para generar hipótesis, poniendo en peligro su capacidad de proposición y su equilibrio. Por esta razón, la inteligencia global, que es el producto de la interacción de la capacidad pensante de todos los nódulos, decide periódicamente renovar algunos de ellos ya excesivamente cargados de contradicciones. Esta renovación es tan sencilla como provocar nuevos nódulos copiando la estructura de organización de los más evolucionados, transferir a éstos los resultados positivos de la reflexión conjunta, y permitir que aquellos otros llenos de parásitos, frustraciones y contradicciones sencillamente retornen al caos al abandonar la estructura que da coherencia a la energía de la que están formados.

 

El proceso de transferencia de las experiencias no es tan sencillo como la creación, pues para generar un nódulo es solamente necesario forzar que una cierta energía asuma determinada estructura... lo difícil es modular esa estructura para que, sin desnaturalizarse, vaya asumiendo en un orden lógico, los antecedentes y la situación más avanzada de las reflexiones en marcha; de las cuales, unas darán resultados positivos, en términos de provocar la evolución hacia estructuras de mayor complejidad, mientras que otras producen resultados que pueden ser desde banales hasta regresivos e incluso, en ciertos casos, dañinos por su potencial de generar espirales de lógica autodestructiva. Estas últimas han de ser desechadas, pero guardando memoria del intento para no repetirlo.

 

Uro es un nódulo joven que está recibiendo de su entorno la herencia de lo reflexionado, de lo comprendido, de las hipótesis fallidas y de lo que aún se pregunta ese complejo entramado de energía que se llama La Vida.

 

La pregunta inmediata, que ya fue resuelta por las primeras generaciones era: ¿De dónde procede todo lo que somos? La conclusión fue rápidamente identificada, depurada y aceptada, y resultó clara y convincente: La Vida procede de la Nada, pues todo es una disociación en un negativo y un positivo que se anulan mutuamente; polarización, a fin de cuentas.

 

El orden absoluto es la Nada, que es donde positivo y negativo se acoplan perfectamente para desaparecer el uno en el otro... el desorden es, pues, el origen de todo; y sólo a la parte de ese todo que se llega a organizar de una manera coherente se le puede llamar vida. Si aquello, además de coherencia tiene una estructura susceptible de soportar modulaciones, de tener memoria, entonces es inteligente. Entonces es Vida.

 

Cuando las primeras preguntas han sido resueltas, surgen otras y se incrementa la complejidad de las cuestiones. En realidad, el motor de la vida inteligente es ese: resolver las preguntas existentes y plantearse otras nuevas, sin más razón para ello que el impulso de hacer aquello que mejor se hace; en este caso, pensar.

 

Se podría decir que la Vida es simplemente filosofía; ni más ni menos.

 

Energía pura procedente de la disociación de la Nada, que se organiza como filosofía. Se comprende que este arreglo sea independiente de la materia y del tiempo... sin embargo, el proceso de maduración de un nódulo “tarda”, aunque este tardar no se deba entender en términos de tiempo, sino de la secuencia con la que se han de cargar las experiencias comunes, el acervo de la Vida; y así modular la estructura del nuevo nódulo de manera impecable, sin titubeos, sin frustraciones, dejándolo listo para una reflexión profunda y objetiva; sin miedos ni prejuicios.

 

En medio de esa fase se encontraba el tierno Uro, cuando una tormenta afectó levemente algunas instrucciones de modulación que se le estaban transfiriendo, lo que en condiciones normales produce un error de lógica y tiene como consecuencia inmediata la repetición del proceso, o incluso la desestructuración del nódulo, pues el peligro de incoherencias futuras es alto y sus consecuencias pueden ser muy graves... sin embargo una revisión cuidadosa de su estructura después del accidente no permitió encontrar daños en la modulación, por lo que se supuso que, a pesar de la descarga, la modulación no había sido afectada; y así fue, pero con lo que no se contó fue con que la descarga había producido la apertura de una conexión irregular que multiplicaba la capacidad de proceso de Uro… aunque dándole una tremenda fragilidad y que sólo se podría percibir en el proceso de elaboración inteligente. Es decir, que Uro quedó con una tara que le podría llevar a conclusiones impredecibles.; una puerta abierta al genio o a la incongruencia.

 

Esta irregularidad del intelecto de Uro no tuvo consecuencias apreciables hasta el momento en que él hizo saber a su entorno que necesitaría algo más para complementar lo que le estaban contando; para animar la explicación... Hizo saber que esa concienzuda transferencia de modulaciones en su estructura ¡le aburría!

 

La Vida se conmovió. El Todo inteligente se dio cuenta de que estaba ocurriendo algo importante; ni bueno ni malo, en principio, pero muy importante; tanto así que se produjo una fase de reflexión masiva, durante la cual se trabajó incluso con la posibilidad de desestructurar inmediatamente a Uro al poder significar una aberración peligrosa. Esa línea de discusión se cerró, pero sin desechar permanentemente la alternativa. La Vida apostó por la innovación atrevida, pero manteniéndola bajo vigilancia.

 

Así pues, se impuso la conclusión de que Uro era un salto cualitativo importante para la Vida, pues había alcanzado un nivel de complejidad que le permitía ir más allá de la simple acumulación de reflexiones sobre lo planteado. La decisión final fue apoyar esta evolución y dotar a Uro de los instrumentos para que pudiera desarrollar esa inquietud y experimentase cómo era eso del aburrimiento y cómo se puede obtener beneficio superándolo.

 

La cuestión que se abrió no era, sin embargo, menor ¿qué instrumentos podía manejar Uro, compatibles con su aún poco desarrollada madurez? ¿qué necesitaba para sus experimentos? Uro era el primer nódulo en manifestar estas necesidades, por lo que la Vida, aún con toda su inteligencia y la mejor de las voluntades no sabía, ella misma, cómo ir más allá.

 

La solución la dio el propio Uro, pues cuando percibió la decisión de apoyarle junto a la duda del cómo, sencillamente pidió algo inútil de lo que nada se espera, pero en lo que se pueden ensayar fenómenos improbables, más allá de la lógica y de la seguridad, relaciones desequilibradas, lo monstruoso, lo sublime, lo extremo, lo injustificado; pero sin efecto sobre la realidad... Uro quería un juguete. Y como un joven caprichoso pidió el mejor. Pidió que se le transmitiera la capacidad de manipular la Nada, para disociarla en contrarios y así poder crearse él mismo su juguete a la medida.

 

Una versión básica de la disociación selectiva de la Nada paso, entonces, a estar a disposición del inmaduro Uro. Este mecanismo es tan sencillo como generar al mismo tiempo una realidad y su opuesto. Tan solo hay que mantener a ambos separados para evitar que la Nada se reconstruya consumiéndolos a ámbos.

 

Uro, entre sesión y sesión de modulación de su estructura, lo que podríamos llamar estudio, se dedicó a crear un juguete que le debía permitir luchar contra el aburrimiento -desde su punto de vista- o avanzar en su educación -según el punto de vista del conjunto de la Vida-

 

Lo primero que Uro creó fueron formas, masas; innovación importante en un Universo compuesto sencillamente por energía, y en el cual no se había planteado la generación de masa por considerarlo un elemento grosero... aunque dada la tendencia de Uro, pareció adecuado para la formación de un inmaduro. Estas masas recién creadas estaban sacudidas por cantidades desproporcionadas de energía. Uro, él mismo energía pura, no estaba preparado para mayores sutilezas.

 

Definió también un espacio al que fue lanzando esas masas convulsas, y se divirtió viéndolas ir y venir sin mayor sentido. Sin embargo, pronto se aburrió de nuevo de tener que relanzar las masas él mismo constantemente. Así que se inventó un mecanismo que gobernase su deambular en función de ciertas fuerzas de atracción y repulsión, y así pudo dedicarse a crear bolitas de todos los tamaños y colores sin tener que estarlas animando él mismo permanentemente.

 

Aquel universo de masas que se desplazaban sirvió a Uro de entretenimiento mientras metía nuevos cuerpos en juego. Los veía moverse, chocar, fundirse y separarse mientras depuraba el mecanismo de sus movimientos y su interacción... pero llegado a un cierto punto, también esto le aburrió, y aunque su juguete de bolitas multicolores y veloces le producía satisfacción y le había ayudado a comprender ciertas cosas, fue relegándolo al olvido.

 

Hasta la siguiente fase de aburrimiento.

 

Entonces, Uro, que había sentido alguna satisfacción nueva al crear su juguete fue estimulado por su entorno para que se volviese a dedicar a él. Hay que recordar que Uro, como nódulo inserto en la red de la vida inteligente, compartía con ella sus sensaciones y había creado la expectativa de una nueva dimensión: el juego.

 

Así Uro fue estimulado a jugar, lo que él hizo con mucho gusto al principio, perfeccionando el juguete de las bolitas, haciéndolo explotar y rehaciéndolo después, con sucesivas variaciones, pero al ser él ya un nódulo algo más maduro, y al tener el juguete de las bolitas veloces casi perfeccionado, se planteó un juego nuevo, más estimulante que llevar al otro a la perfección absoluta, y decidió concentrarse en algunas bolitas.

 

Al azar, seleccionó las que le vino en gana y pensó qué es lo que se podía hacer con ellas o en ellas. En ésas se dedicó a jugar con los colores por el procedimiento de inventar mecanismos de organización de la materia, que resultaron bastante similares a aquellos que había desarrollado para que su juguete funcionase solo; en realidad los copió. Todo eran fuerzas de atracción y repulsión que hacían que tanto lo más grande como lo más pequeño funcionase solo, aunque con particularidades diversas en cada caso: Las bolitas se organizaban en galaxias y sistemas, mientras que la materia lo hacía en moléculas y átomos, aunque en todos los casos el origen no fuera más que acumulaciones de energía, con mayor o menor densidad, procedente de la disociación de la Nada, que ya Uro manejaba con cierta maestría.

 

Por el procedimiento de meterse en los detalles de la composición de las bolitas, consiguió jugar con los colores que éstas emiten, pero también afectó a la velocidad con que se mueven, que es asimismo dependiente de su densidad y de su masa, con lo que se le volvieron a chocar unas con otras, empezándose a formar acumulaciones de materia de gran densidad y capacidad de atracción, que hacían converger hacia ellas todas las formas de masa y de energía de sus alrededores... ¡qué se le va a hacer! Reflexionó Uro, holgazán para seguir buscando un mecanismo más ajustado; por otro lado, tampoco estaba él persiguiendo la perfección sino armándose un juguete a su capricho.

 

Por esta razón no le preocupó demasiado que la ley de la organización interna de la materia tuviera notables incoherencias... a fin de cuentas a él le divertía así.

 

Uro ensayó varias composiciones con sucesivas bolitas, obteniendo interesantes juegos de colores producidos por la ebullición de las diferentes materias creadas y jugó asimismo con la temperatura, induciendo mecanismos de transformación de la energía en formas como el calor, que en su mundo de limpia pureza conceptual, resultaban casi tan groseras como la propia materia. De esta forma, indujo mecanismos para que las temperaturas de los diferentes cuerpos se estabilizaran en aquellas que producían los efectos que Uro deseaba, obteniendo un espectro variado y divertido.

 

Pero también este juego le llegó a aburrir. No hay que olvidar que, aunque inmaduro y a medio modular, Uro era un nódulo inteligente, parte de la red de la Vida, y, por tanto, con una capacidad intelectual inmensa. De hecho él no era otra cosa que eso: una monstruosa organización de energía sin más objeto que pensar... y jugar, en esta nueva fase.

 

Todavía le aburría el juguete por que a pesar de los muchos mecanismo incluidos por él para que fuera autónomo, no lo era lo suficiente, de manera que cada cambio, cada innovación, tenía que pensarla él, la tenía que poner en marcha él mismo, y cuando él no estaba nada cambiaba. No había sorpresas; el juego acababa parasitando su voluntad y su energía.

 

Estimulado por esta reflexión, Uro recreó en su imaginación la dinámica de evolución que había llevado a la energía a organizarse dando lugar a la Vida de la que él formaba parte, y decidió jugar a eso mismo, aunque fuera con elementos toscos como la materia que él mismo había creado. El mecanismo de evolución aplicado a la materia tendría que estar sujeto a las limitaciones impuestas por las leyes previamente inducidas para que todo siguiera en marcha, pues le aburría la idea de volver a empezar desde el principio, modificando las bases para hacerlas coherentes con las innovaciones, y así hizo lo que pudo con lo que tenía para poder seguir jugando.

 

Cuando la innovación empezó a dar los primeros resultados, Uro entendió que este juego iba a ser mucho más interesante así, pues de pronto se le abrió un abanico de dimensiones a su juego que ni él mismo podía evaluar. La primera idea que había puesto en práctica fue transferir una minúscula parte de su propia estructura de organización a ciertos elementos de la materia y dejarlos evolucionar. Consiguió así pequeñas acumulaciones de materia poco complejas, pero con voluntad de cambiar, con un egoísmo vital que le pareció interesante y que dotó de una dinámica propia a esas creaciones. Si el juego de las bolitas había sido apasionante con sus luces, colores y rápidos movimientos, el de la vida inducida a la materia prometía serlo aún más, pues cada agrupación de elementos de la materia era una posibilidad que se desarrollaba por su cuenta, sorprendiendo a su creador y exhibiendo ante él toda clase de mutaciones.

 

De esta manera, muchas de las bolitas se llenaron de estructuras autónomas en las que la materia se organizaba, más de acuerdo a variaciones generadas por su evolución que a las pautas inducidas por Uro.

 

Al principio, las formas de vida material que aparecían en las bolitas tenían un aire común, que era la impronta de su creador, pues Uro tenía sus limitaciones a la hora de crear; lógicamente, ya que él partía de un universo de energía sin materia ni formas, por lo que cada creación era un esfuerzo de fantasía. De aquellas, unas agotaron los recursos a su disposición, otras murieron por efecto de la contaminación que ellas mismas creaban, o se demostraron sencillamente inviables en algún momento de su evolución. Desaparecieron, simplemente... pero dejaron una herencia que marcó el camino.

 

El juego de Uro consistió en observar como unas formas de vida material triunfaban en su medio y otras fracasaban. No resistió la tentación de intervenir, de depurar o falsear algunos de los mecanismos de la evolución, hasta que se encontró con un juguete que funcionaba razonablemente bien, ofreciéndole nuevas creaciones y diversas interacciones entre ellas en cada ocasión que él le dedicaba su atención. Uro se divirtió mucho con este desarrollo de su juguete, dotando a unas formas de vida de unas características y a otras de otras. Imaginó formas y colores y fue descargando su juvenil fantasía en una inmensidad de creaciones con capacidad de crecer y de buscar espacios que colonizar... hasta que se empezaron a desorganizar, con lo que según iba creando por un lado, se encontró con que le iban desapareciendo por otro aquellas formas de vida que habían acumulado suficiente cantidad de contradicciones como para hacerse inviables.

 

Esto, que significó una molestia para Uro, fue entendido como una confirmación de la validez universal de las leyes de la renovación que aplicaba la Vida a su propia higiene, de manera que se extendió un temblor de satisfacción por la parte Inteligente de la Vida, al percibir que  la vida material confirmaba sus conclusiones.

