|
|
|
EL
MANTENEDOR
Sonaban once campanadas en la
Seo, hoy Basílica Menor, en una mañana soleada de un domingo de invierno. Yo
acababa de llegar a Xátiva, mi ciudad natal. Aparqué el vehículo, que había
alquilado el día anterior en el aeropuerto de Valencia, en la magnífica
alameda que todavía hoy es la arteria principal de la ciudad. ¡Cuantos
recuerdos traía a mi cabeza aquella alameda!. ¡Tantos paseos arriba y abajo
con los amigos, o con alguna amiga, a solas, o, después, con mi novia, la
que ahora era mi mujer!. En realidad no sé porqué siempre se le ha llamado
alameda cuando los enormes árboles que la flanqueaban eran plátanos...
Hacía mucho tiempo que no
visitaba mi pueblo; pero esta era una ocasión especial. Esa tarde se iba a
proclamar Fallera Mayor de la Falla de la Avenida República Argentina, la
nuestra de toda la vida, a mi sobrina Teresa y mi hermana, Mari Tere, me
había pedido que actuara de mantenedor en el acto de proclamación. Aunque no
soy nada “festero”, no me había podido negar.
Yo por entonces era Director
de una factoría radicada en Andalucía en una empresa de carácter nacional y,
por ello, viajaba con frecuencia. Pude hacer coincidir un viaje profesional
a Valencia para el lunes, con el acto del domingo y allí estaba, tal y como
me había dicho Mari Tere, para participar en el ensayo general que se iba a
producir aquella mañana. El acto tendría lugar por la tarde, a las seis, en
el nuevo Gran Teatro municipal, que había sustituido al antiguo Gran Teatro
que, como todo el mundo sabía, estaba sobre unas ruinas y que, pasado el
tiempo, había dejado su función de cine y teatro para realizar excavaciones
en lo que había sido el convento de Santo Domingo, uno de los muchos
edificios religiosos que antaño se repartían por toda la ciudad.
Me habían anticipado cuál
tenía que ser mi papel en la proclamación de Fallera Mayor. Llegado el
momento, debía soltar un discurso, no demasiado largo, para no aburrir al
personal, glosando las fiestas, a las falleras, en especial a mi sobrina y a
su compañera, la que se proclamaría Fallera Mayor Infantil, a la falla y, en
general, todo lo que aquello representa y mas o menos, lo que se me
ocurriera para quedar bien. Después se me impondría la insignia de la falla.
Nada mas aparcar en las
cercanías de aquel Gran Teatro que ocupaba el solar, frente al Instituto de
Enseñanza Media José de Ribera, que en mis tiempos de bachillerato había
sido improvisado campo de fútbol tanta y tantas veces, se separó de un grupo
de personas que vestían los típicos trajes de fallero un hombre que se
acercó hacia mí, fumando un puro. Era mi padre. Francisco, Paquito para los
amigos y para la familia, era un fallero de pro. Lucía en el ojal de su
chaquetilla el buñol d’or, otorgado por la Junta Central Fallera, por su
entrega y dedicación a las fiestas. Papá había sido siempre una persona
jovial, con gran sentido del humor, centro de las reuniones y amigo de
fiestas y festejos, no queriendo con ello menoscabar su gran sentido de la
responsabilidad, su entrega y dedicación a todo lo que emprendía, su
capacidad de trabajo, incluso su “mala leche” cuando la ocasión lo requería.
Pero sobre todo era lo que podríamos llamar “una buena persona”, que es
mucho decir de alguien. Lo de Paquito derivaba, naturalmente, de su reducida
talla. Mari Tere y yo habíamos salido en eso a la familia de mi madre, más
desarrollada para la época.
Las Fallas y el Olimpic de
Xátiva, equipo local de fútbol, siempre habían sido, junto a su familia,
sobre todo la familia, las grandes pasiones de Papá.
Nos
besamos en la mejilla mientras preguntaba como siempre:
—
¿Cómo estas?.
¿Y Consue?. ¿Y María?.
—
Bien, todos
bien, papá. ¿Y tu, que tal vas?. Sabes que no deberías fumar.— Le dije con
cariño — .
