Relatos del mes  

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LITERATURA PARA TODOS
(Acceso y difusión gratuita)

Torre de papel

Juan Carmona Martínez

Sevilla

 

 

 

Vaya  el taxista (relato breve)

Andrés Gandia Palau

San Fernando (Cádiz)

 

 

 

Interior  (poema).

María Plaza Carreño

Barcelona

 

 

 

¿Porqué lloras, Verónica? (relato breve)

Andrés Gandia Palau

San Fernando (Cádiz)

 

 

 

           

 En esta sección difundimos gratuitamente relatos breves.  Si está interesado en que su relato pueda aparecer en esta sección, debe remitirnos el mismo en formato Word, junto con sus datos personales.

Cada mes incluimos en esta página aquellas colaboraciones que, a nuestro juicio, ofrecen un mayor interés y se ajustan a nuestra línea editorial.

Les agradeceríamos que nos diera su opinión sobre los relatos que le ofrecemos,  escribiéndonos a editorial@alkubia.com Algunas de las opiniones recibidas serán obsequiadas con un ejemplar de nuestra reciente publicación.  

 

    

 

 Torre de papel  (relato breve)

 

 

 

TORRE DE PAPEL

Aquí encerrada en mi torre de papel
espero ansiosa la llegada
de aquel caballero fiel
que con su espada
tiña de rojo amor
la blanca pasión
que de niña
conserva
mi alma
casta

 

Autor:  Juan Carmona Martínez                                               Sevilla 

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 Vaya el taxista  (relato breve)

 

 

 

VAYA EL TAXISTA

Hacía unos años que no iba a París. En esta ocasión, Eduardo había tenido la ocasión de apuntarse a un congreso de aquellos a los que estaba acostumbrado, por su profesión,  cuando era más joven. Ahora, casi con 60 años, le invitaban menos y a él tampoco le apetecía tanto como antes...

 

Era domingo. El dichoso congreso comenzaría el lunes a las 10 de la mañana y desde una gran capital de provincia española,  los vuelos directos a Paris no coinciden siempre con lo que uno desea. Eduardo tuvo que embarcar a las cinco de la tarde. El vuelo no fue mal y a las siete, mas o menos, estaba en el aeropuerto de Orly. Sólo a Orly volaban los aviones desde su ciudad. No al gran Charles de Gaulle, no. Sólo a Orly. Al sur de París. Pero el congreso se iba a celebrar en el norte de París y él había preferido un hotel que estuviera cerca de donde se produciría el evento, cerca del aeropuerto Charles de Gaulle, al norte de París.

 

Se dirigió a la parada de taxis y no tuvo que esperar demasiado. Un señor  con un taxi negro se detuvo ante él y tras dejar el equipaje en el maletero, Eduardo le indicó al taxista su destino.

 

El taxista era portugués y hablaba, no sin acento, un español bastante entendible. Lo primero fue advertir al viajero que el trayecto iba a superar la hora de duración .

 

Eduardo no hizo demasiado caso. Llevaba unas semanas en que se encontraba triste. De hecho, su médico le había recetado un antidepresivo suave para levantarle el ánimo. 

 

Y el caso es que no tenía un motivo poderoso para estar melancólico. Quizá se trataba de una serie de pequeñas cosas...Es verdad que en su profesión había perdido protagonismo, porque, por su edad, había tenido que dejar paso a otros más jóvenes. Ahora ocupaba uno de esos puestos en los que no se es operativo, pero se intenta aprovechar la experiencia de tantos años. A Eduardo le faltaba esa dosis diaria de adrenalina que se produce cuando los problemas se resuelven por la multitud de decisiones que uno toma hora a hora.

 

 El taxista, que tenía ganas de hablar, confesó tener 62 años y que seguía trabajando porque mientras lo hiciera su mujer, él no quería quedarse en casa. También decía que a esta edad, que consideraba común con su viajero, estaba todo hecho en la vida. Que él, de joven, pasaba la noche bailando y a las tres o las cuatro de la mañana le quedaban fuerzas para hacer el amor y ahora, ni a él ni a su mujer les apetecía ni bailar, ni mucho menos lo otro.