 

¡Vaya contrariedad! Uro deseaba un juguete autónomo pero dócil, que le proporcionase diversión y no complicaciones.

 

Entonces se le ocurrió inducir en su universo de juguete el mismo mecanismo que funcionaba en la Vida real, y que es el de la renovación periódica de los seres... si funciona bien con la vida inteligente, ¿por qué no ha de funcionar con un juguete de materia?

 

Y así, Uro inventó un mecanismo de caducidad de cada uno de los organismos que iba creando, de manera que fueran capitalizando los cambios viables y que los errores o vicios de evolución desaparecieran con los individuos que periódicamente se desorganizaban, dispersando en su entorno sus elementos constituyentes, de manera que pudieran ser utilizados de nuevo por los que se fueran creando, acoplándolos a su estructura... también se le ocurrió provocar una competición permanente por los residuos, de manera que todos los organismos tuvieran que pelear por una cantidad escasa de elementos constitutivos, y así, en vez de crecer sin límites y sin escaseces, se vieran limitados e incluso amenazados unos por otros... juegos crueles, sádicos, de una mente demasiado joven, finalmente, ya que la alternativa de dotar a su universo de recursos sin límites estaba tan en su poder como la otra.

 

Por este procedimiento se le animó el juego durante otra fase de evolución apasionante, en la cual sus intervenciones fueron del tipo de un escultor enloquecido, en la que cuando no tenía nada mejor a lo que dedicar su intelecto, fue diseñando desde lo más simple; trabajo minimalista en el que el reto era hacer un organismo con la menor cantidad posible de elementos materiales. En otras ocasiones se divertía con el juego de crear organismos barrocos, exageradamente complejos, en los que no necesariamente todo tenía un sentido o un uso, más allá que el de su diversión.

 

Como consecuencia de estas creaciones, se divirtió observando como la evolución completaba lo insuficiente, daba sentido a los aditamentos superfluos o simplemente los eliminaba en unas pocas generaciones.

 

En este proceso se fue encontrando con que el medio en el que sus criaturas se desarrollaban era determinante del mantenimiento o desaparición de ciertas características y participaba en la mayor o menor viabilidad de formas. Las que a él le fueron gustando más fueron las que determinaron las manipulaciones del medio que Uro fue introduciendo para hacer más viables sus preferidas aunque otras muchas desaparecieran. Para ello fue ensayando diferentes configuraciones del ambiente; unas veces cambiando el medio en la misma bolita, otras dejando abandonado un sistema de organismos y medio ambiente en bolitas que siguieron dando vueltas por el universo de su juguete, mientras él intentaba algo nuevo en un sistema diferente; y en otras ocasiones manipulando las condiciones de todo un sistema, de manera que lo que ocurriera en una bolita influyera en otras cercanas, creando o haciendo posibles diferentes repartos de materia o de energía que determinaban medios diversos.

 

La Vida observaba con curiosidad, pero no sin una cierta prevención, los juegos de Uro, pues si bien le reconocían al mecanismo una cierta capacidad de estimular el aprendizaje en los nódulos jóvenes, también percibía en éste el peligro de hacer perder a lo nódulos en formación el sentido de la realidad; y la realidad es filosofía pura. No ese abigarrado amasijo de materia creado para aprender de él, pero quizás tan atractivo en su apariencia que pudiera crear confusiones.

 

Pero bueno; mientras los juegos de Uro no generasen en él mismo, y por extensión en la red, conclusiones parasitarias o contradictorias, el joven podría seguir con su experimento didáctico... y si algo falla, la solución es tan sencilla como desorganizar al nódulo, salvar lo avanzado y comenzar de nuevo con otro limpio.

 

Uro iba madurando; lentamente como es natural, pero iba madurando, de manera que sus expectativas fueron desarrollándose siempre un poco por delante de la complejidad que alcanzaba su juguete. Esto dio lugar, primero, a una fase de desatención producida por el aburrimiento, seguida de un nuevo impulso de complejización originado por la presión de la red, para la cual estaba claro que el único sentido de la vida inteligente es la búsqueda permanente.

 

La experiencia dice que los primeros nódulos se fueron formando en la resolución de las cuestiones sencillas, pero que hubo mutaciones que terminaron como interferencias luego de haberse satisfecho con un bajo nivel de complejidad. Esa situación les privó del estímulo necesario para ir depurando las conexiones internas, con lo que imperceptiblemente empezaron a ser parasitadas por sistemas contradictorios, los que en uno u otro momento les llevaban a la autodestrucción, dejando, sin embargo, restos de estructura de lenta descomposición, de los que había que cuidarse mucho, pues tenían una siempre latente capacidad de contaminación, especialmente en los nódulos en formación, a los que llevaban al escepticismo y a la holgazanería, considerados los mayores peligros para el desarrollo de la Vida, cuya máxima sería ¡Siempre adelante, no importa hacia donde!

 

Uro padecía esa presión, por lo que se le exigió desarrollar su juguete hasta hacerlo siempre un reto para su inteligencia inmadura. Aquí hay que señalar que la red, en su conjunto, tampoco entendía muy bien el sentido del juguete de Uro, razón por la cual lo consideraron solamente  útil como un reto a la inteligencia y la comprensión.

 

La siguiente fase de complejización del juguete que se le ocurrió a Uro fue agrupar componentes y características intentando crear algo que no sólo creciera y se multiplicara, sino que además tuviera como características definitorias la armonía y la autonomía.

 

La fértil fantasía de Uro empezó a diseñar ese esquema ideal, autónomo  y coherente, y fue ensayando formas y características que variaron de un caso a otro, mientras el propio creador no estaba satisfecho con lo que obtenía... pero, claro, tampoco tenía una idea perfectamente clara de lo que buscaba, con lo que se encontró con que a pesar de movilizar recursos ingentes, tanto intelectuales como de materia para construir pruebas y más pruebas, no conseguía la armonía y la perfección, quizás porque él mismo no terminaba de afinar el concepto de lo que buscaba, obteniendo toda clase de aberraciones , la mayoría inviables.

 

Esta situación fue valorada muy negativamente por la red, pues el juguete tenía que ser un reto educativo, pero no un generador de frustraciones... y el experimento empezaba a ir por esa vía.

 

Por este motivo, Uro, consciente de que se jugaba la razón de ser, decidió cambiar de estrategia y concentrarse en algo sencillo al principio, que le produjera algún éxito.

 

Buscó dentro de su juguete un sistema en el que los organismos creados hasta ese punto hubieran encontrado un cierto equilibrio entre ellos y con su medio, de manera que no tuviera que ponerse él a afinar un ambiente propicio. Buscó uno en el que la diversidad de organismos fuese máxima y que además hubieran desarrollado formas que le parecieran atractivas. Su mente inmadura se conformaba con simetrías, colorines y poco más, por lo que no le fue difícil encontrar un sistema que le agradara como lugar de ensayo, y sobre el que decidió concentrarse, aplicando todo lo que había avanzado hasta ese punto en la creación del primer organismo autónomo.

 

Probó con criaturas de un tamaño irrelevante en cuanto a las leyes del movimiento de las bolitas y aplicó todo lo que ya había resuelto en cuanto a movilidad, alimentación y reproducción, dejando armada una pequeña cantidad de conceptos de criatura listos para que fueran depurándose y dándole más pistas... y ya sí empezó a vislumbrar el éxito y a divertirse, para tranquilidad de la Vida y la suya propia.

 

El juego, a partir de ese punto, consistió en dedicarse a las criaturas, una por una, poniéndoles toda clase de adminículos como colas, plumas, glándulas odoríferas, electricidad... ¡una auténtica vorágine creativa!

 

Uro era muy sensible a los colores y a las formas, así pues, en su creación no buscaba tanto la armonía y la pureza, como haría un ser más maduro, sino la abigarrada diversidad; y lo hacía con el normal comportamiento caprichoso de un niño que juega. Por esta razón, el juguete fue siendo cuidadosamente elaborado sólo en algunos casos, en los que Uro se esmeraba buscando la perfecta adecuación al medio de manera que el desarrollo de unas formas fuese perfectamente compatible con las otras sin que hubiera interferencias dañinas entre ellas; pero en la mayoría de los casos, la creación o el mantenimiento de unas formas de vida la hizo Uro sin considerar ese equilibrio, de manera que aquellas que habían sido creadas con menos cuidado acababan disputando con otras su medio, incluso viéndose obligadas a destruir a otras para poder evolucionar. De esta manera, el juguete se fue llenando poco a poco de pillaje y de violencia.

 

Esta fórmula, sin embargo, le funcionó bien a Uro, pues le permitió holgazanear mientras el resto de la vida inteligente estaba convencida de que él estaba inmerso en una fecunda actividad creativa. En realidad, el invento era bueno para los fines individuales e inmediatos de Uro, pero el sentimiento de dolor, miedo y competitividad cruel que emanaba del juguete tardó poco en ser percibido por la red como algo profundamente negativo. De alguna manera la Vida intuyó que el juguete de Uro estaba inventando algo desconocido y muy poderoso, que podría amenazar la propia Vida.

 

Esta percepción se difundió con lentitud a lo largo de esa red pensante que aloja la Vida, pues el concepto de “el Mal” era absolutamente desconocido para ese organismo constituido de pura energía, sin voluntad alguna de interferencia o dominio y el solo impulso de la búsqueda del conocimiento.

 

Al expandirse por la Vida la intuición de que el juguete de Uro era un peligro, éste comenzó  a percibir ciertas reacciones de rechazo, en forma de una vaga reflexión sobre la conveniencia de destruir el juguete por el sencillo procedimiento de reconstruir la Nada, y así dar por terminada la grosera contaminación de materia que irreflexivamente el inmaduro Uro había introducido en la maravillosa perfección de energía e ideas que era el universo hasta entonces. Para esto, sólo haría falta unir ordenadamente cada partícula con su correspondiente especular, justo al contrario de lo que el joven había hecho.

 

Lógicamente, el evento esperable, asociado a la eliminación del juguete, sería destruir la estructura del joven nódulo, cargado precozmente de contradicciones y vicios inducidos por un intento fallido, pero que quizás había desarrollado alguna conclusión o pauta recuperable. Este es el procedimiento natural sobre el cual la vida inteligente basa su desarrollo y sana supervivencia, sin que nunca, nódulo alguno haya “sentido” que su desaparición sea una pérdida. En la vida inteligente, el individuo no existe, sino como particularidad momentánea del Todo, que retorna nuevamente al cuerpo común al eliminarse la estructura energética que lo sustentó, pero conservándose como idea acumulada al conjunto, como un enriquecimiento de éste.

 

Sin embargo, Uro debió haber sufrido una grave contaminación por parte de su juguete; más grave de lo que la vida inteligente era capaz de percibir. Tan grave fue la contaminación que Uro adoptó alguno de los comportamientos de los organismos de su juguete. El más peligroso, y el que desencadenó la catástrofe fue el sentirse individuo, creerse importante por sí mismo, irrepetible, insustituible... y por tanto reaccionar a la amenaza de desaparición con una estrategia de supervivencia, aún en contra de la lógica de la Vida.

 

El joven nódulo había dedicado mucho esfuerzo al diseño, en su juguete, de pautas de conducta y comportamientos de supervivencia agresivos y rapaces. Había inducido violencia entre unos y otros organismos, había previsto que el desarrollo de unos pasara por la destrucción de otros. De esta manera todos tenían que temer a todos, tenían que saber vencer a aquellos que eran su comida o que defenderse de los otros, a los que alimentarían si lo permitían. Realmente se había especializado en relaciones agresivas, y su reacción fue en esa línea.

 

Uro se sabía inmaduro, muy débil aún en el ámbito del pensamiento y del manejo de la inteligencia global, pero percibió que su juguete podría ser su aliado, su baza de triunfo en esa locura de afán de supervivencia que le habían contagiado sus criaturas de juguete y que había imaginado él mismo. Su juguete se convirtió en su arma.

 

Para cumplir el fin estratégico de esa lucha por la supervivencia, Uro se acercó a su juego con una nueva seriedad; ya no se trataba de divertirse, sino de blindarse, y para eso ya no le servían los múltiples organismos grandes y pequeños, coloridos, largos, gordos, etc... ahora necesitaba dos cosas: hacer irreversible la disociación de la Nada en forma de materia, y difundirse él mismo en una estructura material que ya no estaría en disposición de ser deshecha por parte de la vida inteligente.

 

Para conseguir lo primero, Uro se dedicó, con una meticulosidad que él nunca había aplicado antes a su juguete, a generar complejidades y nuevas asociaciones materiales, de manera que los pares de materia-antimateria estuvieran tan presos en sus correspondientes estructuras y tan dispersos que resultase imposible recrear la nada identificando y reuniendo cada par que se anularía a sí mismo. Esto lo hizo olvidando voluntariamente el cómo, de manera que ni él mismo pudiera deshacer el universo físico que había creado, ni aunque llegase a desearlo o si pudiera ser convencido u obligado a ello... bueno, si no consiguió hacer indestructible su juguete, al menos sí garantizó que costaría un trabajo ímprobo y mucho tiempo; suficiente como para que él pudiera desarrollar una nueva estrategia. Eso ya se vería en su momento.

 

El plan era bueno, pero rápidamente comprendió Uro que a su juguete le faltaba capacidad de almacenaje y de procesamiento, ya que la suma de la capacidad pensante de todas las criaturas que había creado, incluso con la transferencia de sus propios esquemas, era ridículamente pequeña en comparación con la suya propia, con lo que no podría transferir su ser a un contenedor tan manifiestamente insuficiente. Así pues, se apresuró a crear un nuevo tipo de organismo más complejo, sobre el que poder descargar la inmensidad de su estructura pensante.

 

La vida inteligente no había tenido previamente experiencias de maldad, por lo que observó curiosa los nuevos “juegos” de Uro, valorando si éste había llegado al punto en que los parásitos lógicos serían lo suficientemente graves como para aconsejar su desactivación, pero fascinada, por otro lado, por el caudal de nuevas experiencias que este joven nódulo estaba proporcionando a la Vida.

 

Así las cosas, el flujo de modulaciones que emanaba del juguete de Uro, masivo en esa fase de la creación de su estrategia de supervivencia, cubría con el alegre sentimiento de la generación minuciosa y apasionada de nuevas formas, aquel otro, maligno, de la lucha y la violencia, que ya había sido identificado previamente, y que aún matizaba el conjunto, pero sin llegar a disparar las alarmas de la vida inteligente, que tardaba en codificar y analizar todo lo que procedía de aquel entorno.

 

Ese desconcierto de la Vida, o quizás la fascinación del filósofo ante un acontecimiento tan nuevo, fue la ventaja que aprovechó Uro para crear un organismo con todos los componentes de los que disponía, tanto los más depurados mecanismos físicos de movilidad, alimentación parásita y reproducción, como de conducta: violencia, voracidad, miedo, competencia y afán insano de perpetuación a ultranza., reforzando especialmente estos últimos, ya que se había empezado a producir una armonía intensa entre Uro y su mundo de juguete que pivotaba, precisamente sobre este grupo de características, que él identificó como el valor máximo de su propia individualidad y el que debería ser su apoyo en la estrategia de lucha contra la Vida, a la que él comenzó a percibir como su enemigo, precisamente en el mismo código que empleaban sus criaturas.

