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LITERATURA PARA TODOS
(Acceso y difusión gratuita)

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 Relatos anteriores (1)


 
LITERATURA PARA TODOS
(Acceso y difusión gratuita)

Santos Lula (relato breve).

Pedro Díaz (Seudonimo)

Valencia

 

 

 

 Esperanzas (relato breve).

Jorge Maqueda Merchan

Badajoz

 

 

 

Visitante nocturna (relato breve)

Víctor Rodríguez

Madrid

 

 

 

A la memoria de un alumno  (r.b.)   

Manuel Trigo Nogales

Madrid

 

 

 

Escrito 25 (sobre los ángeles) 

Israel de Ramos

Méjico

 

 

 

Sombras del pasado (relato breve)

Ramón Cruz (seudonimo)

Perú

 

 

 

Standby (relato breve) 

Adolfo Ruiz

Almería

 

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Santos Lula (relato breve)

 

 

 

SANTOS LULA

 

 

Su rostro, de absoluta inexpresividad, parecía tallado a cincel.

 

Nadie recordaba haberle visto esbozar una sonrisa. Ni tan siquiera simplemente una mueca o un leve pestañear.

 

Quienes le rendían tributo por la impuesta protección de sus negocios, decían percibir la presencia de la muerte cuando él se les aproximaba.

 

Su decena de guardaespaldas personales, como una guardia pretoriana, veían en él a su único Dios.

 

Él fue un niño de la calle, uno de esos que escapó a la asfixia de las favelas, en busca de forjar su propio destino, pero que en contadas ocasiones alcanzan la madurez.

 

Cuentan que una vez, hacía ya varios años, un niño de la calle, pelirrojo y de aspecto débil, aprovechando un descuido de la escolta, logró llegar hasta él. El niño extendió su mano temblorosa mientras le decía –por favor,  déme algo que me ayude a sobrevivir-.  Tras unos segundos en que las miradas de uno y otro se cruzaron, sonó una estruendosa bofetada.

 

En Santos jamás se ha apreciado un atisbo de humanidad, muy al contrario. El sabe que ahí radica su poder, y por ello le temen y respetan.

   

Hace sólo unos días, cuando,  como de costumbre, daba un paseo por las decadentes avenidas de los varios pobres, la limusina se detuvo en un semáforo y dos jóvenes limpia cristales se acercaron al auto. Al bajar el chofer la ventanilla, para decirles que no se atrevieran a tocar el automóvil, uno de ellos sacó de entre los sucios trapos un viejo revólver casi oxidado.

 

Aun habiendo recibido todo el contenido del cargador, un último soplo de vida  permitió que Santos pudiese apreciar, bajo el rudimentario tinte, los rojos cabellos de uno de los chicos. Y comprendió que todo había resultado como él quería y esperaba. Aquel joven recibió, siendo niño, lo que necesitaba para sobrevivir, su única esperanza en el mundo que esta puta sociedad le había impuesto.

 

Santos sabía que aquella bofetada fue en verdad el único gesto de humanidad que había tenido a lo largo de toda su vida.

 

Antes de que expirara, él y el chico cruzaron durante unos momentos la mirada. Santos sonrió mientras le decía- No me equivoqué, Dios, no me equivoqué-, en tanto que el joven, perplejo y nervioso, huyó a toda prisa.

 

Santos cumplió su objetivo de no perdurar en exceso y  fue enterrado con la mueca de una sonrisa en el rostro, para sorpresa de quienes acudieron al velatorio. 

 

Autor: Pedro Díaz (Seudónimo) Valencia

 

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Esperanzas (relato breve)

 

 

 

Esperanzas

 

 

 

           -<La vida, consiste en lo que un hombre piensa todo el día. > -. Me dijo  en una ocasión mi padre, parafraseando, como en tantas otras ocasiones a Emerson; sorprendiéndome, mientras  me encontraba  recostado en el sofá - con la radio baja para no molestarle - y leyendo ensimismado, el Centinela,  de Arthur C. Clark. Su voz era grave, estaba un tanto malhumorado; supongo que al comprobar que en lugar de estar estudiando, me encontraba en otro mundo, un mundo al que él ya no podía llegar. Que lejos de madurar, parecía seguir pensando como un crío, leyendo libros de fantasía –como él los llamaba – dejándome transportar por la imaginación. Pero, curiosamente el libro no era mío, este era suyo; yo solo lo había cogido de lo alto de una  estantería, la de su colección particular. 

 

       -< Nunca te convertirías en un adulto,  si no dejas de un lado todas esas novelas estúpidas, y lees algo de mas provecho.> - me dijo, momentos antes de sentarse a mi lado.

         Yo no entendía el porqué de aquel sermón a destiempo. La edad supongo, demasiado joven para darme cuenta de muchas cosas. Pero no era menos cierto que hacia tiempo que observaba a mi padre demasiado serio, descontento, como atormentado por ocultos pensamientos.

 

       -< Escúchame con atención >- me dijo entonces, echando su brazo por encima de mi hombro, momentos antes de comenzar, lo que temía, fuese un interminable sermón -. < Soñar, es muy distinto a fantasear>-comenzó diciendo. <Las fantasías son propias de niños y de personas inmaduras. Personas sin capacidad para crear en sus mentes algo tangible, algo constructivo,  a partir de un pensamiento o unas ideas. Personas fácilmente impresionables, que a menudo se distraen y entretienen con cualquier cosa; hombres y mujeres sin ninguna meta clara en esta vida. Personas  que casi siempre andan en Babia, dilapidando el tiempo. Ese maravilloso tiempo que se nos presta, tan escaso y limitado en la tierra>.

 

        Mi padre Entonces, cogió el libro que yo tenia entre las manos y después de cerrarlo y dejarlo  sobre la mesa, prosiguió su charla diciéndome que pronto dejaría  de ser un crío; que debía dejar de comportarme como un niño; que pronto me haría mayor, que me convertiría en un hombre hecho y derecho, y estos no andan con pájaros en la cabeza.  También me dijo, que  nada de malo había en soñar; en querer ser algo en esta vida, siempre que lo hiciese con los pies sobre la tierra, pues  un buen sonador, era aquel hombre que hacia de su sueño un objetivo en la vida. Un hombre, que por medio del trabajo y del esfuerzo convertía una simple idea, en realidad; y  para hacer realidad los sueños había que estudiar mucho, luchar y batallar mas que nadie. Me puso la mano en la cabeza, y en un tono alicaído, me advirtió,  que pocos eran quienes, con no poco esfuerzo lograban alcanzar tan difícil propósito, <más numerosos son los vencidos, humillados por sus propias fantasías> - añadió. Yo lo mire entonces a los ojos y pude ver claramente que sabia muy bien de lo que me estaba hablando. Por desgracia ese  tipo de  derrota, él ya la conocía.  Me hablaba de si mismo, de su derrota. Pero,  mentiría, sino les dijese, que yo desde hacia tiempo ya mantenía un objetivo, un objetivo fijo que maduraría y concretaría con la edad. Y,  mentiría también si les dijese que a finales del 2005 le tendría que dar  la razón a mi padre ya muero y enterrado, Siendo uno mas de tantos millones de fracasados.

 

          Hoy sigo leyendo a Clack, y a Asimov y a muchos otros, ¿por que no?. Que de malo hay en ello. En dejarse arrastrar por la imaginación, en verse convertido en un héroe de vez en cuando. En sentirse  viajando por lejanas y peligrosas tierras; visitando sangrantes y fracturadas laderas, febriles y humeantes chimeneas cercanas al cráter estruendoso de algún enorme volcán; volcanes a los que podemos acercarnos viendo derramar sus incandescentes ríos de lava, sobre el efervescente e irritado mar;  observado el avance de tormentas de roca piro plástica, torrentes de detritos que pasan a nuestro lado, sin que seamos  víctimas de su abrasador abrazo; sintiéndonos al margen  de los riesgos y peligros, que supondría intentar hacer todo ello  en la realidad?. O, mejor aun ¿ Quién no ha imaginado, aunque sea por nos breves momentos,  pasear por esos lugares paradisíacos; lugares repletos de jovencitas en bikini - ¡vamos no se rían! –, jovencitas jugando a Bolei-playa, en TOP lees; mostrando sus firmes muslos y  empitonados pechos bronceados bajo el  sol; un sol reflejado en playas de arena blanca y fresca, formadas por estratos de coral  y exentas de los molestos y sedientos  mosquitos, que atormentan las noches templadas de los que pretenden descansar? ¿Y, qué me dicen de los más atrevidos?. Aquellos amantes de la  ciencia-ficción,  transportados, cuanto menos imaginándose: como uno de aquellos primeros astronautas descritos por Arthur C. Clark (1); caminando sobre la superficie de una luna distante y misteriosa. Una luna gris y desconocida, de llanuras sinuosas y  polvorientas; salpicada de cráteres profundos y oscuros, semejantes a  enormes bocas abiertas. Esperando encontrar en esta el rastro oculto y olvidado por alguna remota civilización; una civilización desaparecida en la inquietante inmensidad del tiempo y el espacio.

 

     Si, hoy sigo leyendo ciencia ficción,  y si ello no parece propio de una persona de mi edad, no me importa. Menos aun lo que los demás puedan pensar. Pero, sobre todo, solo pido una cosa. Que me dejen leer en paz.

 

 Autor: Jorge Maqueda Merchán  (Badajoz)

 

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Visitante nocturna (relato breve)

 

 

 

 

 

 .

 VISITANTE NOCTURNA

 

¡Pi, pi, pi, pi! ¡Pi, pi, pi, pi! Otra vez el despertador. Mi entrepierna atestigua que esta noche tampoco te has olvidado de visitarme. Siempre vienes y me traes la felicidad, pero el despertador se empeña cada mañana en masacrarme el corazón. Despierto, soy consciente de mi desgracia, de mi soledad, de mi terrible peculiaridad. En cambio, en cuanto cierro los ojos, tú vienes a visitarme, como si hubieras permanecido bajo la almohada durante el día para sorprenderme durante la noche. ¿Por qué vienes y te vas? Te pregunto y miras sombría hacia abajo, callas como si no pudieras hacer nada al respecto. ¿Por qué te escondes durante el día? ¿Por qué haces esto conmigo?

 

Este es otro día como el de ayer, como el de mañana. Pasa la vida y los libros ya no son suficientes. Tampoco quiero distracciones, ya no me sacian, quiero el trozo de vida que me falta. El mundo no nos permite ser felices, pero la vida contigo sería otra cosa. Sé que me faltas tú. Me faltan tus palabras, tus ideas, tu energía, tu risa, tus besos, tus abrazos… A cada rato rememoro esos minutos, esa eternidad durante la que recorro alterado todo tu cuerpo. Con mis manos, con mi boca. Entonces nuestros ligeros cuerpos son uno y nuestros espíritus conocen el éxtasis. Sí, contigo siento que vivo y que muero al mismo tiempo, sí, es en esos momentos cuando agarro el placer y lo devoro sin piedad, sin respiro.

 

¿Por qué no llamas a mi puerta? ¿Por qué no apareces bajo mi ventana? ¿Por qué sólo apareces en mis sueños? ¿Acaso sólo juegas conmigo? Necesito conocer tu naturaleza para anunciársela al mundo. Sé que no eres mujer porque en el mundo de la vigilia no hay mujeres como tú. No creo que alguien haya sentido lo que he sentido yo cuando estás conmigo. Cuando te recuerdo, me acelero, respiro a toda velocidad, siento el corazón revolverse en el pecho. Entonces deseo volver a estar entre las sábanas, volver a contemplar tu onírica figura, volver a sentirte conmigo, bajo mi protección.

 

La luz entra por la ventana y me recuerda que, como todos los días, he de afrontar este mundo adverso y hostil, absurdo e infame, vacío e hipócrita. ¿Por qué todas están tan lejos de ti? ¿Por qué todos están tan lejos de mí? ¿Estoy condenado a la soledad y a la repugnancia? ¿A la contemplación y al recuerdo de ti? No puedo escapar de esta cárcel sin barrotes y sólo tú tienes la llave. Cada vez aguanto peor el paso de las horas del día y transcurren más rápido las horas de la noche. No puedo más.

 

Si supiera dónde encontrarte… ¿Dónde encontrar a alguien como tú? No me conformaré con la nada, no me conformaré con lamentarme. Te encontraré, algún día, pero te encontraré. Averiguaré dónde te escondes y pasaremos el resto de nuestros días juntos. Otra vida es posible contigo. Quizá no seas humana, quizá no seas de este tiempo, pero a mí eso me da igual. No hay palabras para describirte, eres la sublimación de la perfección, eres la culminación de todas las ansias, eres lo que necesito. Ven ahora, por favor, ven; dime lo que me decías esta noche, dime lo que me decías ayer, dime lo que me decías la semana pasada… Yo siento eso y mucho más. Algo inefable. Colmaré todos tus deseos y te acompañaré frente a todos los peligros. Te espero, te espero impaciente. Hoy ya no puedo esperar a la noche. Anhelo todo lo que eres, comparto todo lo que sientes. Te quiero.

 

 

Autor: Víctor Rodríguez (España)
 

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 A la memoria de un alumno (relato breve)

 

 

 

A LA MEMORIA DE UN ALUMNO

  

Capítulo 1 El alumno.

 

–Creo que eres un egoísta; sólo miras por ti mismo. ¿No te parece que vas por el mal camino? Deberías hacer algo por los demás de vez en cuando; alguna buena obra, aunque sólo fuera para que conocieses la felicidad que se siente al ser útil al prójimo.

­–Ya lo hago, a diario.

–¿?

–Me cuido bien. Algún día podría llegar a hacer algo positivo para la humanidad y he de cuidarme para poder llegar bien hasta ese día.

 

 

Capítulo 2 Comunicación (Tres años más tarde).

 

Por fin tengo un dominio suficientemente fluido del braille. Hoy he preguntado qué me sucedió. Mi ceguera y sordera absolutas fueron causadas por mi cercanía al pequeño meteorito que arrancó la cabeza al alumno malcriado mientras hablaba con él. No pude evitar sonreír ante su equivocada visión del futuro. El que sí fue útil fue su padre. Su colchonería se sacrificó en un incendio, pero amortiguó el impacto del meteorito, que hubiese causado cientos de muertos en el centro comercial.

 

 

Capítulo 3 La verdad. (Cuarenta años después).

 

Ahora sé por qué mi alumno fue ejecutado. La máquina que podía lanzar pequeñas cantidades de materia inerte al pasado, como si de meteoritos se tratase, habría sido inventada por él. Solo que lo habría hecho catorce años antes, en plena crisis internacional. El intento de varios países por hacerse con esa tecnología habría sido el desencadenante de la tercera guerra mundial.

 

 

Epílogo.

 

Fui yo quien dijo con exactitud dónde se encontraría y en qué momento. Acepté los daños personales que yo iba a sufrir como un justo castigo por asesinar a un genio.

 

                

                 Manuel Trigo  Nogales          (España)         www.manueltrigo.com

                

                 Manuel Trigo es autor de la novela "La esfera negra". Una obra de género fantástico donde, casi hasta el final de la misma, sólo el protagonista es extraordinario, siendo el resto de los personajes muy cotidianos y representantes de la sociedad española de las dos últimas décadas. Arroja una visión muy distinta de los orígenes del Universo y de la vida. Lo sobrenatural se introduce en el contexto de una novela, aparentemente realista, de un modo sutil al principio y creciente a lo largo del desarrollo, presentándose de un modo creíble y cautivador.

 

                                                                                                                      

                                                                

 

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 Escrito 25

 

 

 

Escrito 25

  

 

¿Existirán los ángeles?

¿Cómo serán?

 

Preguntas frecuentes de todos, preguntas las cuales han sido  muchas veces respondidas, aunque sean erróneamente.

 

Afirman y reconocen tan solo a 4, Miguel, Gabriel, Rafael, Uriel, aunque a veces a este ultimo lo niegan de igual forma como lo hacen con otros mas.

 

Los ángeles o seres de la luz, fueron las primeras creaciones de Dios, fueron luces  divinas las cuales tienen virtudes y la gracia de manifestarse en cualquier forma, ser o tiempo.

 

Desde los inicios de los tiempos, los ángeles han sido participes en los mensajes o desgracias del mundo de antaño y aunque lo dudes, del mundo actual.

 

Mucha gente niega su existencia  y por irónico que  parezca, mucha de esa gente es la que hoy en día es portadora de la palabra de Dios.

 

Hoy en día, en esta era en la cual hay manifestaciones de todo tipo, el choque de ideologías modernas y antiguas, han provocado un nuevo acercamiento.

 

Acercamiento y alejamiento de fe.

Acercamiento y alejamiento de cualquier creencia

Creación y final de religiones,

 

Pera todo esto debido no ha Dios, y muchos menos a la fe, si no gracias a los oradores actuales.

 

Un ángel es la esencia de la verdad, es la voz de la verdad, es la voz de dios hacia sus hijos terrenales.

 

El mundo actual vive un tiempo de frialdad de sentimiento, de engaño de corazón, de mentiras de palabras de manipulación de amor y esperanza.

 

Que pasaría si leyeras  la verdad, de la historia de tu mundo.

 

Que pasaría si descubrieras que Cristo fue y vivió como tu.

 

Como reaccionaria el mundo, si  las  paradojas, parábolas e historias de los  evangelios no fueran las verdaderas.

 

Que harías  si lo que leyeras te respondiera tu vida.

 

Podrías descifrar el presente, el pasado, y futuro.

 

Que diría tu corazón si descubriera que Jesús es el ángel supremo.

 

Pues así, con esas mismas preguntas, los ángeles hoy en día responden en tu lengua, responden con tu sentimiento,  responden tus inquietudes.

 

Muy pocos creen, pero esos pocos, entenderán que es verdad.

 

Los ángeles, no vienen a negar las religiones, simplemente vienen a contar la verdad antes de la visualización de nueva cuenta del hijo de dios, hijo el cual camina entre todos.

 

Los ángeles no vienen a causar terror, mas sin en cambio si vienen a dar el mensaje de las catástrofes próximas, aunque la decisión es de cada quien.

 

Por irónico que sea, los ángeles nos vienen y nos enseñan una virtud pequeña,  pero gigantesca a la vez, y se llama albedrío.

