Relatos del mes  

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LITERATURA PARA TODOS
(Acceso y difusión gratuita)

El Mantenedor (relato breve)

Andrés Gandia Palau

San Fernando (Cádiz)

 

 

 

El Tajo (micro-relato).

Remedios Jiménez M.

Serón (Almería)

 

 

 

El llanto del diablo (relato breve)

José Carlos González

Venezuela

 

 

 

            

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 El Mantenedor  (relato breve)

 

 

 

EL MANTENEDOR

Sonaban once campanadas en la Seo, hoy Basílica Menor, en una mañana soleada de un domingo de invierno. Yo acababa de llegar a Xátiva, mi ciudad natal. Aparqué el vehículo, que había alquilado el día anterior en el aeropuerto de Valencia, en la magnífica alameda que todavía hoy es la arteria principal de la ciudad. ¡Cuantos recuerdos traía a mi cabeza aquella alameda!. ¡Tantos paseos arriba y abajo con los amigos, o con alguna amiga, a solas, o, después, con mi novia, la que ahora era mi mujer!. En realidad no sé porqué siempre se le ha llamado alameda cuando los enormes árboles que la flanqueaban eran plátanos...

 

Hacía mucho tiempo que no visitaba mi pueblo; pero esta era una ocasión especial. Esa tarde se iba a proclamar Fallera Mayor de la Falla de la Avenida República Argentina, la nuestra de toda la vida, a mi sobrina Teresa y mi hermana, Mari Tere, me había pedido que actuara de mantenedor en el acto de proclamación. Aunque no soy nada “festero”, no me había podido negar.

 

Yo por entonces era Director de una factoría radicada en Andalucía en una empresa de carácter nacional y, por ello, viajaba con frecuencia. Pude hacer coincidir un viaje profesional a Valencia para el lunes, con el acto del domingo y allí estaba, tal y como me había dicho Mari Tere, para participar en el ensayo general que se iba a producir aquella mañana. El acto tendría lugar por la tarde, a las seis, en el nuevo Gran Teatro municipal, que había sustituido al antiguo Gran Teatro que, como todo el mundo sabía, estaba sobre unas ruinas y que, pasado el tiempo, había dejado su función de cine y teatro para realizar excavaciones en lo que había sido el convento de Santo Domingo, uno de los muchos edificios religiosos que antaño se repartían por toda la ciudad.

 

Me habían anticipado cuál tenía que ser mi papel en la proclamación de Fallera Mayor. Llegado el momento, debía soltar un discurso, no demasiado largo, para no aburrir al personal, glosando las fiestas, a las falleras, en especial a mi sobrina y a su compañera, la que se proclamaría Fallera Mayor Infantil, a la falla y, en general, todo lo que aquello representa y mas o menos, lo que se me ocurriera para quedar bien. Después se me impondría la insignia de la falla.

 

Nada mas aparcar en las cercanías de aquel Gran Teatro que ocupaba el solar, frente al Instituto de Enseñanza Media José de Ribera, que en mis tiempos de bachillerato había sido improvisado campo de fútbol tanta y tantas veces, se separó de un grupo de personas que vestían los típicos trajes de fallero un hombre que se acercó hacia mí, fumando un puro. Era mi padre. Francisco, Paquito para los amigos y para la familia, era un fallero de pro. Lucía en el ojal de su chaquetilla el buñol d’or, otorgado por la Junta Central Fallera, por su entrega y dedicación a las fiestas. Papá había sido siempre una persona jovial, con gran sentido del humor, centro de las reuniones y amigo de fiestas y festejos, no queriendo con ello menoscabar su gran sentido de la responsabilidad, su entrega y dedicación a todo lo que emprendía, su capacidad de trabajo, incluso su “mala leche” cuando la ocasión lo requería. Pero sobre todo era lo que podríamos llamar “una buena persona”, que es mucho decir de alguien. Lo de Paquito derivaba, naturalmente, de su reducida talla. Mari Tere y yo habíamos salido en eso a la familia de mi madre, más desarrollada para la época.

Las Fallas y el Olimpic de Xátiva, equipo local de fútbol, siempre habían sido, junto a su familia, sobre todo la familia, las grandes pasiones de Papá.

Nos besamos en la mejilla mientras preguntaba como siempre:

 

 —  ¿Cómo estas?. ¿Y Consue?. ¿Y María?.

 —  Bien, todos bien, papá. ¿Y tu, que tal vas?. Sabes que no deberías fumar.— Le dije con cariño — .

Consue es mi mujer y María mi hija, que se habían quedado en Cádiz porque el lunes tenían obligaciones; laborales una y escolares la otra.

 — Yo bien, como siempre. Lo del puro es que lo lleva la fiesta, ya sabes, hemos ido a desayunar al casal de la falla y lo suyo es fumarse después un puro. — Se excusó —

 — Ya lo se, y otro después de comer y otro después de cenar, ¿no?. ¿Vienes al ensayo?. — Pregunté — .

 Si, te veré desde el proscenio o, mejor, desde el gallinero. ¿Has preparado algo?. — Me dijo — .

— Si, papá, ya sabes que yo considero que la mejor   improvisación es una buena preparación. — Respondí — .

