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¿PORQUÉ LLORAS, VERÓNICA?
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L¿Porqué lloras, Verónica?,-
preguntó Guillermo, dejando de ojear el periódico-.
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Es
que esta novela me hace llorar, -respondió Verónica-.
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¿Y
qué novela es?.
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“Lucrecia
enamorada”.
-
Pues
ya me dejarás que le eche un vistazo. Lo que no podré entender nunca es que
leas un libro que te haga llorar, en lugar de elegir uno que te distraiga y
te suba el estado de ánimo.
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Tu
nunca entiendes nada...
Verónica era una mujer de unos cincuenta años, de carácter
más bien melancólico, que había sufrido largos periodos de depresión y
seguía en tratamiento psiquiátrico indefinidamente por lo que, en la
“etiqueta” que le habían puesto los médicos, se calificaba como neurosis y distimia, con trastornos inespecíficos de personalidad.
Guillermo no es que no entendiera nada. De hecho, entendía
de muchas cosas, con una sólida formación técnica de Ingeniero de Telecomunicaciones y algunas
publicaciones en distintos ámbitos. Pero quizá tuviera razón Verónica en
que no entendía lo que le pasaba a ella, a pesar del interés que ponía en
comprender cómo una mujer, profesional de la abogacía durante veinte años,
había acabado por dejar su profesión ante una manifiesta incapacidad de
relación que le producía su enfermedad. Sus continuos cambios de ánimo, su
bajo tono general continuado, su agorafobia ocasional, producían en
Guillermo una desazón, que en momentos se convertía en verdadero enfado,
por una situación sobre la que veía que no podía actuar, pero que convertía
la convivencia con la persona a la que amaba en un verdadero pozo de
angustias.
Otra cuestión que agravaba la situación era el tema de las
relaciones sexuales. Desde el inicio, hacía ya treinta años, no habían sido
unas relaciones que pudieran calificarse de normales. Hubo épocas, muy al
principio, de verdadero furor, junto con otras de rechazo total. Relaciones
plenamente satisfactorias unas veces, junto a intentos fallidos
verdaderamente frustrantes. Pero desde hacía unos años, coincidiendo con la
aparición de una menopausia precoz que había agravado la situación
anímica de Verónica, las relaciones
sexuales habían desaparecido. Algún intento se había resuelto con un mal
fingimiento por parte de ella, evidentemente adivinado por Guillermo. Todo
era en vano. Para Guillermo, había algo en la cabecita de Verónica que
hacía que todo fuera mal. Pero, ¿qué?. Los
tratamientos con psiquiatras y psicólogos que se remontaban a más de 20
años atrás no resolvían ninguna de las situaciones descritas.
El carácter de Guillermo era, por otro lado, el de una
persona tremendamente responsable y muy, muy proteccionista. Sufría
realmente con la situación de Verónica y procuraba evitarle cualquier
ataque externo que pudiera desestabilizarle. Los médicos le habían dicho
que esa no era la mejor postura, que tenía que dejar que su mujer se
enfrentara a la vida tal y como le venía y que supiera resolver sus propios
conflictos; pero Guillermo era así con todo, no sólo con Verónica, también
con sus dos hijas, Gracia y Sara, con sus perros, Hermes y Nena y, en
general, con todo lo que le rodeaba. Tenía que preocuparse de todo. Tenía
que controlarlo todo...
La reacción de Verónica fue la esperada en ella: se fue a la
cama. Siempre reaccionaba así ante cualquier contratiempo, ante cualquier
discusión, ante cualquier problema... O eso, o tomar una o varias copas,
cosa que le producía unas reacciones insospechadas y normalmente agresivas,
al menos verbalmente, debido a la mezcla del alcohol con los antidepresivos
y ansiolíticos que tomaba a diario por prescripción facultativa.
Guillermo se quedó solo. Con esa soledad que había empezado
a saberle a alivio, a relax. Durante unos minutos saboreaba no tener que
estar en tensión, atento a todo lo que sucediera a su alrededor. Pero era
sólo durante unos minutos. Inmediatamente tenía que... ¿entrometerse?. Quizá fuera eso, quizá fuera un entrometido, quizá se
metía donde no debía. Pero si no hacía lo que su corazón le pedía, no era
él. Además, todos esperaban que Guillermo se ocupara de todo, estaban
acostumbrados a eso. Si no lo hiciera, se lo echarían en cara.
Se acercó sigilosamente a la mesita en donde Verónica había
dejado su novela, la cogió, la ojeó. Se titulaba “Lucrecia enamorada” y la
protagonista era Lucrecia Borgia. Guillermo tenía
una deformación profesional: cuando cogía un texto, leía el índice, a
continuación hacía lectura rápida, en diagonal de un par de hojas de cada
capítulo. Con eso se hacía una idea de qué era lo que tenía entre manos. Si
le gustaba, lo leía entero. Si no le gustaba, lo rechazaba. En este caso,
no tenía una opinión clara, pero le intrigaba el lloriqueo de su mujer. Lo
leería entero.
En dos horas había leído un cuarto de la voluminosa novela.