 

Eduardo intentó terciar diciendo que todavía les quedaba mucho recorrido, pero el taxista insistía. Su tesis era que las pensiones de jubilación estaban calculadas para que duraran hasta los 70 años en los hombres, porque era la media de edad a la que nos íbamos a morir, por lo que nos quedaba menos de diez años de vida y además de mala vida, con achaques, enfadados con todo lo que nos rodea, peleándonos con nuestro entorno, dándonos cuenta de que ni amigos, ni familia, ni compañeros, ni mucho menos, empresa, nos tienen la mínima consideración ni reconocimiento, hayamos hecho lo que hayamos hecho en el pasado.

 

El caso es que Eduardo se iba viendo reflejado en ese relato atroz del taxista. 

 

Todo esto iba hundiendo a Eduardo más y más hasta que, por fin, una hora y media después de haber salido de Orly, llegaron al hotel.

Eduardo pagó, pidió la factura, se despidió del taxista portugués y penetró en las instalaciones hoteleras.

 

Llegó a su habitación y, a pesar de que había pedido “chambre” de no fumador, aquello olía a tabaco por todos los costados. Pensó en protestar, pero el taxista le había dejado psicológicamente exhausto. Abrió la ventana y se tumbó en la cama tal y como estaba, con su chaqueta, corbata y zapatos que vestía desde mediodía. Entornó los ojos para ver si podía descansar un poco, porque había dormido mal esa noche. Hacía tiempo, ya no recordaba desde cuando, que dormía mal por las noches. 

 

De pronto se dio cuenta de que no estaba en España y los horarios de comidas eran distintos. Así pues, se levantó, fue al baño, se refrescó un poco la cara y se dispuso a bajar al restaurante del hotel.

 

El restaurante estaba decorado con unas extrañas cortinas de  tejido aterciopelado, a juego con una muy raída moqueta.  Eduardo pidió una cerveza sin alcohol y el camarero le dijo que no había cerveza sin alcohol, que si quería cerveza normal o vino. Eduardo pidió agua. Desde  hacía unos años, Eduardo no tomaba alcohol porque en los análisis  de los reconocimientos médicos de la empresa le venían saliendo alteradas las transaminasas y le habían recomendado que no tomara alcohol. No había sido un gran bebedor, por lo que le costó poco acostumbrarse a la cerveza sin alcohol, pero esa noche se iba a quedar sin beber lo que acostumbraba. Para comer pidió un plato de pato guisado con algo de ensalada. Era suficiente.

 

Mientras cenaba recordó otros viajes parecidos en los que la cena era motivo para reunirse con amigos y compañeros que le acompañaban y contar unos chistes. Esta vez no. Esta vez cenaría solo. Miró alrededor, por si acaso. No conocía a nadie. Tampoco había nadie que estuviera cenando solo. Y todos sonreían.

 

De repente, la cara de Eduardo se iluminó: había entrado en el comedor un grupo de españoles y todos, absolutamente todos, le resultaban conocidos. Algunos, incluso amigos de los que hacía tiempo que no veía. Allí estaba Luís, Antonio, Emilio, Juanjo... Todos ellos pertenecientes a distintas empresas, pero del mundillo en el que Eduardo se había movido toda la vida. Al verle, se fundieron en abrazos con él, pidieron una mesa más grande y, desde luego, aquel semisilencio del comedor desapareció. Los españoles contaban chistes, recordaban viejos tiempos, reían alegremente. Eduardo contó incluso su viaje en taxi, cosa que sirvió de divertimento a los demás. Incluso probó media copita de vino de Borgoña y cuando, después de cenar, pasaron al bar, tomó unos chocolates, con una copita de un suave licor.

 

La que parecía que iba a ser una noche aburrida se convirtió en una de las mejores que había pasado en los últimos meses. Durmió plácidamente, sin pastillas, durante toda la noche, hasta que sonó el teléfono. Era uno de sus amigos, que se había comprometido a despertarle. Se duchó, bajó al comedor y se unió al grupo en el desayuno. Allí siguieron los chistes, los recuerdos, siempre alegres, de otros tiempos, con anécdotas hilarantes, algunas de ellas.