 

Albedrío el cual es tu yo, y solo tu sabrás si crees o no crees.

 

Los ángeles son como quieras que sean, son tu esperanza.

 

Dios mando a su hijo a este mundo a vivir y aprender, protegido por ángeles.

 

Ángeles los cuales jamás han partido, aunque si han sido ignorados.

 

Pero ahora en este siglo de cambios, la llegada anunciada  del regreso ha sido dictada, las nuevas escrituras, las verdaderas, dictadas de nueva cuenta son.

 

Y los ángeles con  esa virtud de esperanza, con amor y paciencia, dictan renglón por renglón,  vivencias por vivencias, acción por acción.

 

Lo nuevo ha llegado.

 

Los ángeles están hablando.

 

Creer o no creer es de ti.

 

Dichosos los que entiendan.

 

 

Autor: Israel de Ramos  (Méjico) http://groups.msn.com/vozdeangeles

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 Sombras del pasado

 

 

 

 SOMBRAS DEL PASADO

 

 

Le tengo aquí, junto a mí. Hace sólo tres días que ingresó por urgencias con un cuadro de embolia cerebral.

 

Sólo yo sé que está recuperado, pero la medicación que  le administro le mantiene en aparente estado de coma. No puede comunicarse con los familiares y enfermeras, sólo escucharles y  observarles como a través de una impenetrable pantalla.

 

No puede articular movimiento alguno, ni tan si quiera pestañear. Sabe que no logrará poner en alerta de su estado consciente a quienes están junto a él.

 

Él ha escuchado cómo he contado  a sus familiares las falsedades sobre la irreversibilidad de su estado y la dolorosa agonía, y cómo éstos, deseando evitarle todo sufrimiento, han consentido en que se lleve a cabo la eutanasia.

 

Nos hemos quedado a solas en la habitación, y sé que puede escuchar cuanto le digo mientras observa mi cara de satisfacción.

 

Cuando decidió inscribirse en la lista de quienes desean ser sometidos a una muerte dulce en el supuesto de enfermedad terminal, no sopesó los posibles imprevistos.

 

Yo soy su IMPREVISTO.

 

El no podía imaginar que su antiguo compañero de escuela, aquél del que hacía muchos años no había vuelto a saber nada, terminaría siendo médico internista de este hospital, donde me trasladaron hace sólo unos meses.

 

He cerrado las cortinas y me he sentado al costado de su cama para que él pueda observar cómo hechos que creía ya olvidados pueden volver a tu memoria.

 

Cuando he aproximado a sus ojos un viejo crucifijo, un sexto sentido me dice que ha comprendido.

 

Aún recuerdo como él permanecía estupefacto mientras veía a Don Antonio, nuestro encolerizado maestro, golpearme en las palmas de las manos con su vara de almendro. Un cruel castigo para quien se había atrevido a dar vuelta al crucifijo de la pared.

 

 El delator se vio premiado con una palmadita en la espalda y una sonrisa de gratitud. Pero hoy le aguarda la segunda parte de la recompensa, una dolorosa inyección letal y una nueva sonrisa. La mía, la sonrisa de la muerte.

 

Autor: Ramón Cruz (seudónimo) (Perú)

 

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 Standby

 

 

 

STANDBY

 

Hoy Dios ha venido a visitarme. Quería charlar conmigo. Tal vez, incluso, desvanecer mis dudas.

 

Yo no quería  ser descortés, pero sabía que tú me esperabas.

 

Breves disculpas y la  cadenilla de la puerta han bastado para poder, como cada día,  correr a tu encuentro.

 

* * *

Te quiero, Ana.

 

Mañana, como siempre, volveré temprano. Pero ahora debo marcharme; van a cerrar  las verjas.   

 

* * *

Ya, entre las sabanas, veo apagarse otro nuevo día.

 

El crucifijo de la pared permanece oculto bajo señal de STOP que yo mismo arranqué de aquel siniestro lugar.

 

Dios ha dejado un menaje en el contestador, desea poder verme y hablar sobre ti. No comprende que en aquel cruce la verdadera víctima fue él, porque tú, y no él, aún vives en mí.

 

Adolfo Ruiz      (España)   

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 Relatos anteriores (2)


 
LITERATURA PARA TODOS
(Acceso y difusión gratuita)

Mi bella durmiente (relato breve).

Manuel Trigo Nogales

Madrid

 

 

 

 45 Minutos (relato breve).

Ángel López Santizo

Guatemala

 

 

 

Ahora no (poema)

Antonio Carreño (seud.)

Almería

 

 

 

Libros (relato breve)   

Daniel Alejandro Gómez

Argentina

 

 

 

Homo sapiens (relato breve) 

Sergio (seudonimo)

Méjico

 

 

 

Las tres Gracias (relato breve) 

Andrés Gandia Palau

San Fernando (Cádiz)

 

 

 

Solo un "Flash" (relato breve) 

Victoria Reyes Calvo

San Fernando (Cádiz)

 


          
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Mi bella durmiente (relato breve)

 

 

 

 

MI BELLA DURMIENTE

 

Cuando entre mis manos puse la suya se me estremeció el alma. Estaba fría, helada. Cerré los ojos e imaginé una situación menos amarga que justificase aquel escalofriante tacto.

 

Ella y yo acabábamos de darnos un baño en las bravas aguas del Cantábrico y habíamos salido a tumbarnos en la arena. Yo cogía su mano fría y miraba directamente sus ojos. Eran verdes como dos islas tropicales sobre un mar de salvajes olas espumeantes. El frío había dado un tono pálido a su horripilada piel y yo la abracé para darle calor. Besé sus labios azules mientras sus pechos turgentes clavaron sus erectos arpones demasiado cerca de mi corazón.

 

El sonido de las olas batiéndose contra las rocas se fue apagando lentamente hasta que el doloroso silencio me devolvió a la habitación donde yo sólo sujetaba su fría mano. Tres paredes blancas y una gran cristalera a mis espaldas, como un ojo abierto al mundo, me oprimían angustiosamente. Ella y yo, y el mundo detrás. Pronto mis compañeros, los siervos de Hades, vendrían a llevársela para siempre. La belleza más pura que jamás hubiese conocido iba a ser condenada al olvido. Quería aprovechar junto a ella cada minuto que quedase, cada segundo. Un amor tan poderoso no podía terminar tan cruelmente.

 

De pronto, supe qué hacer. Solté su mano y escribí una nota. Me dirigí al ventanal y, para más sorpresa de los que ya atónitos me estaban mirando, corrí las cortinas como párpados que se cierran por última vez en una macabra alegoría de la muerte. Me tumbé sobre ella y la besé. Estaba fría, muy fría. Pero no estaba mojada como en mi sueño anterior, ni respondió a mis caricias y abrazos. Sus pechos, sus caderas, sus muslos, todo estaba rígido y duro como un lecho de cantos rodados junto a un río. ¿Me había tumbado sobre ella o sobre la pétrea estatua yacente de una lápida? No importaba ya. Mi decisión estaba tomada. Con la nota en mi mano cerré mis ojos con la intención de no volverlos a abrir. Deseé que no fuese Hipnos el que me condujese al sueño, sino su gemelo, Thánatos, el que me condujese a la muerte. Un deseo de morir tan sobrehumano como el amor que sentía por aquella mujer no podía ser desoído por los dioses.

 

De nuevo estamos los dos, nadando mar adentro en las frías aguas cantábricas, dejando atrás para siempre mí querida tierra asturiana. Es como un sueño en el que observo la escena desde fuera, viéndome a mi mismo alejarme junto a ella en la tarde, hasta que la noche y la lejanía funden en negro nuestras figuras.

 

Ahora veo al que debió de ser el marido de mi amada. Llora en un sillón y en su mano aferra la nota que yo había escrito:

 

“Mi más ferviente deseo es ser incinerado junto a esta mujer y que nuestras cenizas vuelen eternamente juntas entre los vientos del mundo”.

 

Frente a él, una urna de cerámica apresa los restos grises de la que fuera la más hermosa criatura. Su marido la ha querido para sí, aún en contra de mi voluntad. Me hubiera gustado preguntarle a ella, darle a elegir entre su presidio y mi libertad.

 

Me veo ahora en lo alto de las rocas mojadas donde jugaba en mi infancia. No me he desplazado hasta aquí, sencillamente he aparecido, sin más. Ya no estoy sujeto a las leyes físicas. Carezco de cuerpo. Soy un espíritu, un alma o, sencillamente, un pensamiento. Sí, un pensamiento. Sólo soy una consciencia de lo que está sucediendo. Alguien porta una urna con mis cenizas, que no llegaron a arder junto a las de ella. Ese hombre podría ser mi hermano o un amigo, no sé, quizás ambas cosas. Esta solo, como yo. Tras pensarlo un rato, despidiéndose de mí, supongo, ha quitado la tapa y me lanza al viento terral. Me elevo entre las gaviotas, que parecen reírse de mi absurdo final. He muerto de amor para ser amado eternamente por una mujer que acababa de conocer, y que ni siquiera había llegado a imaginar que, allá en el inframundo, ella hubiese podido no corresponder a mi amor; y ahora me alejo solo de esa playa donde antes había imaginado abrazarla. Una mujer tan desco  nocida que ni siquiera había llegado a saber su nombre, pero era de una belleza tan cautivadora que no pude resistir a dejarla montar sola en la barca de Caronte.

 

Ya da todo igual. Iré yo solo a encontrar mi destino. De todos modos, después de haberla visto en su féretro, en aquella cámara del tanatorio donde trabajaba, y de haberme enamorado tan irracionalmente de ella, ya no hubiera podido seguir vivo, errando por un mundo donde sabía que no la iba a encontrar de nuevo.

 

Cierro los ojos que no tengo mientras el viento me lleva sobre el mar e intento imaginar de nuevo que chapoteo junto a ella, pero no lo consigo.

 

No. El final no será así. Mientras mis cenizas se disuelven en el aire, antes de que lleguen siquiera a humedecerse en mi Cantábrico, yo me desvanezco igualmente en la nada. Me debilito mientras me pregunto si éste será el fin de todos los hombres o sólo a mí se me ha concedido este momento para ser consciente de mi propio final.

Ella no está. El mar tampoco se agita allá abajo. Ya no hay nada. Ya no…

                

                 Manuel Trigo  Nogales          (España)         www.manueltrigo.com

                

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45 Minutos

 

 

 

45 MINUTOS¹

 

 

 nunca me ha gustado el foot ball, esa estéril alienación que padecen los engendros de esta patética rutina llamada sociedad, pero aquel día era distinto, de todas formas no jugué, pues no tengo la más mínima noción de las reglas de dicho deporte, me quedé entre el público, oprimiendo mi cuchillo con todas las fuerzas de mi rabia, atento por si éramos copados por el enemigo, los de la prensa nos observaban desde la distancia, incapaces de entrar, el humo lentamente nublaba la lejanía y el partido apenas comenzaba, los del sector 13 contra los del sector 18, yo era de los del 18, los goles se fueron sucediendo uno tras otro, el pulgoso era un bastardo, siempre estaba sacándonos la poca plata que nos entraban, si alguna prenda le gustaba la tomaba, llegando a dejar a algunos desnudos a inmediación del frío de la noche

 

            y estaba yo allí, rodeado de todas aquellas gentes millonarias, todos hablándome y preguntándome acerca de tantos autores, acerca de tantos libros, acerca del mundo que más me atrae, repartieron los vinos y una vez en la calle ellos siguieron en su mundo y yo a contar las escuálidas monedas de mi bolsillo, para ajustar lo del bus, la gente quiere saber de qué hablan los escritores no de qué viven, una vez en él, rodeado de gentes que nada sabían de literatura y menos querían saber, ellos venían pensando en cuánto se habían matado trabajando, cuánto habían tenido que suplicar una moneda y otros, los más, cuánto habían tenido que correr luego de haber asaltado a algún transeúnte, cada vez que arribaba un nuevo pasajero, todos le observaban de pies a cabeza, a fin de constatar si no iba con intención de asaltar a los pasajeros, de igual forma él indagaba uno a uno a los que le habían antecedido, presa del mismo temor, subió un chico bastante borracho, se sentó a lado de un viejo gordo y sin afeitar, se le recostó sobre el hombro y con voz rasposa le dijo – avíseme cuando llegue a donde me bajo – en dónde te bajas – no lo sé, y se quedó profundamente dormido sobre el viejo, en una derruida y penumbrosa estación subieron tres tipos, que olían peor de lo que se veían, pasadas dos cuadras desenfundaron unas armas, de juguete según pude descubrir más tarde, y comenzaron a exigir el dinero y todo lo que a sus ojos algún valor pudiera tener, yo llevaba el borrador de mi primer libro de cuentos, eso era de mucho valor, al menos para mí, de la cárcel salgo, de la tumba ya no pensé, saqué mi arma y pasó lo que tan a menudo sucede en esta ciudad, por lo que describirlo sería redundar

 

esa misma noche conocí a ese maldito, al entrar en la celda, más bien cuando me tiraron dentro, llegó unos minutos más tarde, pues por una extraña razón, que tiempo después comprendí, tenía acceso a todas las celdas, los agentes le obedecían aun más que al director del presidio, me quitó todo cuanto de valor cargaba, incluyendo los zapatos, al protestar me dio una golpiza con la que mi rostro quedó irreconocible y mi cuerpo triturado, eso lo hacía constantemente con todos los reos que no pertenecían a su grupo y quienes se le oponían o amenazaban su poder amanecían ahorcados, sin que nadie dijera nada, el pulgoso estaba por violación, asesinato, secuestro y asalto de bancos, no resta decir que cumplía cadena perpetua, el tiempo corrió y yo allí, pues resultó que cuando ya había dinero que reclamar, a los frustrados ladronzuelos sí les apareció familia, con lo que se alargó el proceso, hasta esa tarde, en que estaba disfrutando del partido, que por cierto no dejaba de tener algún sabor a venganza

 

            el needle era el mejor, ya había metido 4 goles, era de los contrarios, nosotros apenas llevábamos 3 goles, mientras que el blue, otro que era bueno, también había metido 2 a su favor, la misma cantidad había anotado el killer, a estas alturas el encuentro se tornaba más que reñido, pues con esos 8 goles era casi imposible que los pudiéramos alcanzar, me vino de pronto un lejano recuerdo, cierta ocasión le pregunté a un amigo por qué ese deporte era tan popular –simple- me dijo –no necesitas pensar para comprenderlo-; el spoon se lanzó por la izquierda, le hizo una jugada a uno de los nuestros, le ganó la delantera, corrió con furia hacia la portería y gooooool, 5 mil rostros cubiertos por pasamontañas o trapos viejos, todos gritaron al unísono, elevando sus ensangrentados cuchillos, oxidados tubos y más de una AK 47 incautada a los guardias, la cabeza del pulgoso fue atravesando como en cámara lenta el arco de nuestro sector por 9na vez,  ese fue el último gol de la tarde

 

¹ inspirado en hechos reales acaecidos el 23 de Diciembre de 2,002 en el sector Alaska (la hielera) del centro penal Pavoncito

 

 Autor: Ángel López Santizo    (Guatemala)  angellsantizo@yahoo.com

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Ahora no (poema)

 

 

 

 

 

 Ahora no

 

Ahora no, es tarde

y mañana tengo que beber,

acabar con esta rehabilitación

que sólo conduce

a vivir muerto de sed.

Espera un poco, por favor;

pronto se verá

si mi cuerpo de vacíos y recaídas,

donde la pasión se desinfla

cada vez que te vas,

se digna en hacer otra parada

en la estación cenagosa de tu cama.

Pero antes,

por si acaso, aparcaré

las ilusiones y me disfrazaré de cualquiera,

no vaya a ser

que me de por necesitarte

y tanto defecto que tengo desatienda.

 

 

Autor: Antonio Carreño (seudónimo) (España)
 

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 Libros (relato breve)

 

 

 

LIBROS

 

Los recuerdos son ahora bastante frescos; hoy día, estas cosas que parecían sepultadas para siempre en el tiempo, han vuelto a mí. En esta tarde, con las emociones a flor de piel, es hora, pienso, de llevarlas al papel.

 

            Yo tenía veintidós años. Aunque de pequeño no me gustaba ir a la Capital, a la ciudad de Buenos Aires, en aquel momento sí, porque había descubierto mi vocación y mi felicidad. Y tenía un guía, el doctor Arrambide.

 

            Debo explicar cómo comenzó todo. Trabajaba en un kiosco de diarios de Villa Adelina. Sin embargo, era muy apático, nada me gustaba. La gente me inspiraba una fría aversión; nada entendía de tener una vocación, pese a ser muy joven. Sin embargo, un día enigmático, recordé una vieja afición de cuando era niño: los libros de aventuras. Y es algo curioso, es algo curioso cómo vienen los recuerdos. Yo estaba en un colectivo, y todo fue tan inconsciente que no guardo memoria del lugar exacto por donde iba el colectivo, excepto que era de noche. De pronto, como una imagen largamente guardada en un cofre de tesoros, como el refugio en medio de una tormenta, vi algo en mi mente, abstrayéndome del todo de la gente del colectivo, del viaje, de la noche.

 

Era un libro, un libro que me había regalado mi padre cuando chico. Por alguna razón- yo no sabía entonces explicar a la razón- , la imagen me hizo sentirme seguro, protegido, aunque claro que no sabía porqué. Durante los meses siguientes, acaso todo el año siguiente, aquella imagen y otras-por ejemplo la biblioteca, las cajas de libros, mi viejo escritorio lleno de libritos infantiles-me daban una seguridad, un llamado; en fin, una vocación. Sentía incluso algo corporal con estas imágenes. Los libros hacían correr a mi sangre, y experimentaba una calidez en todo el cuerpo. Estaba relajado con esta visión que, persistente y benignamente tenaz, venía una y otra vez a mí; tan calmo estaba que mi natural nervio y apatía social fueron remitiendo.

 

            Finalmente, una mañana me levanté con la resolución de saber algo más acerca de esta memoria proustiana, digamos, acerca de la cual nada desentrañaba racionalmente. Empecé, entonces, a ir a las librerías. Pero recuerdo especialmente una góndola de libros, en un supermercado. Ahí practiqué la veracidad de mi afición. Rozaba los libros con la yema de los dedos, y sentía un soplo de vida en mí. La gravidez vital de estos objetos me fascinaba. Muchas veces volví a la góndola, en medio de la noche, en las lluvias, en el invierno, mientras el tiempo pasaba y pasaba y yo seguía aferrado a mis imágenes.