 

Cuando la vida inteligente percibió por primera vez el sentimiento de animadversión por parte del entorno de Uro, sufrió una especie de choque, pues aunque en las experiencias de la Vida no había antecedentes de semejante situación, la elaboración de los impulsos procedentes de Uro y de su mundo le permitió identificar el contenido del sentimiento, así como el origen de él, que aunque al principio parecía ser el mundo físico, pronto se hizo claro que era el mismo Uro quien lo originaba.

 

El impacto sacudió la totalidad de la Vida, recorrió la red en todas sus innumerables dimensiones, encontrándose primero algo así como incredulidad, luego estupor y generando finalmente un nuevo sentimiento en la Vida: la más profunda tristeza. Una ola tras otra de reflexiones, dudas, propuestas e hipótesis recorrieron la totalidad del fenómeno pensante, enriqueciéndose y comprendiendo que había algo profundamente maligno que amenazaba con salirse de control llevando ese sentimiento a la propia Vida, pues entre los impulsos que recorrieron su estructura, alguno tenía el matiz de la defensa, de la violencia como respuesta a la violencia, lo que entristeció a la inmensidad de la estructura pensante, que comprendió inmediatamente que la más clara forma de sucumbir al Mal es pretender combatirlo con sus propias armas.

 

La Vida experimentó una tormenta en su seno, con vórtices de extrema intensidad y zonas de elaboración masiva de razonamientos, que estimuladas por lo que en otras áreas ocurría empezaron a generar algo que podríamos llamar Ética. Para ella, la decisión que tenía que poner fin a la discusión y al mismo tiempo definir la posición y la estrategia, era: Si la vida define como el Mal a lo que procede de ese mundo físico y ella misma desea mantenerse como lo opuesto, como el Bien ¿debería luchar, o esto es incompatible con la esencia de ese Bien, que desea mantener como único móvil de su existencia?

 

En todo caso, la Vida perdió la inocencia... y para ella, perder la inocencia significó dos cosas: Por un lado descubrió la maldad, con su característica fundamental de interferencia gratuita, innecesaria, pero que es asumida como valor por algunos organismos que ordenan su conducta alrededor de ella, forzando a los que están a su alcance a aceptar ese código so pena de ser eliminados, con lo que se terminaría imponiendo, bien por que es aceptado por los que se doblegan... o por que éstos son eliminados; o por que es asumido por los que lo aplican, aunque sea en su propia defensa.

 

La otra conclusión que afloró luego de la intensa actividad pensante de la Vida fue aún más terrible: La vida, como una alteración perversa de la Nada, es una forma de imperfección. La perfección es la Nada. El Bien es la Nada... incluso la Vida es una perturbación que no es maligna en sí, pero que tiene un potencial maligno, como el caso Uro pudo demostrar.

 

Más allá; si la Nada se convierte en algo imperfecto al polarizarse energéticamente entre un positivo y un negativo, esta grosera imperfección se extrema cuando aparece la materia, pero llega al máximo cuando la materia invoca la violencia para relacionarse entre sí: en vez de buscar la armonía que debería llevarla a la reunificación en la Nada, a la desaparición, la materia, en su máxima expresión de la maldad, lucha contra sí misma para sobrevivir.

 

Una vez llegada a estas conclusiones, la Vida hizo lo único congruente: decidió desaparecer como la única y radical medida de higiene que garantizaría la no proliferación del Mal, y así dedicó toda su capacidad a identificar pares autoeliminables, propició su unión y fue deshaciéndose en un proceso de reunificación de opuestos que sumaban nada, devolviendo la paz al Todo, volviendo a la madre común: a la Nada... salvo en el mundo de Uro, en el que éste, antes de perder su estructura energética había creado un ser con la capacidad de retener en un soporte físico una parte, aún insignificante de la modulación que había sido Uro.

 

Pero no había salido todo como Uro pretendía: la capacidad de almacenaje del  juguete se había quedado corta y la transferencia de la modulación que definía a Uro , antes de su propia desaparición, había sido incompleta, con lo que se podría decir que Uro, a pesar de sus esfuerzos, había muerto dejando tras de sí una caricatura absolutamente inoperante, pero con ciertos delirios que eran permanentemente mal entendidos por sus criaturas.

 

De esta manera, el juguete quedó en la más absoluta soledad, abandonado en su decadencia por la inmensa capacidad pensante que lo había creado. Un universo de innumerables bolitas, algunas de las cuales había poblado Uro con su última criatura antes de ser destruido, pero incompleto, sin embargo, ya que muchas bolitas habían desaparecido en la última fase activa de la vida inteligente... y muchas más iban desapareciendo lentamente, pues la Vida, antes de deshacerse ella misma, había instaurado una rutina de búsqueda de iguales que atraía hacia inmensos agujeros de Nada a las parejas de masa-energía susceptibles de acoplarse con suma nula. Ese universo imperfecto quedó poblado por imperfectas criaturas, inacabadas por Uro y parcialmente destruidas por la dinámica de retorno a la Nada.

 

Lo que queda, sigue poblado por múltiples organismos diversos e inútiles, que sin embargo se afanan por reproducirse, animados por la locura de la pervivencia y dispuestos a sacrificar a ella todo lo que encuentren a su alrededor, incluso a otras criaturas... incluso a sí mismos.

 

En alguna de esas bolitas queda un rastro de lo que hubiera podido ser una inteligencia.

 

Este rastro son las pocas modulaciones que Uro consiguió transferir a algunos organismos bastante imperfectos físicamente, aunque viables, antes de desaparecer él mismo en la recreación de la Nada.

 

Uro no había tenido la oportunidad de transferir más que una mínima parte de su capacidad pensante, repartiéndola entre los muchos seres que había creado: desde lo que los humanos llaman célula, hasta ellos mismos, el ser más complejo que alcanzó a crear Uro, que acumula en grado máximo los errores de su creación y de su locura, y que cree, idiota de él, que cada uno es un fenómeno único e irrepetible, orgullo de un creador sublime... en lugar de lo que realmente es: la pifia máxima de un inmaduro que cayó en la locura y en la maldad  mientras jugaba a desordenar la Nada.

 

Autor: Ramón Tejeiro   (Madrid)   

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 Cigarrillo con antojo (relato breve)

 

 

 

CIGARRILLO CON ANTOJO

 

 

Todo empezó cuando dijo adiós.

 

Sí, tan tajante y rotunda fue que hasta mi sombra se sobresaltó. En el muy granadino Paseo de los Tristes fue donde sus labios plegaron las velas y cambiaron de rumbo, dejando sin  suministro a la central eléctrica que ya había nacido en mis venas. Sin ningún rubor admito mi equivocación. Lo que pretendía ser una diversión pasajera para mí acabó en un juego letal donde las reglas las administraba el antojo de su sonrisa. Ya me avisó el camarero de La Carbonería: “chaval, ten cuidado con ella. Torres más altas han sucumbido a sus pies. Y a ti no te veo con freno de socorro.” Ni me acerqué ni me cercó. Ni la miré ni me nombró. Ni la invité a una copa ni me encendió un cigarrillo. Pero ya no nos separamos hasta que todo empezó.

 

Mis deseos se atrincheraron en su cintura con la primera desesperada canción que la atmósfera de la noche me sirvió en bandeja de hojalata. Ella, que se reía de todos los guiños que yo improvisaba a cada momento, supo llevarme por los vericuetos de sus curvas intransigentes. Como un pardillo en su primera cita con un burdel, fui arrastrado por sus caprichosos deseos. Lo que tú digas, lo que tú quieras, pero no pares de besarme, le decía a cada trago de whisky. Tejió su red con una pericia escrupulosa, trucos de barra con tercera intención y marcha atrás. Y para colmo de mi fragilidad a esas horas tan pardas, con cada baile de sus caderas una cicatriz de locura germinaba en la esencia de mi alma y un camarote de vida abría sus puertas en el transatlántico de mis patochadas.

 

Y así fui engullido poco a poco por su lección magistral. Déjate llevar, apostilló al abandonar el local desde su privilegiada posición antes de quitarse la máscara del azar, y no seas tan travieso como yo, esto es solo un juego y hoy te ha tocado perder, seguro que mañana será mejor. Y dijo adiós, justo después de reclamarle lo que jamás había pedido antes a un encuentro accidental de la noche. De juguete erótico a videojuego insensible. Y ahí empezó todo. Eso que suele ocurrirnos cada cierto tiempo pero que no lo confesamos ni en la extremaunción, pequeños despistes que nos hacen ser cada vez más escépticos con la marejada de las copas y las risas. Pero no sé de qué me quejo, si yo también quise hacerle lo mismo.

 

 

Autor: Antonio Carreño    (Almería)  

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 Marina (Relato breve)

 

 

 

MARINA

 

 

Descendió de la nave, vestía un mameluco naranja , era rubio, alto,  con unos impresionantes ojos azules , se veía como cualquier hombre humano. Estaba paralizada, como hipnotizada siguiendo sus movimientos. Tan pronto se cerro la puerta de la nave el coloco lo que parecía ser un dispositivo e hizo que la nave se transformara en algo poco mas grande que una billetera, la que guardo en uno de los compartimientos de su mameluco. Fue entonces cuando se dio cuenta de mi presencia y que yo había observado todo. Quise correr pero me dijo que no tenia que tener miedo, que era un visitante de venus y que su misión  era  aprender sobre nuestra especie . Le pregunte si el hablaba nuestro idioma , dijo que estaba comunicándose conmigo por telepatía , que le hablara ya que el aprendería con mucha rapidez. Por alguna extraña razón el miedo anterior había desaparecido. De regreso a casa le hable sobre la hacienda donde nos encontrábamos, sobre los caballos , mi familia, y todo lo  preguntaba  aun por telepatía. Preocupada pensé  en como reaccionarían mis padres al ver que llegaba con un desconocido y no solo eso, un hombre de venus. Antes que formulara la pregunta el me dijo que no me preocupara que no habría problema con mi familia pero que tenia que guardar silencio sobre su identidad  . Por alguna extraña razón creí en lo que decía, quizás por la tranquilidad y seguridad que mostraba .

Para cuando llegamos a casa el ya podía comunicarse en nuestro idioma  y el  encuentro con mi padre fue tranquilo . Siendo un forastero, y tras la larga  conversación luego de la cena  mis padres lo invitaron a que se quedara unos días en casa .


Pasaron 15 entrañables días, en los cuales paseaba con mi padre y este le mostraba la hacienda,  enseño sobre como mejorar el cultivo de las plantas, sobre la ganadería, y  la construcción del dique en el que en ese momento se hacia .
En la mañana del 16vo dia me dijo que tenia que marcharse, su misión había sido completada  , había aprendido todo lo que necesitaba saber y ese mismo dia se marcharía . Le pedí entonces que  me llevara con el, quería  visitar su planeta, aprender como vivían , que hacían, aprender todo, conocerlo todo.

Luego de una pausa en que me miro con fijeza, acepto llevarme. Me dijo que no tenia tiempo para despedirme , ni dar explicaciones, ya que el momento era justo para que la nave entrara sobre lo que entendí era  un circuito, una especie de  caminos trazados en el espacio  por donde viajan las naves, haciendo que el tiempo de traslado sea casi nulo,  y no de la manera que nosotros irrumpimos y salimos de la tierra cuando las naves terrestres visitan la luna y salen al espacio.


Toda mi vida había deseado poder visitar otros planetas, viajar por el espacio, esta seguramente era una oportunidad única  y acepte sin vacilar, quizás también porque cuando uno es tan joven no repara en la magnitud de las consecuencias de nuestros actos.  Entonces el saco del bolsillo la nave que había guardado hacia ya 16 días y colocándola exactamente donde había aterrizado le puso el dispositivo haciendo que la nave regresara a su estado original. Se abrió la puerta, una vez que cruzamos dentro se cerro. Pidió que me sentara  en uno de los 2  sillones  , el a su vez hizo lo mismo. Y en cuestión de segundos estábamos despegando , de pronto escuche la voz de mi madre que me llamaba, Marina!!! Marina  Abrí la ventana para decirle que regresaría que todo estaba  bien , fue entonces cuando  entro un viento frió y desperté de ese sueño. El viento frío  era mi perro que lamía mi rostro y mi madre que me llamaba  porque era hora de cenar.

 

 

Autor: Patricia  Franco   (Perú)

 

Patricia compagina su afición por la literatura con su pasión por la pintura. Aquí les ofrecemos una muestra de su trabajo.
   

                                             
 

                            

                                               Humani

 

Pueden ver otras obras en la dirección   www.star.com.pe/visiondemujer
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 Escrito 26 (sobre los ángeles)

 

 

 

ESCRITO 26

 

 

 

La inteligencia, algunas veces, es confundida con divinidad.

 

El buen aprendizaje, jamás será olvidado cuando preguntado sea.

 

Yeshua, fue buen aprendiz, antes de maestro.

 

Fue buen maestro, al momento de enseñar y con gran paciencia explicación otorgaba, al que con dudas acercaba a él.

 

Yeshua, estudió las almas y les aprendió a entender.  Aprendió y estudio las religiones manifestadas en toda forma, observó las estrellas, controló y entendió el comportamiento de los mares y ríos.  Distinguió y estudio a los animales, pero sobre todo, aprendió en este mundo terrenal, a entender al mismo hombre, especie de gran complejidad, pero entendida y estudiada fue.

 

Del hombre estudio su vida, sus preocupaciones, su interior, su felicidad, su mente, esta última, siendo la más débil en aquellos tiempos, y por increíble que parezca, en los actuales de igual forma es.

 

Todos preguntan que característica física única, tenia el Ángel Supremo, aunque la respuesta en su mirada  su gran sonrisa esté frente a ellos.

 

Otros preguntan, el que hubiera sido del Ángel Supremo, si no hubiera muerto, cuando la respuesta esta  en ellos.

 

Yeshua, tenía una mirada única, mirada tan lleva de amor, penetrante e intimidante, atado aquel que la miraba por primera vez, pero que al mismo tiempo, cobijaba en su interior.

 

Observador de vida, bien entendida, bello como nunca ha visto e inteligente nato.

 

Belleza imponente para un hombre alto, con físico común, deslumbrante para todo aquel que a distancia encontraba.

 

Tierno como un niño, amoroso como el mismo.

 

Cuantos errores cometió por aprendizaje, errores únicos, errores sin daño, errores sin consecuencias.

 

Errores comunes, que enseñaron a aquel Ángel Supremo.

 

Errores que enseñaron la importancia del perdón.

 

Errores como hombre, tus errores son de él.

 

 

Dichosos los que entiendan.

 

 

En aquellas 2 pequeñas embarcaciones, en las cuales los 12  y Yeshua cruzaban aquel río inmenso, al atardecer, la vivencia de observación e inteligencia, así como de enseñanza a la vista más grande estaba a punto de suceder.