 

Quedaron en ir todos juntos al congreso y al llegar se dio cuenta que entre los congresistas, algunos de ellos viejos conocidos de sus muchas relaciones internacionales, tenía todavía un reconocido prestigio. Todos le saludaban con el respeto y admiración que merece la madurez profesional y los largos años de experiencia. Incluso en una de las intervenciones, uno de los ponentes hizo mención a su presencia, glosando el honor que ello representaba para el evento. A Eduardo le asomaron dos lágrimas...pero eran de alegría, de emoción, de agradecimiento.

 

Terminado el congreso, poco después de mediodía, fue a la parada de taxis para desplazarse de nuevo a Orly. ¡Allí estaba el taxista portugués del coche negro!. Eduardo corrió sin hacer caso a las voces del conductor de la tarde anterior y se metió en otro taxi, de color verde claro y a cuyo volante se sentaba una atractiva muchacha de pelo corto y gesto dulce que, sobre todo, ¡sonreía!.

  

Autora:  Andrés Gandia Palau        San Fernando  (Cádiz)

 

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 Interior (poema

 

 

 

INTERIOR

 

Bajo la piel del goce,

La oscuridad de las tinieblas.

 

Regreso al interior,

vacío de las letras y del pensamiento.

 

Inmenso agujero en los límites del cuerpo.

 

Miedo y terror a los habitantes del agujero negro.

 

Pequeños liliputienses luchan en los suburbios del inconsciente

 y

en su laboratorio de alquimia logran la fórmula mágica de vuelta al mundo consciente.

 

Misteriosa es la transmutación

 donde la ley de la Fluidez hace su presencia.

 

Y en el éxtasis de la sublimación Lo Inmenso, El Renacer, La Verdad.

 

 

Autor: María Plaza Carreño                       Barcelona

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¿Porqué lloras, Verónica (relato breve)

 

 

 

¿PORQUÉ LLORAS, VERÓNICA?

 

-          L¿Porqué lloras, Verónica?,- preguntó Guillermo, dejando de ojear el periódico-.

-          Es que esta novela me hace llorar, -respondió Verónica-.

-          ¿Y qué novela es?.

-          “Lucrecia enamorada”.

-          Pues ya me dejarás que le eche un vistazo. Lo que no podré entender nunca es que leas un libro que te haga llorar, en lugar de elegir uno que te distraiga y te suba el estado de ánimo.

-          Tu nunca entiendes nada...

 

Verónica era una mujer de unos cincuenta años, de carácter más bien melancólico, que había sufrido largos periodos de depresión y seguía en tratamiento psiquiátrico indefinidamente por lo que, en la “etiqueta” que le habían puesto los médicos, se calificaba como neurosis y distimia, con trastornos inespecíficos de personalidad.

Guillermo no es que no entendiera nada. De hecho, entendía de muchas cosas, con una sólida formación técnica de  Ingeniero de Telecomunicaciones y algunas publicaciones en distintos ámbitos. Pero quizá tuviera razón Verónica en que no entendía lo que le pasaba a ella, a pesar del interés que ponía en comprender cómo una mujer, profesional de la abogacía durante veinte años, había acabado por dejar su profesión ante una manifiesta incapacidad de relación que le producía su enfermedad. Sus continuos cambios de ánimo, su bajo tono general continuado, su agorafobia ocasional, producían en Guillermo una desazón, que en momentos se convertía en verdadero enfado, por una situación sobre la que veía que no podía actuar, pero que convertía la convivencia con la persona a la que amaba en un verdadero pozo de angustias.

Otra cuestión que agravaba la situación era el tema de las relaciones sexuales. Desde el inicio, hacía ya treinta años, no habían sido unas relaciones que pudieran calificarse de normales. Hubo épocas, muy al principio, de verdadero furor, junto con otras de rechazo total. Relaciones plenamente satisfactorias unas veces, junto a intentos fallidos verdaderamente frustrantes. Pero desde hacía unos años, coincidiendo con la aparición de una menopausia precoz que había agravado la situación anímica  de Verónica, las relaciones sexuales habían desaparecido. Algún intento se había resuelto con un mal fingimiento por parte de ella, evidentemente adivinado por Guillermo. Todo era en vano. Para Guillermo, había algo en la cabecita de Verónica que hacía que todo fuera mal. Pero, ¿qué?. Los tratamientos con psiquiatras y psicólogos que se remontaban a más de 20 años atrás no resolvían ninguna de las situaciones descritas.