 

            Un día de esos de lluvia- estábamos en el otoño-, un señor, en ese supermercado, me abordó. Es menester decir, ahora, que nada diré acerca de si ya había visto a este hombre, o si el sujeto, con una relación hacia mí muy distinta y extraña respecto a la cual lo presentaré en las líneas siguientes, fue en virtud de su profesión el causante de las imágenes purificadoras de las que ya he hablado.

 

            Soy el doctor Arrambide, me dijo, extendiéndome una de sus forzudas manos. Quisiera que viniera a mi consultorio. Para hablar de libros.

 

            Me dio una tarjeta, y, aunque era doctor, en ella nada decía sobre su especialidad.

 

            Singular invitación, pero también singular era mi estado de ánimo. Así que un día comencé a ir a la Avenida Córdoba, donde vivía Arrambide, en la Capital. Las sensaciones benignas en mi cuerpo hicieron presa de mí, allá en la ciudad.

 

Viajaba en colectivo. Me bajaba en la Avenida, y ahí, en una esquina, estaba la librería El Aleph. La Avenida- repito que los recuerdos son frescos y tengo cierta necesidad de ser minucioso, catárticamente minucioso- tenía unas veredas amplias, y yo cruzaba en una esquina con línea de peatones.

 

El doctor Arrambide atendía en un edificio. El frente del edificio era un arco de mármol. No recuerdo, sin embargo, cómo era el ascensor. En las oficinas de Arrambide había una chica que se llamaba Laura, morena y de cabello lacio, joven y muy simpática; parecía movediza. Me gustaba. Arrambide- no se impacienten, ya diré sobre él- atendía mis consultas, así las llamaré por ahora, en una oficina con alfombras de un color amarillo oscuro, con una ventana que daba hacia la ciudad, aunque solamente se veían los edificios. Recuerdo el color verde de sus cortinas. Tras de Arrambide, que se sentaba en un sillón negro, giratorio, detrás de un escritorio de madera, había libros. A un costado, también un anaquel de libros. Arrambide tenía una mirada penetrante, solía ponerse el bolígrafo en la boca, en señal indagatoria, examinando mis gestos. Hago esta descripción simplemente intentando abogar, ya lo verán, por mi lucidez.

 

Yo me iba rápidamente, en fin, pensando en las enseñanzas del doctor.

 

            Quedaba tan impresionado, tan relajado y feliz con dichas enseñanzas sobre las que poco abundaré, que decidía pasear un rato por la Avenida Córdoba, y después me iba para otra Avenida cercana que, creo, era Pueyrredón. En Pueyrredón tomaba el colectivo para volver a casa, pero en Córdoba paseaba. Allí me gustaba pararme en un kiosco de diarios, mientras tenía en mi cabeza a la voz de Arrambide. Recuerdo las luces blancas del negocio, mientras la noche y la melancolía caían sobre Buenos Aires.

 

            Había un McDonald´s cerca. E iba allí. Era de dos pisos. Yo iba al segundo piso, donde se situaba un gran ventanal desde el cual se veían los edificios y algo del horizonte. Me sentaba en uno de los asientos solitarios con un libro. He de decir, antes de continuar, que al lado, muy cerca del consultorio de Arrambide, se hallaba una librería. Ahí  miraba y miraba los libros; los títulos me producían una excitación algo sexual, o una sensación como una vieja tumba vuelta a la vida. Y compraba algún libro, llevándomelo al McDonald´s. Solía, pues, ver el crepúsculo, rojo como la sangre, con el libro en las manos, y la mirada y los sueños hacia el gran ventanal.

 

            En el McDonald´s leía, extático y como en sueños, hasta la noche. Todavía me acuerdo bien de las chicas que atendían, que a veces me servían un café, o a veces me decían amablemente si me podía retirar, después de leer tanto tiempo, porque ya no había lugar en el local. Insisto con esta precisión obsesiva en mi presunta lucidez, antes de la revelación…

 

Así, abstraído, ya cuando era de noche, yo me iba, con Arrambide y los libros en mi cabeza.

 

Pero una tarde, una tarde gris, algo pesada, yo fui, creía que rutinariamente, a lo de Arrambide. Entonces el doctor, he dicho todavía que no sabía qué doctorado ostentaba, me recibió. Señalaré que nuestras charlas, sin yo preguntar casi nada, fascinado por la personalidad del sabio, versaban sobre libros…creía yo. Él me ensañaba la historia de los libros, la historia de la literatura, me hablaba de Borges, a quien había conocido en persona…creía yo.  

                  

Arrambide, eso sí, destilaba sabiduría como desde la misma piel.

 

            Pero aquella tarde gris me anunció una magia que me hizo sonreír cuando le pregunté su nombre completo.

 

            -Soy el doctor Carlos Arrambide, usted ya lo sabe.

 

            Tengo que confesar que su impecable educación me trataba de usted. Pero era curioso: no recordaba en la tarjeta el nombre de Carlos. Entonces, no se porqué, le pregunté acerca de su profesión. Dónde había obtenido el doctorado.

 

            Él compuso una mirada profunda, muy profunda. Me miraba con una seriedad que haría llorar de pena a cualquiera. Es notable, pero ahora asentaré que, en aquella reunión, nada habíamos hablado de libros; en verdad, no recuerdo de qué hablamos, pero, como quien despierta a la realidad, sí que recuerdo la pregunta, su mirada y su respuesta.

            -Psicólogo.

 

            Y añadió si me sentía bien.

 

            Yo dije que me sentía perfectamente.

 

            Luego me preguntó si todo era una broma mía.

 

            Yo aduje mi perplejidad; le supliqué que se explicara con más calma y extensión.

 

            Sin embargo, él anudó las manos, y se echó hacia delante; su mirada era tan profunda como el horizonte del mar.

 

            -Creía que usted sabía que yo lo estoy tratando hace meses. Justamente hablábamos de los problemas que tiene en su trabajo. Me pregunto otra vez si se siente bien.

 

            Ello fue una descarga para mí. Me levanté, trastabillé, no sabía qué hacer.

 

El resto de la charla, claro, fue una mera retahíla de medias palabras y de cabeza gacha por mi parte; estaba ansioso por irme, por intentar pensar…  

 

El doctor Arrambide me dio los últimos consejos acerca de mi vida, de mi mundo. Para mi sorpresa, yo llevaba una buena cantidad de dinero. Adiviné que sería para pagarle. Le pagué, y él sonrió.

 

            -Son cosas que pasan-dijo, palmeándome.

 

No necesitaré decir lo que recordé después. No haré ningún comentario excesivo.

 

            Al salir ya era de noche. Respiré las luces blancas de la Avenida; miré el kiosco de diarios. Después fui a la librería.

 

            Allí comencé a recordar al fin. Creo que no debo escribir acerca de todo lo que recordé, y respecto a mi repentina y, en cierto sentido, horrorosa lucidez.

 

El horror, en efecto, de saber que había necesitado tratamiento médico en mi aspereza con la gente; el hecho de que nunca había recibido un tratamiento sobre vida, sobre libros; el hecho de carecer de un mentor gratuito acerca de mi vocación recién desvelada, del descubrimiento de mi personalidad. Desde entonces, para siempre dudé de la realidad. En todo caso, me quedan las imágenes, los libros, la góndola del supermercado…

 

Yo no diré si Arrambide vino a mí entre los momentos íntimos y exultantes del supermercado, donde examinaba a los libros en la góndola. No hace falta. Que cada cual piense lo que quiera.

 

No diré, y es lo más importante, si la imagen de los libros, los días pasados rozando los preciados objetos en el supermercado, vinieron antes o después de la catársis con el extraño y singular psicólogo doctor Arrambide. Lo cierto es que hubo un hecho o un pensamiento; un guía, en fin, misterioso que se presentaba en el momento de una vocación juvenil.

 

Pienso, insisto, que no importa. Cada lector sabrá acerca de su lucidez, sabrá acerca de la veracidad de sus recuerdos. Sabrá, como yo, que resulta igual cómo habremos llegado a las imágenes de la pasión. El Arrambide que se presentó como un guía insospechado, lo dejaré para la imaginación del lector si es producto de mi fantasía, o irrefutable hecho real. Ello repito que no importa; he aprendido que nuestra tan admirada realidad necesita, como los libros, a las fantasías más febriles, más insospechadas, más emotivas... y también, como en este caso, a las más sensatas. 

 

Autor: Daniel Alejandro Gómez (Argentina)

 

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 Homo Sapiens

 

 

 

HOMO SAPIENS

  

 

No queda nada más que pueda tomar, he ingerido ya todos los fármacos que he encontrado. Espero que la dosis sea suficiente, pero en último extremo recurriré al ventanal, el mismo  desde el que cada mañana, rumbo al trabajo, ella me decía “te quiero” y  me despedía con una sonrisa.   

 

No se cómo ha ocurrido, no logro entenderlo. La miro ahí tendida sobre el charco de sangre y no quiero creer que se trate de ella. Mi reina, mi yo.

 

Trato de buscar una explicación, mientras viene a mi mente el recuerdo la tímida e insinuante mirada con que me cautivó, hace ya casi treinta años, cuando con mi melena de progresista comprometido aún creía posible poder arreglar este mundo.

 

No puedo racionalizar mis pensamientos en este instante, pero no dejo de preguntarme cómo ha podido sucederme a mí. Ella y yo hemos hablado a menudo sobre estos temas tan de actualidad, con la certeza de que parecían proceder de un mundo ajeno y lejano a nuestra situación. 

 

Como especialista en psico-antropología, trato de analizar lo sucedido con científica frialdad. Qué extraño mecanismo se desencadeno en mi cerebro cuando ella me dijo que  me abandonaba, que yo no era ya aquel chico de la rubia melena.

 

Desde mi cátedra en la facultad, son numerosos los estudios que he realizado sobre el los comportamientos posesivos  que pueden observarse en algunos grandes primates respecto a sus parejas, pero jamás el rechazo de la hembra hacia su macho ha tenido consecuencias sangrientas.

 

Qué tipo de evolución es la nuestra, acaso, tal vez, sólo seamos una especie camino de la extinción, un sin sentido de la naturaleza, un desliz de la biología.

 

Ya puede escucharse la sirena de la policía, no hay tiempo que perder.

 

Me he arrodillado junto ella y la he besado, quiero que sepa que, allá donde esté, me tendrá con ella muy pronto. Necesito que pueda escucharme, pedirle perdón, y suplicarle que me conceda una nueva oportunidad.

  

****

 

Mientras me precipito al vacío, he podido girar la cabeza y mirar por última vez al ventanal, y me ha parecido que allí estaba ella, con su sonrisa, esperando que quizás, como siempre, en  unas horas volvamos a estar juntos. Juntos para siempre.

           

 Nota: El 1% de los casos de violencia de género se dan en parejas de elevada formación cultural, en las que no hay antecedentes previos de malos tratos u opresión del marido sobre la esposa, ni tan siquiera indicio alguno que permita vislumbrar un riesgo cierto de que dicho episodio de violencia pueda llegar a producirse. 

Autor: Sergio (seudónimo) Méjico

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 Las tres Gracias

 

 

 

Las tres Gracias

 

      Coincidieron en la sala de espera de un viaje aéreo. Nuria, Carmen y Wilma eran, posiblemente, las tres modelos más cotizadas del momento. Su viaje les iba a llevar a Ámsterdam en donde serían protagonistas de unas sesiones en las que posarían para un reputado fotógrafo de publicidad.

 

     Su relación no era del todo buena; pero tampoco se podía decir que se odiaran. Simplemente, se respetaban, se temían quizá, se soportaban cuando no había más remedio y hacían ver que se ignoraban cuando la ocasión lo requería o que eran muy amigas, si había negocio en ello.

 

      Carmen rompió el hielo iniciando una conversación que ella creía banal:

 

              - Pues he visto un reportaje en el que se habla de una terrible epidemia que asoló el mundo. Le llamaban algo así como anorexia.

 

             - Claro, mujer, a mí me lo contó mi abuela, siendo yo muy pequeña. Por lo visto, se puso de moda estar muy flaca. - Aclaró Nuria.

 

             - Decía el reportaje que una de cada diez adolescentes llegó a sufrir la enfermedad y que, de éstas,  un porcentaje escalofriante falleció por su causa y una gran mayoría no llegó  nunca a curarse, a pesar de que se dedicaron grandes campañas a su prevención. ¡Y afectaba fundamentalmente a mujeres jóvenes, como nosotras! - Siguió diciendo Carmen.

 

            -  Pero lo que quizá no sepas es que dicen que el problema lo desencadenó el mundo de la moda, es decir, nuestro mundo. - Apostilló Wilma que, hasta ese momento, no había hecho más que escuchar, con aire ausente.

 

      Carmen y Nuria quedaron perplejas. Wilma era mujer de pocas palabras, pero cuando hablaba, solía hacerlo con conocimiento de causa y ellas lo sabían. Sus dos carreras universitarias, Periodismo e Imagen, Sonido y Cinematografía, le convertían en la mas instruida al respecto o, quizá, en la de opinión mas solvente de entre ellas tres.

 

           - Y, además, contribuyó a todo ello y mucho, el papel de los medios de comunicación que, por entonces, ensalzaban esas figuras caquéxicas de verdaderas muertas de hambre, sin carne ni grasa alguna entre el hueso y la piel. - Siguió diciendo Wilma mientras levantaba sus noventa quilos del asiento en que reposaba su rebosante trasero, para acercarse a la barra del bar.caquécticas

 

      Nuria susurró por lo bajo a Carmen mientras tanto:

 

   - No hagas mucho caso, creo que trata de impresionarnos. ¡No es posible barbaridad semejante!

 

      Carmen, sin embargo, abundó en la opinión de Wilma:

 

            - Sí lo es, lo decía el reportaje. Y no acaba ahí la cosa: por lo visto, la prensa se metía con la vida privada de las personas famosas!

 

            - ¡Pero si eso está prohibido por ley en todo el mundo! - Exclamó Nuria.

 

          - Lo está ahora. Precisamente esa ley se aprobó para evitar los abusos que se estaban cometiendo. Llegaban a inventarse falsos idilios, se metían con los defectos de las personas y no sé cuantas cosas más. En fin, verdaderas atrocidades. - Aclaró Wilma mientras volvía a su asiento con un vaso de agua mineral en una mano y un canapé de jamón en la otra.

 

           - Y además, había pseudo famosos que vivían de que los medios de comunicación les pagasen cantidades muy importantes por lo que llamaban exclusivas, reportajes sobre su vida, que podían llegar a ser incluso inventados, acompañados por fotografías de los interesados que hacían creer que eran casuales.

 

      Ahora era Nuria la que intentaba levantar con dificultad sus casi cien quilos del asiento en que estaban desparramados. Una vez puesta en pié, se acercó a una mesa en donde una pequeña pantalla daba información de las salidas aéreas previstas. A su vuelta exclamó:

 

Lo que parece estar como en el siglo pasado es esto de los retrasos. ¡Parece mentira....!

 

      Carmen y Wilma seguían con su tema. Esta última, dirigiéndose a Nuria, preguntó:

 

           - ¿Crees que Carmen, con sus ochenta y nueve quilos, con sus redondeadas formas, con sus enormes nalgas, sería modelo en aquella época?. Pues no. Eran otros tiempos, eran otras modas, eran otras leyes, era otra manera de pensar....

 

      Nuria puso los ojos en blanco y tras un suspiro respondió:

 

           - Pues menos mal que estamos en el año 2076. Si llego a vivir en aquellos tiempos, me veo poniéndome a régimen, con lo malo que debe ser eso.

 

Ahora, sin embargo, se llevan llenitas, como nosotras, con los quilitos en su sitio, con las grasitas adecuadas. La verdad es que ahora hay quienes envidian nuestras celulitis y se hinchan a comer para ponerse rollizas. Pero eso es mucho más fácil y llevadero que lo que me estáis contando.                    

Por cierto, ¿cómo se llama el artista, ese holandés para el que vamos a posar?.

 

-  Rubens o algo así me ha dicho mi representante. Creo que tiene un antepasado que fue un pintor famoso. - Aclaró finalmente Carmen, mientras por los altavoces una amable voz femenina anunciaba que su vuelo tenía veinte minutos de retraso.

 

Andrés Gandia Palau          (España)  

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 Solo un "Flash"

 

 

 

SOLO UN "FLASH"

 

“No sé qué hacerles de comer hoy, ayer hice lentejas y los niños no se comieron ni medio plato. Tienen que comer, están creciendo, pero la pubertad es una edad muy mala... 15 y 17...Ah!, quién los tuviera ahora. No haría yo cosas con esa edad, lo primero no echarme novio tan pronto;  20 años de matrimonio ya...como se va la vida. Uy!, pero si ya son la una, tengo que ir al mercado a comprar filetes”.

 

Mientras miraba su reloj comprado en la  tienda de todo a un euro,  María aceleró su paso esquivando a los transeúntes de la transitada avenida. Entre la vorágine de pensamientos a cerca de lo que tenía que hacer ese día, miró su figura reflejada en uno de los cristales de la tienda de televisores. El paso del tiempo había acentuado aún más sus curvas y el chándal de color azul oscuro, no conseguía disimular su barriga picuda fruto de sus dos embarazos.

 

María se paró un momento a mirarse en el cristal de una tienda, dando forma a lo que quedaba de la permanente que se hizo en el pelo hace tres meses. Tras el cristal, en la tienda había cientos de esas teles nuevas de plasma que valían un ojo de la cara. Entró en la tienda por curiosidad a ver una que había al fondo de 42 pulgadas.

 

“Qué bonita,- pensó-. Pero qué cara 2000 euros...Pero si a mi marido le dan la paga en Navidad, a lo mejor podemos comprarla...” Entre sus cálculos, la tele estaba emitiendo una entrevista a un joven erudito. María dejó lo que estaba pensando y prestó atención a la entrevista sin saber por qué:

 

-Qué está estudiando usted ahora?- Le dijo el elegante presentador al joven.