 

Yeshua, con su humor de costumbre dijo

 

“La mirada del ciego, tiene más alcance que la del sabio.”

 

Pedro sonriendo contestó.

 

“Pero el sabio buen entender tiene, maestro”

 

Yeshua, miró a Pedro a los ojos y con una sonrisa larga, le dijo.

 

“Cuanto ven tus ojos”

 

Pedro bajando la mirada y sonriendo, contestó.

 

“Ven lo que todos ven, y ven poco amigo”

 

Yeshua, volteando a ver a Judas, le preguntó.

 

“Cuanto ven tus  ojos amigo”

 

Judas contestó.

 

“Poco maestro”

 

Yeshua alzando la voz, dijo con voz intencionada.

 

“Hoy hay frío, hay hielo en los mares, hay temor por una tormente”.

 

Lucas el cual en la otra embarcación encontraba, dijo.

 

“Contigo no hay frío, ni hay hielo en los mares, mucho menos temor, estando a tu lado Jesús.”

 

Mateo, el cual en la pequeña barca de Lucas iba, agregó.

 

“Cuanto ven tus ojos Jesús”

 

Yeshua,, con sonrisa de niño, habló.

 

“Veo, mas allá de lo que los ojos de todos ustedes ven”

 

“Veo que venimos en un barca en el agua, para no caer y mojarnos.”

 

“Veo que hay temor de todos a la nada.”

”Veo, no tan solo con mis ojos”.

 

Yeshua, al terminó de estas palabras, agregó con seriedad.

 

“Remen para el centro, remen, para la mitad del agua.”

 

Pedro contesto a su petición.

 

“No se le ve centro al agua, aparte es peligroso maestro.”

 

Judas tomo aquel remo y obedeciendo a su amigo, y comenso a remar con Tomas, siendo imitados por el resto de sus hermanos.

 

Al estar las 2 embarcaciones en el centro de aquellas aguas heladas, Yeshua levanto sutilmente, y mirando a todos dijo.

 

“Sus ojos verán lo que quieren ver”.

 

Después de estas palabras, lentamente saco una pierna de aquella embarcación, para después poco a poco, sacar la otra pierna restante.

 

Ante las miradas de sorpresa, así como de maravilla de sus elegidos, lentamente comenzó a caminar en las aguas.

 

Lentamente, sin temor, sin dudas, daba paso a  paso, hasta llegar a 3 metros de distancia de las embarcaciones.

 

Pedro, sin dar mención alguna a sus ojos, dijo.

 

“Maestro, caminas en las aguas”

 

Juan el menor de todos, hinco en la barca y bajaba su mirada.

 

Tomas gritaba.

 

“Maestro, cuidado.”

 

Yeshua, en ese momento, era una silueta borrosa encima de las aguas, gracias a la poca luz del atardecer, que igual que sus pisadas, poco a poco desaparecía.

 

Judas gritó.

 

“Rememos hacia él.”

 

Yeshua al oír a Judas gritó.

 

“Aquel que quiera venir a mí, que lo haga caminando sobre esta agua, que siga mis pasos”

 

Pedro, el mayor, levanto de la barca, y sin mirar, salió solo para hundirse en aquellas aguas.

 

Pablo su hermano, junto con Judas, estiraron sus brazos, para ayudarlo a salir

 

Yeshua, volvió a repetir.

 

“Quien quiera venir a mí, que lo haga caminando, siguiendo mis pisadas.”

 

Judas, levanto y salió de la barca, para errar de la misma forma en que pedro lo había hecho.

 

Tomas gritó a Yeshua.

 

“Jesús, yo no se nadar”

 

Los nervios, la angustia, así como la preocupación por aquel reto hecho por Yeshua, no detenia por parte de los elegidos.

 

Nervios, nervios, miradas de unos a otros, miradas a Yeshua, mirada al agua, mirada a los cielos.

 

Yeshua, repitió por tercera vez,

 

“Quien quiera venir a mí, que lo haga caminando, siguiendo mis pisadas, “

 

“Pedro con desesperación dijo.

 

“Maestro no podemos, no somos como tú”

 

Yeshua, habló, caminando de nueva cuenta a la barca

 

“¿Dónde esta su fe?, ¿Dónde están sus ojos?,  ¿Dónde esta su búsqueda?”

 

Tomando de nueva cuenta su lugar, en la barca dijo a todos sonriendo.

 

“No os sientan mal, por no ver y entender bien aún.”

 

“Mas diré una cosa, no todo es milagro, no engañen a sus ojos con algo que cualquiera puede ver y hacer”.

 

Pedro apenado le contesto.

 

“Perdón maestro, explícanos  bien.”

 

Yeshua, habló con una sonrisa.

 

“Yo les dije al que quisiera ir a mí, lo hiciera caminando y siguiendo mis pisadas.”

 

“Pero todos por la impresión no buscaron ni vieron mas allá  de lo que sus ojos veían.”

 

“Bajaron de la barca en otro lugar donde yo no pise y cayeron donde cualquiera hubiera caído”

 

“Más sin en cambio, diré que hice algo normal, solo vi donde “

 

Judas sorprendido le dijo,

 

“Entonces no puedes caminar en las aguas “

 

Yeshua le contestó.

 

“Lo haría si mi padre y la ocasión lo pidiera, no por hacerlo”

 

Pedro volvió a preguntar

 

“entonces, ¿si caminaste sobre las aguas?

 

Yeshua sonriendo dijo a todos.

 

“Si vieran más allá de lo normal, hubieran visto las piedras y las aguas congeladas del centro”.

 

“Si hubieran mirado mis pisadas, hubieran visto donde pisé, y todos detrás de mí estarían, fuera de la barca”

”Por eso repito a ustedes, algo importante de vida”

”Si confías todo en lo que ves, solo engañas a tu mente, si lo que ves no lo entiendes, entonces no ves nada”

 

 

Dichosos los que entiendan.

 

 

Autor: Israel de Ramos  (Méjico) http://groups.msn.com/vozdeangeles

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 El llanto del diablo (relato breve)

 

 

 

EL LLANTO DEL DIABLO

 

 

 

Le vi al fondo de bar, en la zona más oscura y humeante del local. Sus ojos mostraban el brillo y la fatiga de semanas de  llanto.

*** 

Me confesó que no podía continuar con nuestro particular duelo, pues sin esperarlo se había visto atrapado en una pasión humana.

 

Ocurrió cuando trataba de hacerse con el alma de una joven esposa, aprovechando la ruptura de ésta y su amante. Suponía que, como de costumbre, la despechada no dudaría en ofrecer cuanto le pidiesen a cambio del regreso de su secreta pasión.

 

Él dijo a la joven: - Pídeme lo que quieras y te será concedido al instante

 

Ella  reflexionó unos segundos, esbozo una malévola sonrisa, y  desabrochándose la camisa contestó: - Ámame con toda la lujuria de que eres capaz.

 

Después del sublime encuentro, ella le beso la frente mientras le pedía que la olvidará. Desde entonces él no encuentra consuelo, pues no posee un alma que vender.

 

***

Yo no podía hacer ya nada por él, le he invitado a unas copas y me he despedido aceptando una tregua.

 

 

Autor: José Carlos González  (Venezuela)

 

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Relatos anteriores (4) 

                                                                      

LITERATURA PARA TODOS
(Acceso y difusión gratuita)

La fuerza del cariño (relato breve)

Mª. de los Remedios Jiménez Martínez

Serón (Almería)

 

 

 

Moisés (relato breve).

Andrés Gandía Palau

San Fernando (Cádiz)

 

 

 

 Hueco americano (relato breve).

Carlos Ramírez Magán

Perú

 

 

 

Braman los mares... (poema)

José Luis Martínez

Almería

 

 

 

Arriba y Abajo  (relato breve)

Armando Beilin 

Argentina

 

 

 

Sofía  (relato breve)   

Ana Belén Herrezuelo

Barcelona

 

 

 

La nostalgia conforme (relato) 

Sergio Alonso

Oviedo

 

 

 

Caballero y canalla (relato breve)

Antonio Carreño

Almería

 

 

 

Prejuicios y Sarcasmo (relato breve)

Manel Mora

Barcelona y Girona

 

 

 

Hablar (relato breve)

Carlos Buj Muriel

El Rincón de la Victoria(Malaga)

     

Atmosphere (relato breve)

Alexis Brito Delgado

Tenerife

            

 En esta sección difundimos gratuitamente relatos breves.  Si está interesado en que su relato pueda aparecer en esta sección, debe remitirnos el mismo en formato Word, junto con sus datos personales.

Cada mes incluimos en esta página aquellas colaboraciones que, a nuestro juicio, ofrecen un mayor interés y se ajustan a nuestra línea editorial.

Les agradeceríamos que nos diera su opinión sobre los relatos que le ofrecemos,  escribiéndonos a editorial@alkubia.com Algunas de las opiniones recibidas serán obsequiadas con un ejemplar de nuestra reciente publicación.  

 

    

 

 La fuerza del cariño  (microrelato)

 

 

LA FUERZA DEL CARIÑO

     Mamá dice que la casa donde vivimos, ella, mis hermanos y yo, es muy acogedora; y es verdad, porque, si ella quisiera, podría tocar el cielo de uralita con las manos.

     A mí me gusta sobre todo en invierno, cuando dormimos todos muy juntitos para darnos calor.

     Si hace bueno, cuando mamá se va a trabajar, la vemos irse a la ciudad desde lo alto de la montaña que crece junto a nuestra casa. En nuestra montaña jugamos todo el tiempo, podemos encontrar toda clase de maravillas y no nos tenemos que pelear porque hay para todos.

     Cuando hace mucho frío, despedimos a mamá desde la puerta y, al poco, viene el tío Juan a jugar con nosotros; sobre todo conmigo, dice que le gusta mucho jugar conmigo, aunque a veces me hace daño.

     Mamá siempre me dice, cuando me zurra, que es porque me quiere; por eso yo sé que el tío Juan me quiere mucho, igual que mamá.

 

Autora:  Remedios Jiménez M.          Serón    (Almería) 

ESCRITORA, PRIMERO LECTORA Y CORRECTORA, MINUCIOSA Y CREATIVA, DE AHÍ LOS MICRORRELATOS.

 

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 Moisés  (relato breve)

 

 

MOISÉS

 

-Es la primera vez que lo oigo, Don Andrés.

Esta fue la respuesta de Moisés, el maestro del Taller de Tuberos y Soldadores de mi Fábrica, al escuchar el relato que le hacía de una demostración a la que yo había asistido.

Se trataba de una máquina de soldadura por fricción, cuyo único secreto consistía en su robustez porque, por lo demás, su funcionamiento consistía en hacer girar a muy alta velocidad dos redondos de acero, convenientemente preparados, presionando uno contra el otro y consiguiendo que, por fricción, fundiera el material de los extremos que estaban en contacto y, finalmente, soldaran.

Eran los años 70. Yo, Ingeniero Industrial de promoción reciente, hacía poco que me había  incorporado a la Fábrica de Motores Diesel de la Empresa Nacional Bazán y me ocupaba de los Talleres Mecánicos y muy especialmente del Taller de Herramientas, llamado así porque antaño se fabricaban en él las herramientas que necesitaba la Fábrica. Aún entonces se hacían las herramientas especiales y los dispositivos de mecanizado, soldadura, etc.

El taller de Tuberos y Soldadores no dependía de mí, sino de mi amigo Pepe Del Pino, Ingeniero Naval, joven como yo entonces y hoy director de la Fábrica; pero la conversación que relato sucedió una tarde, a eso de las ocho, durante una vuelta que yo, Ingeniero de Guardia aquel día, estaba dando por toda la Fábrica, a ver cómo iban las cosas. Lo del Ingeniero de Guardia había sido una ocurrencia del Director y consistía en que uno de los ingenieros jóvenes, por turno rotatorio, en lugar de acudir al trabajo por la mañana, lo hacía por la tarde y se hacía responsable del funcionamiento de todas las instalaciones durante el turno de tarde, que era de dos a diez. A algunos no les sentaba bien, porque aducían que se trataba mas bien de una labor policial que de otra cosa, pero el que mandaba decía que “el ojo del amo engorda el caballo” y, sinceramente, a algunos nos parecía que tener el poder absoluto en la Fábrica, aunque sólo fuera por una tarde, no estaba tan mal.

Pero volvamos a Moisés. Se trataba de uno de esos maestros que eran una autoridad en la Empresa. Que a fuerza de años - era mas que cincuentón -, experiencia, conocimientos y, porqué no decirlo, colmillo retorcido, se había ganado una justa fama de ser el que mas sabía de lo suyo. Pepe Del Pino tenía que lidiar con él a diario. Yo, sólo cuando estaba de guardia de tarde y coincidía con que Moisés estaba en turno de tarde. Por aquel entonces ya Moisés era la mano derecha de Pepe y formaban un tandem perfecto. A mí me pasaba algo parecido con el maestro del Taller de Herramientas, Pepe Salmerón, que, como el anterior, era el alma de “mí”/”su”  taller. Con el tiempo, la unión de Del Pino y Moisés y la de Salmerón conmigo, llegó a ser de amistad, dependencia mutua, complicidad incluso. El fallecimiento de Salmerón fue para mí como el de un familiar directo, sino más…

-Me va a decir Ud. que el acero suelda sin aportación. ¿ Pero eso cómo va a ser?En todos los años que llevo en la profesión, jamás he visto nada como lo que Ud. me cuenta, Don Andrés-Insistía Moisés, que, entre otras cosas, era tozudo y resultaba muy difícil que diera su brazo a torcer.

-Moisés, hemos comentado alguna vez que el que siempre se haya hecho una cosa de la misma manera, no garantiza que esta sea la correcta. Podemos llevar muchos años equivocados. Con esto pasa lo mismo: que Ud. no lo haya visto nunca, no quiere decir que no exista.

Le razoné yo, cargándome de paciencia, ante lo que parecía iba a ser un fin de jornada con debate .

-Pues yo, como Santo Tomás, Don Andrés,  si no lo veo, no lo creo. Además lo suyo es el mecanizado y lo mío la soldadura...

Este último comentario, lo reconozco, consiguió dar en el blanco. Piqué y entré al trapo como un novillo.

-Usted lo ha querido, Moisés. ¿Tiene por ahí algún redondo de acero en la chatarra?-Pregunté.

-¿Le vale éste?-Respondió tras una ligera búsquedad.  

-Ese mismo-Contesté.

Se trataba de un redondo de 30mm., con una longitud suficiente, al parecer de acero F112, sobrante de alguna fabricación.

-Córtelo en dos y a cada extremo hágale un taladro ciego central de 15 mm. de diámetro y 30 mm. de profundidad-le ordené

-Inmediatamente-contestó diligentemente Moisés.

Aquellos preparativos, que se estaban llevando a cabo en el Taller de Herramientas, mi taller, vecino al suyo y comunicados por una puerta de paso, estaban empezando a despertar la curiosidad de cuantos estaban a turno de tarde en ambos talleres.

Como puede entender el lector, lo que yo pretendía con esta preparación era convertir el redondo en un tubo en la zona a soldar, de modo que la superficie de rozamiento fuera sólo la de mayor velocidad lineal, por estar en la periferia y, además, reducir la cantidad de material a calentar.