El carácter de Guillermo era, por otro lado, el de una persona tremendamente responsable y muy, muy proteccionista. Sufría realmente con la situación de Verónica y procuraba evitarle cualquier ataque externo que pudiera desestabilizarle. Los médicos le habían dicho que esa no era la mejor postura, que tenía que dejar que su mujer se enfrentara a la vida tal y como le venía y que supiera resolver sus propios conflictos; pero Guillermo era así con todo, no sólo con Verónica, también con sus dos hijas, Gracia y Sara, con sus perros, Hermes y Nena y, en general, con todo lo que le rodeaba. Tenía que preocuparse de todo. Tenía que controlarlo todo...

La reacción de Verónica fue la esperada en ella: se fue a la cama. Siempre reaccionaba así ante cualquier contratiempo, ante cualquier discusión, ante cualquier problema... O eso, o tomar una o varias copas, cosa que le producía unas reacciones insospechadas y normalmente agresivas, al menos verbalmente, debido a la mezcla del alcohol con los antidepresivos y ansiolíticos que tomaba a diario por prescripción facultativa.

 

Guillermo se quedó solo. Con esa soledad que había empezado a saberle a alivio, a relax. Durante unos minutos saboreaba no tener que estar en tensión, atento a todo lo que sucediera a su alrededor. Pero era sólo durante unos minutos. Inmediatamente tenía que... ¿entrometerse?. Quizá fuera eso, quizá fuera un entrometido, quizá se metía donde no debía. Pero si no hacía lo que su corazón le pedía, no era él. Además, todos esperaban que Guillermo se ocupara de todo, estaban acostumbrados a eso. Si no lo hiciera, se lo echarían en cara.

 

Se acercó sigilosamente a la mesita en donde Verónica había dejado su novela, la cogió, la ojeó. Se titulaba “Lucrecia enamorada” y la protagonista era Lucrecia Borgia. Guillermo tenía una deformación profesional: cuando cogía un texto, leía el índice, a continuación hacía lectura rápida, en diagonal de un par de hojas de cada capítulo. Con eso se hacía una idea de qué era lo que tenía entre manos. Si le gustaba, lo leía entero. Si no le gustaba, lo rechazaba. En este caso, no tenía una opinión clara, pero le intrigaba el lloriqueo de su mujer. Lo leería entero.

 

En dos horas había leído un cuarto de la voluminosa novela. Era la parte dedicada a la infancia y adolescencia más temprana de Lucrecia. Curiosamente esta novela no incidía especialmente, aunque las citara, como otras, en la supuesta actitud licenciosa de Lucrecia y en las relaciones incestuosas con su padre, el Papa Alejandro VI y su hermano, Cesar Borgia. No, para este autor, lo importante era la magnitud humana de Lucrecia, su victimismo ante los avatares de su entorno, su infelicidad provocada por unos acontecimientos en los que no podía influir.

Guillermo observaba que Verónica había subrayado varias veces el nombre de Cesar, en especial cuando el hijo del Papa, ordenado ya cardenal, pidió a su padre dedicarse a la milicia en defensa de los Estados Pontificios, renunciando a los hábitos. Para ello, Alejandro VI tuvo que reconocer públicamente que Cesar era su hijo ilegítimo y, por tanto no podía ser sacerdote, según las leyes de la época. Quedó pensativo unos momentos...

 

Juan, el hermano de Verónica, era militar. Había alcanzado el grado, unos meses atrás, de Coronel del Ejército de Tierra. ¿Tendría eso algo que ver con el subrayado de Verónica en el libro?. Guillermo pensó en Juan. Efectivamente, Juan era altivo y prepotente. No muy alto ni atractivo, como al parecer lo fue Cesar, pero sí muy... militar. Intransigente, duro en el trato, antipático, un poco, o bastante a veces, bebedor social...

La esposa de Juan también era la típica mujer de militar: muy habladora, siempre arreglada, con mucho don de gentes... Bueno, Carmen era... Carmen.