 

-Estoy estudiando las lenguas muertas, el arameo, sánscrito y varios idiomas perdidos hace muchos años.

 

“Qué bien, yo no terminé ni mis estudios”.-Pensó María para sí misma.

 

-Y dígame...Cuál es el origen de sus disertaciones a cerca de la vida.-Le siguió preguntando el interlocutor.

 

-Cuando empecé a tener inteligencia...

 

“Sería estupendo ser inteligente como ese joven tan bien vestido.”-Volvió a pensar María.

De momento, la entrevista cambió de personaje y apareció la imagen de María en lugar del sabio.

 

-¡No puede ser!.-Dijo María sentada frente al interlocutor.

 

-Qué es lo que no puede ser, el tener inteligencia, usted la tiene, ha sido calificada como una de las mujeres más inteligentes que hay en nuestro país...Pero volviendo a su respuesta, cuándo tuvo usted inteligencia?.

 

-Desde niña-Le contestó María muy suelta.

 

-Entonces, usted empezó a pensar en la sabiduría de la vida desde muy pequeña.

 

-Somos sabios desde que nacimos, lo que ocurre, es que nos convencen de que somos todo lo contrario.

 

-Qué es para usted la inteligencia?-Preguntó el entrevistador con una de sus preguntas más difíciles.

 

-La inteligencia verdadera es una mezcla de razón e intuición, la acumulación de conceptos solo es memoria.

 

Una mano tocó a María en el hombro y una voz con malos modos sonó en su oído diciéndole:

 

-Señora, desea algo?, son las dos vamos a cerrar.

 

Era el dependiente de la tienda que tenía ganas de irse a su hora y no terminar más tarde, pues ya era viernes.

 

María volvió a encontrarse mirando la tele y en lugar de la entrevista, estaba un documental de dos escarabajos peloteros peleándose por el estiércol.

 

Despertando de su ensimismamiento le dijo al vendedor:

 

-No, solo miraba, ya me voy.

 

Con paso lento, se fue de la tienda pensando:

 

“Vaya, he debido de dormir muy poco esta noche, ya soñaba despierta. Qué sueño más raro...Pero bueno, solo ha sido eso, un sueño, un flash, otro de tantos.”

 

Y con un suspiro suave y contenido, María se fue a comprar los filetes a la carnicería no sin antes echarle un último vistazo desde la calle, a esa tele de plasma que había al fondo del escaparate.

 

 

V.R. Calvo: El ser humano encierra dentro de si valores que ni el mismo imagina, es un genio de la naturaleza, tan inteligente, que su inteligencia lo frena para que no sea tan poderoso.

Victoria Reyes Calvo         San Fernando (Cádiz)   

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Relatos anteriores (3)

                                                                                                                          
LITERATURA PARA TODOS
(Acceso y difusión gratuita)

I R C (relato breve).

Federico G. Witt

Córdoba

 

 

 

 La abuela (relato breve).

Manel Mora

Barcelona

 

 

 

La expedición  (relato)

Agustín Tejada Navas

 Tudela

 

 

 

Declaración de mi final feliz  (relato breve)   

Eduard Benavente

.

 

 

 

Carmesí (relato breve) 

Sergio Alonso

Oviedo

 

 

 

Un día normal (relato breve)

Juan José Castillo

Sevilla

 

 

 

Feliz Navidad (relato breve)

Daniel González Porcar

Barcelona

 

 

 

Calles (relato breve)

Miguel Cárdenas Callejón

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El suicidio de Dios (relato)

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Cigarrillo con antojo (relato breve)

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Marina (relato breve)

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Perú

 

 

 

Escrito 26 (sobre los ángeles)

Israel de Ramos

Méjico

 

 

 

El llanto del diablo (relato breve) 

José Carlos González

Venezuela

            

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Cada mes incluimos en esta página aquellos que a nuestro juicio ofrecen un mayor interés y se ajustan a nuestra línea editorial.

Le agradeceríamos que nos diera su opinión sobre los relatos que le ofrecemos,  escribiéndonos a editorial@alkubia.com Algunas de las opiniones recibidas serán obsequiadas con un ejemplar de nuestra reciente publicación.  

 

    

 

I R C  (relato breve)

 

 

 

 I R C

 

Nunca se preguntan quién está al otro lado. Lamentable error por su parte porque, cuando lo hacen, ya es demasiado tarde.

No me gusta hablar en los canales multitudinarios; tanto jijiji, jajaja, XD... y no digamos los gritos: holaaaaaaaaa, yuuuuuuuuuuuuuuuu... Si entro en un canal es con la única finalidad de seleccionar una presa. Y las presas que hacen jijiji, las que gritan o las que escriben con demasiadas faltas de ortografía, no me motivan. Su destrucción no podría proporcionarme lo que necesito. No. Eso no tiene ningún mérito. Esa clase de individuos sólo sirve de pasatiempo hasta que llegue alguien que pueda proporcionarme algo de placer. Y ese placer emana de su emoción al sentirse destruidos, y no todos están preparados para ello, ni son capaces de hacerlo con la suficiente falta de dignidad como para que yo me llene de su miedo, de su angustia... de su miseria.

En cualquier caso, no se quejarán... prácticamente telegrafío mis intenciones, pero... nunca se preocupan de conocer al que está al otro lado.

He engañado a cientos de mujeres. También he hecho míos a decenas de hombres, incluso a hombres que se hacen pasar por mujeres. Las mujeres que se hacen pasar por hombres no me interesan tanto, porque una mujer que se quiere hacer pasar por un hombre tan sólo pretende que no le abran privados con ánimos lujuriosos. Sin embargo, un hombre que se hace pasar por mujer pretende engañar a quien esté al otro lado, lo que ciertamente consigue aumentar mi sed de humillación y destrucción emocional.

No se dan cuenta de lo solos que están en realidad. Los hombres fanfarronean... hasta que su ego se quiebra. Es realmente satisfactorio darse cuenta de cómo se van derrumbando poco a poco, quedando sin defensas a medida que disminuye su seguridad en sí mismos.

Seguridad en sí mismos...

¡Qué ironía! Eso es lo que más gracia me hace. Hombres hechos y derechos que se tiran cinco... diez... tal vez quince, o más, horas cada día sentados enfrente de un cacharro que emite luces, imágenes, colores y sonidos, sin poder enfrentarse con la realidad, sin ser capaces de exponer su verdadero yo cuando traspasan la puerta de sus casas... y creen que tienen seguridad en sí mismos. Pero lo mejor es que encima van y te lo quieren demostrar; o, como mínimo, te lo explican.

Y tú dices que sí a todo lo que te digan... al principio. Y luego les dices que les comprendes y ellos se abren más. Y empiezas a comentar hechos con los que sabes que se sentirán identificados, y ellos asienten y ven en ti a un alma gemela. Pero poco a poco comienzas a ser menos complaciente, les vas mostrando sus carencias y procedes a ridiculizar algunos de los sentimientos que describes. Les demuestras que bajo esa fachada sólo se esconde el miedo a que los demás conozcan que la miseria humana carece de límites. Cuando se van abriendo a ti, después de haber intentado confraternizar o incluso impresionarte con sus hazañas y sus habilidades, les demuestras que no son nadie en tu presencia. Les haces sentirse pequeños, insignificantes, en cualquier terreno. Y más adelante... no hay clemencia.

Una vez rotas sus barreras, si no se van, y tú te ocupas de que no lo hagan, apisonas cualquier vestigio de dignidad que les quede. Es entonces cuando te encargas de que te necesiten, de que ansíen seguir intentándolo, como si esa fuera la única tabla de salvación para su maltrecho orgullo. Y eso ocurre aunque a esas alturas ellos mismos presientan que están perdidos. Es tu mayor momento de gloria, cuando se intentan negar ante sí mismos lo que a esas alturas resulta evidente para todos ellos: son indignos de cualquier derecho a la felicidad.

No buscas admiración por su parte ni te interesan lo más mínimo sus sentimientos, excepto por el hecho de percibir su angustia y su incapacidad. Pero insisten... insisten... lo hacen porque quieren demostrar que, aunque no sean tus iguales, tan sólo están un escalón por debajo de ti. Pretenden, dando muestras de su todavía coleante fe en tu magnanimidad, que admitas que se encuentran muchos escalones por encima del resto. Quieren ser como tú. Pero es entonces cuando das el golpe de gracia y les haces comprender que no merecen ni consumir el oxígeno que respiran. Haces ver que te muestras apenado por haberles hecho comprender lo ofensivamente ruines que son.

Cuando al fin reconocen su inferioridad y su deficiencia intelectual, entre lamentos y súplicas, renegando de su pasada existencia, es cuando sabes que su alma ya te pertenece. Ahí es cuando les pones a prueba: “Quizá podrías ser capaz de...” “Si intentaras atreverte a...”. Tus frases, aparentemente consoladoras, implican un reto. Un reto que ellos saben que serán incapaces de cumplir, pero que no pueden evitar afrontar. Están perdidos. Cometerán un error. Y tú sabes que tardarán mucho en resarcirse de ese error. Sabes que, gracias a ti, sus almas atormentadas no volverán a sonreír en mucho, muchísimo tiempo.

Con las mujeres es diferente. Las mujeres son superiores en cuanto a su parte reflexiva, mucho más prudentes, menos fáciles de atacar en su autoestima, que es menor y más ajustada a la realidad que la de los hombres... pero fallan en el aspecto emocional. Una mujer “tipo” siempre tiene carencias emocionales, afectivas, o complejos con respecto a su físico. Una mujer que entra en internet y acepta hablar con un desconocido es una mujer susceptible de ser cautivada. Unas lo son porque quieren ser ellas las que cautiven. Otras, porque están solas, o se sienten incomprendidas, o añoran tiempos en los que sentían que llegaría esa persona única que las comprendería, que las amaría, que las haría ser felices simplemente por el hecho de ser ellas mismas. Y otras... porque necesitan oír lo que nunca les han dicho.

No se cautiva a una mujer en poco tiempo, a no ser que ella quiera ser cautivada. Cada una tiene su ritmo, su tempo, pero nunca falla. Aunque en ocasiones se tarde semanas, una mujer que se sienta escuchada y abrazada al otro lado de la red... que sienta que las palabras fluyen y que la comunicación discurre sin trabas, es una mujer conquistada a medio o largo plazo. Las que quieren conquistar no sirven. Son presas para otros tipos. No me producen placer. De ellas no emana el lánguido y dulce fluir de sensaciones que surgen al romperse ciertas barreras, al quebrantase algunas defensas.

Pero una mujer conquistada, abandonada a ti, produce muchísimo más placer que un hombre. El estado de embriaguez que produce en ellas el desequilibrio de sus niveles hormonales, el rubor que nubla sus sentidos, la sensación de felicidad que las hace flotar y que enturbia su natural prudencia, hace que su humillación sea mucho más repentina, intensa y gozosa. Ojo, tienen que estar completamente rendidas, o en lugar de hundirse en su miseria te sorprenderán con un exhaustivo ataque repleto de insultos que, si bien no te afectarán, sí permitirán que lo haga el hecho de haber sido incapaz de someterlas, al igual que el no haber podido sentir el gozo profundo que emerge en tu interior cada vez que rechazas su entrega y abandono hacia ti.

El triunfo final sobre una mujer proporciona una mayor satisfacción final cuando le dices que no es lo que esperabas, que estás arrepentido, que no quieres seguir porque en realidad estás decepcionado y no quieres hacerle daño... entonces ella suplica, se humilla, se arrastra ante tus negativas, dice estar agradecida por la felicidad que le has causado, niega cualquier resto de orgullo que tenga, solicita que no la abandones, asegura que cambiará para ti, que será como tú quieres que sea... se hace tuya. Tú la rechazas con mayor violencia, sin reparar en tu crueldad, mientras ella se intenta arrojar al suelo, arrastrándose ante ti, como si intentara abrazar tus rodillas desde el otro lado.

Y entonces tú la destruyes definitivamente abandonándola, apartándola de ti sin misericordia, alegando que está loca. Te ensañas cruelmente. Le dices que nunca la quisiste, que nunca hubo promesas, que ambos aceptasteis desde el principio que todo era una locura. El peor momento para ella, lo que te hace percibir su dolor con mayor intensidad, es cuando le dices que en realidad es como todas las demás. Entonces disfrutas de su llanto, que te llega en forma de silencio desde el otro lado.

Cada día dedico unas horas enfrente del ordenador a estos menesteres de degradación y humillación de víctimas inocentes. Debo hacerlo, no me queda más remedio. Pero es que en realidad no creo que sean inocentes, sus mismos defectos les hacen culpables del mayor delito que se puede cometer: ser vulnerables, no preocuparse por conocer a quien está al otro lado…

Y creer que esto es un relato

 

Autor:  Federico G. WIT    (Córdoba)

 

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La abuela (relato breve)

 

 

 

LA ABUELA

 

 

 «No se trata de unos exiguos recuerdos tergiversados por el paso del tiempo. Tampoco supone decepción alguna ante la confrontación con la realidad. ¡Realidad! ¿Qué es real y qué no? ¿Acaso la realidad verdadera es aquélla que filtramos a través de la razón?».

 

En el aire flota un manso olor a leña quemada de una brasserie cercana. El aroma llega hasta mi balcón. Muchas noches me apoyo en la barandilla e inspiro el humo desgajado en el ambiente. Permanezco absorto durante un buen rato, imaginando el crepitar de los troncos. La imagen me subyuga. Aquella emanación me domina y me transporta, irremediablemente, a la cocina de la abuela Pepa.

 

La abuela, mujer de imaginación especial, había creado una atmósfera deliciosa en la pieza. La personalidad de la abuela Pepa había mimado todos los rincones de aquel espacio y lo había convertido en la estancia más entrañable de la casa. De niño, me quedaba embobado –como ahora, aunque sea otra ventana y otro tiempo- mirando, a través de la ventana del patio, la brega que la abuela se traía en la cocina. Subido en una silla, con los codos clavados en el marco, me pasaba las horas muertas. Aquello era para mí un deleite y una experiencia insólita. Allí confluían el suave aroma de la lechuga recién cortada y puesta en remojo, el perfume de la menta que rodeaba la vieja parra con el almizcle de la madreselva que envolvía el patio.

 

La vieja se movía entre los pucheros, las cacerolas y las sartenes con la habilidad que proporciona la sabiduría cosechada con el hábito. Nunca daba señales de cansancio. Siempre fresca y lozana, cuando aparecía la fatiga, se refrescaba cuello y mejillas y volvía a concentrarse en los ingredientes de la olla. Laurel, tomillo, albahaca, comino... y otras especies que la abuela recogía con sus propias manos y cuyo enigma guardaba sin descifrar a nadie. De ello resultaba un armónico contraste de esencias y sabores. ¡Qué buena mano tenía para los guisos! De pueblos cercanos, y de otras comarcas, venían a pedirle consejo. «Para conejo con papas ¿...?». «Las espinacas frescas, ¿...?».

 

Un seco taconeo me indicó que mi madre venía hacia el patio. Efectivamente. Apareció detrás de un barreño con una montaña de ropa mojada. Cruzó el patio apretando los labios. Era obvio que le costaba sobrellevar la carga. Cuando llegó a las cuerdas de tender, empezó a colgarla mimosamente. «Para mi madre la ropa era sagrada. Recuerdo que aún conservo ropa que me compré siendo soltero, y aún tiene el apresto como si me la hubiera comprado recientemente. La verdad, no conozco a nadie que cuide la ropa como lo hacía mi madre».

 

Sin apartar la mirada del interior de la cocina, le comenté –con una entonación gozosa:

      El guiso de la abuela huele muy bien.

      Andrés, cariño, ya te he explicado que la abuelita ya no está entre nosotros. Que se la llevaron volando dos angelitos al cielo.

 

Me abstuve de contestarle. Seguí embobado con la mirada fija en el interior de la cocina. La abuela, como cada día, continuaba trajinando con sus cacharros. Su figura se perfilaba nítidamente en la alegre blancura de la pared enjalbegada al inicio de la primavera. Con sus facciones morenas. Con un gran brillo marrón en los ojos y con los cabellos castaños limpios, lavados con frecuencia.

 

Desde allí, la abuela me envió un beso rebosante de ternura. Con delicadeza, se llevó el dedo índice a la boca y con una sonrisa me hizo un guiño de complicidad.

Ssshhh...

 

 Autor: Manel Mora  (Barcelona)

 

Pueden leer otros trabajos de este autor en la dirección www.manelmora.com

 

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La expedición (relato)

 

 

 

LA EXPEDICIÓN

 

         El túnel era bastante angosto, de paredes extrañamente blandas y pegajosas, por lo que avanzar no resultaba tarea fácil. Aunque para Lema, lo peor no era eso sino la sensación de incertidumbre que le producía lo desconocido; al fin y al cabo era su primera expedición. Por el contrario Shila tenía ya muchísima experiencia.

‑ Creo que deberíamos volver‑ gimoteó Lema‑. Se está haciendo tarde.

Shila ni siquiera se molestó en contestar. Siguió avanzando afanosamente y Lema no tuvo más remedio que continuar. Afortunadamente, el túnel no tardó mucho en ensancharse, haciéndose más transitable; sin embargo, no fue esto lo que atrajo la atención de Lema.

‑ Mira, Shila, alguien ha estado aquí antes‑ exclamó sorprendida señalando hacia un montón de color oscuro y formas ovaladas.

‑ Pues claro, tonta, ¿quién crees que fabricó este túnel? Las mirkas vuelan, ¿sabes?‑ la voz de Shila era irónica ahora‑ y por eso llegan a todas partes mucho antes que tú y que yo. Ellas taladran la fruta aunque después no se la comen; nosotras sí comemos fruta pero no podemos perforar la piel, por eso utilizamos sus galerías. ¿Comprendes ahora, rica?

‑ Sí, pero dime, si las mirkas no se comen la fruta, ¿qué buscan aquí dentro?‑ preguntó Lema no muy convencida.

Oh, Lema, tienes menos cerebro que un piojo anémico. Tú misma has descubierto este maravilloso montón de bombones‑ le contestó Shila un tanto irritada mientras degustaba ya un delicioso huevo de mirka.