Era la parte dedicada a la infancia y adolescencia más temprana de
Lucrecia. Curiosamente esta novela no incidía especialmente, aunque las
citara, como otras, en la supuesta actitud licenciosa de Lucrecia y en las
relaciones incestuosas con su padre, el Papa Alejandro VI y su hermano,
Cesar Borgia. No, para este autor, lo importante
era la magnitud humana de Lucrecia, su victimismo ante los avatares de su
entorno, su infelicidad provocada por unos acontecimientos en los que no
podía influir.
Guillermo observaba que Verónica había subrayado varias
veces el nombre de Cesar, en especial cuando el hijo del Papa, ordenado ya cardenal,
pidió a su padre dedicarse a la milicia en defensa de los Estados
Pontificios, renunciando a los hábitos. Para ello, Alejandro VI tuvo que
reconocer públicamente que Cesar era su hijo ilegítimo y, por tanto no
podía ser sacerdote, según las leyes de la época. Quedó pensativo unos
momentos...
Juan, el hermano de Verónica, era militar. Había alcanzado
el grado, unos meses atrás, de Coronel del Ejército de Tierra. ¿Tendría eso
algo que ver con el subrayado de Verónica en el libro?.
Guillermo pensó en Juan. Efectivamente, Juan era altivo y prepotente. No
muy alto ni atractivo, como al parecer lo fue Cesar, pero sí muy...
militar. Intransigente, duro en el trato, antipático, un poco, o bastante a
veces, bebedor social...
La esposa de Juan también era la típica mujer de militar:
muy habladora, siempre arreglada, con mucho don de gentes... Bueno, Carmen
era... Carmen.
Guillermo volvió a la novela: “el poder considerado como uno
de los ámbitos de realización del espíritu humano y el fenómeno político
visto como la expresión suprema de la existencia histórica que involucra
todos los aspectos de la vida, es el concepto que subyace en Cesar.”
Verónica tenía la costumbre, desde que estudiaba en la
facultad, de subrayar aquello que le parecía importante o le llamaba la
atención de todo cuanto leía. Aquí había subrayado la palabra poder. ¿Porqué?, se preguntaba Guillermo. Pero siguió leyendo:
“El amor de Cesar por Lucrecia no era un amor fraternal, era un amor
posesivo, enfermizo, brutal. Aunque tuviera que asumir los matrimonios de
Lucrecia, Cesar la seguía considerando como cosa suya y, de hecho, sus
cuñados eran objeto de desprecio, cuando no de acechanzas, engaños, incluso
amenazas y agresiones, mientras Lucrecia era destinataria de su acoso”.
“Lucrecia, sin embargo, no correspondía a los deseos de Cesar, enamorada
como estaba de sus maridos sucesivos, a pesar de que sus matrimonios eran
juego de las intrigas palaciegas de su padre y, sobre todo, de su hermano”.
“El primer matrimonio de Lucrecia, con sólo 13 años, fue con
Giovanni Sforza, señor de Pésaro.
El matrimonio fue de conveniencia para su padre, el Papa Alejandro VI, que
ya había desbaratado dos acuerdos matrimoniales anteriores, a los 11 años,
de Lucrecia. Con este buscaba una alianza con la poderosa familia feudal
que reinaba en Lombardía y Milán.
Dos años después del matrimonio, durante los cuales había
vivido en Pésaro, regresaron a Roma. Pero el Papa
ya era muy poderoso y no necesitaba el apoyo de nadie. Cesar propuso a
Alejandro VI matar a Giovanni; pero era tal la debilidad y confianza que
tenía Cesar en Lucrecia que le confesó los perversos planes que habían
trazado. Lucrecia, que veía en Giovanni, además del esposo amado, el padre,
que quizá no tuvo como tal, advirtió a este y Sforza
huyó.”
Verónica había subrayado en la novela la frase “el padre,
que quizá no tuvo”. Guillermo recordó al padre de Verónica, ya fallecido.
Había sido un padre a la antigua, distante, autoritario, sin preocuparse de
los problemas de sus hijos, excesivamente ocupado en lo material, muy
trabajador y casi siempre fuera de casa. Verónica y sus hermanos se habían
criado en la confianza de su madre, que no amaba a su marido, pero le
soportaba por conveniencia, porque le daba un status económico superior al
de la media de su entorno y le permitía presumir de ello. Verónica había
sido desgraciada por ello en su infancia. Con la complicidad de la madre,
siempre escondían al padre cualquier actuación, sobre todo en lo que a
gastar dinero se refería.
Pero Guillermo siguió con la novela: “había que deshacerse
del yerno y romper el parentesco. Le propusieron a Giovanni el divorcio,
pero este no aceptó. Sforza amaba a Lucrecia y su
amor era correspondido. Ante esta negativa, Cesar propuso a Giovanni que
demostrara que era hombre suficiente para estar casado con Lucrecia, puesto
que en dos años no habían tenido
descendencia, acostándose con ella delante de testigos de las dos familias,
a lo que, por supuesto, Sforza no accedió. Y no
sólo eso, sino que acusó a los Borgia de mantener
relaciones incestuosas.