El paso siguiente, ante la expectación general, fue disponer ambos trozos de acero en un torno, uno bien sujeto en el plato de cuatro garras y otro fijado de modo que se pudiera aproximar al primero, “a testa”. Se trataba de un torno “Naval”, fabricado hacía muchos años, creo que en Reinosa, por la Sociedad Española de Construcción Naval,  a la cual, en algún momento, habían pertenecido aquellos talleres.

Para evitar responsabilidad en algún accidente, yo mismo me situé en el torno, gafas de protección en ristre, embragué, puse el torno al máximo de velocidad y, con todas mis fuerzas aproximé, haciendo que rozaran, que chirriaran, que saltaran chispas, que se pusieran al rojo ambos trozos de material enfrentados entre si, como carneros en celo.

Debo reconocer que en ningún momento estuve seguro del éxito de aquel ensayo. Mas bien al contrario, estaba ansioso por ver su resultado; pero deseaba, quizá por insana vanidad, que saliera bien y ponía el alma en empujar con fuerza.

Cuando aquello comenzó a sacar una rebaba viscosa, síntoma evidente de fusión, los comentarios generalizados eran de asombro e incredulidad. Esto redobló mis fuerzas para seguir, durante un poco mas de tiempo,  presionando acero contra acero hasta que pensé que era suficiente.

El turno de tarde terminaba su jornada laboral a las 22 horas y, habitualmente, porqué no reconocerlo, la gente se iba a las duchas con alguna antelación. Pero aquel día, eran las 11 de la noche y allí no se movía nadie.

Cuando echamos al suelo el redondo de material, perfectamente soldado, se hizo el silencio. Moisés sujetó en un tornillo el trozo de acero y lo sometió a unos cuantos martillazos que fueron soportados estoicamente por aquel bendito material. 

No contento con lo anterior, Moisés propuso cortar longitudinalmente el redondo para comprobar la soldadura. Accedí al ensayo destructivo, añadiendo, en un alarde de chulería impropio de mi carácter, que, una vez cortado, lo puliésemos y sometiésemos a líquidos penetrantes la superficie resultante. Así se hizo, con éxito absoluto. ¡Ni una sola grieta!.

Eran las 12 de la noche y cansados, pero contentos, nos fuimos para casa las aproximadamente veinte personas que habían aguantado el suspense hasta el final. Nos esperaban la bronca y el mal humor de nuestras mujeres, seguramente con razón; pero, ¿quién se resistía a ver el final?. Antes, Moisés me había felicitado. Yo tenía razón y si Moisés lo reconocía ante todo el mundo, esto era como un certificado de competencia absoluta.

No quiero decir que esta anécdota cambiara nuestras vidas. Quizá Moisés, al que le he perdido la pista desde hace mucho tiempo - vivo desde hace diez años a casi mil kilómetros de donde sucedieron los hechos relatados -, ya ni se acuerde de esto; pero fueron cosas de este estilo, aunque mucho mas importantes y productivas,  las que forjaron un prestigio en una generación de ingenieros que éramos de los que pisábamos grasa, de los que vivíamos los problemas en los talleres y mandábamos .... convenciendo; y de unos maestros que, de verdad,  sabían mucho  de lo suyo, eran los que  mandaban en “su”/”nuestro” taller, siguiendo nuestras directrices, y los que resolvían los problemas cotidianos, siempre colaboradores, siempre dispuestos, siempre a nuestro lado, sobre todo si, como en los casos que describo, se llegaba a una perfecta simbiosis entre mando e ingeniero.

Hoy en día, 20 años después, cada uno ha seguido su camino, la mayoría de nosotros ya no pisa  grasa; pero ese espíritu de sacar adelante cuanto se nos encomiende, con empuje y empeño, sigue reinando en nuestro ánimo, creo que para bien.

¡Ah!, por cierto, aquel torno “Naval” ya nunca fue el mismo, a pesar de que mi amigo Alfonso, Ingeniero de Mantenimiento, lo sometió a una reparación completa, no sin antes endosarme una bronca totalmente merecida.  Pero Pepe Salmerón y los demás componentes del Taller de Herramientas como el también fallecido Andrés, Pedro Conesa, Antonio “el Compa” y tantos mas, dieron por bien empleada la avería del torno porque “su” ingeniero  le había ganado la partida a Moisés. Ya se sabe, rivalidades vecinales…..

 

El relato "Moisés" fue el ganador en 1999 de la 1ª edición del concurso "narrativa tecnológica" convocado por el Colegio Oficial de Ingenieros Industriales de Andalucía Occidental.

 

Autor:  Andrés Gandia Palau        San Fernando  (Cádiz)

 

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Hueco americano (relato breve)

 

 

 

HUECO AMERICANO

 

“Llego el último viernes del mes, 15 de junio. Aquí era verano en la ciudad de Nueva York, creo que nunca me hubiera imaginado conocer una ciudad tan ordenada, limpia y bella como esta.

Mientras caminaba por esta urbe me preguntaba y repreguntaba a cada momento, ¿y por qué el Perú no puede ser igual? Me era difícil poder imaginar por instantes que nuestra lima sería algún día parecido a todo esto. Desde acá todo se ve distinto.

Cómo me gustaría que todos los de Lima se pudieran dar una vuelta por aquí, sería fenomenal que pobres y ricos puedan conocer algún día esta parte del universo. Es otra vida, otra atmósfera, otro mundo.

Cada vez que me sentía solo entre enormes edificios, restaurantes lujosos y harta modernidad, me daba mucha tristeza que las personas que quedaron en Lima no lograsen conocer esta ordenada urbe; siempre tenía que tomar mi ron con Coca cola para que la congoja no me embargara de la peor forma. Acá la vida es dura, pesada, a veces llega a ser cruel… No creo que pueda acostumbrarme a vivir el tiempo que imaginé quedarme. Espero que los días pasen rápido, si no es así al final tendré que aguantarlo, caballero, hay que tener valor para estar en esta ciudad solo. Completamente solo.

La semana pasada me fui a una discoteca y ni te imaginas a quiénes logré ver. Me crucé con varios famosos, estaba Silvestre Stallone, sí el actor de Rambo, ese mismo, él estaba caminando muy cerca de todo el movimiento de la ciudad. Luego llegué a distinguir al sonero Oscar de León, pero lo curioso es que aquí nadie le para bola como sucedería en alguna calle de lima, el único era yo que estaba exaltado al verlo tan de cerca…

Esa discoteca era enorme y lujosa, aunque pensando bien esa noche, en eso no se tendría que envidiar con las que hay en Lima, creo que van parejos; me olvidaba, justo cuando salía de esa discoteca, vi cuando ingresaba otra famosa con su novia, era una rockera, ¿cómo se llamaba?, ah, era Christina Rosenvinge, ¿te acuerdas?, la vocalista de la banda Christina y los Subterráneos, es un cuerazo; yo creo que si se apareciera en alguna calle de San Isidro, Miraflores, o Surco, facilito llamaría la atención con tanta belleza encima: cabellos rubios, blanca, su tez parecía de porcelana, flaca, casi media 1.77, su ropa era espectacular, botas y un atuendo negro, un estilo muy vanguardistas.

Aquí en Nueva York se vive muy deprisa. La gente es muy desenfrenada. Hace unas semanas conocí a una falquita y solo me bastó de una sola cita para haberla llevado rendida a mi departamento; esta era una chica de algunos veinte años, súper delgada que parecía que se iba a quebrar, fue delicioso las veces que nos juntábamos por las noches para hacer travesuras. Pasé cuatro semanas juntos a ella, luego no la volví a ver más. Las chicas de Lima son, pero no tan dables, me gustaría volverla a encontrar en cualquiera de esas discotecas. Fue el primer hueco americano que conocí, ni me preguntes su nombre porque ni me acuerdo…

El que no se inyecta, fuma marihuana, inhala cocaína, o no se traga algunas pastillas es catalogado como un cabrón en esta ciudad. En una de las discotecas que visité me la ofrecieron sin tapujos, no me quise quedar atrás con la invitación, aquí nadie me conocía, ni sabían lo exitoso que era en lima, quizá por eso aproveche la oportunidad y creo que me pasé de la raya con toda esta porquería por un poco de libertinaje… Al final fue una cojudez actuar de esta forma. Cuando salí del baño de la discoteca con esa euforia química me sentí raro, me sentí estúpido, sin embargo en ese momento quería que todos me vieran así.

Fui al bar y pedí un vaso con whisky, solo con mi copa me puse a bailar frente a los espejos, la gente que estaba a mi alrededor no me hacían caso, también estaban en la onda, acá todo eso es normal, hay gente más desinhibida que fuma y aspira en sus propias mesas, muy cerca de todo; yo como idiota me fui al baño, creí que estaba en Lima, esa ciudad la que extraño cada vez más cuando estoy totalmente ebrio.

Dejar de vivir en el país en el que naciste es muy triste. Aquí puedo hacer lubricidades, pero luego de hacerlas extrañas la patria, creo que sí no regreso dentro de los días que proyecté tiro por la borda mi vida, juro que sí. Espero que estos meses pasen rápido para treparme en el primer avión comercial que salga y regresar a mi depa… A veces me arrepiento de toda esta estupidez.

Luego pedí un licor recontrafuerte, el nombre era en inglés, seguía bailando, moviéndome como fantoche junto a mi vaso, si alguno de Lima me viera en esta facha no llegarían a reconocerme, estaba descarriado esa noche.

Las luces que estaban colgadas sobre el techo de vidrio me estaban dejando ciego, nunca había gozado tanto en una sola noche, de pronto me di cuenta a mitad de canción que toda esa gente drogona bailaba con un tema peruano, era `Mi forma de ser` de Patricia Loaiza; no pude creerlo, casi toda la gente estaba alborotada por el buen rock de esa chiquilla, mientras que a mí me entró una gran tristeza de oír la canción, fue fatal. Me puse a un lado de la pista, cogí mi rostro con ambas manos, mis ojos se enrojecieron, quería llorar, creo que llegué a soltar algunas lágrimas, no lo niego, quedé recostado tomando con desgano y lentamente el trago que pedí, esperé que el tema terminara para armarme de valor y embestir a la pista de baile nuevamente. Pero esto nunca ocurrió.

Casi de inmediato me puse a extraer las desgracias de Lima: sus malolientes calles de Caquetá y San Martín de Porras, su fatal tránsito de las seis de la avenida La Marina, y la coima que le pagué al tombo para comerme la papeleta. Pero si así somos los peruanos, valoramos lo nuestro cuando lo perdemos o lo tenemos lejos.

Después de ese viaje saqué conclusiones. Mi país, el Perú, es el mejor. Aquí tenemos un buen clima, si sales en frío o calor, bacán, allá te mueres. Allá nunca podrás probar un limón como el nuestro o poder encontrar la sazón que tiene la tía de la esquina para preparar sus comidas. En el vestido nosotros tenemos el mejor algodón del mundo, allá solo valen sus estrafalarios modelos, sus telas es un carajo… Felizmente ya estoy de vuelta. Ahora, juro nunca más regresar por drogas ni por Nueva York.”

 

Autor: Carlos Ramírez Magán  (Perú)

 

                

 

Carlos Ramírez Magán  (Lima, Perú). Comunicador Social, Escritor, Docente, Diseñador Gráfico Publicitario, Estudios en Administración de Empresas, realiza colaboraciones para revistas de literatura de España, México, Argentina, y Perú, ha trabajado como redactor periodístico en diarios y revistas, además como relacionista público, y asesor de imagen en diversas instituciones.

Contactos:carlos_rama@hotmail.com/www.carlosramirez.pe.kz


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Braman lo mares sus iras incontenibles (poema)

 

 

 

BRAMAN LOS MARES...

 

         

Braman los mares sus iras incontenibles

rugen los vientos angustias y tempestades

gigantescas olas, azotan irreductibles

entre espasmos de locura, seísmos y temporales.

 

Despiadada, se corrompe la materia

lo glauco , se torna opaco, renegrido

se paraliza la sangre en las arterias

los elementos, del cáliz del rencor han bebido.

 

Son la voz de las almas irredentas,

cautivas en los etéreos, desconocidos espacios

castigadas, en sus otroras enfrentas

lejano ya, el crisol de los topacios.

 

Ensangrentados de ira, los ojos,

las cuencas, como pozos errantes, escupen fuego

blandiendo, como aspas, sus enojos

pudriendo sus lamentos en el ruego.

 

La venganza es la luz de su ceguera

la llama eterna, que en su mente oscila

el ronco latir de la negra calavera

tras el golpear monótono de la insistente esquila.

 

Huracanes, que en su furia no cesan

derritiendo el empuje acariciante de la vida

apagando el último alborear que el horizonte espesa

en los pueblos, la conciencia, ya afligida

páramos, montes y ríos, como ascuas de pavesa

mientras las almas se ríen por su gesta conseguida.

 

 

 

 Autor: José Luis Martínez             (Almería)

 

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Arriba y Abajo (relato breve)

 

 

 

ARRIBA Y ABAJO

 

         

Una vez los árboles se cansaron de crecer para arriba y empezaron a crecer para abajo. Los pájaros no tenían donde hacer nidos y los chicos no tenían donde trepar. No había más fruta porque toda crecía debajo de la tierra. Los pájaros decidieron ir a vivir en los árboles y para llegar a sus ramas, hacían agujeros en el suelo con sus picos. Los pájaros desaparecieron y también algunos chicos, que querían seguir trepando por las ramas. Los bosques que se habían quedado arriba pensaban como sería estar allí abajo. Y poco a poco fueron a buscar a los árboles que se habían ido. Y también bajó el pasto y algunas vacas y algunas ovejas. Y en poco tiempo todos estaban viviendo bajo tierra. Era un poco oscuro pero muy abrigado. Allí abajo no llovía, no nevaba, no soplaba el viento ni caía granizo,

Arriba el sol se preguntaba para que seguía brillando, si no había nadie a quien calentar. Y la luna extrañaba a la gente.

Cuando se quisieron acordar todos se habían mudado abajo, incluso la luna, el sol, las nubes y las estrellas.

Y pasó mucho tiempo, hasta que un día los árboles se aburrieron de crecer para abajo y empezaron a crecer para arriba.

Los pájaros se quedaron otra vez sin ramas donde hacer sus nidos y los chicos sin tener donde trepar.

Poco a poco, todos se fueron para arriba otra vez.

Y eso pasó muchas veces. Pero, claro, con tanto subir y bajar, los árboles y los pájaros y las nubes, la luna y el sol terminaron por no saber donde estaban y si era mejor o peor estar arriba o abajo.

Entonces, el chico más chiquito dijo:

-¡Basta! Aquí estamos bien y acá nos quedamos.

Los árboles dijeron que si, el sol estuvo de acuerdo, las nubes y las estrellas, el pasto y los pájaros también  y todos se quedaron para siempre acá.

Y aquí siguen desde entonces.

Pero no me pregunten si están arriba o abajo.

Ellos no lo saben y yo no lo sé.