‑ ¡Shila!‑ gritó Lema histérica‑ no estamos autorizadas a probar los víveres que encontramos. No estoy dispuesta a incumplir las normas en mi primera expedición.

‑ ¡Normas, normas, normas!‑ se mofó Shila‑. ¿Cuando aprenderás que las normas son para la mayoría, no para todo el mundo?

Aquella aseveración había dejado a Lema totalmente desconcertada; intentó reaccionar pero en ese instante el mundo pareció venírsele encima.

‑ ¡Que me trague un sapo verde si eso no ha sido un terremoto!‑ exclamó Shila alarmada‑. Apresúrate novata, ahora sí que nos vamos.

Ambas exploradoras alcanzaron la salida del túnel en un abrir y cerrar de ojos; en ese instante Shila se detuvo repentinamente.

‑ ¿Qué pasa ahora? ¿Por qué no salimos?‑ preguntó Lema entre asustada y sorprendida.

‑ Ahí afuera hay un fink y si nos localiza nos hará papilla. Eso es lo que pasa‑ contestó Shila con aire ausente mientras su cerebro buscaba ya una solución al problema.

‑ No entiendo nada, Shila‑ exclamó Lema‑. ¿Qué son todos esos golpes? ¿Por qué nos  movemos?

‑ ¿Has estado alguna vez en las madrigueras de los fink?‑ preguntó Shila bruscamente.

‑ Yo no y tú tampoco. Sabes muy bien que nadie de las nuestras ha vuelto jamás para contarlo. No sé por qué me asustas‑ contestó Lema afligida.

‑ No te estoy asustando, tonta, pero ¿dónde crees que vamos ahora? Además, he oído decir que las madrigueras de los fink están repletas de víveres‑ añadió Shila guiñando un ojo.

‑ Sí, pero...¿qué hay de las trampas que nos aguardan? ¿Acaso no has oído hablar de la lluvia blanca que asfixia? ¿O de ese aire húmedo con olor a flores que paraliza y mata? He oído incluso que algunos fink tienen en sus madrigueras a los horribles munk.

‑ ¿Los munk? No son ningún problema‑ dijo Shila con total despreocupación‑. Son lentos y torpes. No tienes más que subirte a su caparazón para ponerte a salvo. No saben darse la vuelta y.., además, son cortos de vista.

 Lema volvió a la carga:‑ Y si consiguiéramos escapar de sus madrigueras, nos aplastaría un ruidoso brong con sus pies redondos y su aliento negro y caliente. Los brong son también sus aliados. Hacen todo lo que les dicen los fink.

De repente, el traqueteo que las había acompañado hasta ahora, cesó por completo y, casi al mismo tiempo, Shila y Lema empezaron a notar una incómoda sensación.

‑ ¡Shila!, apenas puedo mover las antenas. Parece como si se aproximase la estación del sueño.

‑ ¡Por cien mil lagartos y lagartijas! Me estoy quedando tiesa; más vale que nos  movamos. ¡Apúrate, Lema! ¡Salgamos de aquí!

Si aquello era realmente una madriguera de fink, allí había mucho de extraño‑ pensó Lema. Para empezar, era un lugar oscuro y muy pequeño, si tenemos en cuenta el tamaño de un fink. Difícilmente cabría un sólo ejemplar allí dentro. Además, hacía frío, demasiado frío incluso para un fink.

No sin gran dificultad logró Lema alzarse hasta el tercer piso de tan escurridiza madriguera y a punto estuvo de caer de nuevo al levantar la mirada y descubrir ante sí semejante criatura descomunal:‑ ¡Socorro, auxilio!‑ balbuceó aterrorizada mientras esperaba inmóvil la llegada de su compañera. Shila acudió presurosa y preocupada, pero al ver la escena no pudo reprimir una estruendosa carcajada.

‑ Calla y no te muevas‑ le advirtió Lema en voz baja‑, es un gigantesco scush y nos está mirando. Podría tragarnos en cualquier momento.

Shila pasó de largo y, sin ninguna precaución, trepó hasta la cabeza del temible animal; entró y salió de su boca con total naturalidad, después, recorrió todo su lomo y se dejó resbalar entre las escamas hasta aterrizar junto a la boquiabierta Lema:‑ Está muerto; los scush necesitan  agua. Aquí no son peligrosos‑ sentenció con su habitual seguridad‑. Sigamos explorando.

Casi habían alcanzado de nuevo la entrada al túnel cuando una luz mortecina las rodeó súbitamente, al mismo tiempo que la temperatura se hacía un poco más soportable. Ambas exploradoras conocían de sobra a los fink pero el ver la  redonda y rubicunda cabeza de la señora Franchi husmeando a tan sólo cien cuerpos de distancia fue demasiado para la joven Lema. Shila tuvo que agarrarla de una pata y arrastrarla dentro del túnel.

A la señora Franchi le encantaba la fruta fresca recién traída del campo, y más si había posibilidad de elegir. Aquella tarde tomaría...un par de ciruelas...y también...un albaricoque. Quizá así, su estreñimiento se vería aliviado.

Unas manos regordetas de dedos cortos y uñas impecables escogieron las ciruelas al azar; después, inspeccionaron hábilmente el frigorífico en busca del albaricoque apropiado. Al fin lo encontraron. En ese momento, Shila y Lema volvieron a sentir un cataclismo de dimensiones parecidas al sufrido cuando exploraban el túnel por primera vez.

‑ ¡Shila!, ¿qué nos va a suceder?‑ preguntó Lema aterrorizada.

‑ ¡Maldita sea, Lema! No hagas preguntas que no puedo contestar. ¿Cómo quieres que lo sepa?

La señora Franchi decidió guardar las ciruelas para el final; seguramente serían más dulces. Tomó, pues el albaricoque y procedió a cortarlo en dos mitades.

Una especie de muro plateado cayo sobre las dos exploradoras separándolas bruscamente.

‑ ¡Shila!, ¿Dónde estás? No puedo verte‑ gritó Lema con desesperación.

Muy pronto, la afilada pared plateada desapareció como por arte de magia y, con ella, buena parte del túnel en el que se habían guarecido hasta ahora. Instintivamente, Lema retrocedió unos pasos, asustada y aturdida por una luz intensa que ya casi había olvidado. Pero enseguida divisó la monstruosa cabeza del fink con sus fauces abiertas, preparadas para engullir un pedazo de albaricoque en el que se encontraba...¡¡Shila!!.

Lema corrió despavorida de derecha a izquierda pero era inútil porque ella también estaba atrapada en las garras del fink.

A la señora Franchi le gustaba saborear la fruta que su marido cultivaba con gran mimo y dedicación. Por eso, antes de hincarle el diente, siempre mantenía el pedazo de fruta entre la lengua y el paladar; presionando ligeramente, con delicadeza, como queriendo prolongar un poco más el placer que suponía degustar aquel exquisito manjar.

Shila jamás había estado en las fauces de un fink, ni conocía a nadie que hubiera estado. ¡Que tontería!. Todo el mundo sabía que las fauces de un fink no tienen salida. No obstante, y a pesar de su precaria situación, tuvo tiempo de comprobar la humedad de aquellas blandas  paredes  que, dicho sea de paso, contaban con varias filas de piedras blancas cuya utilidad desconocía.

Cuando Shila se vio aprisionada decidió no rendirse y, aunque seguramente no serviría de mucho, agitó patas y antenas con todas sus fuerzas. Mientras tanto, las locas carreras de Lema terminaron por atraer la atención de la señora Franchi, quien casi al mismo tiempo comenzó a sentir un extraño cosquilleo en su paladar. Su cerebro sólo tardó unas décimas de segundo en asociar ambas imágenes.

‑¡Hormigas!‑ vociferó la señora Franchi a la vez que escupía con asco el contenido de su boca y dirigía una buena retahíla de improperios a su desconcertado marido. ‑¡Leo!, tu maldita fruta está llena de hormigas una vez más; por lo menos me he tragado media docena. Y todo por tu culpa.

Lema  aún corría de un lado a otro cuando Shila y el maltrecho pedazo de albaricoque aterrizaron violentamente a su lado.

‑ ¡Shila! ¡Que alegría! ¿Pero eres realmente tú?‑ exclamó Lema entusiasmada.

‑ No, soy su hermana gemela, estúpida‑ respondió agriamente Shila‑.Ahora acelera si quieres salvar las antenas.

A pesar de sus esfuerzos por evacuar la zona cuanto antes, las dos exploradoras se precipitaron en el cubo de la basura, adonde la señora Franchi las arrojó junto con los restos del albaricoque.

Las bolsa donde viajaban Shila y Lema reventó como una fruta madura al caer por el terraplén; y las dos hormigas, todavía un poco mareadas, pudieron observar cómo el terrible brong que las había transportado iniciaba la marcha y acallaba con su brutal rugido las voces de los dos fink que parecían estar a su cargo.

Cuando, por fin, abandonaron la destrozada bolsa, centenares de mirkas verdes revoloteaban a su alrededor. Shila sabía muy bien lo que aquello significaba pues las mirkas jamás se equivocaban. permaneció unos instantes pensativa, contemplando aquel mar de despojos hasta que los gritos de júbilo de su compañera la sacaron de su reflexión.

‑ ¡Hurra! ¡Shila! ¡Hemos encontrado la despensa de los fink! ¡Nos haremos famosas! ¿Te imaginas?‑ exclamó Lema radiante‑. ¡Y en mi primera expedición!

Desde lo alto de una cáscara de melón Shila observó a su compañera durante unos segundos. Estuvo a punto de decirle que no, que aquello era una idea estúpida, que los fink no guardan restos podridos y malolientes en sus despensas, pero lo pensó mejor y decidió no explicárselo. ¿Para qué? ¿Por qué habría de privarla de esa ingenua alegría? Al fin y al cabo, ¿quién era ella para jugar con las ilusiones de las demás?

‑ Es hora de volver, Lema‑ dijo Shila con voz cansada.

Mirta fue la primera en verlas llegar:‑ ¡Mirad, son Shila y Lema! ¡Ya vuelven!

Varios centenares de hormigas salieron rápidamente a su encuentro. ¿Habrían encontrado algo? Era la pregunta que todas se hacían.

‑ ¡Hola Shila! ¡Hola Lema!‑ saludó jovialmente Mirta‑. Pero...¡qué mal aspecto tenéis!‑ añadió al advertir la extreme delgadez de sus compañeras‑. ¿Qué os ha pasado?

‑ Nos hemos puesto a dieta‑ respondió Shila secamente.

Todas conocían el carácter un tanto especial de Shila y en ningún momento intentaron retenerla. Por el contrario, Lema pronto se vio rodeada de jóvenes hormigas ávidas de información.

‑ ¿Habéis encontrado algo?‑ preguntaron varias voces al unísono.

‑ Ya sabéis que las normas me impiden contaros el resultado de la expedición; por ahora sólo puedo deciros que hemos estado en las madrigueras de los fink‑ respondió Lema tímidamente.

El murmullo de admiración sorprendió a la joven exploradora, que realmente no esperaba despertar aquella expectación.

‑ Pero Lema, nadie de las nuestras ha vuelto jamás de las madrigueras de los fink‑ le espetó Mirta.

‑ Bueno...esto...si, tienes razón‑ vaciló Lema‑. Quizá seamos nosotras las primeras.

‑ Pero ¿cómo escapasteis de allí?‑ preguntó una obrera.

‑ Pues en un brong, en la panza de un brong‑ contestó Lema dubitativa, sin saber si debería seguir contestando preguntas. Aunque, al fin y al cabo, no lo estaba pasando tan mal; casi había llegado a sentirse importante.

‑ Lema, por favor, cuéntanos más cosas de las madrigueras de los fink‑ pidieron algunas compañeras.

‑ ¿Las madrigueras de los fink?‑ repitió Lema con fingida afectación‑. Uhhh...Bueno, la verdad es que no son tan grandes como imagináis pero eso si, hace un frío endemoniado, capaz de congelar a un ciempiés.

Oooh...‑. Esta vez el murmullo se convirtió en clamor.

Lema observaba divertida las reacciones que sus comentarios causaban sobre aquella improvisada audiencia.

‑ También tuvimos que enfrentarnos a un horrible scush que nos acechaba amenazadoramente‑ mintió Lema simulando una posición de ataque.

‑ ¿Y los munk? ¿Os atacaron los munk?‑ preguntó una hormiga asustada.

‑ ¿Los munk? No son ningún problema‑ respondió Lema aparentando despreocupación‑. No tienes más que subirte a su caparazón para ponerte a salvo.

Cuando Shila hubo terminado con todas sus obligaciones, descubrió que se hallaba muy cansada, sumida en un extraño sopor. Decidió, pues, salir del hormiguero y despejarse un poco. Eligió un pequeño montículo que le permitiera contemplar cómo el sol crepuscular desgranaba sus últimas luces. Curiosamente, también divisaba desde allí el grupo de jóvenes hormigas que todavía rodeaban e interrogaban a Lema.

‑ ¿Sabes lo que pienso de vuestra expedición?‑ preguntó  agresivamente la gigantesca Urka‑. Creo que habéis estado deambulando por ahí, sin ton ni son. Ni una pulga asmática se creería lo que nos acabáis de contar.

Lema intentaba disimular, pero una ira incontenible le invadía. ¿Cómo podía aquella estúpida dudar de sus palabras? Bueno, algo había inventado pero todo lo demás era cierto y bien cierto.

‑ Mira, rica, no sólo hemos estado en las madrigueras de los fink sino que hemos encontrado también su despensa, para que te enteres‑ contestó Lema retadora.

Todas las hormigas se miraron unas a otras boquiabiertas entre exclamaciones de sorpresa y admiración. Sin embargo, Urka no se dejó impresionar.

‑ ¡Te pillé!‑ gritó triunfal‑. ¡Has incumplido las normas! Es ilegal comentar el resultado de una expedición sin hablar antes con la Gran Madre.

Decenas de miradas expectantes se posaron sobre Lema cuya situación se antojaba ciertamente incómoda tras las acusaciones de Urka.

‑ ¡Normas, normas , normas! ¿Cuándo aprenderéis que las normas son para la mayoría, no para todo el mundo?‑ exclamó Lema despectiva‑. Hay que saber interpretarlas; ahora apartad, la Gran Madre me espera‑ añadió, iniciando su camino hacia el hormiguero con la cabeza bien alta.

Desde su promontorio la vieja Shila sonreía.

 

 Autor: Agustín Tejada Navas       Tudela (Navarra)

 

Agustín Tejada Navas es autor de la obra "EL PROFESOR INOCENTE". Un trabajo que refleja con extraordinaria maestría la situación de la docencia en nuestro país, La angustia, el desasosiego, la lucha en solitario de los profesores frente a alumnos, directivas, directrices pedagógicas que se han de aplicar en contra de toda lógica, administración y padres. La soledad frente a la soledad.

Obra muy recomendada, que será publicada próximamente por la Editorial Sepha. 

 

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 Declaración de mi final feliz (relato breve)

 

 

 

DECLARACIÓN DE MI FINAL FELIZ

  

Estaba solo en medio de la calle, y debía ser alrededor de las siete. Las calles estaban anegadas de una espesa capa de bruma y la oscuridad se tragaba los estrechos callejones. Una mirada cautelosa me aseguró que estaba solo. Me acerqué a la puerta. La maldita puerta coloreada con un tono blancuzco y enfermizo. Ya estaba entreabierta cuando llegué. La abrí unos centímetros más. De las oscuras profundidades del mundo infernal que había detrás de la puerta surgían gemidos, lamentos y agonías de un punzante dolor indescriptible. Recorrieron mi columna vértebra miles de heladores escalofríos. Mis miembros se agarrotaron y empecé a temblar desenfrenadamente. Casi no podía mantenerme en pie, pero posé mi mano sobre el pomo exuberante de frío polar. Empujé y empujé con todas mis fuerzas pugnando contra la repentina presión que ejercía sobre la puerta lo que había detrás de ella. Por fin, agotando mis escasas energías, conseguí abrir parcialmente la puerta. El frío y la presión cesaron al instante. Me di cuenta de que toda la niebla de la calle había desaparecido y la sombra empezaba a cernirse definitivamente sobre la calle. Me apoyé contra el marco de la puerta. Respiré entrecortadamente, intentando inhalar todo el aire posible para resucitar mis pulmones. Entonces, volví a respirar hondo, y me introduje en la oscuridad.

 

La luminosidad invadió mis ojos, mi vista. Mi mente, más bien. Una silueta. Un traje de tela liviana, de color blanco inmaculado que casi no se percibía en la ilimitada masa de luz. Luego sombra. La figura desapareció y en su lugar me había legado la vista de un cementerio. Se me heló la sangre y me quedé paralizado unos segundos, hasta que conseguí adentrarme en aquél reino de los muertos. Hileras de lápidas adornadas (o quizá protegidas) con crucifijos resquebrajados, mugre y moho, creando una veintena de pasillos frente a mí. El amplio complejo estaba guardado por gruesos muros de piedra cubierta de más moho, suciedad y gran dosis de antigüedad. Los vigilantes del cementerio reposaban en su letargo pétreo encima de los dos mausoleos que se levantaban al fondo y sobre una verja, expectantes por devorar almas en pena. Me adelanté unos pasos y volví a ver su figura. No había duda alguna, era mi amada. La mujer que había perdido ocho trágicos años atrás. Y que desde entonces no dejaba de atormentarme en sueños, mostrándome la puerta. La puerta que resultó ser la entrada trasera de su lecho de muerte. Ella quería que me reuniese con ella, aquí, en una dimensión en la que los muertos pueden mostrarse. Ella odiaba la soledad, e imploró mi compañía. Me encaminé hacia mi amada, pues seguro que ése camino me deparaba mejor augurio que la desdichada existencia y la insoportable monotonía del día a día. No hay mejor consuelo y mayor salvación en estos años que la muerte. Y yo la acepté con los brazos abiertos.

               

Autor: Eduard Benavente (Cuenca)        

 

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 Carmesí (relato breve)

 

 

 

CARMESÍ

"¡Ellos también se sienten solos!"