 

Guillermo volvió a la novela: “el poder considerado como uno de los ámbitos de realización del espíritu humano y el fenómeno político visto como la expresión suprema de la existencia histórica que involucra todos los aspectos de la vida, es el concepto que subyace en Cesar.”

 

Verónica tenía la costumbre, desde que estudiaba en la facultad, de subrayar aquello que le parecía importante o le llamaba la atención de todo cuanto leía. Aquí había subrayado la palabra poder. ¿Porqué?, se preguntaba Guillermo. Pero siguió leyendo: “El amor de Cesar por Lucrecia no era un amor fraternal, era un amor posesivo, enfermizo, brutal. Aunque tuviera que asumir los matrimonios de Lucrecia, Cesar la seguía considerando como cosa suya y, de hecho, sus cuñados eran objeto de desprecio, cuando no de acechanzas, engaños, incluso amenazas y agresiones, mientras Lucrecia era destinataria de su acoso”. “Lucrecia, sin embargo, no correspondía a los deseos de Cesar, enamorada como estaba de sus maridos sucesivos, a pesar de que sus matrimonios eran juego de las intrigas palaciegas de su padre y, sobre todo, de su hermano”.

“El primer matrimonio de Lucrecia, con sólo 13 años, fue con Giovanni Sforza, señor de Pésaro. El matrimonio fue de conveniencia para su padre, el Papa Alejandro VI, que ya había desbaratado dos acuerdos matrimoniales anteriores, a los 11 años, de Lucrecia. Con este buscaba una alianza con la poderosa familia feudal que reinaba en Lombardía y Milán.

Dos años después del matrimonio, durante los cuales había vivido en Pésaro, regresaron a Roma. Pero el Papa ya era muy poderoso y no necesitaba el apoyo de nadie. Cesar propuso a Alejandro VI matar a Giovanni; pero era tal la debilidad y confianza que tenía Cesar en Lucrecia que le confesó los perversos planes que habían trazado. Lucrecia, que veía en Giovanni, además del esposo amado, el padre, que quizá no tuvo como tal, advirtió a este y Sforza huyó.”

 

Verónica había subrayado en la novela la frase “el padre, que quizá no tuvo”. Guillermo recordó al padre de Verónica, ya fallecido. Había sido un padre a la antigua, distante, autoritario, sin preocuparse de los problemas de sus hijos, excesivamente ocupado en lo material, muy trabajador y casi siempre fuera de casa. Verónica y sus hermanos se habían criado en la confianza de su madre, que no amaba a su marido, pero le soportaba por conveniencia, porque le daba un status económico superior al de la media de su entorno y le permitía presumir de ello. Verónica había sido desgraciada por ello en su infancia. Con la complicidad de la madre, siempre escondían al padre cualquier actuación, sobre todo en lo que a gastar dinero se refería.

 

Pero Guillermo siguió con la novela: “había que deshacerse del yerno y romper el parentesco. Le propusieron a Giovanni el divorcio, pero este no aceptó. Sforza amaba a Lucrecia y su amor era correspondido. Ante esta negativa, Cesar propuso a Giovanni que demostrara que era hombre suficiente para estar casado con Lucrecia, puesto que en dos años no habían  tenido descendencia, acostándose con ella delante de testigos de las dos familias, a lo que, por supuesto, Sforza no accedió. Y no sólo eso, sino que acusó a los Borgia de mantener relaciones incestuosas.

El Papa ofreció entonces llevar a cabo la separación por anulación de votos debido a la no-consumación de la unión. Giovanni no tuvo otra salida que la de aceptar la propuesta, presionado incluso por su propia familia, y firmó el documento en el que confesaba la no-consumación del matrimonio (impotentia coeundi).

 

Durante todo ese tiempo, Lucrecia se había enclaustrado en un convento, no teniendo contacto exterior mas que por las visitas de su hermano y de un mensajero de su padre. Pero a pesar de ello, Lucrecia quedó embarazada. ¿De quién?. Quizá pudiéramos intuirlo. Lo cierto es que cuando nació el niño, Lucrecia fue sometida a un examen de la Iglesia que la dictaminó como virgen. El niño se ocultó hasta que tuvo tres años y entonces, Alejandro VI lo presentó como su nieto, hijo de Cesar y una mujer desconocida.”