 

 

 

 Autor: Armando Beilin               (Argentina)

 

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 Sofía (relato breve)

 

 

 

SOFÍA

  

Sofía se casó demasiado joven. Sobre todo para irse de casa de sus conservadores padres, que era una especie de campo de concentración de crítica, limitación y culpabilidad.

Durante la  noche trabajaba  de telefonista y por la tarde brillaba sobre las teclas de su piano.

 -¿No vienes a la cama?-,le dice su marido.

-¡Jorge!,estoy en mitad de un fraseo-.

-¿Prefieres tocar el piano a estar juntos en la cama?-. 

Sofía iba a la psicóloga dos veces por semana y se lo comentaba:

-No se lo que me pasa, no me siento atraída por él-.

-¿Hace algo para alejarte quizás?-.

-No. La verdad es muy distinta. Estoy excitadísima sexualmente, aunque no por él.

-¿Pues por quién?-

-Pues por todos los demás. Jorge tiene un hermano. Me muero por tirármelo.

Un morenazo, cachas, unos ojos enormes. Su amigo de Argentina, Sergio, sueño con  él. Jamás  creí  que pudiera  interesarme  tanto  el urbanismo de Buenos Aires pero es impresionante. La verdad es que no veo a ningún hombre sin preguntarme cómo lo pasaría con él en la cama.

 Un día en el trabajo una compañera y Sofía mantienen una conversación:

-¡Eh,pss!,tengo que contarte algo-,dice la compañera.

-Dime.

-Estuve en el Bagdag el Sábado y conocí a un negrazo apabullante.

-¿Un negrazo?-.

-Sí, un chulazo de plomo con un cuerpo increíble. Yo creía que me iba a cobrar pero el tío sólo quiere meter y no veas cómo se le da....

-¿Has engañado a Marc?-,le pregunta Sofía.

-Un ratillo es un ratillo, mujer. Y no le voy a volver a ver,...

¿te gustaría probar?-.

-No tía, no puedo engañar a Jorge-.

-Pero que no, no hay engaño. Es una especie de puto pero sin cobrar, no es como tener una aventura. Las cosas claras, éste llega, charlais un poco, te da un masaje....-.

-¿Estás de broma?-.

-...Y al catre que la vida son dos días; te lleva a la luna y adiós muy buenas.

¿Qué tiene de malo viajar ,chica?-.

-Pues no se,...no se dónde hacerlo porque no puedo llevarle a casa.

-Quedáis en un hotelito-.

-No, es que claro, yo no tengo tanta pasta como para encima tener que pagar un hotel para estar con un tío-.

-Oye Sofía, siempre te quejas de tu vida sexual, yo quiero ayudarte-.

-¿Y yo sólo digo que tú me has dado su número de teléfono?-.

-¿Pero estás tonta?, dile algo en plan misterioso, que le has visto en el espectáculo y que te han dado su número,...y no uses tu nombre de verdad-.

-No,claro-.

-Haz una cosa; pídele el apartamento a alguien y usa su nombre-

 La buena suerte sonrió a Sofía ya que una de sus mejores amigas, Almudena, fue atropellada por un Nissan y estaba debatiéndose entre la vida y la muerte en un hospital dejando libre un fantástico loft de soltera.

Empezó a probarse ropa sexy, toda clase de lencería, cueros, y al final se puso un tanga con forma de A invertida muy fantasioso para la ocasión... y esperó a su pasaporte atlético al paraíso.

Llaman a la puerta.

-¿Sí?-.

-Tú debes ser Almudena-,dice el moreno de dos metros. 

Un rato después.

-¿Te ha gustado nena?-.

-Uff...,me ha encantado...vuelvo enseguida-.

-¿A dónde vas mi amor?-.

-Voy a beber algo y ahora mismo vuelvo.Que me encataría repetir-.

 

A tal tiempo llaman a la puerta.

-¿Sí?-.

-Soy la muerte-,con la capucha puesta y la guadaña.

-¿La muerte?-.

-Vengo a buscarte-.

-Oh no,...esto es una equivocación,...verás, tú debes estar preguntando por

Almudena,...yo soy una amiga suya.

-El tanga tiene tu inicial-.

-De veras que esto es una equivocación. Yo no soy....-.

-Andando-.

.

               

Autor: Ana Belén Herrezuelo (Barcelona)        

 

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 La nostalgia conforme (relato breve)

 

 

 

LA NOSTALGIA CONFORME

 

La Primera Persona.

 

            No parecía existir espacio alguno que sustentase mis palabras; ningún cuerpo, ninguna envoltura, ningún cobijo, ni pared, ni ventana. Tampoco suelo. Palabras y ningún recuerdo útil oculto tras ellas, todos rodeados por halos de nostalgia y miedo, mucho miedo a sondear sus alegrías por si aparecían manchadas. Merodeaba sobre la memoria una extraña certidumbre medrosa, repulsiva; pánico a topar despojos escudriñando algún amasijo de ropa sucia. No quise indagar, por lo menos al principio.

 

            La percepción, alterada, sonámbula; era una isla de consciencia perdida, hundida en un mar silente y quieto y falto de cualquier materia o ánima. Por eso confié primero en el sueño como una explicación desesperada, indolora, insípida y hasta lógica. Pero escuché algo ajeno, impropio. Silbidos cadenciosos, la respiración eléctrica de un pájaro en agonía larga, suspendida en el aire. Evocó paisajes cenicientos. Llegué a contar sonidos, todo parsimonia, convertido en un reloj, despejando cualquier otro pensamiento que pudiera interferir; todo ello para elucubrar una cuarta dimensión, perdidas las otras tres. El tiempo. Conté durante vidas y no disfruté ni un solo bostezo. Miles y miles de números ocuparon el ahora, distinto al que yo intuía verdadero. Y no era de noche, no podía serlo, ni un día vivo, ni cualquier tránsito que pudiera imaginar pues no había color, ni ocaso, ni alba. Ningún sentido salvo la percepción intrínseca del ser. Sólo nociones interiores, arrancadas del cuerpo, y un silencio vacío de angustia plena. Sin duda tenía que ser la explicación desesperada, insípida, indolora y casi lógica: el sueño.

 

            Sueño en absoluta clausura. En ausencia de mundo ideé todo lo que iba dejando afuera, poco a poco enfrentándome a los miedos. Miedos absurdos, me dije. Pero no tardó en presentarse una contingencia nefasta: el miedo subconsciente, bien arraigado, podía guardar mucho daño. Me lo hacía saber alguna punzada en alguna parte de mi cuerpo desaparecido, intangible. Disponer de un lapso etéreo me hizo ver la simiente de la emoción y más del sufrimiento, tan desligada a la realidad, a los sentidos.

 

            Pero añoré, sin quererlo.

 

“La primera persona en que pensé fuiste tú.”

 

            Era extraño, pero no pude recordar su nombre. Algo iba mal. Una lengua usurera robando fortunas, guardándolas en el ápice, pensé. Algo iba realmente mal pero disimulaba conmigo mismo, incluso evadía la certeza del disimulo, como una doble mentira. Nunca supe mentir bien. Era grotesco, absurdo, ¿cómo pude olvidar su nombre? Apenas habían pasado unas horas desde que nos despedimos, pocos días a lo sumo, en realidad no sabría decir; cuarenta mil silbidos pasan rápido. En este tiempo fui reloj y mentiroso, caminante sin piernas y aprensivo en mi única presencia, ridículo temor de mí mismo y mis secretos. Pero no, la memoria dolía sobremanera, como heridas a medio cicatrizar, calladas cuando se olvidan pero dispuestas a gritar con locura tras el mínimo roce, la mínima caricia. Lo supe, o me convencí yo mismo. Tenía que ser la explicación desesperada, amarga, punzante, pero casi lógica: la pesadilla.

 

            Lagunas pequeñas de conocimiento aquí y allá, como charcos. Saltando y bordeando sus espejos vibrantes miraba de soslayo un bosque negro donde a veces el camino se internaba. Bosque de pájaros exánimes. Silbidos, estertores y ramas huesudas; aparté la mirada una vez más. Niño travieso, pero niño al fin. La Inocencia susurrando canciones, ahuyentando los monstruos; pero los niños rara vez se dan cuenta del acicate voraz que supone al Perverso una voz tenue y quebradiza.

 

            Tuve una extraña sensación: añoré con todo mi alma su voz suave pronunciando las palabras que yo solía escribirle, aquel rumor dulce para dormir. Hacía tiempo que no escribía nada para ella. Nada para nadie. Esa idea me desgarró por dentro. La imaginé leyendo como tantas otras noches, al caer rendidos en la cama. Yo solía caer rendido y, además, me rendía de nuevo a ella, de una forma u otra. Tanto tiempo dispensé memorizando cada línea y cada rasgo en ella, atravesando penumbra, que ahora podía dibujarla en un momento. Con esos tonos cálidos, tan extraños para mí; con ese matiz nocturno de la ciudad, filtrándose por las cortinas. Elipse cerrada en sus ojos, negando el mar. Su mentón afilado en un solo trazo. Calma en su pelo rendido, acostado.

 

            Suavicé la quimera llenándola de vida, porque me supe ligado a un sustrato vivo, existencialista como fui siempre. Deseé también que mi sustrato corpóreo estuviera ligado al otro que ahora, para mí, significaba todo el arte. Lo deseé y lo creí. Olvidé cualquier aprensión y fui extrañamente feliz. Fui la nostalgia conforme.

 

La Segunda Persona.

 

            Angustia. Disimulada en mil pensamientos necios, pero angustia sin remedio. Un lapso como ése hace que te oprima lo que apartas, lo que dejas al otro lado sin saber cómo recuperar. Una vez traspasada la extraña frontera insondable pones en duda cualquier dogma. Te preguntas irónicamente si la vida no es en realidad un simple recuerdo primordial que obliga, imprime o induce a grabar más recuerdos cada vez, perdiendo algunos en su periplo y el resto al final; una vez nítidos, borrados todos, quedaría de nosotros apenas un galimatías químico inútil, una forma capaz pero quieta: un cadáver. Quizá todo esté tan lejos de cualquier parafernalia mística o trascendental. Lo temes desde hace tiempo.

 

            Y es que a lomos de una angustia donde pierdes cualquier fe, abandonas alma y calma y cama y amante, olvidas recordar, total ¿para qué? Eres, si acaso, canción de cuna y luna en duna seca y una magia infantil que por ignorante se torna seductora; en ocasiones adicto a la ignorancia y el asombro de una imagen bella o un sonido. Otras veces individuo pensador, remordido por momentos como tus uñas, denigrando las ideas que señalan hacia el Dios Piadoso que tú consideras irrisorio. Sólo confías en el billón de sinapsis vulnerables, casi efímeras, que te dan vida y consciencia, y a la vez te atormentan. Terminas encomendado a esos interruptores que se van filtrando en el tiempo según lo prolíficos que sean sus portadores en la tarea de propagar una maldición vital. Evolución. La filogenia que funciona como un testigo incandescente, pasando de unas manos viejas a otras recién nacidas para frustrarlas un poco más tarde y obligarlas a continuar el ciclo.

 

“Ahora oigo tus gemidos tristes. Pobre diablo. No intentes engañarme sonriendo. Tal vez por eso no tuviste hijos y rechazaste cualquier sentimiento, por banal; incluso el amor. Si acaso disfrutaste odiando, era un odio tan oscuro y callado como todo esto que te rodea.”

 

            Pero no, te convenciste de haber amado con locura, pudiendo ser el testimonio que te salvase de la mayor condena. Y al hablar, rápido la memoria grita. Un tono agudísimo, casi afilado, muy dañino. Te hubieras tapado los oídos, pero no había ni oídos ni manos allí. Qué vergüenza: un hombre como tú, tan lejano a la piedad, ofreciendo un perfil tan lastimoso. Eres valiente y admites culpa, haberla arrastrado con tantas desilusiones tuyas, rendido unas veces a la presión visceral y el desconocimiento cruel, dominado otras por un pensamiento sádico y acérrimo, tu doble cara, contrariando la naturaleza humana y cerrando sus puertas a cal y canto. Despreciando su cariño. La memoria volvió a gritar.

 

“Estúpido... Ignorante... ¡Egoísta!”

 

 El último grito sonó con otra voz. Con la suya. Tanto que a pesar del fondo, consiguió encandilarte... Rápido rompiste cualquier embeleso.

 

“¡Quiero despertar! ¡Quiero volver!”

 

            Pero no había puertas ni paredes allí para descargar violencia.

 

            Ya sabías que llegando a ese tipo de palabras y gestos era mejor evadir las motivaciones perversas y nada más. Olvidar y disipar la mente obcecada, esperando volver o despertar o lo que fuera. Vino a ser el fondo en la depravación; para tocarlo, tomar impulso y emerger. Decidiste pensar en alguien más, aunque fuera difícil. Rozando lo imposible.

 

            Sobre la segunda persona que hallaste al recordar sólo conseguiste un par de reseñas incoherentes. Una era la tremenda sensación de estorbo que te provocaba, de molestia, y el otro una prenda irrisoria, una especie de impermeable amarillo. Lograste una pizca de sinceridad y arrojo para preguntarte.

 

“¿Qué significa? ¿Es algo funesto? ¿Tiene que ver con el vahído y la oscuridad? ¿Tiene que ver con este sueño?”

 

            Pero no hay respuesta, salvo la que tú mismo pudieras elaborar. La segunda persona aquí es diferente, no trae palabras, sólo un ruido brusco y silencio. Un chillido. Permanece oculta bajo un chubasquero amarillo, en absoluto tenebroso. Aún así, podía llegar a parecerte horrendo, un escollo insalvable.

 

            Escuchas con atención, rogando alguna señal. Sólo recibes una respuesta: un llanto y el sempiterno silbido entrecortado, eléctrico, cadencioso, desquiciante. Tienes una idea fugaz, extraña: escribir con mano ligera, sin gobernar los trazos. Un golpe, madera crepitante, que se desliza y resuena. Reverberando una y otra vez. Algo iba mal. Te había engullido el bosque viejo, húmedo, enfermo y oscuro. Te habías perdido en él.

 

“Discutimos... Y me fui a toda prisa.”

 

            Tienes una revelación: esa noche no debiste salir volando. De repente, lo sabes. Porque hay cosas vedadas al hombre y tus alas eran de alambre y papel. Seiscientos treinta y tres. Seis. Tres. Tres. Habías negado el amor sin convencerte, sólo tapándolo con el odio a tantas otras preocupaciones. Porque odiabas muchas cosas imposibles de odiar, etéreas, y el odio vertido fue tu perdición. Te cruzaste con el impermeable amarillo. Un color ridículo para hundirte, a ti que pretendías cotas impropias; eras un dios fatuo, aún más ridículo, un dios en minúscula, incapaz de cualquier milagro salvo la mayor torpeza. ¡Iban a silenciarte de una forma tan risible! Quién te lo iba a decir.

 

            Aunque no recuerdas tu aliento, ni cualquier otra constante orgánica, empiezas a notar una doliente apnea. Inevitable. Creciente. Hubieras abierto los ojos como platos. Vuelves a contar esos silbidos ajenos. Los del bosque lóbrego. Y esta vez hubo uno que duró para siempre.