 

            Mientras iba esquivando mezquindad y ruina por las aceras, ella siempre miraba directamente a los ojos repudiados. Ellos tenían el rechazo por costumbre, propio y ajeno, pero la niña no les tenía miedo, tal vez entendía esa oportunidad que la sustancia para olvidar les daba; también el cobijo de la noche. No era tiempo de volver a casa. Aunque ponía empeño en esconderlo, tenía frío; se movía compulsivamente.

 

"El vacío en mi alma."

 

            Convertía rápido la mueca triste en arrebato violento y se lanzaba calle abajo, esquivando luces y pensamientos. Brillaban más allá las miradas soñolientas, casi muertas, codificadas por vallas de red metálica y advertencias herrumbrosas. Entre las fogatas ella se habría sentido recogida, tal vez. Sabía de sobra que dejaba de ser una niña y eso, además de valentía, también le daba miedo. Había encontrado nuevas miradas. Ojos que buscaban otra cosa.

 

"No debería volver."

 

            El esfuerzo, roto, en vano. El corazón, aunque muerto a edad temprana, seguía hospedando inocencia y negaba la visión de su hogar corrupto. El mundo se ralentizaba cuando fallecía en esos vacíos de imagen horrenda. Tal vez el entorno siguiese su camino, pero en ella todo se detenía, el cemento discurría menos veloz allá abajo hasta que se terminaba su inercia. La rebeldía se ahogaba muy de vez en cuando por el recuerdo insano, pero rápido fruncía el ceño.

 

"Odio..."

 

            Supo que debía estar protegida, algo se lo hacía saber. Soñaba con el abrazo; algunos abrazos tenían otras intenciones, pero ella soñaba con ser abrazada. Odiaba el vientre que la había gestado porque a menudo era el predio sirviente de algunos hombres que odiaba con todo su alma. Odiaba su calle de metal y escombro. Odiaba su vida punzante. Odiaba su puerta ruidosa.

 

"¿Amor?"

 

            No, eso no era amor. No, ella no quería eso. No veía en mamá ninguna princesa. Ella era el sigilo humillado, los pasos jóvenes y furtivos. Tal vez esa puerta entreabierta fuese un espejo de su futuro, pálido y trémulo. No quería mirar, no quería escuchar. Huyó de los sentidos allá abajo, agazapada entre los restos que deja tras de sí una vida mezquina.

 

"Te dije que no vinieras hasta tarde."

 

            Ella de veras sentía que no debía haber venido...

 

"Sí, es odio."

 

            Prefirió encontrar el reflejo de su futuro en un filo cromado. El color carmesí era tónica en ella; en su pelo, en sus labios y, ahora, en sus muñecas, en sus manos. Brotando, pero hacia el suelo. Como ella misma.

 

Autor: Sergio Alonso  (Oviedo)

 

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 Un día normal (reto breve)

 

 

 

 UN DÍA NORMAL

 

 

Todos esperamos que aquel tipo absorbiera el último trago antes de responder.

—Creo que si alguna vez se produjera tal hecho, la gente reaccionaria bastante mal; se volverían locos y huirían despavoridos a las montañas. Es más, pienso que el ansia llevaría a algunos al suicidio... —dijo frotándose la nuca—. Sería una locura, creo que eso nunca ocurrirá porque somos la excepción, un desliz del universo, ahí fuera no hay nada amigos, permítanme decirlo... estamos muy solos... —hizo ademán con el dedo de querer otra copa.

Hablaba el más escéptico de cuantos nos reuníamos en el bar de la esquina. El tío al cual no le importaba caerle bien a nadie. El ser que tiene su sitio adjudicado en la barra y que pone mala cara si llega algún desaprensivo y se sienta en su banqueta. Era el que más alcohol ingería de todos los clientes y eso remitía sus palabras al mínimo interés de la sala. Algunos éramos conscientes de los problemas de aquel tipo, pero en el fondo cavilábamos de la sinceridad de sus palabras. Expuso las eternas preguntas. Cuestiones sin respuestas, que nos inducían a echar horas extras en el bar, para aclarar un poco nuestras ideas escuchando a la algarabía popular. También creo que más de un cliente en los últimos días se acostaba temprano después de una indispensable riña con su esposa.

De pronto alguien del fondo al que no podía ver bien, debido a la poca luz donde se encontraba, levantó la voz:  —Nadie puede especular sobre eso. ¿Cómo os diría yo? Es cómo decir que nuestros paisajes más bellos no existen sólo porque nunca has estado allí... hum... si, de vacaciones o algo, puedes haber visto fotos, imágenes, y qué... hasta que nuestras propias retinas no enfoquen el lugar, nada de nada ¿ No? No, señores no... tenemos algo más que ojos en la cara... —dijo y se sentó de golpe.

Mientras tanto, nuestro camarero favorito, seguía secando los vasos con un paño. De vez en cuando los dejaba a un lado y fumaba. Después seguía escuchando, expectante. Sonreí al compararlo con ese animal que mira hacia la derecha con un ojo y hacia la izquierda con otro. No recordaba haber oído la opinión del camarero sobre el tema, es más, no recuerdo verlo opinar sobre ningún tema y ahora que lo pienso ¿Había hablado en los último días? No lo sé aunque si recuerdo verlo sonreír cuando alguien proponía una teoría insostenible.

Luego estaba ella. La dueña del local. Aquella señora que ordenaba desde la antesala y mandaba poner orden cuando algún debate se iba convirtiendo en un bullicio. Ella, rara vez se inmiscuía con los clientes. Quizás le importaba un comino si había vida en el espacio exterior, si existía Dios o si el nuevo gobernador era digno de serlo. Aunque todos sabíamos de que pata cojeaba la vieja. Las cuentas. Todas y cada una debían estar al día y eso se lo hacía saber constantemente al señor de la bayeta.

—No se fía —le decía al dependiente y su mirada se iluminaba.

Alguien desde las mesas contiguas al ventanal se preguntaba como serían los seres de otro planeta, si es que existían. Otros hablaban de apariciones nocturnas en zonas cercanas al mar, seres de cabeza grande y ojos extraños. Comentaban que seguramente estuvieran esperando el momento adecuado para el contacto. También oí decir que existían entidades superiores que solicitaban una oportunidad para no hacernos daño psicológicamente.

—O sea tíos, os veo concienciados de su condición afable pero... ¿ y si no lo es? —interrumpí alzando la voz poco a poco para hacerme oír. Nadie contestó. El camarero enarcó una ceja hacia mí. Luego se dirigió hacia el monitor y lo encendió. Daban noticias en todas las cadenas y no era su hora. Poco a poco se hizo la luz en el monitor y entonces llegó la conmoción. Una decena de naves alienígenas habían invadido el cielo de la capital. La de mayor envergadura cuya imagen estábamos presenciando en este momento un poco distorsionada quizás por la hiperactividad de la cámara, era de un color fulgurante y calorífico. Observar ese destello lagrimeaba mis ojos. Era como mirar a un foco de luz a poca distancia. La señorita que narraba los hechos se trababa bastante al hablar y eso nos ponía aún más nerviosos. Aquellas planchas metálicas se habían manifestado hacía diez minutos sobre nuestros cielos. Ningún radar de todo el estado las había detectado.  Y  peor aún, la última noticia era que la nave nodriza había comenzado un descenso repentino en dirección a la Torre Consistorial, también hogar del gobernador. Un instante después nos mostraron las palabras casi proféticas de su señoría. Abnegaban un comportamiento hostil y sus movimientos eran sinónimos de buena esperanza según el informe militar.

Miré sin reparo al camarero. Ahora, su cara iba acompañada de la situación. Ya no secaba vasos, ahora escuchaba el receptor con la boca abierta como un agujero negro. Todos en el bar miraban aterrorizados a la locutora que con su profesionalidad nos hundía la moral con pormenores. La gente corría por las calles de la capital alienados y sin cordura alguna. Los atascos abarrotaban la ciudad. Los agentes de seguridad intentaban establecer el orden infructuosamente. En algo si tenía razón el bebedor empedernido. Huían despavoridos a las montañas. El tan esperado contacto se iba a producir en unas horas y la muchedumbre huía como ladrones de banco. Sin embargo, los aquí presentes se limitaban a murmurar como en una biblioteca.

Lo cierto es que me parecía maravillosa esta situación. Era uno de esos momentos de la vida en los que sientes que debes hacer algo pero no sabes que. Sabes que estas atravesando un antes y un después en la historia. En tu historia. En nuestra historia. Una de las fronteras inexploradas estaba apunto de desvelarse y nosotros sólo podíamos mirar y esperar. Tal desasosiego era comparable a cuando llega el instante de ver el desenlace final de un serial que te ha mantenido meses con la intriga. O cuando el padre primerizo ve por primera vez  el rostro de su primogénito después de tanta espera. Miedo y nervios. O quizás más de lo primero.  Era curioso ver cómo le daban emoción al encuentro activando un reloj con una cuenta atrás con numeritos rojos e intermitentes que nadie sabía que nos depararía. Cada vez está más cerca el fin  pensé.

              Miré a hacía las mesas. Me asusté cuando me percaté de que el local estaba totalmente vacío. La gente había desaparecido. ¿Habían huido asustados? Seguramente se marcharon en busca de sus familias para ocultarse en un lugar seguro. Todos juntos. Como animales.

Sólo aquel que secaba los vasos seguía junto a mí, atento al aparato. Nos observábamos de vez en cuando. Creo que con la idea de ver quién de los dos era el último en abandonar. Pues conmigo lo llevaba claro. Esa inquietud en sus ojos me recordaba a Lyla. Mi interés por ella en este momento se reducía a cero. Me negaba a volver a su lado. Así era para mi un día normal.

—No pienso irme, la jefa me aseguró una vez... “ el día que nos visiten esos alienígenas de los que tanto habláis, el negocio será tuyo...” y se ha ido la muy  puta —dijo el mozo dejando escapar una carcajada y casi arrancándome una a mí. Dicho esto colocó dos vasos en el mostrador y se fue hacia la antesala donde se solía sentar la dueña. Regresó con una botella que desprendía un olor exquisito. Los dos sonreímos.

Llegó la hora. Había concluido la cuenta atrás. La nave nodriza se había posado en el gran tejado blanco en el que se distinguían tres hileras de agentes armados. El gobernador con su particular traje de fiesta, le ponía la guinda al primer plano. Una especie de rampa empezó a deslizarse lentamente desde la parte baja del objeto acercándose a la lona de colores que representaba nuestra bandera. Cuando la escalinata chocó contra el suelo se hizo el silencio. La música se apagó y por un momento pensé que se le había ido la voz al aparato pero mi compañero debió pensar lo mismo pues me negó con la cabeza resolviéndome la duda. Fue entonces cuando salió. Lentamente unas piernas descendieron. ¡Dos piernas! Menos mal. Poco a poco se dejaba ver su piel moteada. Era extraña. Llena de arrugas. ¡Dios mío! ¿Pero que es eso? —gritó mi compañero—. ¡Que asco!—grité yo.

En su cabeza había una especie de pequeñas ramas negras. ¡Tenía sólo dos ojos! ¡Y en los laterales de la cabeza poseía unos reducidos muñones de carne!  Me quedé literalmente sin habla. No podía hablar. Pero lo peor; su boca. ¡Estaba llena de una especie de piedrecitas blancas!

¡Era repugnante! Aquel ser levantó una articulación y creo que hizo un  intento de comunicación. El gobernador debió percibir lo mismo pues dio orden de activar el confinador para que sus palabras fueran traducidas.

Hola somos humanos. Y venimos en son de paz.

 

       —Toma, bebe amigo mío, puede que ésta sea tu última copa —dijo el camarero.

 

 

Autor: Juan José Castillo (Sevilla)

 

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 Feliz Navidad (relato breve)

 

 

 

FELIZ NAVIDAD

 

 

La gente pasa a su alrededor y él sigue su rumbo al abismo, se frena delante de las puertas metálicas de un resplandeciente cromado que reflejan su diminuta figura. Permanece allí parado, observando al nuevo amigo que se le proyecta, al principio no distingue la realidad y palmea repetidamente las puertas. Al momento para y se ladea mirando fijamente su propio reflejo, primero sonríe llanamente y seguidamente a carcajadas se divierte con su propio yo. Sólo percibe –no aprecia a darse cuenta de que es él mismo-, que alguien repite sus gestos.

            Las puertas se abren y el pequeño Pau se asusta. El insignificante sobresalto le hace padecer, y al flaquearle sus tiernas articulaciones cae sentado de culo. Un enorme espejo en el interior del cubículo le muestra su figura. Se incorpora a cuatro patas y se adentra a palpar el espejo. Sus manos se unen con dóciles golpes que propina en el cristal. Las puertas se cierran y el cubículo se mueve. Pau no lo percibe.

            El ascensor se para bruscamente y el muchachito se pone de pie ayudándose con las manos en el frío espejo. Cuatro personas se adentran en el hueco y Pau desaparece esquivando sus piernas.

            Un nuevo espacio se le presenta, su vista recorre todo el perímetro ambos lados. Se percata de que todo es distinto. <<Es una caja mágica –se dice>>.

Da media vuelta y se adentra en el gentío. En un primer instante permanece estático y mira ambos lados buscando a su madre. No la ve. Nota su ausencia por un momento se da cuenta de que necesita su compañía. Avanza por la marabunta de piernas que lo rodean y se deja llevar. Su cara despavorida amenaza con estallar y propagar sus sonoros llantos en la inmensa sala del centro comercial donde se encuentra. Pero no lo hace.

            La navidad se aproxima y los centros se adecuan al gran acontecimiento. Un inmenso abeto se alza hasta lo más alto en el centro del comercio. Donde un gran circulo recoge un espacio central, un punto de encuentro o partida. Los posibles sollozos que se avecinaban en el rostro de Pau desvanecen al instante. La inmensa oda de luces que se aposenta frente a él lo neutraliza. En esos momentos en su cabeza solamente existe el abeto repleto de sus tintineantes colores. Hace tan solo cinco o como mucho diez minutos se encontraba a las faldas de su madre en una tienda repleta de juguetes y diversidades.

Pau daba tirones de la falda de su madre exigiendo mera atención que no llegaba. Su madre embaucada con la dependienta tan solo decía:

            -Pau estate quieto –y seguidamente-. No te muevas de mi lado.

            Había recorrido la tienda palmo a palmo, juguete a juguete. Entreteniéndose con todo aquel artefacto que encontraba a su alcance.

            <<Pau estate quieto. ¿Mama?>> se había dicho Pau en el momento que se abrieron las puertas del ascensor y repetidas veces mientras caminaba exhorto entre el gentío. Sin embargo ahora no se acordaba del hecho. Ahora no pensaba en nada más, todos los miedos y su entorno pasó a un segundo plano, nada existía, nada ocurría en su humilde entorno.

            La muchedumbre pasaba por su lado y al parecer su mayor preocupación era la de no chocar con el muchachito. Los había con prisas que no podían permitirse el lujo de perder un segundo a observar si iba acompañado. Y los otros, aquéllos que paseaban con sus preocupaciones y se decían que tenían bastante con las suyas.

            Gracias a todos ellos Pau pudo seguir avanzando sin que nadie lo detuviera. Anduvo los metros necesarios con su peculiar caminar hasta llegar frente al enorme abeto. Nadie entorpeció su llegada.

Se encontraba en la primera planta del recinto y una valla de cristal ahumado lo separaba de su destino. Apoyado en el frío cristal chafó su cara contemplando el acontecimiento. Vio otros niños que alzaban la cabeza para ver la densidad de todo aquello. Pau quería llegar allí.

            Su madre pertenecía al grupo de personas que van de aquí para allá, sin prestar atención, al grupo de las prisas. Al llegar al centro comercial Pau y su madre habían pasado por delante del abeto pero ésta no le otorgó unos minutos de su tiempo, tenían prisa, luego volverían a ver el árbol. Pau pasó los próximos cinco minutos con un estruendoso berrinche. Una queja que se alzó hacía el cielo y quedó en vano.

            Una muchacha joven se acercó y se apoyó en la barandilla. Agachó la cabeza y contempló al pequeño Pau.

            -Es bonito. ¿Te gusta, verdad? –le dijo con la mirada fija en el árbol.

            Pau asintió con la mirada. La muchacha le acarició el pelo en un revuelo y sonrió. Después se despidió y dio media vuelta adentrándose en el gentío. No podía percatarse si iba acompañado, ya tenía sus propias preocupaciones.

            Sin apartar la vista del abeto comenzó a recorrer la valla de cristal. El rastro de sus dedos lo perseguía por el cristal. Llegó al final de la valla y descendió por las escaleras que le abrían el paso a la planta baja, a su destino.

Bajó torpemente ayudándose de una pequeña repisa que acompañaba cada tramo de escalera. Estaba muy cerca de su destino, lo estaba logrando. En ese momento se percató de la música que sonaba a través del hilo musical del recinto. Justo donde se encontraba ahora, se escuchaban los alegres villancicos, el tumulto de la gente había ahogado la alegre melodía todo el tiempo.

            Contemplando el abeto desde allí, comenzó a mover su cabeza y sus manos con ademanes muy graciosos. Pau estaba bailando. Sonreía con la dulce sonrisa de un niño; lo que era.

            Un hombre topó con él e interrumpió su danza.

            -Perdona chaval.

            Y siguió a lo suyo. No hubo nada más.

            Pau se aproximó a la cinta moteada de color rojo que rodeaba el colosal abeto. Ahora contemplaba la magnitud de todo aquello. Con la palma de su mano acariciando la cinta, bordeó todo percibiendo cada detalle. Al llegar al punto de partida se encontró con una niña que contemplaba el abeto. Por la estatura venía a tener la misma edad que él. La miró fijamente y cuando ésta lo advirtió sonrió. No hizo falta más.

            Un simple gesto, una mirada dulce y amorosa, una comunicación tierna que los unió ante aquél admirable abeto. Los niños no necesitaban más para hacerse entender. Sus suaves y graciosas manitas se entrelazaron. Al poco tiempo otro niño se aproximó y se puso al lado de Pau. El muchachito lo miró y le alzó la mano, el nuevo hombrecito la estrechó. Poco a poco llegaron más niños y fueron entrelazándose entre sí.