Guillermo quedó pensativo: ¿qué puede atraer a Verónica de esta novela y, sobre todo, qué puede hacerle llorar?.

 

Lucrecia era hija de Rodrigo de Borja, a la sazón, el Papa Alejandro VI, y de su amante, siendo cardenal, Vanozza Catanei. Nació en Roma en 1480.

Su padre, Rodrigo, era natural de Xátiva (Valencia), en el reino de Aragón. Al trasladarse a Roma, al igual que su tío, el entonces Papa Calixto III, de la misma procedencia, italianizó su apellido por Borgia.

 

Rodrigo accedió al pontificado a la muerte de su tío, que ya le había ordenado sacerdote a la edad de 9 años y le había hecho arzobispo de Valencia a los 14, en 1492. Sus enemigos siempre defendieron que había “comprado” el papado, pero lo cierto es que fue elegido por unanimidad.

 

Lucrecia era adorada por su padre. Se deleitaba con su moderada belleza, su precioso y largo cabello rubio. Era tan largo que en ocasiones le producía dolores de cabeza por su peso. Y tan rubio que decían que tenía el color del sol.

 

Lucrecia no era particularmente hermosa, pero en su juventud quienes le conocían decían que tenía una “dolce ciera”, un dulce rostro.

Se dijo que la adoración de Rodrigo por Lucrecia le había llevado a cometer incesto con ella; pero el autor de la novela calificaba esta afirmación como un infame rumor defendido por los enemigos del Papa.

 

A Guillermo le empezaba a cansar aquella novela histórica y comenzó a pasar páginas con rapidez, fijándose sólo en aquellas cosas que Verónica había subrayado... hasta que llegó a un párrafo revelador. Verónica había subrayado: “a la edad de ocho años, o puede que incluso antes, Lucrecia fue objeto de abusos sexuales por parte de su hermano Cesar, abusos que duraron varios años, hasta que Lucrecia fue dada en matrimonio”. Y al margen de este párrafo Verónica había escrito: “Juan”.

 

Todo encajaba ahora para Guillermo. ¡Verónica lloraba por el supuesto paralelismo de su vida con la de Lucrecia!. Guillermo creía a Juan, su cuñado, perfectamente capaz de semejante felonía con Verónica, tal era el concepto que del militar tenía.

 

De pronto, Guillermo se fijó en otro párrafo de la novela subrayado por Verónica. Era donde se hablaba de la muerte prematura de Lucrecia. Una horrible idea acudió a su cabeza. Verónica ya había intentado el suicidio otras veces, tres en concreto, siempre por el mismo procedimiento: mezcla de alcohol y ansiolíticos en grandes cantidades. En las tres ocasiones, los médicos de urgencias de los hospitales a los que había acudido le habían dicho que lo que trataba con aquellos intentos no era el suicidio en sí, sino llamar la atención acerca de un conflicto no resuelto en su subconsciente, conflicto no revelado, por otro lado; pero que debía tener cuidado, porque en algún momento se le podía “ir la mano”. A Guillermo se le puso un nudo en la garganta y corrió al dormitorio. Por el pasillo iba pensando que había estado absorto en la lectura de la novela y sus propios pensamientos durante demasiado tiempo...

 

Al llegar a la cama, se abalanzó sobre Verónica. Tenía el pulso muy débil. Intentó ejercicios de reanimación que había aprendido en un cursillo en su empresa, sin éxito alguno. Pero sabía qué tenía que hacer. Tenía experiencia. La llevó al lavabo y le provocó el vómito metiéndole los dedos en la boca. Inmediatamente llamó por teléfono a un hospital para que mandaran una ambulancia. Miró en el cajón de la mesita de noche y, efectivamente, había cuatro cajas de ansiolíticos vacías y dos botellas de vodka, también vacías. Guillermo se derrumbó sobre la cama y lloró como no lo había hecho nunca, con una mezcla de impotencia, desesperación y rabia.

 

Esa noche, el Coronel Juan recibió un SMS de su cuñado Guillermo con el siguiente texto: “Tu hermana Verónica hospitalizada de nuevo. HIJO DE PUTA”.

 

Autor: Andrés Gandia Palau        San Fernando  (Cádiz)


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