 

Nos fuimos ambos hacia el teatro y mientras yo saludaba a toda aquella gente que no veía desde hacía tanto tiempo, papá fue subiendo las escaleras que le llevaban al anfiteatro.

Cuando ves a gente después de mucho tiempo es cuando te das cuenta de cómo envejecemos. ¡Así de mayor me verán ellos a mí!, pensé.

 

El ensayo fue rápido. No se trataba de repetir lo que se iba a hacer por la tarde, sino de repasar el orden de las entradas, la situación de las personas en cada cuadro, etc. Lo mío era muy fácil.

 

A eso de la una y media habíamos acabado. Los falleros se fueron a una de aquellas comidas de hermandad y yo enfilé mi coche hacia Bixquert, paraje cercano, en pleno campo, en donde vivía mi hermana y su familia. También estaba mi madre. Tras los besos y preguntas de rigor, dimos cuenta de una buena paella, no sin las interrupciones y gritos de Mari Tere hacia su segunda hija, Andrea, que, ya ataviada con el precioso traje de fallera que iba a lucir por la tarde, jugueteaba por los márgenes, ribazos y bancales.

 

 ¿Porqué la has vestido tan pronto?. —  Le dije — .

 Porque después tengo que vestir a la mayor y eso lleva horas. ¡Andrea, ven aquí y estate quieta!. – Gritaba sin éxito— .

 

Dormité un poco ante el televisor y, hacia las cinco, cogimos nuestros coches para dirigirnos al teatro. Allí estaban ya mis tíos de Ibi, hermanos de mi madre y jugueteros, claro, con alguna de mis primas, un montón de gente más a la que saludar y, por supuesto, todos los falleros.

 

El acto, como la mayoría de ellos, fue simpático cargado de humor y crítica local, con algún que otro comentario subido de tono, muy elegante en lo que a la presentación y proclamación de falleras se refiere, hasta que llegó el momento en que, situadas las falleras en sus tronos y rodeadas de sus damas de honor, el presentador dijo que había llegado la hora del discurso del mantenedor, que era yo, Andrés Gandía.

 

Abandoné mi sitio en el patio de butacas, vestido de traje gris oscuro, camisa blanca y corbata gris claro, y me dirigí hacia el atril en donde debía pronunciar el discurso. Lo primero que dije fue que iba a ser breve y que no se me escaparan al bar, con lo que detuve una pequeña estampida que yo sabía, por experiencia propia, se producía siempre, llegado este punto.

 

A continuación, pronuncié mi discurso.

 

Lo terminé con algo que no sé si era un deseo o una premonición ya que dije que ese año íbamos a ganar los dos premios: el de la falla grande y el de la infantil. ¡Y se cumplió!.

 

Pero a lo largo del discurso arranqué lágrimas de los ojos de la mayoría de los presentes, en especial de mi familia y, sobre todo, de mi madre. Fue un discurso muy sentido que iba, sobre todo, dedicado a mi padre, del cual yo decía que estaba seguro de que nos estaba viendo desde allá arriba.

 

Papá había fallecido cinco años antes. Le enterramos aquella aciaga tarde ataviado con su traje de fallero, buñol d’or en el hojal. En el partido de liga que disputaba el Olimpic de Xátiva se guardó un minuto de silencio por el fallecimiento de Paquito Gandía. 

  

Autora:  Andrés Gandia Palau        San Fernando  (Cádiz)

 

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 El Tajo  (micro-relato)

 

 

 

EL TAJO

 

 Cuarenta y ocho años de convivencia, toda una vida en la que no se habían instalado los malos presagios, hasta que hizo su aparición el diablo en forma de olvido.

La caída fue vertiginosa.

De los primeros días, una interrogación quedó abrasándole la garganta. Cuando por fin se atrevió a preguntarle si lo recordaría, ella le contestó con una mueca parecida a la sonrisa y con la única palabra que le quedaba

− No.

Autor:  Remedios Jiménez Martínez    Serón (Almería)

ESCRITORA, PRIMERO LECTORA Y CORRECTORA, MINUCIOSA Y CREATIVA, DE AHÍ LOS MICRORRELATOS.

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El llanto del diablo (relato breve)

 

 

 

EL LLANTO DEL DIABLO

 

Le vi al fondo de bar, en la zona más oscura y humeante del local. Sus ojos mostraban el brillo y la fatiga de semanas de  llanto.

*** 

Me confesó que no podía continuar con nuestro particular duelo, pues sin esperarlo se había visto atrapado en una pasión humana.

 

Ocurrió cuando trataba de hacerse con el alma de una joven esposa, aprovechando la ruptura de ésta y su amante. Suponía que, como de costumbre, la despechada no dudaría en ofrecer cuanto le pidiesen a cambio del regreso de su secreta pasión.

 

Él dijo a la joven: - Pídeme lo que quieras y te será concedido al instante

 

Ella  reflexionó unos segundos, esbozo una malévola sonrisa, y  desabrochándose la camisa contestó: - Ámame con toda la lujuria de que eres capaz.

 

Después del sublime encuentro, ella le beso la frente mientras le pedía que la olvidará. Desde entonces él no encuentra consuelo, pues no posee un alma que vender.

 

***

Yo no podía hacer ya nada por él, le he invitado a unas copas y me he despedido aceptando una tregua.

 

 

Autor: José Carlos González  (Venezuela)          

 


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