 

            Antes de entrar en la oficina me he parado a fumar un cigarro, mientras contemplo desde lo lejos el abeto que se alza en su plenitud en el centro. Me dispongo a entrar por la puerta que da paso a las oficinas que se aposentan encima del centro comercial cuando diviso a varios niños a pie del árbol. Imagino que el centro ha organizado alguna actividad infantil. Apago el cigarro en el cenicero que hay apoyado en un pilar. Al darme la vuelta a lo lejos veo a una mujer que divaga por la multitud, alarmada mira hacía todos lados. Por un momento no se que ocurre hasta que percibo que ha perdido a su hijo.

            Miro ambos lados y me percato de que varios padres comienzan ha seguir el mismo ritual de la madre. Algunos hablan entre ellos y alzan las manos hacía el cielo. Extrañado ante el espectáculo no se me ocurre nada. En ese momento una de las madres avanza velozmente en dirección del epicentro del recinto, donde se aposenta el abeto. Los demás siguen el ritual. El grupo de padres se aproxima hasta que uno de ellos abre sus brazos horizontalmente y se detienen a escasos centímetros de los muchachos. Cada padre y madre se sitúan detrás de su pequeño y entrelazan sus manos.

            A los pocos segundos el murmullo insoportable del gentío desvanece. Los villancicos se escuchan con claridad en el recinto. Apoyado en el pilar donde descansa el cenicero enciendo otro cigarrillo y contemplo como padres y niños se unen a la melodía que suena. Contemplo el evento pensando en que han conseguido la atención de sus mayores, de una forma inusual y sencilla acaparar la atención de todos. Como el instinto de un niño consigue su cometido sin más vacilaciones que su propia carismática existencia. Y es que la inocencia de un niño desaparece con el paso del tiempo...

            Una sonrisa que hacía mucho tiempo no aparecía se refleja en mi rostro. Un cosquilleo se apodera de mí mientras observo la lección de humanidad que sin saberlo, nos exponen.

            -Feliz Navidad –digo en un susurro.

 

Autor: Daniel González Porcar     (Barcelona)   

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 Calles (relato breve)

 

 

 

CALLES

La calle estaba mojada, pero en ningún lugar me encontraba mejor que en ese cartón sobre el suelo. Cada mañana al despertar de esos sueños maravillosos que recorrían mi cabeza me levantaba con una sonrisa, una sonrisa rara, de esas que salen de tus labios sin pasar antes por la cabeza.

Hoy me levanté temprano, sobre las 10 de la mañana. Cuando no tienes techo ni ropa de abrigo a la que aferrarte todas las horas te parecen temprano, y cuando parece que hay suerte y en un día de crudo invierno el sol te da en la cara y te despierta con su fulgor, amigo, ese sol se burla de ti, porque te despierta y te deja pasar el peor frío, el frío de la mañana.

Por lo demás, lo bueno de levantarse tarde es no tener que aguantar los cruces de miradas de los vecinos de la comunidad, algunos con caras de lástima y otros con caras de desprecio.

La verdad es que nunca he tenido ningún problema grave con un vecino, excepto aquella vez que cogí aquel bocadillo del suelo y el padre de aquella bestia de niño casi me mata por un trozo de pan. Desde ese día intento no tener vecinos fijos, e intento cambiar de barrio y de aires.

Muchos de vosotros que me veis cada mañana tirado en mi cama de cartones podéis pensar que como un tipo como yo, joven y guapo, y no es por presumir, se encuentra de ese modo.

La verdad es que desde hace algunos años mi vida carece de sentido, para qué quiero trabajar si no quiero el dinero para nada, para qué quiero estar más cómodo o caliente si prefiero morir de frío, morir sí, morir, ¡pero por causas naturales eh!, que yo no tengo valor ni autoridad para quitarme la vida a placer.

Pues bien, hace algunos años yo también tenía trabajo como la mayoría de vosotros, y disfrutaba de muchas de las “incomodidades” que no tengo ahora.

A pesar de todo, mi vida ha tenido muchos buenos momentos, y como suele decirse, puedo morir tranquilo, bueno, tranquilo, tranquilo…, aún me queda un sueño que cumplir, pero no es algo que me inquiete, ya que el simple hecho de que ese sueño me ronde la cabeza cada día me ayuda a superar los días presentes y haber superado los pasados.

           Mi mujer e hijos murieron en uno de los pocos accidentes aéreos que ha sufrido este país. Desde ese día dejé el trabajo y dejé todo para dedicarme a lo que soy ahora, un nómada de los portales.

        No es que no tenga valor para afrontar esta nueva vida que me deparó el futuro, sencillamente es que no tengo ganas de vivirla.

Hace mucho tiempo que no veo a mis padres, ¿cómo estará mi padre de la espalda?, ¿seguirá mi madre haciendo esos estupendos bollos de aceite?, tengo que ir a verlos, no me imagino la cara que pondrían, a lo mejor ni me abren la puerta después de haber desaparecido así de repente casi sin dar explicaciones.

         Mañana iré, mañana iré a casa de mis padres, mañana iré a mi antigua casa, bueno basta ya de cavilaciones, me acabo el cartón de vino y mañana será otro día.

Hace un día terrorífico, el agua cae a cubos, tengo los pies completamente congelados a pesar de los dos pares de calcetines que me coloqué anoche.

Muy bien, pongámonos en marcha, los cartones al contenedor de los cartones y las mantas las dejaremos aquí bien dobladitas y algún compañero sabrá bien lo que debe hacer con ellas, sobre todo en una noche como la que se presenta.

Me dirigí a la estación de ferrocarril, eso sí después de haber desayunado bien y haberme gastado las últimas 500 pesetas que tenía en los bolsillos. Aprovechando esta visita al bar de la esquina me aseé como pude en el baño de señoras, porque del de caballeros mejor ni hablar. Me dirigí ahora sí a la estación y me coloqué en la cola de la ventanilla y pedí un billete para Granada. Después de que la muchacha de la ventanilla me mirara de arriba abajo a causa de haber pagado con mi visa, (la cual a estas alturas no debería superar las 8000 pesetas) y comprobar a ciencia cierta que efectivamente el señor de ese DNI era yo, me pasó el billete y me dedicó una media sonrisa.

Después de las dos primeras horas de viaje desperté, el miedo se apoderaba de mí cada vez más, cada vez estaba más cerca de mi casa, de mi familia, de mis recuerdos. Iba a ser muy duro volver a encontrarme con ellos, con todos mis recuerdos, pero sin ti Juana, y sin vosotros  hijos míos.

 

 

Autor: Miguel Cárdenas Callejón     Calahonda (Granada)   

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 El suicidio de Dios ¿Diseño inteligente? (relato)

 

 

 

EL SUICIDIO DE DIOS ¿DISEÑO INTELIGENTE?

 

 

Si Uro hubiera podido leer lo que los humanos han fabulado sobre el origen y evolución de las especies, o sobre los dioses y entes similares a los cuales adjudican su creación y la de todo lo demás, había sufrido un ataque de risa que le habría amenazado con la desintegración... si es que Uro pudiera reír.

 

Uro existe por que sus antecesores percibieron la necesidad de sustituir algunos nódulos que habían empezado a emitir las señales inequívocas de saturación, con lo que ello apareja de peligro de irrupción de falsas conclusiones originadas por parásitos de la inteligencia. Esos nódulos debían ser retornados al caos y sustituidos por otros de estructura limpia.

 

El nombre, Uro, se emplea sencillamente para orientar al lector, pues eso de nombrar las individualidades es un invento humano. Uro es, en realidad, un nódulo de energía coherente y organizada; uno de los incontables que pueblan el universo... también se hubiera podido escribir una nódulo, pues obviamente, las estructuras energéticas no tienen sexo.

 

Pero volviendo al inicio: Las fábulas que cuentan los humanos al respecto de cómo surgió la vida en el Universo y lo que es la vida en realidad, son justo lo que puede esperarse de los humanos: una creación infantil poco afinada, llena de incoherencias y que se deja satisfacer con respuestas facilonas, como los humanos mismos.

 

La realidad es otra:

 

El desorden caótico de la energía en el Universo encontró un día, por azar, una cierta pauta. Quizás la interacción de dos ondas produciendo una tercera que acumulaba características de sus antecesoras o la reacción de un grupo de alteraciones, que ante un impulso externo reaccionaron coherentemente generando una experiencia y una pauta, dieron lugar al principio del pensamiento, que es en realidad el origen de la vida.

 

Aquella primera reacción lógica, primer pensamiento o primera organización de la energía con resultados inteligentes fue desarrollándose y adquiriendo complejidad hasta llegar a componer nódulos absolutamente coherentes, en los que la actividad pasó de las reacciones  ante los impulsos del entorno, a una cierta actividad pensante que se abrió a la fantasía... y en el momento en que los nódulos empezaron a imaginar, surgió el germen de la Vida Inteligente.

 

Es evidente la improbabilidad de que un fenómeno energético se mantenga confinado de manera espontánea, especialmente si se considera la curiosidad expansiva de la inteligencia, y más aún si ésta está ya básicamente organizada en forma de nódulos lógicos. Por esta razón, se entiende que la Vida Inteligente (que también llamaremos “la Vida”, simplemente, a partir de aquí, por un criterio de economía, y para no cansar al lector). La Vida, decíamos, no está compuesta por individuos aislados, sino por una red de nódulos entrelazados en todas las dimensiones posibles, conexionados entre ellos por vínculos de estímulo, de información, de experimentación, etc. Sin embargo, cada nódulo genera una cierta identidad definida por todos los procesos pensantes por los que ha pasado, por los avances en la comprensión de sí mismo y de su entorno, así como por las experiencias de los intentos fallidos, que son las que llevan a la contradicción. Finalmente, la inteligencia se basa en la creación de hipótesis y la comprobación de ellas. Cada acto inteligente implica el riesgo de una equivocación, y las equivocaciones generan frustraciones en todo ser inteligente.

 

Estos restos de fracasos experimentales van dejando en los nódulos incoherencias parásitas que a partir de una cierta densidad lastran su atrevimiento para generar hipótesis, poniendo en peligro su capacidad de proposición y su equilibrio. Por esta razón, la inteligencia global, que es el producto de la interacción de la capacidad pensante de todos los nódulos, decide periódicamente renovar algunos de ellos ya excesivamente cargados de contradicciones. Esta renovación es tan sencilla como provocar nuevos nódulos copiando la estructura de organización de los más evolucionados, transferir a éstos los resultados positivos de la reflexión conjunta, y permitir que aquellos otros llenos de parásitos, frustraciones y contradicciones sencillamente retornen al caos al abandonar la estructura que da coherencia a la energía de la que están formados.

 

El proceso de transferencia de las experiencias no es tan sencillo como la creación, pues para generar un nódulo es solamente necesario forzar que una cierta energía asuma determinada estructura... lo difícil es modular esa estructura para que, sin desnaturalizarse, vaya asumiendo en un orden lógico, los antecedentes y la situación más avanzada de las reflexiones en marcha; de las cuales, unas darán resultados positivos, en términos de provocar la evolución hacia estructuras de mayor complejidad, mientras que otras producen resultados que pueden ser desde banales hasta regresivos e incluso, en ciertos casos, dañinos por su potencial de generar espirales de lógica autodestructiva. Estas últimas han de ser desechadas, pero guardando memoria del intento para no repetirlo.

 

Uro es un nódulo joven que está recibiendo de su entorno la herencia de lo reflexionado, de lo comprendido, de las hipótesis fallidas y de lo que aún se pregunta ese complejo entramado de energía que se llama La Vida.

 

La pregunta inmediata, que ya fue resuelta por las primeras generaciones era: ¿De dónde procede todo lo que somos? La conclusión fue rápidamente identificada, depurada y aceptada, y resultó clara y convincente: La Vida procede de la Nada, pues todo es una disociación en un negativo y un positivo que se anulan mutuamente; polarización, a fin de cuentas.

 

El orden absoluto es la Nada, que es donde positivo y negativo se acoplan perfectamente para desaparecer el uno en el otro... el desorden es, pues, el origen de todo; y sólo a la parte de ese todo que se llega a organizar de una manera coherente se le puede llamar vida. Si aquello, además de coherencia tiene una estructura susceptible de soportar modulaciones, de tener memoria, entonces es inteligente. Entonces es Vida.

 

Cuando las primeras preguntas han sido resueltas, surgen otras y se incrementa la complejidad de las cuestiones. En realidad, el motor de la vida inteligente es ese: resolver las preguntas existentes y plantearse otras nuevas, sin más razón para ello que el impulso de hacer aquello que mejor se hace; en este caso, pensar.

 

Se podría decir que la Vida es simplemente filosofía; ni más ni menos.

 

Energía pura procedente de la disociación de la Nada, que se organiza como filosofía. Se comprende que este arreglo sea independiente de la materia y del tiempo... sin embargo, el proceso de maduración de un nódulo “tarda”, aunque este tardar no se deba entender en términos de tiempo, sino de la secuencia con la que se han de cargar las experiencias comunes, el acervo de la Vida; y así modular la estructura del nuevo nódulo de manera impecable, sin titubeos, sin frustraciones, dejándolo listo para una reflexión profunda y objetiva; sin miedos ni prejuicios.

 

En medio de esa fase se encontraba el tierno Uro, cuando una tormenta afectó levemente algunas instrucciones de modulación que se le estaban transfiriendo, lo que en condiciones normales produce un error de lógica y tiene como consecuencia inmediata la repetición del proceso, o incluso la desestructuración del nódulo, pues el peligro de incoherencias futuras es alto y sus consecuencias pueden ser muy graves... sin embargo una revisión cuidadosa de su estructura después del accidente no permitió encontrar daños en la modulación, por lo que se supuso que, a pesar de la descarga, la modulación no había sido afectada; y así fue, pero con lo que no se contó fue con que la descarga había producido la apertura de una conexión irregular que multiplicaba la capacidad de proceso de Uro… aunque dándole una tremenda fragilidad y que sólo se podría percibir en el proceso de elaboración inteligente. Es decir, que Uro quedó con una tara que le podría llevar a conclusiones impredecibles.; una puerta abierta al genio o a la incongruencia.

 

Esta irregularidad del intelecto de Uro no tuvo consecuencias apreciables hasta el momento en que él hizo saber a su entorno que necesitaría algo más para complementar lo que le estaban contando; para animar la explicación... Hizo saber que esa concienzuda transferencia de modulaciones en su estructura ¡le aburría!

 

La Vida se conmovió. El Todo inteligente se dio cuenta de que estaba ocurriendo algo importante; ni bueno ni malo, en principio, pero muy importante; tanto así que se produjo una fase de reflexión masiva, durante la cual se trabajó incluso con la posibilidad de desestructurar inmediatamente a Uro al poder significar una aberración peligrosa. Esa línea de discusión se cerró, pero sin desechar permanentemente la alternativa. La Vida apostó por la innovación atrevida, pero manteniéndola bajo vigilancia.

 

Así pues, se impuso la conclusión de que Uro era un salto cualitativo importante para la Vida, pues había alcanzado un nivel de complejidad que le permitía ir más allá de la simple acumulación de reflexiones sobre lo planteado. La decisión final fue apoyar esta evolución y dotar a Uro de los instrumentos para que pudiera desarrollar esa inquietud y experimentase cómo era eso del aburrimiento y cómo se puede obtener beneficio superándolo.

 

La cuestión que se abrió no era, sin embargo, menor ¿qué instrumentos podía manejar Uro, compatibles con su aún poco desarrollada madurez? ¿qué necesitaba para sus experimentos? Uro era el primer nódulo en manifestar estas necesidades, por lo que la Vida, aún con toda su inteligencia y la mejor de las voluntades no sabía, ella misma, cómo ir más allá.

 

La solución la dio el propio Uro, pues cuando percibió la decisión de apoyarle junto a la duda del cómo, sencillamente pidió algo inútil de lo que nada se espera, pero en lo que se pueden ensayar fenómenos improbables, más allá de la lógica y de la seguridad, relaciones desequilibradas, lo monstruoso, lo sublime, lo extremo, lo injustificado; pero sin efecto sobre la realidad... Uro quería un juguete. Y como un joven caprichoso pidió el mejor. Pidió que se le transmitiera la capacidad de manipular la Nada, para disociarla en contrarios y así poder crearse él mismo su juguete a la medida.

 

Una versión básica de la disociación selectiva de la Nada paso, entonces, a estar a disposición del inmaduro Uro. Este mecanismo es tan sencillo como generar al mismo tiempo una realidad y su opuesto. Tan solo hay que mantener a ambos separados para evitar que la Nada se reconstruya consumiéndolos a ámbos.

 

Uro, entre sesión y sesión de modulación de su estructura, lo que podríamos llamar estudio, se dedicó a crear un juguete que le debía permitir luchar contra el aburrimiento -desde su punto de vista- o avanzar en su educación -según el punto de vista del conjunto de la Vida-

 

Lo primero que Uro creó fueron formas, masas; innovación importante en un Universo compuesto sencillamente por energía, y en el cual no se había planteado la generación de masa por considerarlo un elemento grosero... aunque dada la tendencia de Uro, pareció adecuado para la formación de un inmaduro. Estas masas recién creadas estaban sacudidas por cantidades desproporcionadas de energía. Uro, él mismo energía pura, no estaba preparado para mayores sutilezas.

 

Definió también un espacio al que fue lanzando esas masas convulsas, y se divirtió viéndolas ir y venir sin mayor sentido. Sin embargo, pronto se aburrió de nuevo de tener que relanzar las masas él mismo constantemente. Así que se inventó un mecanismo que gobernase su deambular en función de ciertas fuerzas de atracción y repulsión, y así pudo dedicarse a crear bolitas de todos los tamaños y colores sin tener que estarlas animando él mismo permanentemente.

 

Aquel universo de masas que se desplazaban sirvió a Uro de entretenimiento mientras metía nuevos cuerpos en juego. Los veía moverse, chocar, fundirse y separarse mientras depuraba el mecanismo de sus movimientos y su interacción... pero llegado a un cierto punto, también esto le aburrió, y aunque su juguete de bolitas multicolores y veloces le producía satisfacción y le había ayudado a comprender ciertas cosas, fue relegándolo al olvido.

 

Hasta la siguiente fase de aburrimiento.

 

Entonces, Uro, que había sentido alguna satisfacción nueva al crear su juguete fue estimulado por su entorno para que se volviese a dedicar a él. Hay que recordar que Uro, como nódulo inserto en la red de la vida inteligente, compartía con ella sus sensaciones y había creado la expectativa de una nueva dimensión: el juego.