 

Una Tercera Persona.

 

            Ella guardó su reposo con celo. Leyó para él durante horas y horas a pesar de que habían insistido en lo vano de su esfuerzo, que nunca podría escucharla. Puso un lápiz en la mano derecha dormida, quieta, esperando alguna palabra suya, pero se descubrió garabateando ella misma, envolviendo con sus manos frías y menudas la suya masculina y a pesar de todo cálida. Se levantó, arrastrando la silla; miró en oblicuo. Allí estaba, serio como siempre, la madurez prematura. Él, tan amado y sufrido. Quizás por eso amado con locura. No podría ser de otra forma. Ellos habían jurado sentencias nobles como para llenar varias vidas; un sencillo fragmento de una sola era la condena más atroz.

 

            Contó cuarenta mil latidos marcados por el canto angustioso de un pájaro maquinal, burlón, enjaulado en un electrocardiógrafo. Maldijo cuarenta mil discusiones ridículas. Maldijo sobre todo la última. Escuchó su aliento en el fuelle de la respiración asistida, buscando algún susurro, ¡una esperanza tan falsa! Se vio a sí misma prendida en cuerpo y alma de un autómata. Giró tanto como las agujas del reloj que llevaba en su muñeca derecha. Sonrió en soledad, una sonrisa absurda; recordó las veces que lo había perdido en casa, deslizándose por la estrechez en su articulación grácil pero traicionera. En realidad añoraba las tardes buscándolo entre los dos, como un juego estúpido. Tantos rincones. Adoraba su reloj porque tenía vida y latía como ella misma, como ellos dos. Pero ahora la vida en sí le daba asco. Entendió tantas frustraciones que él arrastraba, tristezas, y se creyó culpable más allá del accidente, de una incomprensión cruel. Destapó una vez más el momento justo del regalo.

 

“... será que te doy mi tiempo. Si lo quieres...”

 

            Se repetía una y otra vez algunas palabras. Hubiera roto a llorar, pero estaba seca. Debió perder hasta el color azul de sus ojos. Repudió cualquier melancolía. Censuró todo lo que no fuese alegre. Pero él siempre fue gris, tuvo que rebuscar bien hondo.

 

“La felicidad es acorde a tu estado de vigilia. La tienes al alcance de la mano en cualquier momento, sólo es cuestión de vaciar la mente y ponerle una guinda en medio para darle vueltas y vueltas, luego poner cara como de niño hambriento delante de una pastelería con cinco monedas en los bolsillos.”

 

            Se llenó de valor y cogió aquel parte burocrático arrugado, manoseado con desprecio. Leyó como a golpes, sollozando para sus adentros.

 

(...) bajo condiciones de intensa lluvia y habiéndose (...) el vehículo describió una trayectoria irregular, esquivó el árbol caído y a un operario que trabajaba en labores de mantenimiento (...) terminó impactando contra el hito kilométrico seiscientos treinta y tres...”

 

          

 

Autor: Sergio Alonso  (Oviedo)

 

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 Caballero y Canalla (reto breve)

 

 

 

 CABALLERO Y CANALLA

 

La otra noche, y sin entrar en ciertos detalles algo pecaminosos, las circunstancias no muy sobrias de mi corazón y mi cartera hicieron subirme al carruaje indecente que Alejandro me ofreció. Alex, apodado “el druida” debido a la magia que irradiaba en el sexo opuesto, a esa quinta marcha en las distancias mínimas, a esa varita mágica que escondía entre lo más prohibido de su alma y al poder desconocido de sus manos que hacían atraer como un imán las caderas más ariscas de la noche, se apiadó de mi situación lastimosa. Caballero donde los haya, generoso en compartir su coto privado de caza, magnánimo con los que como yo no son demasiado solventes en la encrucijada con una mujer, dibujó una ruta que no podía rechazar ni el más condecorado de los noctámbulos

 

Este hidalgo parlante, en cierta tasca del casco antiguo de la ciudad donde la clientela selecta y etiquetada con sus exiguas tapitas delicatessen apadrinaba el ambiente con sus miradas de superioridad, me abrió el apetito femenino. Su nariz de rastreador, como buen enólogo, marcó el territorio con respecto a dos jovencitas que reían alegremente a cierta distancia de nosotros. Volando en círculo las sitió con sus garras salerosas y jocundas. Ni un miembro de la Academia hubiese sido capaz de emplear tan bellos adjetivos encadenados en tan breve espacio de tiempo con la soltura y calidad que tuvo Alejandro... Me tuve que poner casi a su altura, cosa tan difícil en los tiempos que corrían para mis sentidos, para que no cojeara el cuarteto recién formado por la misma pata de siempre.

 

Se llamaba Rocío, morenaza cordobesa de veintipocos inviernos, dulce como los sueños de los amantes en su primera noche compartida, con una camiseta de tirantes donde asomaban dos versos de carne con la rima más agraciada y unos labios que podrían ser la causa de una tercera guerra mundial. De inaccesible apariencia, todo se hizo más liviano con los sucesivos capotazos que Alejandro me echaba. A mí que, entre otros defectos, siempre me falla el primer acercamiento, ese mandar al carajo la vergüenza y jugarse al veintidós rojo todos los besos de la noche, no lo dudé ni una copa más cuando Alejandro me dejó más solo que Gary Cooper ante el peligro. A por todas, dijo cuando me dio la bendición. Me armé del valor que nunca tuve y comencé a rondarla a imagen y semejanza de mi maestro. Fluyeron frases de películas, besos indecentes y novelescos, posturas teatrales, deseos becquerianos… y todo aquello que no sería digno de escribir sobre un papel público. Cuando Rocío y yo éramos más que un achuchón producido por el alcohol regresó Alejandro y nos regaló las llaves de su casa. En el cajón de la derecha está lo que necesitas, me dijo guiñándome el ojo antes de despedirse con un abrazo interminable.    

 

Si, la verdad es que Rocío ocupa un lugar de tronío en mi corazón, desconozco si es recíproco, jamás la he vuelto a ver. Pero todo se lo debo a Alex, si por él no fuera todavía estaría clavado en la barra del primer bar mirándola con mis ojos de lagarto inquieto. Ansío que otra noche se acuerde de mí y vuelva a mostrarme el camino más corto que existe para ser un caballero y un canalla al mismo tiempo.   

 

 

Autor: Antonio Carreño  (Almería)

 

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Prejuicios y sarcasmos (relato breve)

 

 

 

PREJUICIOS Y SARCASMO

 

1. PREJUICIOS

La ciudad descansa pausadamente bajo el claro halo de una luna de cristal. No hay nada audible, salvo los basureros manipulando los contenedores en la plaza, o el lejano ladrido de algún perro trasnochador. El silencio se puede sentir en las calles de El Raval.

 

Noviembre. Frío intenso. Un hombre y una mujer en un portal. Se envuelven en besos y en abrazos tan intensos, que son un simple destello lunar. Dos respiraciones detenidas en un solo deseo.

 

Un presentimiento tembloroso se apodera de los amantes. El viento trae de la bocacalle el lento taconeo de una figura. El sujeto mira a derecha e izquierda. Avanza unos parsimoniosos pasos. Se detiene de nuevo. Echa un rápido vistazo a sus espaldas. El estrepitoso taconeo reinicia su marcha, ahora con la mirada fija al frente. Los pasos cada vez son más apresurados. La figura se acerca con la misma celeridad con la que las palpitaciones de la pareja perturban su respiración. La figura está lo suficientemente próxima como para que el claro lunar ponga al descubierto un rostro de severos rasgos marroquíes.

 

Nuevas miradas… izquierda; derecha. Los latidos se desbocan… Una mano del individuo se introduce en el gabán. Saca algo metálico que refulge con fuerza bajo la blanca luz de la luna. Lo golpea contra el exterior del muslo al compás de los pasos. El miedo adopta forma de grito inaudible. Cierran los ojos. Sólo oyen el repiqueteo de los tacones en la silenciosa luz nocturna. Los corazones golpean alocadamente el pecho de la pareja. Presienten la respiración del desconocido a su lado.

 

De repente, los pasos se detienen. Está allí mismo. ¡Dios, qué va a ser de nosotros! –piensa ella. ¿Por qué habremos venido a este maldito barrio? –se lamenta él. ¡Mira que nos habían avisado! –coinciden al unísono.

Inesperadamente, con evidente dificultad para comunicarse en una lengua no propia, una voz resuena en la silenciosa claridad de la noche:

—¿Tu puede desir hora? Reló mío no funsiona.

Curiosa la fuerza de sugestión que poseen los arrabales desposeídos.

 

 

 

2. SARCASMO

Últimos días de julio. Un tenue aleteo de doradas lenguas de sol acaricia con suavidad la parte este de la elegante y amplia avenida. El centro lo ocupa una espaciosa Rambla revestida con flores de arcoirisados matices y diferentes aromas, que impregnan el aire de la tarde con un agradable olor a tierracésped regado recientemente. 

 

¡Hermoso barrio! Médicos, abogados, profesores residen tras las puertas de las casas distribuidas en cuadrículas perfectas. La luz discurre mimando las elegantes fachadas y los deslumbrantes balcones. En jardines de vistosos colores, alegres niños juegan bajo la despistada mirada de sus cuidadoras. Las voces de unos y otras se confunden desorientando el silencio.

 

Un hombre abandona el centro de Rehabilitación y Traumatología. Diariamente, acude a su sesión de recuperación. ¡Maldita y desconocida enfermedad! –esta idea le oprime la memoria y lo sumerge en el laberinto del ocaso. Ya iba para casi dos años… Al principio, contaba los días, los meses… Pero… ¿qué conseguía? ¿le servía para algo? ¡No! Simplemente, aumentaba la indescifrable incógnita del final.

 

Con torpe paso lento y costoso, apoyado en sus muletas, cruza el estrecho pasillo que conduce hacia la entrada del portal. No sin cierta dificultad, consigue abrir la pesada puerta.

 

El día empieza a morir, pero el calor sigue siendo sofocante. Se detiene unos segundos. Toma aire. Escucha las voces que vienen de la Rambla. Inspira profundamente y se enreda en el perfume que trae consigo una ráfaga insignificante de aire. Otra paciente del centro lo devuelve a la realidad con su saludo. Sigue avanzando con lentitud. El hombre saluda a Mireia, la farmacéutica. Un reguero de sudor le recorre la frente. Un esfuerzo más y llegará a su coche.

 

Un joven de intensos ojos azules contempla su pesado caminar. El hombre tiene la espalda empapada. Cada paso le supone un gran esfuerzo. El chico enciende un cigarrillo. Envuelto por el humo, no pierde de vista al hombre. El hombre ya está acostumbrado a que miradas ajenas anden detrás de él. Otro esfuerzo más y… El muchacho pasea. Avanza, se detiene, observa todo su entorno. ¡Por fin! Aliviado, el hombre resopla y se deja caer cuidadosamente sobre el asiento. El calor en el interior del automóvil es asfixiante. El hombre se apresura a abrir las ventanillas… Deja su puerta abierta. El muchacho avanza, se detiene, vuelve a avanzar. El hombre acomoda las muletas en el asiento, junto con el bolsito de piel negra que llevaba en bandolera.

Como de costumbre, abre la cremallera del bolsito, saca un Marlboro, lo enciende aspirando profundamente y vuelve a colocar el bolsito en el asiento con la cremallera abierta. El joven sigue paseando, da una vuelta sobre sí mismo, mira a ambos lados. Con gesto de impaciencia, apoya la espalda contra el vértice de la esquina de la calleja que desemboca en la gran avenida. El hombre recuerda que ha de hacer una llamada. Saca el móvil del bolsito y marca un número. Habla, saborea su cigarrillo, observa al joven… El joven mira de nuevo a su alrededor, tira la colilla al suelo. Vuelve a mirar a izquierda y derecha. El hombre finaliza la conversación. El joven sigue erguido, apoyado contra la esquina del callejón con los brazos cruzados.

 

Enciende el contacto del vehículo. El joven ya se ha ido. El hombre inicia la marcha. Apenas recorridos unos centímetros, recuerda que el retrovisor derecho lo tiene cerrado. Lo abre. A través del espejo ve al muchacho correr callejón abajo. El estrépito de sus zancadas llegan hasta él mezclado con los otros sonidos. Corre que te corre arrancando del asfalto nubecillas de polvo y humo alquitranado.

 

Las estrellas empiezan a adornar el cielo cuando el hombre entra en el garaje de su casa. Aparca. Saca las muletas. Instintivamente, busca el bolsito de piel negra. Bajo sus yemas sólo encuentra el tacto aterciopelado de la tapicería. Una terrible tensión se le amontona en el pecho. Un mudo y angustiado diálogo, aunque lleno de respuestas, se establece entre el retrovisor y el hombre: en un chasquido nebuloso ve fotograma a fotograma la imagen del joven que huye balanceándose rápidamente. En su exhausta estampida, dejaba tras de sí nubecillas de polvo y humo alquitranado.  

 

Curiosa la sugestión tranquilizadora que poseen los barrios altos.

 

Autor: Manel Mora Sánchez     (BARCELONA)

Página del autor: LA BUHARDILLA DE COLETTE   

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 Hablar (relato breve)

 

 

 

HABLAR

 

 

-¿Es que no tienes suficiente conmigo?

-Ya te lo he dicho. Estaba aburrido, vi aquel cine y decidí entrar. Ni siquiera me fijé en el título de la película. Al principio no se diferenciaba mucho de las otras. Y parecía interesante, con muchos diálogos y cámara en mano. Algo distinto, ya sabes.

-¿De qué iba?

-¿Por qué quieres saberlo?

-¿No decías que parecía interesante?

-Trataba sobre una mujer. Tiene una avería en el coche y se refugia en una granja. El propietario le advierte que no hay teléfono pero promete ayudarla a la mañana siguiente. Así que pasa la noche allí. De madrugada la despiertan unos hombres. La atan a la cama y empiezan a abusar de ella. En realidad, eran hombres araña.

-Ya. ¿Qué te gustó más la banda sonora o el trabajo de la actriz?

-No seas borde. Ya te he dicho que fue una casualidad.

-No me importa que veas ese tipo de películas. Lo digo en serio. Ya sé que nos conocemos de poco pero te imaginaba de otra forma. Más maduro. Pensaba que te interesaba otro tipo de cine, cosas más serias.

-Bueno, no es fácil desahogarse con Godard.

-¿Y cómo te desahogas?

-¿A qué te refieres?

-¿Sueles ir al cine o prefieres alquilártelas?

-Ninguna de las dos cosas. Normalmente me lo monto yo solo. Pero tampoco es tan raro. Todo el mundo lo hace de vez en cuando, alguna fiesta, un momento íntimo. Lo que ocurre es que nadie suele contarlo. Si a Clint Eastwood  le gustaran los Peep Show, ¿cambiaría tu opinión acerca de él?

-¿Qué es un Peep Show?

-Es una especie de cabina. Una tía hace cosas para ti.

-¿Qué tipo de cosas?

-Se mueve, se toca, se insinúa. Ya sabes.