Consue es mi mujer y María mi
hija, que se habían quedado en Cádiz porque el lunes tenían obligaciones;
laborales una y escolares la otra.
—
Yo bien, como siempre. Lo del puro es que lo lleva la fiesta, ya sabes,
hemos ido a desayunar al casal de la falla y lo suyo es fumarse después un
puro. — Se excusó —
— Ya lo se, y
otro después de comer y otro después de cenar, ¿no?. ¿Vienes al ensayo?. —
Pregunté — .
—
Si, te veré
desde el proscenio o, mejor, desde el gallinero. ¿Has preparado algo?. — Me
dijo — .
— Si, papá, ya sabes
que yo considero que la mejor improvisación es una buena
preparación. — Respondí — .
Nos fuimos ambos hacia el
teatro y mientras yo saludaba a toda aquella gente que no veía desde hacía
tanto tiempo, papá fue subiendo las escaleras que le llevaban al anfiteatro.
Cuando ves a gente después de
mucho tiempo es cuando te das cuenta de cómo envejecemos. ¡Así de mayor me
verán ellos a mí!, pensé.
El ensayo fue rápido. No se
trataba de repetir lo que se iba a hacer por la tarde, sino de repasar el
orden de las entradas, la situación de las personas en cada cuadro, etc. Lo
mío era muy fácil.
A eso de la una y media
habíamos acabado. Los falleros se fueron a una de aquellas comidas de
hermandad y yo enfilé mi coche hacia Bixquert, paraje cercano, en pleno
campo, en donde vivía mi hermana y su familia. También estaba mi madre. Tras
los besos y preguntas de rigor, dimos cuenta de una buena paella, no sin las
interrupciones y gritos de Mari Tere hacia su segunda hija, Andrea, que, ya
ataviada con el precioso traje de fallera que iba a lucir por la tarde,
jugueteaba por los márgenes, ribazos y bancales.
—
¿Porqué la
has vestido tan pronto?. — Le dije — .
—
Porque
después tengo que vestir a la mayor y eso lleva horas. ¡Andrea, ven aquí y
estate quieta!. – Gritaba sin éxito— .
Dormité un poco ante el
televisor y, hacia las cinco, cogimos nuestros coches para dirigirnos al
teatro. Allí estaban ya mis tíos de Ibi, hermanos de mi madre y jugueteros,
claro, con alguna de mis primas, un montón de gente más a la que saludar y,
por supuesto, todos los falleros.
El acto, como la mayoría de
ellos, fue simpático cargado de humor y crítica local, con algún que otro
comentario subido de tono, muy elegante en lo que a la presentación y
proclamación de falleras se refiere, hasta que llegó el momento en que,
situadas las falleras en sus tronos y rodeadas de sus damas de honor, el
presentador dijo que había llegado la hora del discurso del mantenedor, que
era yo, Andrés Gandía.
Abandoné mi sitio en el patio
de butacas, vestido de traje gris oscuro, camisa blanca y corbata gris
claro, y me dirigí hacia el atril en donde debía pronunciar el discurso. Lo
primero que dije fue que iba a ser breve y que no se me escaparan al bar,
con lo que detuve una pequeña estampida que yo sabía, por experiencia
propia, se producía siempre, llegado este punto.
A
continuación, pronuncié mi discurso.
Lo terminé con algo que no sé
si era un deseo o una premonición ya que dije que ese año íbamos a ganar los
dos premios: el de la falla grande y el de la infantil. ¡Y se cumplió!.
Pero
a lo largo del discurso arranqué lágrimas de los ojos de la mayoría de los
presentes, en especial de mi familia y, sobre todo, de mi madre. Fue un
discurso muy sentido que iba, sobre todo, dedicado a mi padre, del cual yo
decía que estaba seguro de que nos estaba viendo desde allá arriba.
Papá había fallecido cinco
años antes. Le enterramos aquella aciaga tarde ataviado con su traje de
fallero, buñol d’or en el hojal. En el partido de liga que disputaba el
Olimpic de Xátiva se guardó un minuto de silencio por el fallecimiento de
Paquito Gandía.
Autora: Andrés Gandia Palau
San Fernando (Cádiz)
‹‹ arriba
|