El Papa ofreció entonces llevar a cabo la separación por
anulación de votos debido a la no-consumación de la unión. Giovanni no tuvo
otra salida que la de aceptar la propuesta, presionado incluso por su
propia familia, y firmó el documento en el que confesaba la no-consumación
del matrimonio (impotentia coeundi).
Durante todo ese tiempo, Lucrecia se había enclaustrado en
un convento, no teniendo contacto exterior mas que
por las visitas de su hermano y de un mensajero de su padre. Pero a pesar
de ello, Lucrecia quedó embarazada. ¿De quién?.
Quizá pudiéramos intuirlo. Lo cierto es que cuando nació el niño, Lucrecia
fue sometida a un examen de la Iglesia que la dictaminó como virgen. El
niño se ocultó hasta que tuvo tres años y entonces, Alejandro VI lo
presentó como su nieto, hijo de Cesar y una mujer desconocida.”
Guillermo quedó pensativo: ¿qué puede atraer a Verónica de
esta novela y, sobre todo, qué puede hacerle llorar?.
Lucrecia era hija de Rodrigo de Borja, a la sazón, el Papa
Alejandro VI, y de su amante, siendo cardenal, Vanozza
Catanei. Nació en Roma en 1480.
Su padre, Rodrigo, era natural de Xátiva
(Valencia), en el reino de Aragón. Al trasladarse a Roma, al igual que su
tío, el entonces Papa Calixto III, de la misma procedencia, italianizó su
apellido por Borgia.
Rodrigo accedió al pontificado a la muerte de su tío, que ya
le había ordenado sacerdote a la edad de 9 años y le había hecho arzobispo
de Valencia a los 14, en 1492. Sus enemigos siempre defendieron que había
“comprado” el papado, pero lo cierto es que fue elegido por unanimidad.
Lucrecia era adorada por su padre. Se deleitaba con su
moderada belleza, su precioso y largo cabello rubio. Era tan largo que en
ocasiones le producía dolores de cabeza por su peso. Y tan rubio que decían
que tenía el color del sol.
Lucrecia no era particularmente hermosa, pero en su juventud
quienes le conocían decían que tenía una “dolce ciera”, un dulce rostro.
Se dijo que la adoración de Rodrigo por Lucrecia le había
llevado a cometer incesto con ella; pero el autor de la novela calificaba
esta afirmación como un infame rumor defendido por los enemigos del Papa.
A Guillermo le empezaba a cansar aquella novela histórica y
comenzó a pasar páginas con rapidez, fijándose sólo en aquellas cosas que
Verónica había subrayado... hasta que llegó a un párrafo revelador.
Verónica había subrayado: “a la edad de ocho años, o puede que incluso
antes, Lucrecia fue objeto de abusos sexuales por parte de su hermano
Cesar, abusos que duraron varios años, hasta que Lucrecia fue dada en
matrimonio”. Y al margen de este párrafo Verónica había escrito: “Juan”.
Todo encajaba ahora para Guillermo. ¡Verónica lloraba por el
supuesto paralelismo de su vida con la de Lucrecia!.
Guillermo creía a Juan, su cuñado, perfectamente capaz de semejante felonía
con Verónica, tal era el concepto que del militar tenía.
De pronto, Guillermo se fijó en otro párrafo de la novela
subrayado por Verónica. Era donde se hablaba de la muerte prematura de
Lucrecia. Una horrible idea acudió a su cabeza. Verónica ya había intentado
el suicidio otras veces, tres en concreto, siempre por el mismo
procedimiento: mezcla de alcohol y ansiolíticos en grandes cantidades. En
las tres ocasiones, los médicos de urgencias de los hospitales a los que
había acudido le habían dicho que lo que trataba con aquellos intentos no
era el suicidio en sí, sino llamar la atención acerca de un conflicto no
resuelto en su subconsciente, conflicto no revelado, por otro lado; pero
que debía tener cuidado, porque en algún momento se le podía “ir la mano”.
A Guillermo se le puso un nudo en la garganta y corrió al dormitorio. Por
el pasillo iba pensando que había estado absorto en la lectura de la novela
y sus propios pensamientos durante demasiado tiempo...
Al llegar a la cama, se abalanzó sobre Verónica. Tenía el
pulso muy débil. Intentó ejercicios de reanimación que había aprendido en
un cursillo en su empresa, sin éxito alguno. Pero sabía qué tenía que
hacer. Tenía experiencia. La llevó al lavabo y le provocó el vómito metiéndole
los dedos en la boca. Inmediatamente llamó por teléfono a un hospital para
que mandaran una ambulancia. Miró en el cajón de la mesita de noche y,
efectivamente, había cuatro cajas de ansiolíticos vacías y dos botellas de
vodka, también vacías. Guillermo se derrumbó sobre la cama y lloró como no
lo había hecho nunca, con una mezcla de impotencia, desesperación y rabia.
Esa noche, el Coronel Juan recibió un SMS de su cuñado
Guillermo con el siguiente texto: “Tu hermana Verónica hospitalizada de
nuevo. HIJO DE PUTA”.
Autor: Andrés Gandia Palau
San Fernando (Cádiz)
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