-¿Eso es lo que haces cuando no estamos juntos? ¿Vas a espectáculos pornográficos? Me parece bien, no creas, lo que me molesta es que no me lo hayas dicho antes. No tienes por qué justificarte.

-Hace años que no voy a un Peep Show.

-¿Y cuándo estás solo en qué piensas?

-En ti, claro.

-¿Y de qué forma lo haces? ¿Me ves en esas películas, en otros lugares?

-No sé, Ana.

-Dímelo. ¿Por qué te cuesta hablar conmigo de estas cosas?

-A veces te imagino en la consulta del dentista. Entro, me siento en la butaca. Llevas una bata azul. Tu voz es suave, insinuante. Mientras examinas mi boca se abre la bata y empiezo a acariciarte los muslos.

-¿Allí hay también diálogos y van con cámara en mano?

-No tenía que haberte dicho nada.

-¿Y hacemos lo que siempre hacemos u otras cosas distintas? Porque imagino que practicaremos todas esas posturas que ves en tus películas. Y al final, imagino, también que pondré esa cara de, como diría yo, de puta mientras te corres en mi cara.

-Bueno no hace falta que seas tan brusca. Supongo que tú también tendrás tus propias fantasías, que te desahogarás de cuando en cuando.

-Muy pocas veces. Siempre he tenido unas relaciones regulares, no me ha hecho falta. He visto alguna película antes, cuando era más joven pero, no sé, me parecían tópicas, poco excitantes. Tú por lo que veo sueles hacértelo muy a menudo. ¿Te lo hiciste en el cine?

-Claro que no.

-Dilo, no importa.

-Ya te he dicho que no.

-¿Por qué? ¿Te desagradó el vestuario?

-El hecho de que me pareciese distinta por la forma de rodar no significa que me gustase lo suficiente como para hacérmelo allí. Yo también he tenido unas relaciones más o menos regulares, es una cosa natural.

-¿Y con qué frecuencia lo haces?

-Creo que estás llevando este asunto demasiado lejos.

-Vamos, dímelo.

-Dos o tres veces.

-¿A la semana?

-No, diarias.

-¿Sabes lo que me preocupa? No que veas esas películas, o que vayas a espectáculos pornográficos, sino el hecho de que no pueda darte lo que necesitas. Porque no sé si estaría dispuesta a hacer las cosas que te gustan.

-No sabes lo que me gusta.

-¿Quieres decir que no te gusta lo que hacemos?

-Sí, claro. Lo que quiero decir es que no sé a qué te refieres con lo que se supone que me gusta. Ya te he dicho que entré en ese cine por casualidad. Eso del dentista, por ejemplo, no deja de ser una fantasía. Me siento bien, me gusta estar contigo en la cama. ¿A ti, no?

-No puedo hacérmelo como una tía de tus películas.

-No quiero que lo hagas. Me pones las palabras en la boca.

-Y a ti te gustaría ponerme otra cosa. No digas que no. No quiero que pienses que soy una mojigata pero el sexo oral me parece degradante. La tía meneándosela a alguien, diciendo cosas como “qué rica, me gusta tan dura, tan grande”.

-Dios, no sigas.

-¿Ves como te ponen estas cosas?

-Era una broma. Le das demasiada importancia a todo.

-¿Con Cristina era diferente? ¿Lo practicabais a menudo? ¿Hacíais otras posturas, sexo en grupo? Te lo pregunto porque a lo mejor la rara soy yo.

-¿A qué viene esto ahora? Lo de Cristina es una historia pasada. No creo que hablar sobre ello vaya a solucionar mucho. Lo importante ahora somos nosotros y, no sé, en contra de lo que piensas, me siento a gusto, satisfecho. Todo esto me parece absurdo.

-¿Recuerdas lo que me dijiste hace unas semanas? ¿Esa vez que os liasteis en un ascensor? Al principio no le di mucha importancia, incluso me pareció divertido, pero, ahora, al hablar sobre esto, me parece que tus gustos son muy diferentes de los míos. Que te excitan este tipo de historias. ¿Lo hicisteis en otros lugares aparte de la cama?

-Sí, en el coche, en el taller donde trabajaba.

-¿Y había gente mirando?

-No, claro que no. Fue una noche, cuando todos se habían marchado. Y no me gusta el sexo en grupo. Siempre suena algún móvil y pierdes la concentración.

-A veces me asustas.

-Bromeaba.

-Yo no podría hacerlo en ese tipo de sitios, estaría nerviosa, pendiente de que en cualquier momento apareciese alguien o que el ascensor tuviese una avería y se parase entre dos pisos. ¿También me has imaginado allí?

-¿En el ascensor?

-No, en el supermercado.

-A veces.

-¿Cómo? ¿En la caja, en el almacén? Cuéntamelo.

-¿Por qué quieres saberlo?

-Vamos, quiero conocerte mejor.

-Te pregunto dónde está la cerveza. Llevas el pantalón rojo y esa camisa a rayas, un poco escotada.  Es a primera hora de modo que apenas hay clientes. Vamos a la sección de bebidas. Me enseñas las marcas, los precios. Entonces empiezo a tocarte el culo. Abres las piernas, te agachas un poco. Me coloco detrás...

-No sigas.

-¿Por qué? ¿No querías saberlo?

-Que pienses en todo eso no significa que haya cambiado mi opinión acerca de ti, en serio, cada uno tiene sus fantasías, me gustas, eres estupendo, pero una cosa es lo que soy y otra muy distinta como quieres que sea, lo que imaginas que puedo hacerte. Lo entiendes, ¿no?

 

Autor: Carlos Buj Muriel     (El Rincon de la Victoria, MALAGA)   

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 Atmosphere (relato breve)

 

 

 

ATMOSPHERE

 

 

 

Lunes, 19 de mayo de 1980

 

Ian Curtis ha muerto. Kevin me llamó esta mañana para darme la horrible noticia, al principio creí que era una de sus típicas bromas pesadas, pero la circunspección de su tono me desarmó, no era habitual que estuviera tan serio por teléfono. Conmocionado, abandoné el salón, ignorando la mirada nerviosa de mi madre, blanco como una sábana, encerrándome en mi habitación. Los posters me parecieron indistintos, no reconocía las imágenes dibujadas ante mis retinas enrojecidas, eran extraños que se burlaban de mi pesadumbre. Luego de una hora larga, era incapaz de reaccionar, el corazón me golpeaba las costillas, un nudo constreñía mis entrañas como una trampa, impidiéndome respirar naturalmente. Flashes relampagueantes llenaron mi memoria, delineando los tres últimos años en una recta subliminal, resumiendo mi juventud desde los conciertos del Electric Circus hasta la Universidad de Birmingham. Amargado, encendí un Marlboro, apurando el humo áspero, tranquilizando mis nervios. Me sentía estúpido, pero no me hacia encontrarme mejor saberlo, el dolor era demasiado real como para ignorarlo, no podía aislarlo en un rincón de mi mente. Kevin parecía bastante afectado, no por el reciente fallecimiento, eso le importaba una mierda, sino por mi reacción, sabía que iba a quedarme hecho polvo. Lancé una bocanada azulada al cielorraso, tenía los hombros contraídos por la tensión, con la boca seca, apunto de estallar en sollozos desgarradores. Me levanté de la cama, quería despedazar la estancia, desahogarme de alguna manera, olvidar el pesar que llenaba mis fibras. Relegando aquella idea estúpida a un segundo plano, abrí la ventana permitiendo penetrar los sonidos de la ciudad, ignorando las viviendas adosadas de protección oficial apretujadas al otro lado de la calle. Los automóviles recorrían la carretera desierta, serpenteando sobre el alquitrán, impidiendo que los críos del tercero jugaran un partido de fútbol. Con pasos erráticos, me acerqué al equipo de música, buscando un vinillo entre los demás. Tras unos segundos, encontré la canción ideal, una que definía el momento a la perfección. Observando la portada del Sordide Sentimental Session, recordé cuando lo compré, hacia unos pocos meses, en una tienda de discos de segunda mano de Salford. En realidad, buscaba material de los Buzzcocks, un colega cumplía años, iba a organizar una fiesta privada en un garaje, con barra libre hasta que los diez bidones de cerveza de cinco litros terminaran. No quería ir con las manos vacías, deseaba impresionarlo, era un bajista cojonudo, ideal para el grupo que tenía en mente, no me convenía perderlo de vista. En conclusión, encontré ambos discos, pero el single de Joy Division me alegró la semana, era un consuelo disfrutar de su música sin necesidad de ir a conciertos, aparte de que no tenía los tres temas. Suspiré, los buenos tiempos no volverían, de nada me servía rememorar el pasado, martirizarme estaba completamente fuera de lugar.

 

Walk, in silence

Don’t walk away, in silence

See the danger, always danger

Endless talking, life rebuilding

Don’t walk away…

 

Ahora comprendía la canción, su dolorosa belleza quedaba expuesta sin máscaras piadosas, Curtis había desvelado su final antes de que sucediera, anticipándose a la cuerda que le había arrebatado la vida en Macclesfield. Lágrimas calientes resbalaron por mi rostro, estaba profundamente deprimido, la música me hacía encontrarme peor, no me auxiliaba en aquellos instantes. Irritado, limpié el llanto de mis mejillas, cerrando los párpados, concentrándome en la voz de tenor que cantaba desde la tumba, emitiendo emo ciones insondables por los altavoces.

 

Walk, in silence

Don’t turn away, in silence

Your confusion, my illusion

Worn like mask of self-hate

Confronts and then dies

Don’t walk away…

 

Sid Vicious murió en el 78, ahora teníamos a la segunda víctima del punk en bandeja de plata, otro mártir para las generaciones venideras, que las industrias discográficas se encargarían de explotar a conciencia. Inconscientemente, imaginé unas figuras religiosas avanzando por un páramo desolado, mientras el océano plomizo chocaba detrás de sus espaldas, arrastrándose sobre la arena murmurante, ninguna serenidad salpicaba las rocas astilladas de la orilla. Abriendo los ojos, subí el volumen del equipo, las paredes vibraron, me temblaban las manos sin que pudiera evitarlo.

 

People like you find it easy

Aching to see, walking on air

Hunting by the rivers, through the streets

Set down with due care

Don’t walk away, in silence…

Don’t walk away…

 

Derrotado, me derrumbé sobre el colchón, acariciando las sábanas tenuemente, con el corazón transformado en una serpentina de cristales agrietados. Sin percibirlo, la canción había terminado, la aguja recorría los surcos del vinillo, emitiendo un sonido desagradable. No tenía fuerzas para levantarme, el tema rebotaba en mi interior, sin arrastrar la tristeza deforme que embargaba mi aliento. Meditando, la voz de Kevin estaba exaltada, animada por designios que no alcanzaba a comprender, maliciosa como de costumbre. ¿Acaso disfrutaba con aquella tragedia? No lo dudaba, el cabrón se lo estaba pasando pipa, podría machacarme el resto de su vida, tenía motivos suficientes para golpearme donde más me dolía. Nuestra relación era recíproca, nos picábamos mutuamente, con la ternura despiadada de dos buenos amigos, sin tener en cuenta las opiniones de los demás. No creía que Kevin me deseara algún mal, ni que fuera capaz de traicionarme, todo lo contrario, siempre me protegería, asumiendo el papel del hermano que nunca había tenido. Competitivos, luchábamos por demostrarnos quien era el mejor de ambos, intentado sobresalir el uno sobre el otro en una carrera de fondo, probando nuestra resistencia antes de llegar a la meta. Me apetecía escuchar el Unknown Pleasures, pero desistí nada más pensarlo, si lo hacía mi desánimo aumentaría. Mi madre tocó la puerta:

-Alex. ¿Estás bien?

-Sí.

No deseaba hablar, quería estar en silencio, las palabras sobraban, el sufrimiento me había tapiado las cuerdas vocales. Estirando mi cuerpo, apreté los puños hasta que me dolieron los dedos, abriendo las manos agarrotas con un gesto de dolor. No podía comprenderlo, Ian era un joven de 23 años, no tenía motivos para arruinar su talento, todo aquello me resultaba un acto estúpido, la autodestrucción no conduce a ninguna parte. Incorporándome, apagué el equipo, mirando los posters de plástico pegados a las paredes con silicona: Jim Morrison, Warsaw, David Bowie, Sex Pistols, Iggy Pop, Generation X, Lou Reed, The Jam, Roxy Music, Gary Numan… ¿Por qué cojones se había ahorcado en Cheshire? Artísticamente, las cosas tenían que irle bien a la banda: Love Will Tear Us Apart había llegado al número 13 en las listas británicas, el concierto de Birmingham reunió a más de mil personas, en breve harían una gira por Estados Unidos. Nada le importó, la epilepsia pasó factura definitivamente, quebrando su cordura en un millón de pedazos. Los últimos ataques fueron espantosos, el concierto de Derby Hall era un buen ejemplo, tuvieron que paralizar la actuación para llevarlo a los camerinos, abandonando el diminuto escenario, mientras los skinheads rugían pidiendo más canciones, o en otros casos, que les devolvieran el importe de la entrada, antes de que estallara una pelea monumental. Abatido, abrí el tercer cajón del escritorio, sacando un puñado de fotografías descoloridas, analizando los bordes arrugados. Casualmente, la primera fue del Moonlight Club London, donde tocaron una versión de la Velvet Underground, Sister Ray, complaciendo a un auditorio puramente masculino, donde los primeros tipos vestidos de negro despuntaban, con sus cabellos erizados como la panza de una araña. Kevin los llamaba siniestros de postal, aunque él mismo adoptara una imagen similar a la del cantante de los Birthay Party, despreciaba al resto de los góticos que conocía, quizá porque el movimiento alter-punk se transformaría en multitudinario, arrebatándole el protagonismo a su imagen. Al pensar en las ridículas pintas de mi colega quise sonreír, pero no estaba de humor, lo único que me apetecía era autocompadecerme, porque no se muere tu vocalista favorito todos los días. Continué analizando a Ian: en el programa emitido por la BBC en septiembre parecía enfermo, como en otra parte, con los ojos dolorosamente inmersos en el vacío, lejos de cualquier esperanza que lo atara a la tierra, enloquecido. Nervioso, delante del televisor, comprobé que los ataques habían empeorado, estaba fuera de control, incluso había bajado de peso, apenas podía controlar los brazos cuando bailaba. En los conciertos era idéntico, se perdía en su interior, moviéndose con trances crispados, desfilando como un oficial de la Wehrmacht, con una intensidad poco común. ¿Viviría el desarraigo de las letras que componía? En mi caso solía utilizar mis poemas como terapia, últimamente estaba escribiendo más de lo habitual, la década de los ochenta me sentaba bien, alimentaba mi creatividad. Puede que debiera reflejar aquel instante, pero mejor lo dejaba para otro momento, no tenía fuerzas para sacar la máquina de escribir. No pensaba que interpretara un papel, Curtis estaba perdido, su enfermedad lo había debilitado, vivía su imagen hasta el fondo, ello lo impulsó a colgarse en la cocina de su apartamento.

 

Autor: Alexis Brito Delgado         Tenerife   

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