 

Así Uro fue estimulado a jugar, lo que él hizo con mucho gusto al principio, perfeccionando el juguete de las bolitas, haciéndolo explotar y rehaciéndolo después, con sucesivas variaciones, pero al ser él ya un nódulo algo más maduro, y al tener el juguete de las bolitas veloces casi perfeccionado, se planteó un juego nuevo, más estimulante que llevar al otro a la perfección absoluta, y decidió concentrarse en algunas bolitas.

 

Al azar, seleccionó las que le vino en gana y pensó qué es lo que se podía hacer con ellas o en ellas. En ésas se dedicó a jugar con los colores por el procedimiento de inventar mecanismos de organización de la materia, que resultaron bastante similares a aquellos que había desarrollado para que su juguete funcionase solo; en realidad los copió. Todo eran fuerzas de atracción y repulsión que hacían que tanto lo más grande como lo más pequeño funcionase solo, aunque con particularidades diversas en cada caso: Las bolitas se organizaban en galaxias y sistemas, mientras que la materia lo hacía en moléculas y átomos, aunque en todos los casos el origen no fuera más que acumulaciones de energía, con mayor o menor densidad, procedente de la disociación de la Nada, que ya Uro manejaba con cierta maestría.

 

Por el procedimiento de meterse en los detalles de la composición de las bolitas, consiguió jugar con los colores que éstas emiten, pero también afectó a la velocidad con que se mueven, que es asimismo dependiente de su densidad y de su masa, con lo que se le volvieron a chocar unas con otras, empezándose a formar acumulaciones de materia de gran densidad y capacidad de atracción, que hacían converger hacia ellas todas las formas de masa y de energía de sus alrededores... ¡qué se le va a hacer! Reflexionó Uro, holgazán para seguir buscando un mecanismo más ajustado; por otro lado, tampoco estaba él persiguiendo la perfección sino armándose un juguete a su capricho.

 

Por esta razón no le preocupó demasiado que la ley de la organización interna de la materia tuviera notables incoherencias... a fin de cuentas a él le divertía así.

 

Uro ensayó varias composiciones con sucesivas bolitas, obteniendo interesantes juegos de colores producidos por la ebullición de las diferentes materias creadas y jugó asimismo con la temperatura, induciendo mecanismos de transformación de la energía en formas como el calor, que en su mundo de limpia pureza conceptual, resultaban casi tan groseras como la propia materia. De esta forma, indujo mecanismos para que las temperaturas de los diferentes cuerpos se estabilizaran en aquellas que producían los efectos que Uro deseaba, obteniendo un espectro variado y divertido.

 

Pero también este juego le llegó a aburrir. No hay que olvidar que, aunque inmaduro y a medio modular, Uro era un nódulo inteligente, parte de la red de la Vida, y, por tanto, con una capacidad intelectual inmensa. De hecho él no era otra cosa que eso: una monstruosa organización de energía sin más objeto que pensar... y jugar, en esta nueva fase.

 

Todavía le aburría el juguete por que a pesar de los muchos mecanismo incluidos por él para que fuera autónomo, no lo era lo suficiente, de manera que cada cambio, cada innovación, tenía que pensarla él, la tenía que poner en marcha él mismo, y cuando él no estaba nada cambiaba. No había sorpresas; el juego acababa parasitando su voluntad y su energía.

 

Estimulado por esta reflexión, Uro recreó en su imaginación la dinámica de evolución que había llevado a la energía a organizarse dando lugar a la Vida de la que él formaba parte, y decidió jugar a eso mismo, aunque fuera con elementos toscos como la materia que él mismo había creado. El mecanismo de evolución aplicado a la materia tendría que estar sujeto a las limitaciones impuestas por las leyes previamente inducidas para que todo siguiera en marcha, pues le aburría la idea de volver a empezar desde el principio, modificando las bases para hacerlas coherentes con las innovaciones, y así hizo lo que pudo con lo que tenía para poder seguir jugando.

 

Cuando la innovación empezó a dar los primeros resultados, Uro entendió que este juego iba a ser mucho más interesante así, pues de pronto se le abrió un abanico de dimensiones a su juego que ni él mismo podía evaluar. La primera idea que había puesto en práctica fue transferir una minúscula parte de su propia estructura de organización a ciertos elementos de la materia y dejarlos evolucionar. Consiguió así pequeñas acumulaciones de materia poco complejas, pero con voluntad de cambiar, con un egoísmo vital que le pareció interesante y que dotó de una dinámica propia a esas creaciones. Si el juego de las bolitas había sido apasionante con sus luces, colores y rápidos movimientos, el de la vida inducida a la materia prometía serlo aún más, pues cada agrupación de elementos de la materia era una posibilidad que se desarrollaba por su cuenta, sorprendiendo a su creador y exhibiendo ante él toda clase de mutaciones.

 

De esta manera, muchas de las bolitas se llenaron de estructuras autónomas en las que la materia se organizaba, más de acuerdo a variaciones generadas por su evolución que a las pautas inducidas por Uro.

 

Al principio, las formas de vida material que aparecían en las bolitas tenían un aire común, que era la impronta de su creador, pues Uro tenía sus limitaciones a la hora de crear; lógicamente, ya que él partía de un universo de energía sin materia ni formas, por lo que cada creación era un esfuerzo de fantasía. De aquellas, unas agotaron los recursos a su disposición, otras murieron por efecto de la contaminación que ellas mismas creaban, o se demostraron sencillamente inviables en algún momento de su evolución. Desaparecieron, simplemente... pero dejaron una herencia que marcó el camino.

 

El juego de Uro consistió en observar como unas formas de vida material triunfaban en su medio y otras fracasaban. No resistió la tentación de intervenir, de depurar o falsear algunos de los mecanismos de la evolución, hasta que se encontró con un juguete que funcionaba razonablemente bien, ofreciéndole nuevas creaciones y diversas interacciones entre ellas en cada ocasión que él le dedicaba su atención. Uro se divirtió mucho con este desarrollo de su juguete, dotando a unas formas de vida de unas características y a otras de otras. Imaginó formas y colores y fue descargando su juvenil fantasía en una inmensidad de creaciones con capacidad de crecer y de buscar espacios que colonizar... hasta que se empezaron a desorganizar, con lo que según iba creando por un lado, se encontró con que le iban desapareciendo por otro aquellas formas de vida que habían acumulado suficiente cantidad de contradicciones como para hacerse inviables.

 

Esto, que significó una molestia para Uro, fue entendido como una confirmación de la validez universal de las leyes de la renovación que aplicaba la Vida a su propia higiene, de manera que se extendió un temblor de satisfacción por la parte Inteligente de la Vida, al percibir que  la vida material confirmaba sus conclusiones.

 

¡Vaya contrariedad! Uro deseaba un juguete autónomo pero dócil, que le proporcionase diversión y no complicaciones.

 

Entonces se le ocurrió inducir en su universo de juguete el mismo mecanismo que funcionaba en la Vida real, y que es el de la renovación periódica de los seres... si funciona bien con la vida inteligente, ¿por qué no ha de funcionar con un juguete de materia?

 

Y así, Uro inventó un mecanismo de caducidad de cada uno de los organismos que iba creando, de manera que fueran capitalizando los cambios viables y que los errores o vicios de evolución desaparecieran con los individuos que periódicamente se desorganizaban, dispersando en su entorno sus elementos constituyentes, de manera que pudieran ser utilizados de nuevo por los que se fueran creando, acoplándolos a su estructura... también se le ocurrió provocar una competición permanente por los residuos, de manera que todos los organismos tuvieran que pelear por una cantidad escasa de elementos constitutivos, y así, en vez de crecer sin límites y sin escaseces, se vieran limitados e incluso amenazados unos por otros... juegos crueles, sádicos, de una mente demasiado joven, finalmente, ya que la alternativa de dotar a su universo de recursos sin límites estaba tan en su poder como la otra.

 

Por este procedimiento se le animó el juego durante otra fase de evolución apasionante, en la cual sus intervenciones fueron del tipo de un escultor enloquecido, en la que cuando no tenía nada mejor a lo que dedicar su intelecto, fue diseñando desde lo más simple; trabajo minimalista en el que el reto era hacer un organismo con la menor cantidad posible de elementos materiales. En otras ocasiones se divertía con el juego de crear organismos barrocos, exageradamente complejos, en los que no necesariamente todo tenía un sentido o un uso, más allá que el de su diversión.

 

Como consecuencia de estas creaciones, se divirtió observando como la evolución completaba lo insuficiente, daba sentido a los aditamentos superfluos o simplemente los eliminaba en unas pocas generaciones.

 

En este proceso se fue encontrando con que el medio en el que sus criaturas se desarrollaban era determinante del mantenimiento o desaparición de ciertas características y participaba en la mayor o menor viabilidad de formas. Las que a él le fueron gustando más fueron las que determinaron las manipulaciones del medio que Uro fue introduciendo para hacer más viables sus preferidas aunque otras muchas desaparecieran. Para ello fue ensayando diferentes configuraciones del ambiente; unas veces cambiando el medio en la misma bolita, otras dejando abandonado un sistema de organismos y medio ambiente en bolitas que siguieron dando vueltas por el universo de su juguete, mientras él intentaba algo nuevo en un sistema diferente; y en otras ocasiones manipulando las condiciones de todo un sistema, de manera que lo que ocurriera en una bolita influyera en otras cercanas, creando o haciendo posibles diferentes repartos de materia o de energía que determinaban medios diversos.

 

La Vida observaba con curiosidad, pero no sin una cierta prevención, los juegos de Uro, pues si bien le reconocían al mecanismo una cierta capacidad de estimular el aprendizaje en los nódulos jóvenes, también percibía en éste el peligro de hacer perder a lo nódulos en formación el sentido de la realidad; y la realidad es filosofía pura. No ese abigarrado amasijo de materia creado para aprender de él, pero quizás tan atractivo en su apariencia que pudiera crear confusiones.

 

Pero bueno; mientras los juegos de Uro no generasen en él mismo, y por extensión en la red, conclusiones parasitarias o contradictorias, el joven podría seguir con su experimento didáctico... y si algo falla, la solución es tan sencilla como desorganizar al nódulo, salvar lo avanzado y comenzar de nuevo con otro limpio.

 

Uro iba madurando; lentamente como es natural, pero iba madurando, de manera que sus expectativas fueron desarrollándose siempre un poco por delante de la complejidad que alcanzaba su juguete. Esto dio lugar, primero, a una fase de desatención producida por el aburrimiento, seguida de un nuevo impulso de complejización originado por la presión de la red, para la cual estaba claro que el único sentido de la vida inteligente es la búsqueda permanente.

 

La experiencia dice que los primeros nódulos se fueron formando en la resolución de las cuestiones sencillas, pero que hubo mutaciones que terminaron como interferencias luego de haberse satisfecho con un bajo nivel de complejidad. Esa situación les privó del estímulo necesario para ir depurando las conexiones internas, con lo que imperceptiblemente empezaron a ser parasitadas por sistemas contradictorios, los que en uno u otro momento les llevaban a la autodestrucción, dejando, sin embargo, restos de estructura de lenta descomposición, de los que había que cuidarse mucho, pues tenían una siempre latente capacidad de contaminación, especialmente en los nódulos en formación, a los que llevaban al escepticismo y a la holgazanería, considerados los mayores peligros para el desarrollo de la Vida, cuya máxima sería ¡Siempre adelante, no importa hacia donde!

 

Uro padecía esa presión, por lo que se le exigió desarrollar su juguete hasta hacerlo siempre un reto para su inteligencia inmadura. Aquí hay que señalar que la red, en su conjunto, tampoco entendía muy bien el sentido del juguete de Uro, razón por la cual lo consideraron solamente  útil como un reto a la inteligencia y la comprensión.

 

La siguiente fase de complejización del juguete que se le ocurrió a Uro fue agrupar componentes y características intentando crear algo que no sólo creciera y se multiplicara, sino que además tuviera como características definitorias la armonía y la autonomía.

 

La fértil fantasía de Uro empezó a diseñar ese esquema ideal, autónomo  y coherente, y fue ensayando formas y características que variaron de un caso a otro, mientras el propio creador no estaba satisfecho con lo que obtenía... pero, claro, tampoco tenía una idea perfectamente clara de lo que buscaba, con lo que se encontró con que a pesar de movilizar recursos ingentes, tanto intelectuales como de materia para construir pruebas y más pruebas, no conseguía la armonía y la perfección, quizás porque él mismo no terminaba de afinar el concepto de lo que buscaba, obteniendo toda clase de aberraciones , la mayoría inviables.

 

Esta situación fue valorada muy negativamente por la red, pues el juguete tenía que ser un reto educativo, pero no un generador de frustraciones... y el experimento empezaba a ir por esa vía.

 

Por este motivo, Uro, consciente de que se jugaba la razón de ser, decidió cambiar de estrategia y concentrarse en algo sencillo al principio, que le produjera algún éxito.

 

Buscó dentro de su juguete un sistema en el que los organismos creados hasta ese punto hubieran encontrado un cierto equilibrio entre ellos y con su medio, de manera que no tuviera que ponerse él a afinar un ambiente propicio. Buscó uno en el que la diversidad de organismos fuese máxima y que además hubieran desarrollado formas que le parecieran atractivas. Su mente inmadura se conformaba con simetrías, colorines y poco más, por lo que no le fue difícil encontrar un sistema que le agradara como lugar de ensayo, y sobre el que decidió concentrarse, aplicando todo lo que había avanzado hasta ese punto en la creación del primer organismo autónomo.

 

Probó con criaturas de un tamaño irrelevante en cuanto a las leyes del movimiento de las bolitas y aplicó todo lo que ya había resuelto en cuanto a movilidad, alimentación y reproducción, dejando armada una pequeña cantidad de conceptos de criatura listos para que fueran depurándose y dándole más pistas... y ya sí empezó a vislumbrar el éxito y a divertirse, para tranquilidad de la Vida y la suya propia.

 

El juego, a partir de ese punto, consistió en dedicarse a las criaturas, una por una, poniéndoles toda clase de adminículos como colas, plumas, glándulas odoríferas, electricidad... ¡una auténtica vorágine creativa!

 

Uro era muy sensible a los colores y a las formas, así pues, en su creación no buscaba tanto la armonía y la pureza, como haría un ser más maduro, sino la abigarrada diversidad; y lo hacía con el normal comportamiento caprichoso de un niño que juega. Por esta razón, el juguete fue siendo cuidadosamente elaborado sólo en algunos casos, en los que Uro se esmeraba buscando la perfecta adecuación al medio de manera que el desarrollo de unas formas fuese perfectamente compatible con las otras sin que hubiera interferencias dañinas entre ellas; pero en la mayoría de los casos, la creación o el mantenimiento de unas formas de vida la hizo Uro sin considerar ese equilibrio, de manera que aquellas que habían sido creadas con menos cuidado acababan disputando con otras su medio, incluso viéndose obligadas a destruir a otras para poder evolucionar. De esta manera, el juguete se fue llenando poco a poco de pillaje y de violencia.

 

Esta fórmula, sin embargo, le funcionó bien a Uro, pues le permitió holgazanear mientras el resto de la vida inteligente estaba convencida de que él estaba inmerso en una fecunda actividad creativa. En realidad, el invento era bueno para los fines individuales e inmediatos de Uro, pero el sentimiento de dolor, miedo y competitividad cruel que emanaba del juguete tardó poco en ser percibido por la red como algo profundamente negativo. De alguna manera la Vida intuyó que el juguete de Uro estaba inventando algo desconocido y muy poderoso, que podría amenazar la propia Vida.

 

Esta percepción se difundió con lentitud a lo largo de esa red pensante que aloja la Vida, pues el concepto de “el Mal” era absolutamente desconocido para ese organismo constituido de pura energía, sin voluntad alguna de interferencia o dominio y el solo impulso de la búsqueda del conocimiento.

 

Al expandirse por la Vida la intuición de que el juguete de Uro era un peligro, éste comenzó  a percibir ciertas reacciones de rechazo, en forma de una vaga reflexión sobre la conveniencia de destruir el juguete por el sencillo procedimiento de reconstruir la Nada, y así dar por terminada la grosera contaminación de materia que irreflexivamente el inmaduro Uro había introducido en la maravillosa perfección de energía e ideas que era el universo hasta entonces. Para esto, sólo haría falta unir ordenadamente cada partícula con su correspondiente especular, justo al contrario de lo que el joven había hecho.

 

Lógicamente, el evento esperable, asociado a la eliminación del juguete, sería destruir la estructura del joven nódulo, cargado precozmente de contradicciones y vicios inducidos por un intento fallido, pero que quizás había desarrollado alguna conclusión o pauta recuperable. Este es el procedimiento natural sobre el cual la vida inteligente basa su desarrollo y sana supervivencia, sin que nunca, nódulo alguno haya “sentido” que su desaparición sea una pérdida. En la vida inteligente, el individuo no existe, sino como particularidad momentánea del Todo, que retorna nuevamente al cuerpo común al eliminarse la estructura energética que lo sustentó, pero conservándose como idea acumulada al conjunto, como un enriquecimiento de éste.

 

Sin embargo, Uro debió haber sufrido una grave contaminación por parte de su juguete; más grave de lo que la vida inteligente era capaz de percibir. Tan grave fue la contaminación que Uro adoptó alguno de los comportamientos de los organismos de su juguete. El más peligroso, y el que desencadenó la catástrofe fue el sentirse individuo, creerse importante por sí mismo, irrepetible, insustituible... y por tanto reaccionar a la amenaza de desaparición con una estrategia de supervivencia, aún en contra de la lógica de la Vida.

 

El joven nódulo había dedicado mucho esfuerzo al diseño, en su juguete, de pautas de conducta y comportamientos de supervivencia agresivos y rapaces. Había inducido violencia entre unos y otros organismos, había previsto que el desarrollo de unos pasara por la destrucción de otros. De esta manera todos tenían que temer a todos, tenían que saber vencer a aquellos que eran su comida o que defenderse de los otros, a los que alimentarían si lo permitían. Realmente se había especializado en relaciones agresivas, y su reacción fue en esa línea.